Tormentas de verano 7 #4
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—Mirad, hasta aquí —zanjó Elisabeth—. Por muchas ganas que tenga, Alice no se irá de esta isla.

Nadie se irá de esta isla. El lunes vendrán cientos de personas a presentar sus respetos y estaremos todos, y digo todos —le lanzó a ella una mirada severa—, presentes.

¿Qué imagen daríamos si faltara alguien? ¿Qué pensaría la gente?

Una pausa lo bastante larga para que los demás completaran con las palabras que su madre no había pronunciado. ¿Qué diría la gente?

—Pues la verdad, probablemente —contestó Alice.

A Elisabeth no le gustó.

—¿Y cuál es la verdad, Alice?

«Que somos un puñetero desastre». Pero era una pregunta retórica, así que se quedó bien calladita.

—Estaréis todos aquí —repitió Elisabeth en medio de aquel pesado silencio, paseando la vista entre sus retoños—. Y todos lo disfrutaréis.

Se enarcaron cejas por toda la estancia, seguramente porque todos dudaban de que pudieran disfrutar del funeral de su padre, lleno de titanes de la industria, líderes mundiales y una buena cantidad de bichos raros.

—¿Alguna pregunta?

—Sí, yo tengo una duda —dijo Sam. Las hermanas pusieron los ojos en blanco. Cómo no. Sam siempre tenía que quedarse con la última palabra—. ¿Por qué Alice lleva una camiseta de la Universidad de Delaware?

Una pausa mientras los demás valoraban la pregunta. Y la respuesta.

—Porque mi maleta está en la despensa —contestó ella, mirando primero a Sam y, luego, a Elisabeth—. Y nadie le había dicho a Jack que esta semana mi habitación no es una habitación de invitados.

—Si pasaras por casa de vez en cuando, a lo mejor lo habríamos tenido en cuenta —le recriminó su madre sin un ápice de remordimientos—. Las reglas no han cambiado. Tu maleta tiene que estar arriba, como bien sabes.

—Que yo no la he puesto en... —Alice se tragó la réplica que le subió hasta la boca, y de repente volvió a sentirse una niña de nueve años rabiosa por tener que responsabilizarse de las chorradas de su hermano mayor—. Entendido.

—Y se agradecería que usarais ropa en condiciones —añadió Elisabeth, arrastrando la mirada por su pijama improvisado con una expresión gélida antes de girarse hacia su hijo—. Sam, creo que tienes trabajo que hacer.

Él sacó el móvil y lo examinó unos instantes.

—Me he dejado el día libre, así que vamos a limpiar algunos barcos, supongo. —Miró a Emily—. Creo que deberías ayudarme.

—Mmm... —Ella ladeó la cabeza—. Yo creo que no.

—Que te ayuden tus hijos, así se entretendrán —propuso Elisabeth antes de desviar la atención hacia Greta—. Tengo una lista para ti.

La hija mayor llevaba un rato esperando que la convocaran.

—Lo que necesites.

—¿Puedo echar una mano, mamá? —interrumpió Emily.

—Ay, Emily. —Elisabeth se volvió hacia la pequeña—. Suponía que estarías ocupada con lo que sea que hagas. Encender velas por el solsticio o algo por el estilo.

—No es... el solsticio.

—En alguna parte del mundo será el solsticio, ¿no? ¿O habrá luna llena? —insistió Elisabeth antes de levantar la tableta de la encimera, distraída ya por la información que contenía.

—Qué va. —Emily perdió parte de la luz de sus ojos, pero insistió con la esperanza, igual de adulta que de niña, de recibir una fracción del cariño que Elisabeth le profesaba a Greta, sin saber la carga que comportaba—. Estoy libre para ayudaros.

—Mmm —murmuró su madre—. Pues ven con nosotras.

La siguieron como patitos, como a ella le gustaba; los secuaces de Elisabeth, no de Franklin. ¿Cuántas veces lo habían visto en aquella misma habitación diciéndoles que se fueran a ayudar a su madre?

Pero Alice no era un patito. Se dirigió de inmediato a sacar del fondo de la despensa la maleta, por cuya cremallera cerrada asomaba un pedazo de seda. No le sorprendía que Sam no hubiese tenido cuidado con sus cosas.

Se agachó para valorar los daños y se peleó con la cremallera, maldiciendo al detestable de su hermano, a la controladora de su madre, a su padre muerto y al lugarteniente irritante cuya camiseta aún olía a él, un olor del que había disfrutado demasiado tumbados en la cama la noche anterior, algo que jamás admitiría ante nadie. Jamás.

Y luego, como si la situación no fuese ya lo bastante vergonzosa, llegaron las lágrimas. ¿Por qué lloraba siempre que se metía en aquella mierda de despensa? Redobló sus esfuerzos con la cremallera, jurando que la abriría aunque tuviera que pasarse el día allí sentada.

Sin embargo, la casa tenía otros planes. A sus espaldas, la puerta se cerró de golpe y la luz se apagó, sumiendo el cuarto en una oscuridad absoluta.

Con un suspiro, Alice se arrastró hasta la puerta, le dio un golpe a una botella pesada (de aceite de oliva, ¿quizá?) y trató de girar el pomo. Le dio vueltas y tiró de él. No hubo suerte. Apretó el hombro contra la puerta, le dio un golpe firme.

Nada. Estaba atrancada.

Al otro lado, oyó cómo arrastraban una silla por el suelo. Había alguien; Sam, sin duda.

—Me parto —musitó hacia la oscuridad, antes de aporrear la puerta—. Suéltame, niñato. —No pasó nada—. Sam, no estoy para bromas.

En la cocina, se oyeron pasos alejándose en la distancia.

Estaba encerrada.