9 #2
A Jack se le tensó todo el cuerpo ante aquella respuesta, como si tuviera media decena de argumentos para defender su postura.
Como si, de no estar en aquel barco, quisiera llevársela a la sala de conferencias más cercana y ofrecerle una presentación con todos los motivos por los que le debía una a Franklin Storm.
—Total, que te toca navegar —dijo ella, devolviendo la conversación a aguas más calmadas—. ¿Y qué pinto yo en esto?
—Hacía mucho que no pisaba el agua. Y he pensado que a lo mejor tú tampoco.
No era una respuesta, pero igualmente ella no la esperaba. Ladeó la cabeza hacia la enorme vela mayor, de un color crema reluciente bajo el sol, y le respondió como si se estuvieran confesando verdades.
—Así es.
Pero no le contó toda la verdad. No le contó que la última vez que había navegado había sido allí, en aquellas aguas. En aquel barco. En aquella isla.
Con aquella familia.
Se hizo un silencio largo, y ella agradeció que Jack llevara unas gafas espejadas para no tener que sentir su intensa mirada cuando precisamente le preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez?
—Estuve en un pontón hace unos años. —Él dejó escapar un sonido que indicaba lo que opinaba de los pontones—. Pues son muy resistentes. Como los esquifes. E incluso los yates. Y todos son más seguros que un velero. En un pontón no hay posibilidad de que te tire al mar una botavara de seis metros.
—Tu padre nunca se dejó intimidar por el peligro.
—Ya, bueno, teniendo en cuenta que hace tres días que se mató con un planeador, podría haber tenido un poquito más de cuidado.
Se había pasado, y lo sabía. Pero, por alguna razón, aquel barco, donde estaba convencida de que encontraría un respiro de la isla, le resultaba todavía más asfixiante que esta. Se puso de pie y se dirigió a la popa.
—Voy a echarle un ojo a la mesana. No debería estar tan...
Caótica. Desatada.
No pretendía mirarlo cuando pasó a su lado, pero era difícil evitarlo.
Incluso aunque no hubiese sido del tipo de hombre que exigía atención por el mero hecho de existir, Alice no podía ignorar que la estaba observando.
Y entonces, para colmo de males, pronunció su nombre.
Con firmeza. Con seguridad. Como la tierra firme.
—Alice.
¿Qué se suponía que debía hacer? ¿No responderle? Habría sido una falta de respeto. Se giró hacia él. Bajo coacción.
—Siento mucho tu pérdida.
Lo había dicho antes, delante de toda la familia, cuando les había presentado las instrucciones del juego. Cuando nadie le había hecho caso. Probablemente debía hacérselo ahora. Pero no quería. Sabía que quedaría como una persona obstinada, pero ¿qué podía decirle?
«Gracias, pero si de verdad lo sintieras, no nos habrías comunicado sus demenciales últimas voluntades».
Era lo más amable que se le ocurría. Lo peor era: «Gracias, pero si tanto lo sentías, ¿por qué coño me follaste en un motel frente al mar?
». Y luego estaba: «Gracias por sentirlo, pero yo no sé si lo siento».
Optó por lo siguiente:
—Y yo siento la tuya.
Jack apretó la mandíbula, un gesto que no estaba destinado a que ella lo percibiera.
—Gracias.
Y luego, como si la gratitud la hubiese desbloqueado, continuó hablando:
—La última vez que estuve en este velero, discutí con mi padre.
Estaban acercándose al puente de Jamestown, con decenas de embarcaciones compitiendo por colocarse para pasar hacia la entrada de la bahía, donde el reflejo del sol en el agua resultaba cegador.
—No era difícil discutir con tu padre.
—Aquella discusión venía de lejos. —Jack aprovechó el esfuerzo de navegar a través del atasco para esquivarle la mirada.
Era un movimiento, como más tarde comprendería.
Una táctica para que ella hablara más. Cualquiera de los especialistas en comunicación que había tenido a lo largo de la vida hubiera sentido un escalofrío cuando cedió precisamente a eso—.
Supongo que sabes por qué nunca llegamos a conocernos.
Él no fingió que no la entendía.
—¿Tú y yo? Sé lo que se supone que debo creer.
Franklin debía de adorar a aquel hombre y su insoportable astucia.
—Sabes lo que le hice. A él y a Storm.
Jack asintió.
—Eres bastante famosa.
—Infame, dirás.
Él negó con la cabeza una vez, con firmeza.
—¿Quieres contarme lo que pasó?
—Seguro que estás al tanto de las partes más importantes —contestó ella—. Tengo sección propia en la página de Wikipedia de Storm Inc.
—¿Ahí es donde están las partes importantes?
No, ahí no.
Reformuló lo que había dicho:
—Conoces las partes que eran importantes para el resto del mundo. Las partes de las mujeres que alzaron la voz.
Alice tenía veintiséis años y trabajaba en el Departamento de Diseño Industrial de Storm cuando descubrió que una decena de mujeres de la empresa habían hecho piña para denunciar el comportamiento inapropiado del jefe de operaciones de la compañía, un hombre que llevaba años abusando de su poder.
Motivadas por los cambios en el mundo y por el apoyo mutuo, las víctimas habían dado un paso al frente con la esperanza de que las escucharan, las creyeran y les ofrecieran una solución.
La mala conducta —que iba desde insinuaciones hasta acoso directo por las acusaciones y, más adelante, pruebas de agresiones físicas— se anunció en un momento en que empresas de todo el mundo estaban pasando por un ajuste de cuentas social y fiscal.
Cuando Alice se enteró, acudió directamente a Franklin, solo para descubrir que en lugar de hacer frente al problema, encender la luz y limpiar la casa, su padre había aprobado un aluvión de acuerdos discretos, cláusulas de confidencialidad sin fisuras y una política general de esconderlo todo debajo de la alfombra más cercana.
Alice se había puesto hecha una furia. Se había enfrentado a él de cara y se había enfadado cuando él se había defendido arguyendo que no era más que una cría que no entendía el peso de aquel escándalo.
A las mujeres se las compensaría (generosamente) y al jefe de operaciones se le ofrecería una salida rápida mediante un paracaídas de oro, sin asumir ningún tipo de castigo público, pero aquello eran negocios, y si Alice debía dirigir Storm algún día, aquella clase de decisiones desagradables formaban parte del día a día.
¿No veía que no era una situación de blancos o negros?
¿Que aquella era la mejor solución para todo el mundo?
No, no lo veía. No era una solución. Era un error.
Al marcharse del despacho de su padre, Alice había mandado su dimisión por correo electrónico, había llamado a su amiga Roxanne y había puesto a la empresa en el punto de mira.
El artículo apareció en el Journal tres días más tarde, con entrevistas a las víctimas y su propia declaración pública en que expresaba la decepción que sentía por el liderazgo de la compañía.
Las noticias hicieron su agosto, dimitieron personas de las oficinas de Storm de todo el mundo, los clientes amenazaron con boicots apenas unas semanas antes del lanzamiento de la última 1107, el jefe de operaciones fue destituido y luego arrestado... y las acciones sufrieron un revés.
Y todo por culpa de Alice Storm, heredera de una fortuna y el nuevo e improbable rostro de la lucha contra el capitalismo tardío.
—Cambiaste el mundo.
Ella negó con la cabeza.
—El mundo lo cambiaron ellas; yo simplemente sabía a quién llamar.
Él asintió, y al girar el timón avisó del movimiento de la botavara para asegurarse de que Alice no corriera peligro.
—Y tu padre se cabreó.
—Eso es quedarse muy corto.
Franklin debía proteger su legado: era multimillonario, sí, pero le gustaba ser también una persona cercana. Alguien que había salido del garaje de sus padres. Un tipo que se suponía que entendía que la gente que había liderado el mundo en el pasado no sería la que lo liderara en el futuro.
El equipo de relaciones públicas de Storm trabajó contrarreloj y en unas pocas horas le habían dado la vuelta a la tortilla.
Qué sorprendido estaba. Qué desolado. Cuánto le importaba.
Se hicieron donaciones públicas enormes a organizaciones por los derechos de las víctimas.
Un cambio radical del departamento de recursos humanos de Storm.
Y una gira de disculpa que pasaría a los anales de la historia: universidades, corporaciones, revistas de actualidad, los diarios más destacados; Franklin se sentó a hablar con quien se lo pidiera.
Menos con Alice.
No se lo perdonaría jamás.
—Me castigó —musitó, dirigiéndose tanto a Jack como al agua—. No debería haberme sorprendido. Era la primera vez que me enfrentaba a él. —Hizo una pausa—. O más bien era la primera vez que ganaba yo.
El viento se calmó al oír sus palabras y permitió que Alice terminara la historia.
—Se pasó dos años negándose a reconocer mi existencia.
Yo seguía viniendo a las cenas familiares, a las fiestas, y él miraba a través de mí como si fuera transparente.
Me acuerdo de que publicaron una foto en la sección «Estilo», un año después de que todo se fuera al traste.
Los dos, en una gala benéfica, sonriendo de oreja a oreja, tan normales.
Y lo raro que se me hizo verla, porque justo aquella misma mañana me había ido del piso en el que vivía, el que me regaló él.
—¿Te echó? —La pregunta estaba llena de incredulidad.
—No —respondió ella—. Para eso habría tenido que dirigirme la palabra. Pero el piso hedía a su ira, y me negaba a seguir viviendo allí ni un día más. —Observó el brillo del agua un instante, y luego añadió—: Total, que eso se alargó dos años, hasta la última vez que estuve aquí.
—Discutisteis.
Alice asintió.
—La última vez que estuve en este velero. —Saludó a un barco que pasaba por allí, contenta de poder distraerse con algo—. La última vez que lo vi.
—Joder. No debería haberte...