Tormentas de verano GRETA
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GRETA

No solo era la mayor, aunque fuese una hermana mayor de manual: emocional (se preocupaba agresivamente), controladora (extremadamente presente) e intensa (tenía el estómago sensible por el miedo hondo y constante de que algún miembro de la familia se desviara del buen camino sin previo aviso).

Pero eso habría significado abandonar a su madre.

Ser la favorita era una frivolidad; a ella la habían criado para ser indispensable. Cómoda. Para que comprendiera de forma intuitiva lo que Elisabeth necesitara a cada momento.

¿Qué importancia tenía ser el «favorito» si lo comparabas con ser «esencial»?

—La empresa ha enviado una lista —pronunció Elisabeth con claridad mientras cruzaba la habitación hacia la silla de respaldo alto que había junto a la ventana, con vistas a la bahía, y aquello le llamó la atención de inmediato a Greta.

—¿Una lista de qué? —preguntó Emily.

Su madre no levantó la vista de la pantalla Quad-HD de su tableta (a la que normalmente se hacía referencia como la 1107, en honor a los 1.

107 dólares que Franklin había gastado para fundar Storm Inc.

casi cincuenta años antes), donde una hoja de cálculo brillaba en media docena de colores distintos.

Greta respondió a su hermana.

—Los asistentes al funeral.

—No es un funeral —la corrigió Elisabeth, bajando por la lista aparentemente interminable. ¿Cabría toda aquella gente en la isla?

Claro que sí. Elisabeth Storm se aseguraría de ello.

—Pero es lo que es, ¿no? —musitó Emily, mirando a su hermana.

—Es una celebración —respondió la madre.

Greta no pasó por alto el hecho de que no había nada que acompañara a la palabra «celebración». Ni «de la vida». Ni «de vuestro padre». Era una celebración, como si su muerte hubiese sido una bendición para todos y Elisabeth fuese la encargada de llevar la batuta de tanto júbilo.

La mayor de los Storm ignoró el dolor que le susurraba desde los límites del subconsciente, sí, por su padre, como debía ser. Y como le correspondía a una buena hija. Pero también por otra cosa, una pérdida totalmente distinta que no podría ignorar durante mucho más.

«No lo hagas».

Las palabras de Alice le habrían resonado en la mente si Greta lo hubiese permitido. Pero no tenía ninguna intención de dejar que resonaran. Alice no lo entendía; no lo había entendido nunca. Ni ella ni los demás.

Tenía trabajo.

—Voy a llamar a la empresa de catering.

—Alice los llamó ayer por la tarde. Cuando desapareciste.

Greta reprimió un estremecimiento y se negó a pensar en dónde había estado. Y con quién. Reprimió, también, el pánico atronador que le brotó ante la circunstancia de que Elisabeth la hubiese necesitado y hubiese intervenido otra persona.

—Pero ahora me tienes aquí —dijo.

Su madre había llegado al final de la lista y regresaba a la parte superior.

—Esto no está bien. No hay nadie personal aquí. Ninguna de nuestras amistades.

Emily se inclinó para mirar por encima de su hombro.

—De hecho, mamá, me parece que vuestros amigos están en verde. Mira... Los Nadir, los Silverberg, los Nelson, los Haskins, los Singh...

—Esos son los amigos de tu padre.

Teniendo en cuenta que habían pasado veranos y fiestas con todas aquellas familias a largo de su infancia, aquello las cogió por sorpresa. Con todo, Emily alcanzó una libreta de una esquina del escritorio victoriano.

—Vale. ¿Quién falta?

Elisabeth hizo un gesto con la mano.

—Pues los demás.

Emily, contenta por tener una tarea, fue anotando los nombres a medida que su madre hablaba, enumerando a la flor y nata de Nueva Inglaterra que había aportado al matrimonio.

—Mmm —dijo Elisabeth después, girándose hacia Greta—. Evelyn necesita los números de la Seguridad Social.

Dejando a un lado su presencia en la lista de pasajeros del Mayflower, asistirían al menos dos expresidentes, y a los Servicios Secretos no les bastaba con los nombres. Greta asintió. Antes de que pudiera responder, Elisabeth añadió:

—Vas a tener que llamarlos a todos. Yo no quiero hablar con ellos.

Emily asomó la cabeza por detrás de su madre.

—Yo te ayudo.

—No. Greta puede hacerlo sola.

La pequeña de los Storm apretó la mandíbula y su hermana vio cómo respiraba hondo, un gesto que sin duda tenía por objetivo despejar los malos pensamientos. Se preguntó si le habría funcionado.

—Mamá, hay como cuarenta personas en esta lista. Y eso sin haber añadido a nuestros amigos.

Elisabeth frunció el ceño.

—¿Vuestros amigos?

Una pausa.

—Sí, mamá. Nuestros amigos.

—¿Por qué narices tendríais que invitar a vuestros amigos?

Una vez, ante la insistencia de Alice, Greta había probado a ir a terapia y había aguantado tres sesiones (en las que se había pasado 165 minutos sin revelar que era una Storm de los de Storm Inside™) antes de confesarle la infracción a su madre, quien había arrugado la nariz (un sobresalto, porque Elisabeth nunca arrugaba nada a propósito) y había dicho: «¿Por qué narices vas a terapia? ».

Todos esos años atrás, Greta no había respondido a la pregunta, pero Emily respondió entonces.

—¿Porque nos consuelan? ¿Porque nos aportan paz y equilibrio?

Si Emily pensaba que se ganaría a su madre utilizando las palabras paz y equilibrio, no había prestado atención los últimos veintiocho años. Elisabeth se concentró de nuevo en la hoja de cálculo de Storm Inc.

—No. La lista de invitados está llena.

—¿Qué? —Emily se detuvo. Y se reinició—. Mamá...

Greta intervino.

—Deberíamos ponernos al lío.

Su hermana la ignoró.

—Mamá, ¿no estás...?

Cuando se interrumpió, Greta contuvo el aliento y negó con la cabeza. «Ahora no, Emily. No somos como tú». Incluso aunque hubiera verbalizado aquello, no tenía claro que su hermana le hubiese hecho caso.

—¿No estás... triste?

Greta se quedó paralizada.

Elisabeth no estaba triste, ni dejaba de pasar el dedo por su 1107.

—No especialmente.

Emily se quedó atónita y se giró hacia su hermana con un sordo «¿qué coño?

» que sonó claro como un disparo. Greta levantó un hombro como respuesta, pero no pudo negar el indicio de satisfacción que le recorrió el cuerpo al oír aquella pregunta.

Emily no lo entendía, pero Greta sí. Porque era la hija buena.

Sacudió la cabeza para que Emily no dijera nada más y se concentrara en la tarea que tenían entre manos.

Durante la hora siguiente, las hermanas jugaron a ser las secretarias personales de Elisabeth, haciendo llamadas de teléfono mientras ella contestaba correos electrónicos y mensajes de toda una serie de trabajadores, colegas y amigos personales de Franklin.

Greta hacía dos llamadas por cada llamada de Emily, porque la pequeña de los Storm no parecía superar ni una sola conversación sin echarse a llorar y discutir sobre las energías sanadoras.

Sobra decir que Alice no se presentó. Y, sinceramente, mejor así, porque Greta siempre había sentido que la hermana mediana la juzgaba en silencio.

Tal vez no fuera verdad; tal vez solo se debiera a que eran como el agua y el aceite.

Mientras que Greta había sido (casi) siempre la constante, la fiable, la que asistía a todas las cenas, a todas las fiestas informales, a todos los eventos benéficos en que se cortaban cintas, todo aquello en que se precisaba a un Storm que sonriera y hablara en nombre de su padre, y no era tan significativo como para que se presentara Elisabeth, Alice...

Bueno, Alice había sido la hija mala.

—Claro. Nos vemos entonces, Twyla. —Emily terminaba otra llamada, la última, si Greta había llevado bien el registro (la duda ofendía). Una pausa, mientras a su hermana se le saltaban las lágrimas—. Gracias. Eres muy amable.

Greta centró la atención de nuevo en su lista, resistiendo el impulso de poner los ojos en blanco.

Apenas conocían a la flamante esposa del cofundador de Storm Inc.

, Mike Haskins. Twyla tenía la mitad de años y había sido la directora de marketing del último negocio de Mike, y las páginas de sociedad disfrutaban sugiriendo que había sido el motivo de su ampliamente difundido divorcio, lo cual había provocado que su primera esposa se convirtiese en la mujer más rica del mundo.

Emily tenía que darse prisa. Greta quería terminar con las llamadas para poder irse. Para poder ver a Tony. Empujó el nudo de emociones que se le hizo al pensar en él.

—¿Quién era?

Greta se tensó ante la sucinta pregunta de su madre cuando Emily colgó.

—Twyla Haskins. Ella y Mike vendrán el lunes —respondió su hermana—. Creo que es...

—¿Quién te ha dicho que los invites?

El aire de la habitación se congeló. Emily levantó la libreta.

—Tú.

—Ya te digo yo a ti que no.

Lo que había comenzado como un tono seco empezaba a convertirse en algo estridente, y Greta se quedó de piedra, confundida e incómoda por el disgusto de su madre.

—Mamá. —Emily miraba fijamente a Elisabeth, con una voz más firme de lo habitual. Irritada—. Hemos leído la lista en voz alta. Los Haskins están en la lista. —Una pausa—. El tío Mike...

—Michael Haskins no es tu tío y yo jamás lo habría puesto en la lista.

Emily desvió la mirada hacia Greta, suplicándole en silencio que la apoyara, y de repente volvía a tener siete u ocho años, a punto de recibir una reprimenda por alguna chiquillada, rogándole a su hermana mayor, ya adulta, que la defendiera.

Que se pusiera de su parte, codo con codo, contra Elisabeth y sus severos cambios de humor.

Greta guardó silencio.

Al ver que no iba a recibir su apoyo, Emily se giró de nuevo hacia Elisabeth.

—Mamá...

—Deja de decir eso.

—¿El qué? ¿Mamá?

—Sí. No tengo ninguna intención de recibir aquí a Michael Haskins.

—Se estaba poniendo de un rojo impropio para una mujer blanca protestante de la alta sociedad de Nueva Inglaterra, quienes raramente mostraban emociones enardecidas—.

Esta es precisamente la razón por la que le he pedido a tu hermana que se encargara de las llamadas.

El dardo dio en la diana.

—Vale... Bueno, a ver qué te parece esto: es el funeral de papá y yo quiero que venga el tío Mike.

Greta levantó las cejas, sorprendida. Emily no hablaba así. Se parecía más a... Franklin.