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Ir a navegar con Jack fue un error.
La noche anterior había sido brutal, una cena llena de silencios largos y bebidas fuertes que habían terminado con los Storm yéndose a sus rincones privados después de dejar las zonas comunes de la casa vacías, a excepción de Charlie y Lorraine, quienes llegaron de noche, como la bruma, para recoger y limpiar y preparar la casa para el día siguiente, eficientes, invisibles (esquivando así el interrogatorio de las raíces puritanas trabajadoras de Elisabeth).
Alice se había quedado en la cocina a pesar de la resistencia de Lorraine a que le echara una mano.
Había ganado la batalla, y se había quedado secando una sartén de hierro fundido esmaltado y la vetusta cubertería de plata mientras intercambiaba historias con la anciana cuyas galletas con mermelada eran una tradición de sus veranos de la infancia.
Tal vez por eso había accedido a navegar. Tal vez los recuerdos la hubieran arrastrado hasta allí.
O tal vez fuese la curiosidad lo que había hecho que bajara las escaleras y saliera por la puerta de la cocina hacia un sol demasiado joven y dorado para haber secado el rocío del tomillo salvaje y los tréboles y de las pequeñas nubles blancas que formaban las telarañas.
Tal vez hubiese visto la invitación como una oportunidad para conocer mejor al hombre que tenía a su familia tan subyugada.
Reconocimiento. Eso es lo que se dijo que estaba haciendo.
Hacía años que Alice no pisaba el Lizzie, una yola de treinta pies que su padre había bautizado con el nombre de su madre veinticinco años atrás, un homenaje que, visto en perspectiva, indicaba que o bien Elisabeth había hecho algo muy bien o Franklin había hecho algo muy mal.
Lo habían bautizado rociándolo con una botella de Dom Pérignon y un coro de júbilo que alguien, posiblemente Greta, que por aquel entonces pasaba por una fase de fotografía en blanco y negro, había capturado a la perfección.
La foto de Elisabeth y Franklin riéndose juntos en la proa del barco se había enmarcado y clavado en la pared del timón, cuya nitidez había adquirido un aspecto de acuarela por los efectos de la sal y el sol.
Antes del Lizzie habían tenido otro barco.
Un yate, más grande y hortera, y menos ligero, diseñado para demostrar algo que los nuevos ricos creían que solo se conseguía mediante un consumismo desaforado: comprando el respeto de los colegas de su tramo fiscal (y sus suegros ricos).
Y así, durante unos años, Franklin se había gastado el dinero hasta acomodarse en su nuevo papel como el uno por ciento del uno por ciento del uno por ciento, y se había dado cuenta de que había algo mucho más satisfactorio que ser miembro del Union Club: la ubicuidad.
Los teléfonos y las tabletas Storm se habían abierto paso por el zeitgeist , y la obsesión de Franklin por la aprobación se había convertido en una resistencia arrogante a la vieja guardia.
Había cambiado el mundo. Lo había democratizado, le gustaba decir a él, poniendo la información y el acceso en las manos de todos, desde líderes a celebridades, paisajistas y ostreros.
No obstante, el mundo de Franklin no era tanto una democracia como una dictadura. Libertad e igualdad, sí, siempre que la gente obedeciera sus caprichos. Políticos, Wall Street, desarrolladores tecnológicos, ingenieros.
Sus hijos.
El Lizzie no era el barco en el que Alice había aprendido a navegar, pero sí en el que había aprendido a amar la navegación.
Fastuoso e impresionante, todo teca tallada a mano y latón reluciente y velas blancas impolutas que brillaban sobre el agua.
Podía dirigirlo una sola persona, aunque siempre que se había montado en él había estado con su padre.
Era casi imposible creer que aquella mañana no estuviera allí, de camino a la entrada de la bahía; su pelo, del color de la arena de Nueva Inglaterra, sacudiéndose con el viento mientras profería órdenes.
Jack ya estaba en cubierta cuando llegó, y la saludó con un gesto de cabeza estoico mientras ella subía desde el esquife que había pilotado hasta el Lizzie, anclado a poca distancia de la costa.
Se dispuso a llevar a cabo los preparativos para zarpar y, por primera vez desde que había llegado a la isla, se permitió sentir: los mordiscos de las maromas, la suavidad de la brazola de teca, los latigazos de la vela mayor cuando se hicieron a la mar con Jack en el timón, probablemente porque temía que ella navegara hasta el continente y se marchara (una idea que a Alice ni se le había pasado por la cabeza).
En vez de eso, se quedó en la proa, dejando que el mar la mojara, despejándose las ideas.
Durante un cuarto de hora, permanecieron en una especie de silencio amistoso, y casi se olvidó de él a favor del chapoteo del agua, de los lametones de la sal, del aleteo intenso del foque, lo bastante estridente como para ahogar todos los demás sonidos salvo el viento, el agua y el sol.
Si cerraba los ojos, oía a su padre bramando citas sobre el mar como hacía la gente, a veces insufrible, a veces fascinante, según su estado de ánimo.
Pero no cerró los ojos. Tenía trabajo que hacer: darle la espalda a la proa, apoyar una cadera en la barandilla y observar a Jack. Maniobraba la embarcación con una seguridad que no se aprendía tras una semana de clases en los Hamptons.
—No es tu primera vez.
Lo gritó por encima del viento, pero por lo rápido que él desvió la atención hacia ella, parecía que la habría oído de todas formas. Aunque no respondió.
—¿Te enseñó él? —No era difícil imaginárselo. A su padre le encantaba subir gente a la embarcación; formar a una nueva tripulación, como le gustaba decir.
—Crecí rodeado de barcos.
Pero no de aquella clase, pensó Alice. La riqueza se notaba, te proporcionaba una soltura que era difícil de explicar pero imposible no reconocerla, sobre todo si habías vivido siempre rodeado por ella.
Aunque se manifestara de muchas formas, desde la confianza hasta la insensatez, pervertía la mentalidad de una persona, era imposible replicarla e increíblemente difícil de ocultar.
No podía vincularse con los tatuajes de su brazo y la dureza de sus manos, ni tampoco con la silueta firme de su mandíbula. Todo en él transmitía una tensión permanente, como si en cualquier momento pudiera hacerle falta luchar, y nada te hacía pensar en una cena en un club náutico.
—Seguro que a mi padre le gustaba.
Jack movió el timón y comprobó el mástil.
—A mí me gustaba navegar con él —dijo.
Alice apartó la mirada ante aquellas palabras, ante el cariño que ocultaban, los recuerdos que le evocaban, cuando era ella la que estaba en el barco.
Cuando le gustaba. Respiró hondo, dejó que el aire salado le resonara por dentro y se le aposentara en los pulmones.
El mar era sanador, ¿no era lo que decían los victorianos? Echarse a la mar curaba muchas cosas.
Aquella mar generaba preguntas.
—¿Estabas aquí? Cuando murió.
Si le sorprendió que se lo preguntara, no lo demostró.
—No.
—¿Hablaste con él aquella mañana? ¿Antes de que se fuera?
—Sí.
Le dolió saberlo.
—¿Y te dijo algo? —Odiaba tener que preguntárselo a él, a un desconocido. Odiaba que supiera más de su padre que ella. De lo que ella había sabido jamás. Antes de que pudiera responderle, añadió—: Mira, da igual. No quiero saberlo.
—Te lo contaría —le aseguró él—. Pero no fue el caso.
No tenía razón alguna para creerlo. Y, sin embargo, le creía.
—¿Por qué me has pedido que salga a navegar contigo?
Guardó silencio un largo rato.
—Eres la única que adora navegar.
«Eres la única». En comparación con los demás, quería decir.
Sam no soportaba la paciencia que requería; no era lo bastante emocionante para él.
A Emily no le gustaba el mar abierto. A Greta la aterrorizaban las arañas que inevitablemente acaban saliendo a la luz (aventureras de ocho patas, como las llamaba su padre).
Y Elisabeth..., bueno. Le había prestado su nombre al barco, pero ni siquiera recordaba la última vez que su madre se había dignado a pisarlo.
Así que sí: Alice era la única que adoraba navegar.
—¿Y eso cómo lo sabes?
Aquella incisiva pregunta era, por obvia, indigna de ambos.
—Sé muchas cosas sobre ti, Alice.
Las palabras le retumbaron en el pecho, húmedas por el aire marino y todo lo que sabía.
La forma con que había sostenido el periódico en el tren, la pintura blanca delatora que había conseguido llegarle al pelo después de una brevísima mañana en el estudio, el temblor en la voz al encontrarse con los fotógrafos en la estación de tren, el temblor —diferente, mejor— cuando él le había pasado las manos por la piel más tarde aquella noche.
Ella se agarró al pasamano de proa que tenía detrás. Y dijo la verdad:
—Sí que me gusta navegar.
—Y esa es mi tarea. Navegar. —Su verdad.
De entre todas las tareas de su padre, era de las buenas. La mejor, seguramente. Otra prueba de que a Franklin no le interesaba lo más mínimo la justicia.
—¿Y qué sacas a cambio?
Él ajustó el rumbo.
—Pasar página.
—¿Eso no lo sacas haciendo de ejecutor en su juego de la herencia?
—Ese es mi trabajo —diferenció él.
—Qué empleado más entregado —contestó ella con sequedad.
—Se lo debo.
Acabáramos. Jack era un acólito, como el resto del equipo de Franklin, como el mundo entero, como la gente que iba a las conferencias de desarrolladores, que analizaban todas las declaraciones de su padre, todo comentario despreocupado que pudiera afectar a los mercados.
Franklin Storm no solo había cambiado el mundo, sino que lo había convencido de que, sin él, no existía esperanza de cambiar.
—¿Por qué?
—Me... cambió la vida.
—Seguro que le encantaba que creyeras eso.