8
—¿Tía Alice? ¿Estás ahí?
Desde el suelo de la despensa tenebrosa, Alice dirigió la mirada hacia la luz solar que se colaba por debajo de la puerta.
—¡Sí! ¡Estoy aquí! —gritó, dándole golpes a la madera—. ¡Saoirse! ¡Estoy en la despensa!
Hubo una pausa y el pomo se movió.
—Está atascada —dijo su sobrina, con una nota de pánico en su voz de adolescente de catorce años—. ¿Qué hago? ¿Pido ayuda?
—Mejor busca a alguien que no sea de la familia.
—¿Qué?
—¡Sí, por favor!
Una pausa, y luego:
—Vale. Bueno..., no te muevas de ahí, ¿okey?
—Ja, ja.
Saoirse ya se marchaba a buscar ayuda; Alice dejó de oír las pisadas y solo entonces cayó en la cuenta de que debería haberle pedido a la adolescente que encendiera la luz del techo. Con un suspiro, se apoyó en la puerta y siguió esperando, deseando tener la misma capacidad que Emily para meditar.
Lo que la embargó fue el pavor quedo de que si Saoirse no regresaba, si, por ejemplo, acababa mirando el móvil, Alice volvería a sumirse otra vez en los pensamientos incómodos que la habían consumido en la oscuridad.
No le gustaba quedarse sola con sus pensamientos.
No le gustaba obsesionarse con Griffin y la razón por la que había aguantado tanto tiempo con él.
Orgullo. Rebeldía. El deseo de la antítesis de aquel lugar. De aquella gente.
Tampoco le gustaba obsesionarse con su familia.
Ni en cómo habían permitido que se fuera.
En cómo su madre la había mantenido firmemente a un brazo de distancia.
Y, por supuesto, en su padre, que la había controlado, la había presionado y se había ido enfadando más y más a medida que ella se resistía.
Hasta que, finalmente, cuando le había dado una razón de peso, la había expulsado.
No le gustaba obsesionarse con el tiempo que había estado fuera. Un tiempo que no recuperaría jamás. Como el tiempo que llevaba encerrada en aquella puta despensa.
Después de lo que le pareció una eternidad, se oyó un golpe en la puerta, fuerte y firme.
—¿Alice?
La voz le llegaba desde tan cerca que casi parecía que la persona que hablaba pudiera ver a través de la madera y supiera dónde tenía la oreja izquierda. Era una voz grave, tranquila, delicada y muy molesta.
—Sí —gruñó ella.
—He traído a Jack —anunció Saoirse, con un tono que parecía indicar que había vuelto a concentrarse en sus mensajes.
—Fantástico —celebró Alice con una falsa alegría en la voz.
Una pausa, y luego Jack dijo:
—Estás encerrada en la despensa.
—¿Qué me dices? No me había dado cuenta.
La luz del techo parpadeó hasta encenderse y Alice se estremeció ante tanto brillo. Ostras: seguía con la ropa de Jack. Qué vergüenza.
El pomo se sacudió.
—Mmm. —Se imaginó su decepción al otro lado, como si no se hubiera encontrado jamás en la vida con una puerta que se le negara a abrirse. Jack Dean: el maestro de las puertas—. Aléjate de la puerta, por favor.
Ella arqueó las cejas.
—¿Qué piensas hacer, echarla abajo?
—No soy un héroe de acción.
Le vino a la cabeza la imagen de su cuerpo, tumbado en la cama del Quahog Quay, con la luz dorada de la farola de la calle proyectando sombras sobre las líneas de su torso. De los gruesos tendones de sus músculos. No podía decir que no fuera el cuerpo de un héroe de acción.
—¿Alice? —insistió él. Por suerte.
Ella se aclaró la garganta y se apartó.
—Qué ganas de ver cómo te pones en plan Tony Stark.
Una pausa, y entonces, con tono distraído:
—Ya te digo yo que Tony Stark no podría derribar una puerta sin el traje.
—Ten en cuenta el chute de adrenalina que te provoca el hecho de sentir algo. —Silencio—. Aunque tú probablemente no lo sepas. Lo que es sentir algo.
—¿Crees que el fastidio serviría? Seguramente es algo que sí puedo sentir.
Ella torció el gesto en dirección a la puerta.
—Creo que si alguno de los dos tiene que sentir fastidio esta mañana soy yo.
—Vale, pues intenta echar tú la puerta abajo —dijo con desinterés, acentuando las palabras con unos golpecitos rítmicos.
Alice lo ignoró.
—Saoirse, ¿puedes ir a buscar a Charlie?
Por algo Charlie y Lorraine vivían en la isla; alguien debía tener habilidades vitales útiles (Charlie tampoco podría echar una puerta abajo, pero eso resultaba irrelevante).
—No hace falta avisar a nadie. —El enfado de Jack era tan palpable como si estuviera dentro de la despensa con ella.
Más golpecitos. Cuando se detuvieron, Saoirse exclamó:
—¡Qué guay!
Los golpecitos continuaron. Poco después, y con un sutil golpe seco, la puerta entera se volcó hacia ella, hacia el interior de la despensa, lo justo para que él la cogiera con las manos. La apoyó contra las estanterías y la miró.
—No hacían falta sentimientos, solo un martillo.
—Mi padre estaría orgulloso.
Jack señaló con la cabeza la bolsa que tenía en la mano.
—No tanto como si te viera aquí metida comiendo regaliz.
—El desayuno de los campeones.
Dejó la bolsa en la estantería y recogió su maleta. Lo apartó para pasar y miró a su sobrina, que seguía deslizando el dedo por el móvil con un top rojo, unos pantalones cortos rasgados y una coleta rubia alta.
—Gracias por la ayuda, Saoirse. A ver si la próxima vez puedes buscar a alguien más... generoso.
—¿No he sido lo bastante generoso contigo?
Una pausa cargada de significado, para que sus palabras surtieran el efecto deseado, acompañadas del recuerdo de la noche en el Quahog Quay, cuando fue muy generoso. Deliciosamente generoso.
Alice ignoró el calor de las mejillas.
—Generoso de espíritu, quiero decir. ¿Se puede saber qué haces aquí, en la casa principal?
Saoirse respondió por él, acercándose al cuenco de fruta de la encimera, sin darse cuenta del subtexto de aquella conversación.
—Te estaba buscando.
—¿En serio? —Alice se giró hacia Jack—. ¿De verdad?
—Me gustaría recuperar mis pantalones.
Saoirse se dio la vuelta con la mano en la puerta y una brillante Granny Smith a medio camino de su boca cuando posó los ojos azules en Alice.
—¿Esos shorts son suyos?
Ella se ruborizó todavía más.
—Sí.
—Te hacen muy buen culo.
—Gracias, Saoirse.
—A ti —contestó su sobrina con una media sonrisa antes de darle un mordisco a la manzana, con un desconcertante parecido a su padre, y apoyarse en la isla de madera. Claramente había decidido que Alice y Jack eran más interesantes que el móvil (de momento).
Al ver que nadie se movía, abrió mucho los ojos con una expresión de entendimiento impropia de alguien de su edad, y dijo:
—Vaaaleee... Bueno, se supone que tengo que reunirme con mi madre y mi padre en los muelles. Vamos a desinfectar los barcos o algo así.
—A decaparlos —la corrigió Jack.
—Lo que sea. —El desinterés de la adolescente era absolutamente perfecto, y Alice deseó poder embotellarlo.
—Diviértete —se despidió de su sobrina, que caminaba ya hacia la puerta con unas piernas que crecían por segundos. Pronto sería tan alta como ella. Y ya tenía más estilo. ¿Cuándo había pasado?
Más tiempo que Alice se había perdido.
Sin mirar atrás, Saoirse respondió:
—Dudo que nos divirtamos. Solo lo hacemos por el dinero.
Era evidente que Sam y Sila les contarían a los niños lo del juego. Era del todo inapropiado y completamente su estilo. Alice puso su mejor cara de tía.
—No te preocupes por el dinero, Saoirse. Tu hermano y tú no tenéis que pensar en esas cosas.
—¿Y tú qué sabrás? Ni siquiera te importa. No tienes hijos. No sabes cuánto costamos.
Las palabras eran pura Sila, llenas de algo cercano al veneno, y Alice no pudo ocultar su sorpresa ante el cambio repentino de tono.
—Claro que me importa.
—No —replicó su sobrina, enfática como solo podía serlo una adolescente de catorce años—.
Mamá dice que no te importamos. Que te da igual si puedo seguir en mi instituto.
Y que te da lo mismo que pueda ir a Suiza con mis amigas en las vacaciones de invierno.
Me dijo que básicamente te irás en cuanto te dé la gana, incluso antes del funeral, y lo echarás todo a perder, y eso que lo único que tienes que hacer es quedarte, aunque el abuelo nos obligue a nosotros a limpiar barcos y pintar el muelle.
Pero el abuelo te da igual. Seguramente ni siquiera te importa que se haya muerto.
Nadie mejor que una adolescente para dar donde más duele.
Ella apretó los labios, resistiendo el impulso de responder a aquellas palabras que revelaban todos los comentarios pintorescos que había oído de sus padres. Le había temblado la voz con las últimas frases, lo justo para centrar a Alice, quien, con una respiración honda, volvió a intentarlo:
—Saoirse, sí que me...
—Mira, olvídalo. —Se tensó al oír su nombre, se tragó su dolor, como todos, y abrió la puerta de golpe—. Ya te he dicho que no lo entiendes.
Cuando se marchó, Alice esquivó a conciencia la mirada de Jack, deseando que no hubiese sido testigo de aquel momento con su sobrina.
No necesitaba saber más de lo que ya sabía.
En vez de eso, regresó a la despensa a recoger su equipaje, se echó la bolsa al hombro y arrastró la maleta fuera del espacio estrecho, consciente de que era demasiado pedir que Jack hubiera desaparecido cuando saliera a la cocina.
No necesitaba un testigo que presenciara la vergüenza, la ira y la frustración que la dominaban.
Claro que se había quedado. Estaba apoyado en la isla, observándola.
«No digas nada —le suplicó sin despegar los labios—. Por favor, déjalo estar».
—¿No piensas darme las gracias?
Ella lo miró desconcertada.
—¿Perdón?
—Es costumbre darle las gracias a la persona que te rescata.
Estaba cambiando de tema. Era un gesto amable (aunque insoportable).
—Gracias.
—Un poco borde, pero lo acepto.
—Ya. Bueno, le he prometido a mi madre que le echaría una mano.
—¿Con el funeral?
—No es un funeral —lo corrigió Alice al instante.
—Claro, disculpa. —Una pausa—. Él no habría querido un funeral, ¿sabes? Todos de negro, llorando y lamentándose.
Tenía razón, aunque no quería admitirlo.
—Veo que has pensado mucho en cómo le habría gustado a mi padre que lo recordaran.
—¿Tú crees que habría querido que todo el mundo fuese de negro y llorara y se lamentara?