10
—Tú no solo has crecido entre barcos.
Ella habló primero, porque no quería que él dirigiera aquel momento ni que se diera cuenta de lo mucho que había disfrutado de las vistas cuando él había ejecutado un estilo libre perfecto, nivel olímpico, antes de emerger del mar, con su camisa de lino informal pegada al cuerpo de una forma que algunos considerarían una referencia clara al señor Darcy.
Pero Alice no. Ella se negaba en redondo a comparar a aquel hombre con un queridísimo héroe romántico. Era todo lo contrario a los héroes románticos.
«Quería acostarme contigo».
Definitivamente aquello no era algo que diría Darcy.
Eso y que ningún héroe austeniano tenía tatuajes en el pecho.
Se los había visto en la oscuridad la otra noche, pero no se había parado a observarlos con detenimiento; todo lo que había rodeado aquella experiencia había sido un frenesí, como si los dos hubieran sabido que al día siguiente cambiaría todo.
Sin embargo, Jack había sido el único realmente consciente de ello.
Se tensó al recordarlo, apartó la curiosidad por las sombras oscuras bajo su camisa mojada y se repitió la verdad: Jack era el villano de la historia.
Con la mirada clavada en su cara mientras salía del mar, levantó la barbilla y añadió:
—Pues parece que sí sabes navegar. —Sonó como una acusación.
—¿No te había quedado claro?
No había ni un ápice de la calma anterior en su voz. Estaba furioso, como si detestara que lo manipularan.
Algo que tenían en común.
—Has parado el velero en un abrir y cerrar de ojos.
—Aparte de que me han enseñado a hacerlo cuando alguien salta por la borda en una vía fluvial activa... —Uy, no le había hecho ni pizca de gracia—, sí, estoy familiarizado con los barcos. Te he dicho que crecí en el agua.
—Estaba perfectamente a salvo. No he hecho nada que no haya hecho antes cientos de veces.
Por un instante, se preguntó si lo habría llevado al límite.
—Me da igual lo que hicieras en barcos dirigidos por tus amiguitos descerebrados cuando eras joven, rica y estúpida. Cuando yo estoy en el timón, debes cuidarte más.
Resistió el ardor que notó dentro ante aquella preocupación ruda. Y que le hiciera tener ganas de una manera vaga, apenas perceptible, de obedecerlo.
Era insoportable y dominante, y le hablaba como si no hubiera puesto jamás un pie en el mar. ¿Se equivocaba con que cruzar la bahía a nado era peligroso? No del todo. Pero tampoco era que se hubiera estado paseando por allí; había nadado directa a la costa. Igual que él.
—Pensaba que te había quedado claro que no necesito un guardián.
—A juzgar solo por lo que ha pasado estos últimos tres días, estoy convencido de que sí que lo necesitas.
—Si hubiera sabido que te habían contratado para ello, no habría accedido jamás a navegar contigo.
—¿Pretendes ofenderme? —Respiraba entrecortadamente, y Alice tenía la sensación de que no era culpa del esfuerzo físico.
Lo miró con los ojos entornados.
—Que conste que en mi vida he sido estúpida.
—Claro que lo eras —replicó Jack, negándose a darle cuartel—. Eras joven y rica y tenías el mundo entero a tus pies. El cóctel perfecto para la estupidez.
—¿No es así como se siente cualquier persona joven? —Se notaba malhumorada, como la niña rica de su ejemplo.
—Sí, pero los ricos no solo lo sienten. Saben que es verdad.
Ella apretó los labios al oír aquellas palabras. La crítica que había detrás. ¿De superioridad? Quizá simplemente fuese justa.
—¿Y tú? ¿Tú también tenías el mundo a tus pies?
—¿A ti qué te parece?
Se lo imaginaba alto y atractivo, seguramente el chico más guapo de su clase, con los hombros anchos desde que nació, dominante.
El capitán de algún equipo, con toda probabilidad.
Por el que se pelearían las chicas. Quizá lacrosse.
O por cómo nadaba, algo relacionado con el agua. Submarinismo. Waterpolo.
—¿Jugabas a waterpolo?
Él exhaló, aún exasperado. Bien.
—No.
—¿Submarinismo?
—No.
—¿A qué jugabas?
—A nada. —Echó la vista hacia la pared del acantilado—. ¿Dónde estamos?
—En la parte trasera de la isla, al otro lado del roble gigante. —Hizo una pausa—. Un niño de teatro, entonces.
Él la atravesó con la mirada con un destello de sorna en los ojos, un instante antes de que desapareciera detrás de su máscara a todas luces demasiado atractiva, y ella ignoró la sutil sensación de triunfo que le provocó.
—No tenía tiempo para... actividades extraescolares.
—¿Estabas demasiado liado ganando tu primer millón?
—Estaba demasiado ocupado... —Sopesó sus palabras—. Estaba demasiado ocupado, punto.
Hubo algo en su respuesta que la dejó sin palabras. Algo que olía a verdad. Ignoró la punzada de curiosidad que le produjo y se giró hacia el velero, que seguía inmóvil a pesar del viento.
—A mi padre le habría impresionado cómo lo has manejado.
—No lo he hecho para impresionar a tu padre. Lo he hecho porque no habíamos terminado.
—¿Ah, no? —le espetó ella—. Yo sí había terminado. He terminado de hablar contigo, de contarte cosas que no debería. —Hizo una pausa—. ¿O eso también forma parte del juego? ¿Lo de asegurarte de que quedo en ridículo hablándote de todos mis errores?
—Eso no... —Se pasó una mano por el pelo—. Sí, se supone que debo ayudar a que no te vayas de la isla. Pero no soy tu puto enemigo.
A todas luces, él se lo creía, pero ella no lo tenía tan claro.
—Qué raro. Si no eres mi enemigo, voy a empezar a pensar que te gusto.
—Jamás se me ocurriría que me gustaras —contestó con sequedad—. No querría asustarte.
Otra observación que le habría molestado si no le hubiese sorprendido tanto.
Aunque no tuviera claro qué se traía entre manos, de dónde venía ni quién era, sí sabía que no era como el resto de los hombres de su vida.
No era bromista y agradable como los del trabajo, ni sensible y desenfadado como Griffin, ni dark academia como los hombres de la escena artística neoyorquina, o que hubieran nacido con una cuchara de platino en los labios como aquellos con los que se había criado.
Al menos no daba la impresión de ser ninguna de esas cosas.
Daba la impresión de ser fuerte, constante, inteligente y...
capaz de mantenerse firme en una pelea, tanto física como mental.
Tampoco era el tipo de hombre que te hiciera sentir cómoda, y Alice se sentía de todo menos cómoda en aquel momento.
—Me has dado un susto de muerte, Alice. ¿Cómo se te ocurre saltar de un barco en movimiento?
—¿Te preocupaba que no te pagaran si me ahogaba mientras me vigilabas? —Era un golpe bajo, pero le daba igual.
—La virgen.
Ignoró cómo se le aceleró el pulso al alejarse de él, observando la pequeña franja de arena para mantener la mirada puesta en cualquier cosa que no fuera Jack y su tono, y los ángulos de su mandíbula y los músculos que dejaba a la vista su camisa blanca, y su atención infatigable en ella.
—Soy una excelente nadadora.
—Ya me he fijado.
—Como siempre —replicó, y los dos percibieron la sorpresa, el recuerdo de las otras veces que se había fijado en ella. En el tren. En la estación. En el andrajoso motel. En la habitación dos noches atrás, cuando estaba desnuda.
Bueno, prefería no pensar en ello (al menos no con él justo delante).
—Vale. ¿Qué sacas a cambio de retenerme aquí?
Un largo silencio, y luego:
—Ya te lo he dicho. Le debo una a tu padre.
—Claro —dijo, agachándose para recoger un guijarro blanco y perfectamente redondo de la arena—. Por haberte cambiado la vida.
Él asintió.
—Exacto.
—¿Y eso qué significa?
—Estuvo de mi lado antes de que yo estuviera del suyo.
No era habitual decir algo así; puede que hubiera decenas de adjetivos para describir a su padre (pionero, genio, etc.), pero la gente no solía referirse a él como útil. O solidario. O leal. O bueno. Al menos no sin ruborizarse antes.
—¿Cuánto hace que os conocisteis?
Una pausa, lo bastante larga como para que ella se preguntara si le diría la verdad.
—Unos diez años.
—¿Cuánto llevas trabajando para él?
—Llevo cinco años trabajando en Storm.
Eso no era lo que le había preguntado.
—¿Y para mi padre?
Jack la miró fijamente.
—Un poco más.
—No vas a contarme a qué te dedicas, ¿verdad?
Él se agachó hacia la arena y seleccionó una pareja perfecta para su guijarro blanco. Cuando se incorporó, se lo ofreció sobre su mano ancha. Como una ofrenda de paz.
—Él quería que estuvieras aquí. Y estás aquí. El resto depende de ti.
¿Por qué? No tenía ningún sentido. Franklin tenía a todo el mundo satisfaciendo sus caprichos incluso ahora, estando muerto. ¿Y se suponía que Jack solo debía disfrutar de unas vacaciones? Imposible.
—¿Y si me quedo toda la semana? ¿Tú qué ganas?
—Creo que la cuestión es qué ganas tú.
No era una respuesta, pero tampoco lo presionó. Era un muro de ladrillos; no tenía sentido darse cabezazos contra él.
—¿Y si no me quedo?
—Pierdes la herencia. Igual que tus hermanos.
—¿Y qué pierdes tú?
—¿Tengo algo que perder?
—No admitirás que tienes un incentivo —señaló ella—. Así que sí.
—Si no es la zanahoria, ¿es el palo?
Alice echó hacia atrás los brazos y se metió las manos en los bolsillos traseros de los pantalones cortos.
—A la manera de Franklin Storm. En el caso de esta familia, tanto la zanahoria como el palo.
Jack asintió, sin apartar la mirada.
—¿Y si el incentivo fuese esto?
Notó cómo se le encendían las mejillas. No podía referirse a...
—¿Esto qué es?
—Navegar. —Señaló con una mano el azul resplandeciente de la bahía y recitó—: «En un día en que el viento es perfecto no tienes más que desplegar las velas y el mundo se llena de belleza».
Reconoció las palabras, pues Franklin se las había repetido tanto a las personas de su órbita que se las habían memorizado.
—Si mi padre hubiese leído alguna vez a Rumi, renunciaría a mi herencia aquí mismo —contestó ella con sequedad.
Él levantó las cejas negras.
—Pensaba que querías renunciar a tu herencia aquí mismo de todas formas.
Ella se tragó el nudo de frustración que se le hizo en la garganta. Él pareció darse cuenta y señaló la pequeña cabeza de playa.
—No sabía que esto estaba aquí.
Alice aprovechó el nuevo tema.