Tormentas de verano 10 #3
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—Sí. Y han permitido que decida las condiciones de sus vidas. Cuando digo que mi padre quería controlarnos, lo que quiero decir es que perdía los papeles cuando lo enfadábamos. Y me castigó de la única forma que sabía.

—Llevándose el dinero.

Ella negó con la cabeza.

—Esa era la parte más fácil. Sinceramente, teniendo en cuenta mi edad, el tema del dinero ya había quedado atrás.

Debería haberlo hecho con todos, y así a lo mejor no estaríamos saltándonos a la yugular y pensando en la herencia en lugar de llorar a nuestro padre.

—Otra pausa, y luego—: No era el dinero, sino el acceso.

Se lo llevó todo. Y se los llevó a todos.

—Se perdió un instante en sus pensamientos, en los recuerdos de los meses posteriores a que la exiliara, esperando a que alguien contactara con ella.

Estuvo meses esperando—. Lo eligieron a él. Se aseguró de ello.

Jack se movió inquieto y, por primera vez desde que lo conoció, parecía incómodo.

—Ahora ya entiendes por qué les preocupa que pueda irme. Porque saben que puedo sobrevivir sola. Pero no están dispuestos a descubrir si ellos también serían capaces.

—Tú sí quieres descubrirlo, ¿no? Si pueden sobrevivir a las consecuencias de que te marches.

—No. No quiero que se queden sin nada. Lo que quiero... —Hizo otra pausa. Movió la concha en la mano, pasando el pulgar por el interior suave, pensando en mezclar pinturas allí dentro, azules del cielo y el mar. Buscó las palabras exactas—. Lo que quiero es que quieran que me quede.

«Quiero que quieran recuperarme».

Pero ¿se trataba solo de eso? ¿Era posible estar bien con la familia después de marcharse? Tal vez Thomas Wolfe tuviera razón en eso. Tal vez no se pudiera regresar nunca a casa.

Dios, qué extraña era la muerte. Tener aquel hombre allí, con su mandíbula esculpida y su gesto severo y sus tatuajes y esa capacidad para navegar, no hacía que fuese menos extraña. De hecho, lo empeoraba. Como si la capa de fondo de una acuarela estuviera mal.

Sentir atracción por la mano derecha de tu padre muerto era definitivamente una mala capa de fondo.

Alice respiró hondo y alzó la vista hacia el Lizzie, anclado a la perfección en la distancia, la libertad y la trampa. Se le ocurrió algo.

—¿No me he saltado las reglas?

—¿Cómo? —La pregunta era concisa, como si hubiera estado sumido en unos pensamientos que no quisiera compartir con ella.

—Se supone que no puedo salir de la isla. —Señaló el velero con un movimiento de la barbilla—. ¿No es eso lo que decretó mi padre?

Jack le siguió la mirada.

—He supuesto que el velero no contaba. Básicamente forma parte de la isla.

Sabía que te gustaba navegar. —Ya se lo había dicho antes, pero esta vez fue diferente.

Más delicado. Menos culpabilizador. Con una nota de algo que le podría haber gustado si él fuese el tipo de persona que le gustaba—. Eso y que estás conmigo.

Recortó la distancia entre ellos hasta que no existió nada más que el viento y el olor del mar y aquel lugar que ella tanto amaba.

Su avance no debería haberle parecido tan bien.

Debería haberle parecido peligroso y forzado.

Amenazador. Y fuera lo que fuese, no debería demostrarle lo bien que le parecía.

Ni muchísimo menos debería permitir que tirara de ella como una maroma bien equilibrada.

Pero Jack era un cebo excelente. ¿Y qué era lo peor que podía ocurrir?

Ya estaba ocurriendo, claro. Ya se estaba imaginando que no era solo una provocación.

Levantó la cabeza, se encontró con su mirada y mintió:

—¿Y si no quiero estar contigo?

—Mmm. —El sonido retumbó en sus entrañas y la atravesó de lado a lado—. Ya vas un poco tarde.

Su respiración era profunda, y más tarde culparía al viento que provenía de la bahía por lo que sintió en aquel momento, como si pudiera llevarse consigo una parte de ella.

—No había traído nunca a nadie aquí —le confesó en un susurro.

Lo tenía lo bastante cerca para notar su calor incluso antes de levantar una mano y tocarlo. Lo bastante cerca como para que él no tuviera que alzar la voz para que le oyera cuando dijo:

—Me alegro. —La satisfacción cruda de sus palabras le resultó demasiado atractiva para sus raíces feministas—. Deberías andarte con cuidado.

Algo se le encendió dentro. Ardiente. Firme.

—Los que deberían andarse con cuidado son ellos.

Jack tensó la mandíbula como respuesta y apretó los labios hasta formar una fina línea, lo cual le hacía parecer todavía más guapo.

—Sí. Tienes razón.

Ella se acercó a él sin pensarlo, y se contuvo de acariciarle la boca con las puntas de los dedos antes de entrar en contacto.

Se desvió en el último segundo, y la mano le cayó por su brazo junto con su coraje hasta llegar al puño de él, que lo tenía apretado a un lado.

Le miró los nudillos, ya en proceso de curación.

Pronto no quedaría prueba alguna de cómo había castigado a aquellos que deberían haberla tratado mejor.

Le buscó la mano y él cedió con facilidad, dejando que le acariciara la piel.

—En la estación de tren te enfadaste mucho.

—Fueron irrespetuosos.

Alice no pudo evitar contener una risita.

—Vaya manera carca de verlo. Estaban haciendo su trabajo.

Igual que él, pero claramente Jack no veía las similitudes.

—Que le den por culo a su trabajo.

Una ráfaga de viento acentuó aquella respuesta vulgar, proporcionándole a Alice una excusa para el agradable escalofrío que le recorrió el cuerpo. No dejó de tocarlo; de hecho, le dio la vuelta a la mano de él y le rozó con las puntas de los dedos las curvas ásperas de la palma.

—Gracias —susurró, casi demasiado quedo para que la oyera por encima del viento—. Aquella noche superaste todas mis expectativas.

Él contuvo el aliento al notar su tacto en la piel, levantó la mano y le sostuvo el rostro, y le acarició con el pulgar la turgencia de su mejilla. Y le alzó la cabeza hacia él.

Era una mala idea. Pero la historia estaba repleta de mujeres tomando malas decisiones en lo que a hombres se refería.

La besó. O tal vez fuese ella quien le besase. Más tarde, no sería capaz de decidirse, porque tantas ganas tenía de besarlo en aquel instante, en aquella playa, donde había pasado la mayor parte de su infancia imaginándose besando a alguien, que no podía recordar qué era verdad y qué fantasía.

Fuera cual fuese la realidad, Jack la convirtió en pura magia, inclinando los labios sobre los de ella como el pirata que se había zambullido en el mar y había dejado su barco atrás solo para seguirla hasta la costa.

La diferencia era que entonces estaba furioso.

Lo había visto moverse con control y perfección.

Aquel beso, en cambio, no era un gesto controlado, sino furioso. Pero seguía siendo perfecto.

Sabía a la sal del mar, y lo saboreó mientras disfrutaba de cómo tiraba de ella, le acariciaba la espalda, le bajaba la mano por la columna.

Alice medía uno ochenta y tenía la mente lo bastante despejada para saber que no era el tipo de mujer que los hombres levantaban del suelo.

Había ligado suficiente como para haber dejado atrás cualquier sueño de que la alzaran en volandas como a una princesa Disney (cualquier persona que se hubiera movido por el mercado amoroso de Nueva York comprendía la necesidad de hacer concesiones razonables).

Sin embargo, en cuanto las grandes manos de Jack se deslizaron en los bolsillos traseros de los pantalones cortos de ella y activaron una cifra hasta entonces desconocida en su cerebro de conexiones neuronales, la lucidez se perdió en el mar.

Y entonces lo hizo: la levantó del suelo en un movimiento firme, con una facilidad de la que se maravillaría más tarde, cuando no lo estuviera disfrutando tanto.

No le quedó otra opción que agarrarse a él, rodearle las caderas con las piernas y romper el beso con una exclamación desenfrenada.

—Ay, Dios.

—Mmm.