Tormentas de verano GRETA #3
30%

GRETA #3

Las palabras le llenaron la garganta y el sonido, áspero y difuso, hizo que los ojos se le anegaran de lágrimas; las primeras que lloraba estando en compañía de otra persona. Se las limpió mientras Tony carraspeaba y decía:

—Total, que Jack es complicado, pero no es un mal tipo.

—No es de la familia.

—Y yo tampoco.

Se giró hacia él.

—Pero tú...

El «pero tú sí» se le atrancó en la garganta, junto con la insistencia de que se equivocaba, y se negó a salir.

Porque era evidente que Tony no formaba parte de la familia.

Si lo fuese, no estaría allí, oculta en un lugar secreto dentro de un lugar secreto dentro de un lugar secreto, manteniéndolo lo más lejos posible de la casa en aquella isla que jamás permitiría que ninguno de ellos fuese libre.

Él negó con la cabeza y se apoyó en ella.

—Greta, no pasa nada.

Le dio un beso delicado, cálido, persistente como un consuelo. Greta suspiró y se entregó a él, y la mano le cayó sobre su pecho, donde el corazón le latía a un ritmo pausado. Como si aquel fuese su lugar.

Como si fuese el de ella.

Tony siempre había sido capaz de hacerla sentir así, como si existiera algo más allá de aquel mundo diminuto, saturado por su madre y su padre y las responsabilidades que conllevaban. Algo que no era compartido. Algo que le pertenecía solo a Greta.

«No lo hagas».

Las palabras que Alice le había dicho unas horas antes le silbaron por los adentros.

Rompió el beso y le buscó los ojos, profundos y castaños oscuros, llenos de la comprensión que ella nunca tendría.

—¿Por qué no te molesta? Que no te hayamos recibido nunca. Que él jamás te recibiera. Has estado veinte años a su lado. Podrías haberte ido a cualquier otro sitio, haber sido lo que quisieras.

—Me recuerdas a él —dijo Tony—. No hace mucho que me convocó y me dijo lo mismo. Que podía irme. Me ofreció un paquete de jubilación. De los buenos.

Ella se incorporó.

—Lo rechazaste.

Tony asintió.

—Claro.

—Le has dedicado toda tu vida a él.

Una pausa, y luego:

—No solo a él.

No eran unas palabras ligeras, como debería haber sido. No eran fáciles, como podrían haber sido una semana atrás. Ahora parecían urgentes, como si todo hubiera cambiado y él tuviera algo que decir.

O quizá ella tuviera algo que oír.

«No —le suplicó Greta en silencio—. No lo digas».

Llevaba años convencida de que si compartía a Tony, si hacía pública la relación, se lo quitarían.

Si algo sabía el mundo sobre Franklin Storm era que no le gustaba compartir.

Por eso, Greta había mantenido a Tony en secreto durante años y se había consolado pensando que así lo conservaba para ella. Privado. A salvo. Cómodo.

Incluso después de leer la carta de su padre el día anterior, se había dicho que aún le quedaba tiempo. Que podía seguir igual durante otro día/hora/minuto, pero eso no era posible, claro. Se había acabado lo de saborear aquellos momentos. Franklin se negaba. Elisabeth se negaba.

Y Greta, también.

La tensión volvió a aumentar al ser consciente del mundo que había al otro lado de la isla.

De las responsabilidades que la esperaban, incluso cuando Tony le cogió la mano y se llevó sus dedos a la boca.

Unos dedos que no había considerado tan desnudos hasta ese momento.

Ella se apartó de la caricia, pasando por encima de la áspera barba incipiente que no se había afeitado esa mañana.

Porque ya no tenía que hacerlo. Una barba que casaba con el elegante gris pizarra de sus sienes.

Gris, como los tablones de cedro de la casita, azotados por las tormentas.

—Se lo conté, por cierto. Que había otras cosas aquí que me impedían marcharme.

—¿En serio? —Greta detuvo la mano en la mandíbula de él.

—No le dije que fueras tú. Pero creo que lo sabía. —La atrajo hacia sí—. Y no nos detuvo.

Sí, sí los había detenido. Simplemente se había esperado.

—¿Cuánto hace de eso?

Tony suspiró.

—Unos meses. Greta, no quiero hablar del tema. Lo que quiero decirte es... —Hizo una pausa y, por un brevísimo instante, ella pensó que quizá él cometería una locura. Como pedirle matrimonio.

Y tal vez no fuese tan descabellado.

—¿Y si te dedicara toda mi vida ahora? ¿A nosotros?

Contuvo el aliento ante la pregunta que él jamás había pronunciado hasta entonces, la que habían acordado de forma tácita no pronunciar jamás. Notó un nudo en la garganta, se esforzaba por encontrar las palabras. Por contenerlas.

—Mierda —masculló él, más para sus adentros que para que lo oyera ella—. No quería que fuese hoy. —Negó con la cabeza—. Olvídate. No importa.

Sí que importaba.

Greta se quedó quieta, esperando en mitad del silencio que se extendía entre ellos hasta que a él no le quedó otra opción que llenarlo.

—No has querido contárselo nunca. Y lo entendía, cielo.

Lo entendía. Lo entiendo. Lo último que quería, lo último que quiero, es ser una carga para ti.

Quiero ser la única persona de tu vida que no te pida nada.

Pero... si quisieras pedirme... que llevara esa carga...

, quiero que sepas que... puedo. Que quiero.

La cuestión era que no podía, ni aunque quisiera.

Greta volvía a estar en el puñetero Porsche. Acelerando hacia las dunas.

La diferencia era que en esta ocasión tal vez no sobreviviera.