GRETA #2
Elisabeth también debía de haberlo percibido.
—No lo vuelvo a repetir. —La tableta de su madre aterrizó en la delgada alfombra turca, un sonido lo bastante fuerte como para dejar a las hermanas sin palabras, porque ninguna caída accidental habría provocado un golpe seco tan definido—. Es una celebración.
Se sumieron en un silencio frágil y desagradable, y Greta se negó a encontrarse con la mirada de Emily cuando la pequeña de los Storm se levantó de la silla con la gracilidad que solo te dan años practicando la postura del loto.
—Claro. No sé cómo he podido olvidarme.
Se marchó de la habitación, abriendo la puerta con un movimiento brusco, y desapareció por el pasillo, no sin antes cerrar con firmeza; no lo bastante fuerte como para considerarlo un portazo, pero sí lo suficiente como para dejar clara su opinión.
Elisabeth se agachó a recoger la tableta.
Greta se aclaró la tensa garganta.
—Mamá...
—Tú también puedes irte —la interrumpió Elisabeth, un rescate frío e implacable que ella agradeció, puesto que no sabía cómo terminar la frase—. Es evidente lo que pensáis todos.
Sintió una confusión mezclada con el desagradable y familiar latigazo de la decepción de su madre.
—¿Y eso qué significa?
—Hemos acabado.
No parecía que hubiera acabado. De hecho, parecía que justo acababan de empezar, pero Greta no la contradeciría. En cuarenta años, la apariencia de las cosas jamás había formado parte de su relación.
La apariencia de las cosas estaba reservada para otro lugar. Para otra persona.
Greta se encontraba al borde de un precipicio, paralizada de una forma que le resultaba también demasiado familiar, temerosa de disgustar a Elisabeth tanto si reaccionaba como si no.
Su madre caminó hasta el escritorio, y no alzó la vista cuando dijo:
—¿No me he explicado bien?
Después de tragarse las emociones gemelas de culpa y emoción que la sobrevolaban (siempre entrelazadas), Greta hizo lo que le había ordenado, y huyó antes de que Elisabeth las hiciera cambiar de idea a las dos.
Era un trayecto que había hecho cientos de veces en el pasado: salía por la puerta hacia el lado norte de la isla, con vistas a la parte menos apasionante de la bahía.
Aunque el puerto de Providence estuviera demasiado lejos como para verlo, era innegable que un viaje hacia el norte alejaría a los visitantes de la lujosa promesa de la Rhode Island de las leyendas, hacia las comunidades más trabajadoras, que mantenían el estado en funcionamiento mediante la industria, los barcos y, sí, la pesca, pero no de la más glamurosa.
Tal vez por eso el extremo norte de la isla había sido siempre su favorito, tan glamuroso como podía serlo un pedazo de tierra en el que había un helipuerto.
Pero no era por eso. Le gustaba porque el helipuerto, el trío de casitas del servicio con tejados de madera de cedro y los edificios en que se guardaban las bombas de agua y los generadores que hacían funcionar la isla Storm eran los sitios más privados del lugar, construidos específicamente para que no se vieran desde la casa principal, diseñados para dar la impresión de que la finca funcionaba a base de magia.
Sin embargo, no funcionaba a base de magia, sino de esfuerzo. El tipo de esfuerzo que nunca se valora.
Greta lo entendía bien.
Pasado el helipuerto y después de bajar por una escalera de pizarra, se acercó a una de las casitas de dos habitaciones.
Entró, se quitó los zapatos y cruzó el espacio casi inexistente, amueblado con una cama de matrimonio, una mesa funcional para dos, una mininevera y un hornillo, y entonces salió al porche de atrás, diminuto y perfecto, con vistas al mar y a... Tony.
Levantó la vista de su libro cuando ella pisó los tablones de cedro, grises por las tormentas y la sal, y se quitó las gafas de leer para mirarla a los ojos.
Todo se sosegaba cuando se encontraba con él; la tensión que parecía no dejar de empeorar cuando estaba con su familia desaparecía con Tony, fácil y cómodo y suyo. Se acurrucó a su lado en el sofá de mimbre y él la rodeó con su pesado brazo y tiró de ella.
—¿Qué lees?
—Reacher.
Ella se hizo la tonta a propósito.
—¿De qué va, de ciencias?
Él le sonrió al pelo y ella se deleitó en su calidez, en el olor a él, salado por el chapuzón matutino, en el sonido de su voz, que le retumbaba en el pecho.
—Me irá bien para intimidar a la gente si un día tengo que protegerte.
Las palabras eran una tontería, algo que debía servir para levantarle mínimamente el ánimo. Y a él también, pues los dos estaban de luto, ¿no? Y Tony creía que era por el mismo motivo, por el mismo hombre.
Lo que Tony no sabía era que Greta lloraba, en cambio, por su futuro juntos.
No iba a decírselo. Aún no. No cuando podía quedarse allí un poquito más, guardando el secreto.
Pero no se rio con aquella broma. Se limitó a apretarse todavía más contra él, a entregarse a las palabras y a la fantasía de ellos juntos huyendo. Él, grande y fuerte, de tez aceituna, mandíbula cuadrada y nariz aguileña, un justiciero como en las novelas. Y ella, a su lado. Anónima.
Era imposible, claro. Greta Storm siempre sería una Storm. Y eso significaba que debía lealtad a la familia ante todo. Independientemente de lo que opinara su hermana.
Alice creía que estaba cometiendo un error.
Pero era lo que siempre había creído, ¿no?
Nunca había entendido lo difícil que era ser la mayor, dar ejemplo, cargar con el peso de las expectativas maternales.
Del descontento paternal. De hacerlo mejor, pensar más rápido y siempre, siempre, anteponer a la familia.
Alice no la veía. La carga que llevaba Greta.
De Sam nunca habían esperado que asumiera ni una mínima responsabilidad y Emily era la bebé de la familia, llena de carisma y límites sanos, pero Alice era harina de otro costal.
Alice siempre había sido la resistencia alegre, luchando contra las expectativas y negándose a ceder.
Ni siquiera por su hermana.
Nunca habían tenido una relación estrecha.
Si Greta pertenecía a Elisabeth en muchos sentidos, Alice siempre había pertenecido a Franklin; y aunque se dijera a sí misma que poco importaba que su padre la quisiera claramente más, incluso después de que se marchara para empezar una nueva vida lejos de la familia, si Greta hubiese seguido con la terapia habría encontrado una palabra para describir lo que sentía al respecto.
Rencor, seguramente. Quizá celos, por cómo quería él a Alice sin que ella hiciera nada para ganárselo. No era envidia. Pertenecer a Franklin no era fácil. Greta lo sabía; amaba a alguien que le pertenecía a su padre.
Sin embargo, Tony Balestreri había dejado de pertenecerle. Y Franklin habría roto su juguete antes de que otra persona pudiera reclamarlo.
Con un nudo en el pecho, se giró hacia el calor de él, y se quitaba la idea de la cabeza cuando Tony le preguntó:
—Has tenido una mañana dura, ¿no? —Esperó a que asintiera—. ¿Estás bien?
¿Cuándo había sido la última vez que le habían preguntado eso? ¿Cuándo había sido la última vez que había dicho la verdad?
—Tendrías que subir a la casa —respondió, porque sabía que él se negaría.
—Creo que a tu madre no le haría gracia.
—Me da igual —mintió con voz queda, consciente de que no la creería.
—Esta mañana he hablado con Jack.
Greta se tensó. ¿Sabía lo que su padre le había pedido? ¿Se lo habría contado Jack?
—¿Y de qué habéis...?
Se interrumpió y él le acercó una mano y le pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja.
—No era sobre ti, tranquila.
Claro que no habían hablado sobre ella. La lealtad de Tony era incuestionable; nadie había visto más que él en la órbita de Franklin y jamás había soltado prenda. Y, aun así, le parecía peligroso que Jack hubiera hablado con él. Era peligroso. Un movimiento que no podía contrarrestar.
—¿De qué habéis hablado?
Se encogió de hombros.
—Cosas de la empresa. Quería saber si volvería a la ciudad pronto.
Hablaba con indiferencia, como si no viera que aquel no era un mensaje para él, sino para Greta. Una pregunta. ¿Había hecho lo que su padre le había ordenado?
Ella se tragó el pánico.
—¿Y? ¿Qué le has dicho?
—Que contara conmigo si necesitaba que lo llevara.
Se rio, y sonó algo histérica.
—Greta, cariño. No pasa nada. No me voy a ninguna parte.
Se sintió emborracharse con aquellas palabras, no ese tipo de borrachera suave e imprecisa que provocaba pasarse con el champán en una cena de empresa, sino de las borrosas, de las de perder el control tras haberse pasado con los gin-tonics de vodka antes de meterse en el Porsche Boxster de su hermano en los Hamptons y ser incapaz de impedirle que se estampe contra una duna.
Le quedaban cinco días.
Posó una mano sobre la que Tony le había puesto en la mejilla.
—No me cae bien.
—¿Jack? —preguntó, con una nota de sorpresa en la voz—. Creo que no le cae bien a nadie. Bueno, salvo a tu padre.
—¿Por qué le caía bien a papá?
—Por lealtad.
Greta no le caía bien. ¿Acaso no había sido leal? Demasiado leal.
—Como tú —observó.
Tony apretó los labios carnosos, pero no lo negó. Asintió.
—Supongo que sí.