7 #3
—A vuestro padre no le faltaban amistades.
Tenía gente que lo quería en todo el mundo, y no creo que fuese por su dinero.
O no solo por eso. Al fin y al cabo, yo también lo quise.
—Hizo una pausa y Alice se preguntó si estaba valorando la posibilidad de concretar aquella afirmación.
Algo como: «Yo también lo quise, una vez.
Durante tres años, seis meses y once días».
Después de claramente descartar esa idea, Elisabeth terminó:
—Y, para celebrarlo, abriremos la isla el lunes para su... —Buscó la palabra, y acabó optando por «comunidad», pero pareció que se le había atragantado, como si nunca hubiese valorado ese concepto, y ahora que se lo había planteado, no tuviera claro que le gustara—. Y espero que no sea... triste.
Al ver que nadie hablaba, puso fin al discurso.
—Ya está.
Parecía esperar que sus hijos respondieran, y eso hicieron; porque si de algo podían alardear era de ser receptivos con las expectativas de su madre.
Emily empezó:
—Me encanta que lo plantees con una intención tan positiva, mamá. Quizá podamos meditar al respecto más tarde.
—Bueno, no creo que sea necesario —contestó Elisabeth.
—Suena. Bien —intervino el móvil de Sam.
—A papá le encantaría —añadió Greta, y Elisabeth arrugó los labios, lo cual indicaba que, de haberlo sabido, tal vez no habría dicho lo mismo.
Pero había dicho lo que había dicho, de modo que Alice también le ofreció su apoyo.
—Eso ha sido muy bonito, mamá. Lo de papá. Y para él.
Elisabeth asintió.
—Me alegro. Aseguraos de que se lo contáis a Jack. He decidido quitarme temprano mis requisitos diarios.
Alice no pudo contener la carcajada que se le escapó de la garganta.
—Como comer verdura.
Un mes atrás, Elisabeth quizá habría sonreído ante aquella broma. Pero no en ese momento.
—Oye. Hablando. De. Requisitos —interrumpió el móvil de Sam mientras este miraba con intención a Greta—. Qué. Tienes. Que. Hacer. Tú.
Alice inspeccionaba el interior de su taza de café cuando su hermana respondió:
—Da lo mismo.
Su tono era demasiado alegre. Incluso aunque Sam no hubiera sabido leer a Greta desde que nació, las tareas que les había asignado Franklin no eran alegres. Y mucho menos divertidas.
Con un gesto engreído, Sam escribió:
—A. Mí. Me. Parece. Que. No. Domina. Lo. Mismo.
Como diría Emily, el universo provee. Alice no pudo evitar responder:
—¿Que domina el qué?
Greta se agarró al cambio de tema.
—Bueno, cuando esto termine, Sam habrá dominado el mantenimiento de la campana antiniebla.
—Y no te olvides de las tejas —añadió Emily, que conocía el guion.
—Iros. A. La. Tienda.
Perfección.
Todas las hermanas se rieron, excepto Sam, quien les hizo una peineta antes de escribir con furia.
—A. Ti. Qué. Te. Ha. Tocado. Emily.
Le lanzó una mirada seria a su hermana y el resto la siguió, incluida Elisabeth, quien había interrumpido el proceso de limpiar la encimera de la cocina con un desinfectante orgánico por tercera vez esa mañana.
Las dudas de la más joven de los Storm eran palpables. La creatividad de Franklin se había desatado por completo con las tareas que los ocupaban, y todo el mundo se preguntaba qué le habría pedido a Emily al ser, sin ninguna duda, quien menos se merecía su inquina.
La pequeña de la familia respiró hondo, y Alice contuvo el aliento.
—Nada.
Silencio. Y luego...
Elisabeth levantó las cejas.
—¿Nada?
A Sam se le atravesó un sonido en la garganta antes de recuperar el control de los pulgares.
—Qué. Coño. Dices.
—Nada tipo... ¿tienes que quedarte en la isla? —concretó Alice—. ¿O nada de nada?
Emily se encogió de hombros con expresión de culpa.
—Creo que nada de nada.
Fue un giro extraño de los acontecimientos.
Porque sí, Emily nunca había sido un grano en el culo de Franklin como parecía que habían sido los demás, pero era incomprensible que no le hubiera pedido nada, ni siquiera que se quedara.
No era un castigo como el de Alice. Le había llegado con una carta, a diferencia de a Alice. Más bien como... un regalo.
Y le escocía.
Y a Greta también, evidentemente.
—¡¿Cómo que nada?! —preguntó casi a gritos.
—No... —Miró a su hermana mayor. Nunca se habían llevado bien; Greta le sacaba catorce años y había sido la primera en reconocer que tenían más bien poco en común.
Dicho eso, al resto de la familia siempre le había parecido evidente que Emily no buscaba la aprobación de Elisabeth, sino la de Greta—. Lo siento, Greta.
—Esto ya es pasarse. Alice básicamente tiene que estar una semana de vacaciones, sin ningún otro requisito, Sam tiene una lista de tareas y yo tengo que... —Se interrumpió antes de revelar la verdad ante todos—. Y a ninguno se nos garantiza que recibamos ni un penique al final. Es...
Se mordió la lengua antes de pronunciar la palabra injusto.
A Emily se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo siento. No sabía que papá pensaba...
—Ni tú ni nadie —la interrumpió Alice—. Papá hacía lo que le daba la gana cuando le salía de las narices, sin preocuparle a quién pudiera hacerle daño. No es culpa tuya. Forma parte de su juego. —Se volvió hacia su hermana mayor, roja como un tomate—. Y cuando Greta se tranquilice, lo entenderá.
—Qué valor que me digas que me tranquilice. —Greta se giró hacia ella—. Tú, que te has escaqueado en vez de formar parte de esta familia. No te importa lo más mínimo este juego. ¡Tú eres la que tiene más probabilidades de jodernos a todos!
Y, de nuevo, la insinuación de que Alice carecía de lealtad.
—Para empezar, yo no me «escaqueé». Papá me echó.
No respondió nadie, pero tampoco le sorprendió.
—Segundo, yo no soy la responsable de que papá...
—hizo una pausa para no decir «se haya muerto»; ¿por qué se le hacía tan extraño decirlo?
— nos haya dejado a todos como piezas de un ajedrez.
Yo no me inventé este juego ni decidí las reglas.
Y tienes razón, si dependiera de mí me marcharía ahora mismo, porque, contrariamente a tu análisis, Greta, esto para mí no son unas vacaciones, sino un recordatorio constante de que cuando él me expulsó, a todos os importó un comino.
Se sumieron en el silencio y ella se los imaginó por un instante encontrando la forma de sentirse culpables. Su gozo en un pozo.
—Pero. Tú. No. Eres. Una. Pieza —dijo Sam.
—¿Y eso qué significa?
Greta asintió, dándole la razón al teléfono.
—Las piezas somos nosotros.
—¿Y acaso yo no estoy también en el tablero? —No debería importarle. El «nosotros» (plural). El «tú» (singular).
—No —sentenció Emily—. Tú eres uno de los jugadores; papá te ha entregado el control absoluto. Solo tienes que quedarte... y jugar.
Eran incapaces de ver que su padre no le había dado ningún control.
Que jamás le había permitido tomar una sola decisión en toda su vida, desde el momento en que se había pillado de un chico en séptimo y Franklin había contratado a su madre para que trabajara en el Storm de Silicon Valley porque quería reducir al mínimo las distracciones de su hija.
Tenía unas notas que mejorar. Una universidad a la que ir.
Poco importaba que Franklin no se hubiera graduado en la universidad.
Alice quería estudiar Bellas Artes. Había preparado una lista minuciosa con las mejores escuelas del mundo, poco después de que aquel chico de séptimo desapareciera.
Había estado meses trabajando en el portafolio.
Le había suplicado que la dejara apuntarse a alguna después de que él le entregara su lista de universidades aprobadas, entre las cuales no había ni una sola de arte.
Poco importaba lo que Alice deseara.
Franklin se encargó del discurso final cuando ella se graduó en Amherst. Bromeó con que «su hija se había perdido en el Departamento de Historia del Arte de camino al grado en Ingeniería Informática que él le había sugerido», algo que todo el mundo encontró delicioso, a pesar de su único propósito: apuntar su decepción.
Durante el día y medio que le quedaba en el campus, la gente se había deshecho en halagos. Qué encantador era su padre. Qué inteligente y divertido. Qué inspirador. Menuda suerte tenía.
La verdad tampoco importaba.
Siempre que había intentado tomar sus propias decisiones, él había usado dinero, poder e influencia tanto como padre como una de las personas más ricas del mundo para desviar esa decisión según sus deseos.
Y cuando ella al fin se había negado y contraatacado, cuando ella se había plantado, su padre la había dejado en la estacada y se había asegurado de que los demás se olvidaran también de ella.
Y aquella semana, en vez de dejar que su puñetera familia lo llorara, la había vuelto a atar de pies y manos. Alice podía quedarse o marcharse, pero, fuera como fuese, Franklin estaba escribiendo el próximo capítulo.
Si se quedaba, él ganaba. Si se marchaba, ella perdía.
Tal vez ya hubiera perdido.
La frustración degeneraba en algo peor, y Alice notó un nudo en la garganta cuando la piel comenzó a hormiguearle.
—Te equivocas. Me está tratando como siempre. Como a una cría. Y ya no soy una niña; tengo treinta y tres años.
—Ándate con ojo. Mala edad para los mártires. —Todos se giraron hacia Sam, que había hablado en voz alta. Alice se miró el reloj: pasaban pocos segundos de las ocho en punto.
—Si me marchara de esta casa, no habría nada que me convirtiera en una mártir, Sam. Ningún tipo de sufrimiento. —Era mentira, pero se negaba a admitirlo.