Tormentas de verano 10 #4
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Una mano (¿cómo era posible que la estuviera sujetando con una sola mano?) se le deslizó por el pelo y volvió a acercarle los labios a los suyos, antes de girarse para llevarla a la pared del acantilado, donde un saliente de roca se convirtió en el lugar perfecto para posarla.

Jack rompió el beso y le pasó los labios por la mejilla y el cuello, y sacó la lengua para saborear la sal de su piel.

Ella suspiraba; él gruñía.

—No deberíamos hacer esto —le dijo él en el punto en que el cuello se encontraba con el hombro—. No quiero que pienses que...

—¿Que quieres acostarte conmigo otra vez?

Jack levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron. Él clavó unos ojos ardientes en ella. Irresistibles.

—¿Que le habías echado el ojo a este sitio —Alice se contoneó, extremadamente satisfecha con el gruñido ronco que profirió— en cuanto has puesto un pie en la playa, esperando tu oportunidad?

Él no respondió. Se limitó a cogerle la cara y besarla de nuevo, robándole palabras, pensamientos y la respiración hasta que no le quedó más que el sabor de él, y su tacto, y un hondo y salvaje deseo de lo que estuviera a punto de suceder. Lo que él estuviera a punto de hacer.

Y estaba a punto de hacer algo; lo notaba en la tensión y la flexión de los músculos bajo sus manos. En la lengua que forcejeaba con la suya. En el pulgar que le pasaba por la mejilla. En el miembro duro entre los muslos.

En la mano imposiblemente caliente que le deslizó por debajo de la camiseta, sobre la piel húmeda y fría del torso, empujando la tela hacia arriba mientras buscaba, y ella contuvo el aliento y esperó a que la tocara donde tanto ansiaba que lo hiciera.

Y entonces llegó a su objetivo con fuerza y convencimiento, y comprobó el peso de su pecho frotándole la punta endurecida. Ella le soltó un grito ahogado en la boca y él sonrió triunfal.

—¿Tienes frío?

Alice negó con la cabeza.

—Ni un poco.

Uf..., aquello era peligroso.

Se suponía que no debía gustarle. Tal vez podría reprimir eso. Pero lo que ni en sueños sería capaz de reprimir era lo mucho que lo deseaba. ¿Cómo iba a contenerse? El hombre era una mala decisión andante (y navegante, y nadador, y besaba de maravilla).

Lo cual era un problema para la Alice del futuro.

Ya lidiaría con eso en un rato. Cuando la Alice del presente terminara.

Y eso fue lo que pasó, porque él se apartó de ella, rompió el beso y los dejó a los dos resollando, como a unos críos a los que descubren enrollándose en la última fila del cine.

Alice alargó un brazo hacia él cuando se apartó, en un movimiento del que se avergonzó al instante, como si no soportara perderlo.

Era un problema que él no parecía tener. Había vuelto a su actitud severa y controlada, como el hombre que había entrado en su habitación de la infancia y había hecho perder el norte a su familia.

Si Jack no hubiese carraspeado, tal vez habría pensado que se lo había imaginado todo; un sueño febril producto de la frustración sexual con aquel hombre que era demasiado atractivo para su propio bien.

Y definitivamente demasiado atractivo para el bien de ella.

«Puaj». Se tiró de la camiseta hacia abajo mientras él se pasaba esa manaza —cuyo peso y calor y perfección había notado encima de ella— por el pelo.

—Debería... volver al velero.

Ella se arrastró hasta bajar del saliente sintiéndose torpe y desnuda, y también un poco imbécil por todas las veces que se había dejado llevar aquel día, en el velero, en la playa, en el beso, como si la vida real no se cerniera sobre ella como el acantilado que tenían detrás.

—Claro —contestó, tratando de aparentar indiferencia, y se llevó la mano a las gafas de sol que tenía en la cabeza dando las gracias por poder ocultarle sus pensamientos mediante las lentes reflectantes.

El problema era que no tenía las gafas de sol en la cabeza. Claro que no. Porque las llevaba puestas cuando había saltado al agua desde el velero, y ahora descansaban en el fondo de la bahía Narragansett.

Así que allí estaba, quieta como una tonta, mientras él observaba cómo se daba golpecitos en la coronilla.

«Qué horror».

Sin apartar los ojos de la mano de ella, Jack volvió a aclararse la garganta.

—No debería haber...

«Ay, no». Se iba a disculpar. Y no había nada en el mundo peor que eso.

—No sigas —susurró Alice. «No arruines el momento».

—¿No?

Sacudió la cabeza.

—No.

Jack no lo tenía tan claro, seguramente porque ella ya se estaba alejando sin dejar de señalar los escalones.

—Me voy a... Eso. Total. Gracias por... —Se interrumpió—. Bueno. Que gracias.

Él alzó la vista hacia la escalera y frunció el ceño al examinar la pizarra y el verdín de las algas marinas.

—Ve con cuidado.

La orden era lo bastante directa como para que ella se hubiera molestado.

Al fin y al cabo, no era una niña, y aunque lo hubiera sido, había subido aquellos escalones miles de veces.

Pero en vez de eso sintió un escalofrío por el cuerpo, algo parecido al placer que había notado ante el arrebato de él cuando había saltado del velero.

—Tú también.

Jack asintió, pero no respondió, y Alice se dio la vuelta y echó a andar hacia los escalones, repitiéndose que no mirara atrás. Y no miró. A pesar de que, a medida que subía por la escalera hacia la casa, más se sentía como si estuviese en el mar.