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—No —lo interrumpió, horrorizada por aquel principio de disculpa, como si a partir de ahora la fuese a tratar de otra forma, con más tacto.
Con más sensibilidad. No era lo que quería—.
Por favor, no sigas. Si no hubiese pasado aquí, habría pasado en cualquier otro sitio.
Eso es lo que consigues por enfadar a Franklin Storm.
Lo más curioso es que yo nunca quise trabajar en la empresa.
Él levantó las cejas por encima de sus gafas de aviador.
—¿Y qué hacías allí?
—Jack, después de todo el tiempo que has trabajado para mi padre, ¿alguna vez has visto que no se saliera con la suya?
Hostia, si está muerto y todavía lo hace.
—No lo negó, así que prosiguió—. Trabajaba allí porque él quería tenerme allí.
Porque ese era su plan. —Continuó, contándose los dedos—: Me escogió a mis amistades, la universidad a la que fui, las becas de verano, los pisos en los que he vivido.
Estaba viviendo el sueño de Franklin Storm.
Los demás no eran para él: Greta era la réplica de Elisabeth; Sam, el tipo de persona que medraba con el dinero y el poder, pero no demasiado trabajador; y Emily era un encanto, aunque no para los accionistas. En cambio, Alice...
—Poco importaba lo que yo quisiera. Estaba convencido de que era el futuro de Storm.
La hija que moldearía a su imagen y semejanza.
—Pasó los dedos por el agua salada de la barandilla mientras hablaba—.
Me habían dado una beca de investigación en Roma.
En conservación del arte. Me había deslomado por conseguirla; hacía veinte años que no se la daban a una persona estadounidense.
Estaba que no cabía en mí de orgullo. Era lo primero que sentía de verdad como mío. ¿Y sabes qué hizo él?
—Alice.
Claro que lo sabía, por descontado. Lo miró.
—No sé qué hago contándote esto. Eras el que le arreglaba los problemas. Ya sabes lo que hizo. Lo que era capaz de hacer para salirse con la suya.
Se le cayó el alma a los pies cuando recibió una carta en que le informaban de que habían retirado los fondos de la beca. Le había suplicado dinero a su madre, y luego le había suplicado al museo que le dejara pagarlo por su cuenta.
Seis meses más tarde, Storm Inc. aparecía como uno de los donantes principales en su página web.
Su padre no lo había ocultado; quería que Alice supiera que él siempre se saldría con la suya.
Cuando se enfrentó a él, Franklin le recordó con esa superioridad y arrogancia suyas que ella era un «activo de primera clase, imposible de liquidar».
Cada vez que lo decía, más aún se atrincheraba ella. Más ganas le entraban de intentar ser algo diferente. Algo menos parecido a él. Algo menos Storm.
—Hizo planes para toda mi vida. Con quién podía salir, dónde podía estudiar, qué podía estudiar, dónde quería que viviera, que trabajara.
Y yo lo odiaba. —Se encogió de hombros—.
Y la verdad es que cuando lo obligué a ver que no quería las mismas cosas que él...
, dejó de quererme cerca. Pero tampoco podía echarme sin más.
—Por eso te echaste tú misma.
Ella lo miró con gesto de sospecha.
—¿Y eso qué significa?
—Pues que, haciendo números, pasaron siete años desde tu entrada de Wikipedia y cinco desde la última vez que estuviste aquí. ¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? A ver si lo adivino: tu prometido.
—Griffin. —Levantó la barbilla—. Ya no hay Griffin. Se acabó.
Temía que le pareciese un fracaso confesárselo, pero cuando él asintió y contestó «ya lo sé», lo sintió como otra cosa. Como libertad.
—¿Perdona?
Un instante de duda, apenas perceptible, y luego se esfumó y respondió:
—No llevas anillo de compromiso.
Ella agachó la vista hacia su mano, desnuda desde hacía poco.
—Eres el único que se ha fijado.
—Porque me fijo en ti.
Alice abrió mucho los ojos detrás de las gafas de sol, sin saber bien qué decir; se había pasado la vida entera intentando que no se fijaran en ella, pero jamás le había parecido tan peligroso como que aquel hombre, todo manos fuertes y mandíbula afilada, la observara.
Como si no tuviera ya suficientes problemas con los que lidiar.
El sonido del carraspeo de él debería haberse perdido con el viento, pero fue tan perceptible como sus siguientes palabras.
—A tu padre no le gustaba tu prometido.
—Mi padre apenas conocía a mi prometido.
—Entendido —repuso él, concentrándose de nuevo en el agua, navegando entre las olas—. ¿A ti te gustaba? Griffin, digo. —No pasó por alto cómo pronunció el nombre, como si no tuviera buen gusto.
—Obviamente. —¿Sí, de verdad? ¿En serio era obvio? Echó la vista al mar y respiró hondo—. Era la segunda cosa que sentía como enteramente mía.
Tenía entonces veintiocho años, devastada por una vida entera de batallas con su padre, grandes y pequeñas. Ya no podía vencer en la guerra después de haberlo traicionado hasta las últimas consecuencias, de haberle dado la espalda al camino que le había preparado desde su nacimiento.
—Era atractivo y divertido. Tenía una gran personalidad.
Griffin había sido todo sonrisas cálidas y carcajadas e historias increíbles sobre la vez en que cruzó Europa con una mochila durante un año sabático antes de entrar en la Universidad de Nueva York, y con amigos por todas partes, y no, no tenía trabajo estable (era actor) y nadie tenía claro del todo cómo pagaba el alquiler de su piso en Greenpoint (no era actuando), pero ¿qué más daba si era tan divertido?
—Me estaba ocultando; todo el mundo sabía lo que había hecho.
Mi padre no me dirigía la palabra. Estaba perdiendo al resto de la familia, porque no sabían lo que pasaría entre ambos y no tenían el más mínimo interés en verse en medio del fuego cruzado.
Tenía un nuevo empleo y trataba de comenzar de cero.
Y Griffin... simplemente era... diferente.
»Organizaba una noche de trivial en un bar cerca de la universidad donde doy clase.
—Nunca antes había ido; le daba demasiado miedo que sus colegas le hicieran preguntas que no quería responder.
Pero no le habían preguntado nada. Se lo había pasado bien y había sido feliz—.
Cuando nuestro equipo ganó, él llegó dando saltitos.
Me había sabido una respuesta que él esperaba que los dejara a todos desconcertados.
Me invitó a una copa. —Era mentira. Alice había pagado todas las bebidas, pero llevaba tanto tiempo reescribiendo aquella noche que se había olvidado de la verdad—.
Nunca había conocido a nadie tan... desinhibido.
—¿Desinhibido? —Lo pronunció con el mismo tono que «Griffin».
—Impulsivo —especificó ella—. La impulsividad no es algo que se les permita a los hijos de Franklin Storm. A la prensa le llama la atención. Las redes sociales estallan. Actualizan la Wikipedia.
Él ignoró la pullita de aquel comentario.
—¿Cuál fue la respuesta que debería haberlos dejado desconcertados?
— Judit decapitando a Holofernes —contestó, y se consoló al ver que Jack no respondía, seguramente porque no entendía la referencia al cuadro.
Griffin sí la había entendido, y donde otros hombres podrían haberse alejado de una mujer apasionada con esa obra en concreto, a él le había impresionado (aunque hay que decir que en aquel momento no conocía la historia de ella).
Un mes más tarde, Griffin se mudó a su diminuto estudio y a todo el mundo le encantó, incluso a Gabi, quien era conocida por detestar a todas las parejas de Alice.
Griffin era alegre y una buena compañía, y le hacía bien.
¿Qué más daba que no tuviera un trabajo estable?
¿Qué más daba que no se tomara nada con seriedad?
Tenían veintipico años y él era la bomba.
Eso y lo más importante: lo había elegido Alice (para bien o para mal).
—Vale —dijo Jack, inmiscuyéndose en sus pensamientos—. ¿Y qué pasó luego?
—Llevé a Griffin al Cuatro de Julio.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Aquí?
—Sí.
—Con tu padre.
—Entiendo por tu evidente estupefacción que estás familiarizado con el Día de la Independencia de los Storm.
Asintió.
—No he tenido el placer de asistir, pero sí.
El Cuatro de Julio era un acontecimiento familiar para los Storm, no porque sintieran una afinidad especial por el rojo, el blanco y el azul, sino porque era una época del año magnífica en la isla, lo cual lo convertía en el momento perfecto para pasar un fin de semana largo de cróquet, bochas, barcos, ostras, langostas hervidas y cócteles y rondas y rondas de partidas de cartas que los hacía sentirse como una familia normal, hasta que Franklin se aburrió y comenzaron las Olimpiadas Storm.
El patriarca les asignaba tareas cada vez más imposibles a sus hijos...
y a quienquiera que trajeran a probar suerte en aquel espectáculo concreto.
No estaban hechas para timoratos, y normalmente suponían la prueba final de los recién llegados a la familia.
Solo llevabas a tu pareja al Cuatro de Julio cuando la cosa estaba muy clara.
A Sila no la habían invitado hasta que se había casado con Sam (y para entonces ya estaba embarazada de Saoirse, así que no había vuelta atrás).
Emily se saltó las reglas y llevó a un novio cuando estaba en el instituto (siempre la más joven) y todo el mundo perdió los nervios, incluido el pobre chaval, que se había quedado de piedra ante la insistencia de Franklin de que fueran todos a saltar desde un acantilado y había llamado a sus padres para que lo recogieran en Wickford por una más que oportuna «emergencia familiar».
A Emily le gustaba bromear con que después de aquello ya solo salía con mujeres, porque los hombres no eran lo bastante fuertes para soportar las diabluras del Día de la Independencia de los Storm (que conste que Claudia lo bordó en su primer día en la isla; saltó del acantilado Moonstone sin pensárselo dos veces, con lo que recibió el respeto de Franklin como trofeo).