Tormentas de verano 9 #5
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—Cuando espero más de la gente, me llevo una decepción —le dijo ella al agua—. Esperaba más de mi familia. De mis hermanos. De mi madre, de mi padre. Y de Griffin. —Se giró hacia Jack—. Y de ti.

Por primera vez desde que se había montado en el velero, pudo ver que las palabras lo dejaron tocado.

—Se suponía que eras un buen tipo. Me dijiste que lo eras.

Él asintió.

—Tienes razón.

—Mi padre no es el único que está jugando a algo, ¿eh?

—Alice.

—No —lo cortó ella.

Se acercaban al lado oriental de la isla.

El sol se había elevado en el cielo y proyectaba la sombra azul oscuro del acantilado en una diminuta cala; azul de Prusia, delineado con precisión del reluciente ultramarino de la bahía bajo el sol.

La marea baja había dejado a la vista la minúscula cabeza de playa que antaño fue uno de los secretos mejor guardados de la isla Storm.

—Tú también estás jugando a un juego, ¿verdad? —insistió.

Jack negó con la cabeza.

—Aquella noche, no.

—¿Y ahora?

Silencio. Alice no pudo evitar reírse, conmocionada, plenamente consciente de que le había contado mucho más de lo que le habría contado de haberlo sabido.

—Hostia. No somos solo sus piezas. También somos tus piezas.

—Alice...

—Sabías quién era —lo interrumpió—. Sabías que tenía que llegar a la isla.

Sabías que debía quedarme aquí. Eras el único que sabía que debía quedarme aquí.

No me escribió una carta, sino que te envió a ti.

—Se giró hacia el atolón, los dominios de su padre, cargada de recuerdos.

No sabía lo que Jack se traía entre manos, pero era una prueba, igual que todo lo que había vivido allí; una prueba imposible de superar—.

Todo el mundo pensaba que habíamos conseguido una prórroga con el primer día del juego.

Siete días, pero tú no llegaste hasta el segundo. Aunque sí que llegaste... por mí.

Si Jack seguía apretando la mandíbula, se le partiría.

—Tu juego no es la familia. Soy solo yo.

No respondió, ni falta que hacía. Alice tenía razón.

—No estás aquí solo para juzgar el juego, y tu tarea no es solo navegar. Eres mi guardián. Se supone que tienes que retenerme en la isla porque, qué, ¿mi padre creía que me iría y le aguaría la fiesta? Es eso, ¿verdad?

Pasó un largo rato, y Jack parecía fuera de sí. Alice notó una sensación triunfal en el pecho; lo había descubierto. Y luego se movió en dirección a la vela mayor.

—¡Alice! —le llamó él—. Déjame que te lo explique.

—Paso —contestó—. Ahora que sé que esto es el juego, ya sé cómo jugar. —Deslizó la maroma con facilidad, aflojando el gigantesco triángulo de tela antes de gritar algo que tras años de experiencia en el agua ya le resultaba instintivo—. Al pairo.

Al orzar el velero perderían la velocidad suficiente para que cuando se lanzara al agua no la arrastrara la estela. Aunque eso tampoco la detendría, borracha como estaba de poder temporal y algo mucho más peligroso: tristeza.

Se quitó las zapatillas de deporte y se subió a la barandilla del barco.

—¿Qué co...? —Jack se dirigía hacia ella, deprisa.

Su improperio se perdió entre las aguas cuando Alice se arrojó del Lizzie y el frío chapoteo de la bahía la recibió como a una vieja amiga.

«Como el hogar».

Salió a la superficie mientras oía su nombre, grave y furioso, y pasó directamente a estilo libre de camino a la pequeña playa, dejando que la idea de lo mucho que lo había sorprendido y enfurecido la empujara con un deleite satisfecho.

Jack no habría podido detener el barco y gritar ni aunque hubiese querido; no había forma de apagar el viento.

Detener veleros con precisión y velocidad requería la práctica que te proporcionaban centenares de horas en el mar (y una cantidad similar de castigos paternales).

Llegó a la costa en menos de cinco minutos, emergiendo del agua en la cala con el corazón a mil y la respiración agitada, llenando los pulmones con cada bocanada de aire. Se apartó el pelo del rostro y sonrió.

Puede que Jack creyera que la conocía a ella y a aquella familia y el velero de su padre, pero no lo sabía todo.

Si sus cálculos eran correctos, el Lizzie ya se habría perdido de vista, en dirección al extremo norte de la isla, por la pared del acantilado.

Si quería seguirla, tendría que volver a rodear el peñasco, y para entonces ella ya habría subido por los escalones secretos y se habría marchado hacia la casa.

Alice se giró hacia el mar y se quedó inmóvil, invadida por una cantidad pareja de sorpresa y admiración.

El Lizzie no se había perdido de vista. Se había detenido, en dirección al viento, con el palo de mesana anclándolo al agua reluciente, más cerca de la costa de lo que estaba cuando ella se había zambullido en el agua.

Había pairado el velero cual marinero experimentado.

No, cual marinero no. Allí parado en el borde del velero, con los brazos cruzados sobre su pecho ofensivamente ancho, observándola.

Cual pirata. Si los piratas llevaran gafas de sol.

Como si la hubiera oído, Jack levantó el brazo, se quitó las gafas de aviador y las tiró sin preocuparse de dónde aterrizaban.

Y luego se zambulló en la bahía y echó a nadar directamente hacia ella.