8 #2
—Puede que lo del negro no, pero pocas veces perdía la oportunidad de montar un buen drama.
Jack caviló unos instantes.
—Sí, es posible que hubiese aceptado los lloros y los lamentos —admitió, y se dispuso a recolocar la puerta que había sacado de los goznes.
Ella lo observó, consciente de que debería marcharse, distraída por la tensión de las mangas sobre sus hombros cuando levantó la puerta y la encajó en su sitio.
—Bueno, no creo que lo consiguiera, teniendo en cuenta lo que tiene pensado mi madre: cuartetos de cuerda, barra libre y discursos de media docena de dignatarios internacionales.
—Se nota que no creciste en mi familia —comentó, concentrado en que coincidieran de nuevo las bisagras—.
Una barra libre te asegura básicamente lloros y lamentos.
—Había algo tan personal en aquel comentario, la revelación de que tenía familia y que no había caído en la tierra ya formado, con treinta y cinco años, ancho de hombros y lleno de ínfulas.
Alice ocultó su sorpresa cuando él se giró y dijo—: ¿Me echas una mano?
Soltó la bolsa y recogió los tornillos de las bisagras de la puerta. Se acercó a Jack y actuó como ayudante, entregándole las piezas e ignorando el olor que desprendía, como el del aire fresco del mar.
Retrocedió y lo vio martillear la bisagra superior.
—Así que algo sí sientes, ¿no?
—En determinadas circunstancias, sí. —Le lanzó una mirada que, siendo honesta, le produjo un sentimiento muy específico. Uno que no tenía intención alguna de recordar.
Alice carraspeó y él siguió trabajando.
—¿Es esto a lo que te referías cuando dijiste que apagabas fuegos? ¿A pequeños trabajos de carpintería?
Él aseguró la última clavija.
—Entre otras cosas.
—Me impresionas.
—Con demasiada facilidad —respondió con sequedad.
—¿Y eso qué significa?
—Que deberías esperar más de la gente.
¿Qué narices significaba eso?
—¿Perdón?
Él abrió la puerta de la despensa y la cerró de nuevo. Se giró hacia ella e ignoró la pregunta.
—¿Necesitas ayuda con el equipaje?
—¿Que si...? —Agachó la vista hacia la maleta y la bolsa—. No, soy más que capaz de llevarlo arriba.
Él asintió una vez.
—Perfecto.
—Gracias —le espetó ella, aunque la gratitud era inexistente.
—De nada.
¿Por qué todo lo que decía la sacaba de quicio? ¿Por qué era todo tan incómodo? Sea como fuese, no tenía tiempo para aquello. Había accedido a ayudar a su madre, aunque hubiera sido bajo presión.
Como si hubiese esperado el momento oportuno, se oyó un grito en el piso de arriba.
Ininteligible, pero claramente era Elisabeth, y claramente estaba enfadada, a juzgar por el golpe seco que acompañó al ruido.
Alice y Jack levantaron las cejas y miraron al techo, como si de algún modo pudiera abrirse y revelarles lo que estaba ocurriendo.
Se miraron y, por un brevísimo instante, olvidaron todo lo que había pasado entre ellos; pasaba algo en el piso de arriba y no estaban involucrados, y fuera lo que fuese parecía emocionalmente impropio de una familia que no solía entregarse a las emociones.
Ella tensó los hombros y por un momento la dominó la necesidad de huir.
Y tal vez podría: con el drama que se estaba desatando en el piso de arriba y Sam y su familia en el otro extremo de la isla, puede que nadie se diera cuenta.
Había ciertas ventajas en una familia que era el vivo retrato del egocentrismo.
Pero Jack se daría cuenta. Parecía estar al tanto de todo.
—¿Me buscabas? —recordó ella de pronto.
Él pensó en negárselo. Se lo vio en la respiración que hizo, un poco profunda de más. Y entonces dijo:
—Yo también tengo una tarea.
Interesante.
—¿De mi padre?
Silencio.
—¿Aparte de juzgar nuestro desempeño en esta ronda de los vástagos Storm luchando por el título de hijo favorito?
La forma que tenía aquel hombre de cerrarse en banda le habría resultado impresionante si no fuese tan desquiciante. Entendido. Si no quería hablar, ella tampoco hablaría. No quería saberlo. No le incumbía. Y, entonces, ¿por qué le preguntó lo siguiente?
—¿Tiene algo que ver conmigo?
—No.
Mejor. No tenía ningún interés en verse involucrada en nada más.
—No exactamente.
«Mejor». Ignoró el pensamiento.
—¿Qué es? —El silencio había regresado, pero ella sabía que no le convenía pagarle con la misma moneda—. No puede ser peor que la de los demás.
Jack suspiró.
—Lo tuya no es tan terrible, Alice.
—Se nota que no creciste en mi familia.
Él no respondió a la repetición, a las palabras que había usado con ella poco antes, y se limitó a señalar la maleta con la barbilla.
—Deberías subir eso.
—¿Qué sacas tú a cambio de jugar a este juego? —inquirió entonces ella.
Las palabras apenas habían salido de la boca de Alice cuando Sila bajó por la escalera trasera hacia la cocina, obviamente con una misión entre manos.
Se paró en seco, con la coleta balanceándosele por la mandíbula, afilada y pálida a pesar de las idílicas horas frente al mar que había pasado durante el verano.
—¡Ah, estáis aquí! —Dudó un instante, y concentró por completo su atención en ellos antes de añadir, con un tono que lo hizo parecer todo mucho más lascivo de lo que en realidad era—: Juntos.
Alice era lo bastante lista para no corregir a su cuñada, ya que negarlo habría empeorado todavía más la situación. Por eso y porque no tenía claro que pudiera contener la ira sobre la conversación con Saoirse si le sacaba el tema a la otra mujer.
Sila no pareció percatarse, y señaló la puerta trasera y dijo:
—Iba de camino... a los barcos.
—Hace un día perfecto —dijo Jack, y Alice no pudo evitar mirarlo de reojo ante aquella banalidad.
—¿Verdad? —preguntó Sila, con una mano en la puerta con mosquitera, toda la atención puesta en él cuando le cambió el tono—. ¿Quieres acompañarme? Y así nos aseguramos de que lo estamos haciendo todo bien. Estar atrapado en esta casa puede llegar a ser un muermo.
Era muy atrevido coquetear con Jack en la cocina de su familia política, pero la historia demostraba que la esposa de Sam era una leyenda corriendo riesgos. Y acertando.
Antes de que pudiera analizar la situación con más detenimiento, Jack cogió la maleta a los pies de Alice y dejó a las presentes sin palabras.
—Alice me ha pedido que la ayude con el equipaje.
La excusa más básica posible. Completamente transparente y, por alguna razón, ¿tremendamente entretenida?
No para Jack, eso estaba claro, lo cual hacía que fuera aún mejor.
Ella les dio la espalda a los dos para ocultar lo mucho que estaba disfrutando de la situación, antes de agacharse y coger la bolsa.
Cuando Sila salió de la cocina, cerrando la mosquitera de un portazo, Alice dijo:
—Me quiere sonar que te he dicho que podía encargarme yo solita del equipaje.
—Lo has dicho. —Levantó la maleta y echó a andar hacia la escalera que conducía a las habitaciones superiores y la torre.
—Te lo recuerdo porque parece que a lo mejor no me has entendido bien —insistió ella, andando detrás de él.
—Te he entendido.
—¿Seguro? —bromeó.
—Seguro —gruñó él, acelerando en los descansillos de camino al siguiente tramo de escaleras.
Alice lo seguía en silencio, reacia a llamar la atención. Dedicó el tiempo a maravillarse ante el hecho de que la pesada maleta no parecía desestabilizarlo lo más mínimo. ¿Habría algo en el mundo que lo desestabilizara?
Cuando enfilaron hacia el tercer piso, lo presionó:
—Qué curioso, pensaba que eras el manitas de mi padre.
—Alice.
Ignoró la advertencia en su tono.
—Solo digo que me ha parecido que Sila necesitaba que...
—Basta.
—... le tocaras algo.
La exhalación que soltó llegó al fondo de la torre, prolongada, satisfactoria. Ella lo siguió por el espacio estrecho y oscuro hasta cruzar la puerta de su habitación, henchida de orgullo por haberle arrancado aquel suspiro.
Jack dejó la maleta justo delante de la puerta y se giró hacia ella, aparentemente para marcharse, pero se le plantó delante y la miró de hito en hito.
—Tu padre tenía razón sobre ti.
Ella ignoró el nudo que se le formó en el estómago al oírlo. La maraña de posibles respuestas a la pregunta: «¿En qué sentido?».
—Eres peor que un grano en el culo.
Exhaló ante aquellas palabras secas, sin duda provenientes de su padre, aunque más cariñosas que como seguramente las habría pronunciado él. Más amables. Casi como si a Jack le cayera bien. (No le caía bien. Saltaba a la vista).
—Pues menuda sorpresa, teniendo en cuenta que él era un encanto.
Jack no se rio (de hecho, le costaba imaginárselo riendo), pero curvó los labios en una de sus parcas sonrisas.
—Sí.
Alice se apartó y dejó libre el camino hacia la puerta, consciente de que no debía retenerlo allí. En aquella habitación. Donde había una cama en la que ambos habían dormido (por separado, pero seguía sin ser prudente).
—¿Por qué me buscabas? En la cocina.
Él se detuvo y se giró, y ella lo siguió hasta la puerta y puso una mano en el pomo con la intención de decirle que no se preocupara. E invitarlo a salir. Y cerrar la puerta. Detrás de él. Y sin embargo...
Él desvió la mirada hacia la escalera poco iluminada, como si fuese una escotilla de escape, y ella se preguntó si la había ignorado.
No le habría sorprendido, en el fondo, porque su carácter era el de un hombre misterioso, cargado de secretos y unas habilidades únicas, como quitar tarjetas SD y puertas de despensas.
Y habilidad quitando otras cosas, puestos a ser honestos. Como la ropa. Y el sentido común. Y la sensación de bienestar posterior.
«Cierra la puerta, Alice».
Antes de que pudiera reaccionar, él la sorprendió.
—Ven a navegar mañana conmigo.