Tormentas de verano 9 #4
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No había sido el caso de Griffin: no era lo bastante fuerte para los juegos de su familia; Alice ya lo sabía por aquel entonces.

Lo que no se esperaba era que recogiera el guante sin más.

Era encantador, divertido y con don de gentes, muy parecido a Franklin en ese sentido.

Esperaba que aprovechara sus dotes de golden retriever para sobrevivir a las fiestas, demasiado despistado como para tener miedo.

—Mi padre lo odiaba.

—Supongo que esa era la cuestión —observó Jack, como si fuese obvio.

Y ahora entendía que sí, que lo era, con el beneficio del tiempo y mucha terapia. Pero entonces no estaba dispuesta a admitir que en el fondo no había albergado nunca esperanzas de que su familia aceptara a Griffin.

—El problema no era él. No del todo.

—Ni de él ni tuyo, diría. —Al ver que le lanzaba una mirada fría, añadió—: La cuestión era que tu padre volviera a dirigirte la palabra, ¿no?

Era posible que odiara a aquel hombre y la claridad con que lo veía todo.

Esa forma de hacerle las preguntas que ella evitaba deliberadamente.

De haber previsto la catástrofe, ¿habría hecho algo distinto?

Era imposible saberlo. Igual que era imposible no torturarse ahora con esas situaciones hipotéticas.

—¿Y mi padre? ¿Cuál era su problema?

—La ira —contestó enseguida—. Eras lo más valioso que tenía, y te había perdido.

Fuera o no su protegido, Jack no entendía lo que Franklin sentía por ella. Alice se obligó a reír.

—Qué gracioso.

—Es la verdad.

Se sumieron en el silencio y ella lo llenó mirando al sur, donde la entrada de la bahía se abría hacia el Atlántico. La señaló con la cabeza.

—Deberíamos volver, rodeando Beavertail y pasando por Castle Hill.

Jack no respondió, pero viró con el velero.

Ella se dirigió a la botavara y comprobó los estayes, que ajustó mientras él procedía con el giro.

Miró el faro de Castle Hill, apostado en lo alto de la escarpada costa que se alzaba sobre ellos, observándolos como había hecho con tantas otras embarcaciones durante el siglo que llevaba allí.

Una vez le pintó aquel faro a su padre (gris de Davy, tierra verde); no había vuelto a ver la obra.

—No llevábamos ni una hora en la isla cuando mi padre me convocó en este velero. —Señaló la cabina con la barbilla—. Apenas me miraba a la cara de lo furioso que estaba de que hubiera venido. Y de que hubiera traído a Griffin.

«Eres demasiado lista como para venir con alguien como él». Aún lo oía; aún sentía la satisfacción de por fin haber sido capaz de sacar a Franklin de sus casillas. «Es un chiste. Deshazte de él».

«¿Y si no quiero?», le había preguntado ella, reacia a ceder, agradecida por la pelea. Por la atención que todavía ansiaba, incluso entonces, ya como una adulta funcional (¿es que acaso se podía ser un adulto funcional bajo la presión del desprecio paternal?). «¿Me vas a echar por fin?».

«No me culparía nadie —le espetó él—. Por todo lo que he tolerado».

Ella estaba fuera de sí.

«¿Que tú me has tolerado? ¿Y yo qué? ¡Llevas años sin dirigirme la palabra!».

«¿Qué pensabas que pasaría? —le respondió él—. ¿Creías que te alabaría como a una heroína? ¿Creías que te daría las gracias por traicionarme?».

«Lo que creía era que... —Cambió de idea. Y cambió las palabras—. Pensaba que serías un padre mejor». En aquel momento no fue consciente de lo que debía de haberle dolido. Pero ahora, entendiendo que aquellas fueron las últimas palabras que le dirigió...

Se tragó las emociones que se le agolpaban. Se recordó que fue Franklin quien le puso fin a todo.

«Pues entonces estamos igual de decepcionados».

—Me dijo que me fuera —concluyó ella, echando los hombros atrás.

Levantó la barbilla, como siempre que discutían.

Cuántas veces había recordado las palabras frías y rígidas de su padre a lo largo de los años, móvil en mano, preguntándose si debía llamar a casa.

No llamaba nunca, distraída por el ruido de las palabras en los oídos, por cómo la dominaban y realimentaban su propia ira. Su rechazo a doblegarse.

Percibió la sorpresa de Jack a pesar de estar oculto tras las gafas de aviador.

—¿Con esas palabras?

«Vete ahora mismo de mi puta isla».

Se lo había dicho en voz baja, con indiferencia, y en cierto modo peor que si le hubiera gritado y la hubiera dejado en el muelle más cercano. Le daba igual, y eso le dolía. Una parte de ella agradecía ese dolor. Por lo que vino después. Porque le dio arrojo.

Jamás se le habría ocurrido que aquella sería su última conversación. Jamás se habría imaginado que moriría; Franklin Storm no era el tipo de hombre que se moría.

Alice asintió.

—Tal cual.

El velero se le antojaba infinitamente más pequeño después de aquella vergonzosa confesión, y no le gustaba. Miró a Jack, que tenía los labios apretados en una línea firme, y una chispa de aquella vieja ira se le encendió de nuevo, esta vez hacia Jack.

—¿Valió la pena? —interrumpió él sus pensamientos—. Marcharse, digo.

—Siempre merece la pena marcharse cuando una persona no quiere que te quedes. —Su terapeuta estaría orgullosísima de esa respuesta.

Griffin no merecía la pena, pero ¿su propia libertad?

¿El convencimiento de que podía sobrevivir sin ellos, de que podía ser mucho más que Alice Storm Inc.

? Eso sí merecía la pena. Y en cuanto a la familia...

¿merecía la pena que la ignoraran? ¿Que la olvidaran?

¿Merecía la pena que su padre no hubiera tenido unas últimas palabras para ella?

Ni una carta, ni una llamada de teléfono; nada.

El castigo final. Ninguna respuesta, solo preguntas. Contempló el agua durante un largo rato, saturada de preguntas, y finalmente se giró hacia él.

—Aquella noche. En el tren. En el Quahog Quay.

A Jack no pareció cogerlo por sorpresa aquel cambio radical de tema. Porque ese era precisamente su trabajo.

—Me creas o no, mi intención no era acostarme contigo. Al menos al principio.

—Qué curioso, porque podrías haberlo evitado contándome quién eras. —Apenas había abierto la boca para responder cuando ella levantó la mano y añadió—: Es culpa mía por insistir en lo de los nombres. Provoqué un caso irreversible de parálisis vocal.

—No. —Su respuesta fue breve y firme—. Para cuando me dijiste lo de los nombres, a mí ya me parecía bien.

Arqueó las cejas.

—¿En serio?

Él se giró entonces hacia ella.

—¿Qué quieres que te diga, Alice? ¿Que quería acostarme contigo?

«Sí». La respuesta le recorrió el cuerpo, sorprendente, imprevista, real.

Alice no era el tipo de mujer con la que los hombres querían acostarse.

O al menos no era el tipo de persona con la que los hombres afirmaran desear acostarse.

Y si alguien le hubiera preguntado una semana atrás si aquello era el tipo de cosa que le habría gustado oír, ella habría respondido que «no, ni mucho menos. Gracias, pero no».

Por lo visto, se habría equivocado.

Por suerte, la pregunta era retórica.

—Vale, pues quería acostarme contigo. Y sabía que si te decía quién era, eso no pasaría.

Aquello la dejó con la boca abierta, pero él siguió hablando:

—A lo mejor estaba triste, o quizá enfadado, y puede que estuviera en shock y que, en aquel momento, no me interesara enfrentarme a la vida real. Y a ti tampoco. A ti te apetecía tanto como a mí.

Tenía razón. Alice se agarró con fuerza a la pulida barandilla del velero. Le apetecía, y si en ese momento no se estuviera controlando, todavía le apetecería.

Como si hubiese oído la confesión silenciosa, Jack sentenció:

—Ya te dije que deberías esperar más de la gente.

Ella posó la mirada en las manos de él, fuertes y firmes sobre el timón, esa brújula con sus hermosas líneas tatuada en su antebrazo.

Era la primera vez que se la veía con luz, y por eso no fue hasta ese momento cuando se percató de que no era solo una brújula.

Allí, grabado en la delicada esfera, había un sextante igual de delicado, una antigua herramienta marinera que se utilizaba para navegar por el mar con la ayuda de las estrellas.

Era el tipo de cosa que solo le interesaría lo suficiente a alguien que hubiera navegado mucho a lo largo de su vida, tanto como para grabárselo permanentemente en la piel.

¿Quién era aquel hombre? ¿Y qué hacía allí con ella?

El hombre que se había fijado en ella. El hombre que le había hecho preguntas y había esperado en silencio a que las respondiera, permitiéndole así que tomara malas decisiones. No le convenía.