10 #2
—No siempre lo está.
Jack contempló el entorno; la arena húmeda, el verdín de los escalones de pizarra en la base del acantilado cercano.
—Marea baja.
Ella asintió, incapaz de ocultar el orgullo en su voz cuando le confesó:
—Uno de los mejores secretos de la isla.
Había pocas cosas que adorara más que aquella diminuta franja de arena, salpicada por los tesoros que escupía el mar, listos para que alguien los descubriera antes de que regresaran a los misterios de la bahía.
Con el rabillo del ojo vio que Jack avanzaba hacia ella. Alice se enderezó, vacilante, con el corazón en la boca.
—Seguro que te traías aquí a todos los chicos —dijo él.
Ella no pudo evitar reírse ante la idea, como si hubiera alguna posibilidad de que acabara allí algún chico sin que su familia lo destrozara. ¿No le había prestado atención?
—Uy, no te imaginas cuántos —contestó, agachándose para recoger una reluciente concha blanca de donde asomaba entre la espuma.
Él señaló los escalones de pizarra.
—¿Adónde llevan?
—Al bosque que hay detrás del gran roble.
—¿Por la pared del acantilado? Prefiero volver a nado al velero. —Acentuó el comentario con una mueca, pero Alice sabía que era puro teatro. Apostaría lo que fuera a que aquel hombre podía subir por aquella escalera sin despeinarse.
—Pues entonces haremos una carrera hasta la casa —repuso, y se acuclilló para limpiar su hallazgo en el mar.
—No me parece bien la ventaja que tiene el equipo local.
—Jack estaba lo bastante cerca para ver su tesoro: el dólar de arena más perfecto que había encontrado jamás—.
No sé si había visto alguna vez uno de esos en su entorno natural.
—Las palabras eran calmadas, un respiro momentáneo de lo que fuera que estuvieran haciendo.
—Solo tienen este aspecto cuando están muertos. —Ella alargó la mano y la concha plana le llenó la palma—. Pero molan igual. Prehistóricos.
Él hizo ademán de cogerlo.
—¿Puedo?
—Claro.
Un roce sutil de sus dedos en la mano de ella, cálidos y firmes, antes de que lo levantara para examinarlo.
—Un verano, cuando tenía nueve o diez años, esta fue mi tarea de las Olimpiadas Storm.
Él levantó la vista del dólar de arena.
—¿Qué quieres decir?
—Me soltó aquí con la marea baja. —Señaló el acantilado—. La prueba era encontrar el camino de vuelta a casa.
—¿Cómo? —Estaba horrorizado—. ¿Tenías nueve años?
—O diez.
—Ah, bueno. —Se rio—. Eso cambia por completo las cosas y ya no parece una ida de olla.
—Así era mi padre. —Se encogió de hombros, examinando la pared del acantilado, y de repente tomó conciencia de la ida de olla que era dejar a una cría allí, totalmente sola. Se quitó la idea de la cabeza—. No fue tan difícil. Solo tuve que subir.
—¿Y si te hubieras caído? ¿Y si te hubieras hecho daño y hubiese subido la marea?
—No me caí. Y no me hice daño.
—Pero podrías haber acabado mal.
No pudo evitar esbozar una media sonrisa de placer ante su enfado.
—Pero no acabé mal. Me quedé por aquí un rato. Estuve explorando hasta que volvió la marea. Y luego subí y me fui a casa.
El recuerdo de aquella tarde se le presentó nítido y claro, el cielo azul, los árboles verdes, el triunfo que había sentido al llegar a la parte de arriba de los escalones.
Cuando había salido del bosque y se había acercado al despacho con paredes de cristal de su padre y había aporreado la ventana desde fuera.
Él se había girado, con el teléfono en la oreja, y había asentido desde el otro lado del cristal, lo más cerca que había estado nunca de recibir su aprobación.
Se quitó el recuerdo de la cabeza.
—Total, que me gusta este sitio.
Jack parecía estar a punto de decir algo. Quizá a ella. O a Franklin. O al resto de la familia. Pero guardó silencio.
Tras señalar el dólar de arena que aún sostenía, olvidado, ella añadió:
—Son bastante raritos. En aguas calmadas, se sostienen de lado, en vertical. Y normalmente en grupos.
—¿Y cuando el mar está picado?
—Se tumban y se aíslan. Para protegerse. —Hizo una pausa—. Es la mejor forma de capear las tormentas. —Jack había dejado de observar el disco blanco redondo. Alice se aclaró la garganta—. Quédatelo.
—¿Como ofrenda de paz?
La pregunta llegó con un cierto humor que ella replicó, contenta de que le hubiera dejado cambiar de tema. Le lanzó una sonrisa mientras él se guardaba el dólar de arena en el bolsillo, y luego se dio la vuelta.
—Como sugerencia.
Alice habría jurado que Jack se había reído, pero el mar arrastró el sonido antes de que pudiera cerciorarse de ello.
Sin embargo, de lo que sí estaba convencida era de que la estaba observando; notaba sus ojos clavados en ella, ardientes, mientras recogía dos pedazos de vidrio marino y otra roca que era una esfera perfecta.
El tiempo y el silencio se alargaron entre ambos, y ella fue tomando más conciencia de él.
¿Se habría fijado en que los pantalones cortos se le pegaban al cuerpo?
¿En que la camiseta blanca —miró hacia abajo— le mostraba prácticamente todo?
No tenía el mismo relieve que él, pero al menos se había puesto un sujetador en condiciones.
La hiperconciencia la consumía, hacía que de pronto se lo cuestionara todo.
Cuando la marea regresara esta vez, ¿qué haría?
El camino no era tan sencillo como cuando era niña.
Cuando regresara a la casa, se encontraría con una prueba diferente.
Preguntas. ¿Dónde había estado? ¿Debía fingir que no había pasado el día con Jack?
¿O contarle a su familia la verdad? ¿Cómo respondería a la otra pregunta? Por qué.
«Porque me lo ha pedido» no le parecía suficiente.
«Porque le apeteció acostarse conmigo una vez» era definitivamente excesivo. ¿Llegaría a olvidar que le había dicho aquello? No, estaba claro que no. Pero tampoco era relevante, al menos para su familia.
«Porque quería salir de este puñetero infierno». La verdad.
—¿Por qué todo el mundo piensa que te marcharás?
La pregunta rompió la cacofonía de pensamientos, y Alice no pudo evitar sorprenderse al descubrir que Jack se los había leído hasta cierto punto. Pero no debería haberla cogido de improviso. Al fin y al cabo, para eso le pagaban, para saber lo que pensaban los demás.
Se encogió de hombros.
—Soy la única que se ha marchado alguna vez.
Él la escudriñaba con detenimiento.
—¿No tienes suficientes motivos para quedarte?
—Según tengo entendido, hay varios cientos de millones —contestó, incapaz de ocultar el sarcasmo.
—Ya es algo —dijo él.
—El dinero no...
—Alice. Por favor, no digas que el dinero da igual.
—No iba a decir eso —replicó—. Por supuesto que el dinero es importante.
Si mi padre hubiese sido contable, carpintero o profesor, ¿crees que estaríamos todos aquí jugando a esta idiotez?
—Hizo una pausa, pero él no mordió el anzuelo, lo que la obligó a continuar—.
¿Crees que tú estarías aquí, sintiendo que le debes algo por algún tipo de generosidad que percibiste hace diez años?
—No esperó a que le discutiera la verdad sobre su deuda—.
Si se hubiese dedicado a alguna de esas profesiones, todo sería diferente.
Pero era Franklin Storm, un genio pionero, querido por su enorme influencia, valorado por su brillantez, perdonado por sus errores y reconocido por su negativa a fracasar.
Estaba en racha.
—Franklin Storm, una fuerza de la naturaleza. Imparable. ¿Y quién habría querido detenerlo? Estaba cambiando el mundo.
—Y es verdad que lo cambió.
—Sí, ya lo sé. —No pudo evitar el desprecio en su voz—. Como para no darse cuenta.
—¿Se lo echas en cara?
—¿Qué sentido tendría? Es como estar resentida por el color de tu pelo o el aire que respiras —trató de explicarle—.
El éxito de mi padre simplemente... ha estado siempre ahí.
Como el mar. No hemos conocido otra cosa.
—Hizo una pausa—. Bueno, mi madre sí. Es probable que ella sí que le guarde rencor por su éxito.
—Pero ella no se marchó. —Dejó la segunda parte en el aire. «A diferencia de ti».
—No iba a decirte que el dinero diera igual —se defendió—. Iba a decirte que no era suficiente.
Él arqueó las cejas, pero no habló. Alice echó la vista hacia la costa, desesperada por encontrar algo con lo que distraerse de la conversación. Un cangrejo pequeño se paseaba por el agua baja, incapaz de impedir que las olas lo sacudieran de un lado para otro.
«Te comprendo, cangrejito».
Le habló a la pequeña criatura azul:
—El dinero no puede darme lo que quiero.
—¿Y qué es lo que quieres?
—No me enorgullezco de ello —susurró.
—Pues tienes suerte, porque a mí no me interesa juzgarte.
Lo creyó, y tal vez por eso le costó tan poco decir:
—No les importó lo más mínimo que me fuera. Se han sorprendido al verme cuando ha muerto, como si me hubieran olvidado. Y ahora...
Él asintió.
—Ahora solo quieren que te quedes porque hay dinero de por medio.
—Exacto.
—Pero también hay dinero para ti.
—No lo quiero. —Jack se rio, y a ella le cayó un poco peor—. ¿Por qué te hace tanta gracia?
—No me hace gracia. No es eso. Pero es exactamente lo que diría una chica como tú.
Lo miró perpleja.
—Una chica como yo.
—El dinero te da igual porque nunca has tenido que preocuparte por eso.
Se enfadó y sintió una pequeña punzada de decepción de que él, también, pensara en ella como Alice Storm Inc.
—No tendría que explicártelo, pero cuando me fui de su piso, me lo quitó todo. Me cerró las cuentas. Ahora me gano la vida yo solita, Jack. Sin veleros ni helicópteros, ni tampoco islas privadas.
—Viendo cómo suben las cucarachas por la pared, ¿eh?
No pasó por alto la referencia. Se sabía el verso siguiente de la canción sobre la pobre niñita rica. Resistió el impulso de mandarlo a la mierda.
—En ningún momento se me habría pasado por la cabeza llamarlo para pedirle que me rescatara.
—Sigue pagándoles las facturas a tus hermanos.