Tormentas de verano 7 #2
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—Ninguno de vosotros me defendió, porque lo único que os importaba era esto. Estar aquí. El placer de su aprobación. —Las palabras restallaban entre ellas, sorprendentemente afiladas—. Y no nos olvidemos de la promesa de una herencia que, de repente, no es garantía de nada.

—Cómo te gusta, ¿eh? Hablamos literalmente de miles de millones que podríamos perder por un capricho tuyo.

—Que les den por saco a los millones —exclamó—. No estaba dispuesta a pagar el precio antes y no me puedo creer que tú te lo estés planteando ahora.

Greta no respondió, y Alice le habló al mar.

—Pero claro que te lo estás planteando. Es lo que os han enseñado.

—No todos somos tan perfectos como tú —le atacó la otra—, que te mantienes firme en tus convicciones.

Se giró hacia su hermana.

—Qué valor tiene que me diga eso la copia exacta de mamá. Si fueses más perfecta, te considerarían para ser santa. Algún día saldrás de la sombra de mamá y te permitirás tomar tus propias decisiones.

—Mira que llegas a ser mala a veces —le espetó Greta, y la máscara le flaqueó. El silencio se adueñó de ellas. ¿Qué podían decirse? Tras un largo rato, le preguntó—: ¿Por qué la odias tanto? Esta casa. ¿Por qué te cuesta tanto estar con nosotros?

Una pregunta imposible con una respuesta imposible, llena de palabras como traición y justicia y amor, y todas las demás cosas que Alice quería decir y probar y resistir, mucho más complejas de lo que estaba dispuesta a compartir.

—No he dicho que no vaya a quedarme. —Suspiró y se dio la vuelta—. Pero si me fuera... quizá no sería para tanto.

—Para ti.

«Para todos nosotros», pensó ella.

Con la voluntad de tener la última palabra, una posesión muy preciada en la familia, Greta cambió de tema.

—Pensaba que Griffin había ido a la Universidad de Nueva York.

¿Qué tendría que ver Griffin con aquello?

—Sí, fue a la NYU.

Su hermana señaló con la barbilla la camiseta que llevaba Alice. De la que se había olvidado durante los últimos minutos. Se tiró del borde.

—Sam me ha robado la ropa, el muy imbécil.

—Sam fue a Harvard —dijo Greta, una observación que encerraba una pregunta clara.

Una pregunta que ella ignoró.

—¿Y lo orgullosos que deben de estar de tenerlo en la lista de exalumnos? ¿Has terminado?

No había terminado.

—¿Sabes quién fue a la Universidad de Delaware?

Alice suspiró.

—Pues sí, la verdad. Lo confieso, inspectora. Estaba en mi habitación anoche cuando descubrí que Sam me había robado la ropa. El señor Dean... En la torre... Con los pantalones de deporte.

Su hermana arqueó las cejas.

—¿Lo habías invitado?

—Según tengo entendido, lo invitó papá.

Greta no la había malinterpretado. Esbozó una sonrisa.

—Deberíamos haberte avisado de que se alojaba allí arriba. —Los condicionales eran el reino de los Storm, sobre todo en lo tocante a las responsabilidades de los unos con los otros—. O haberte informado de que era su habitación.

—La habitación es mía —la corrigió Alice.

—Claro, no iba a malas —se apresuró Greta a decir—. Pero él siempre duerme allí. Porque tú no...

Se interrumpió, pero ella lo entendió todo igualmente.

—Bueno, pues anoche no durmió allí.

—Impresionante. Cualquier otra persona lo habría suplicado.

—Bueno, dejando a un lado su insultante atractivo, no se lo supliqué. —Ni se le habría pasado por la cabeza suplicárselo. Al menos mientras estuviera en la habitación.

Greta puso los ojos como platos.

—No me refería a que tú le suplicaras nada, de hecho. Lo que decía era que él te lo tendría que haber suplicado, a la vista del culo que te hacen esos pantalones.

Era una ofrenda de paz. El tipo de no disculpa que solo las hermanas podían permitirse después de tanto tiempo. Un instante después, Alice la aceptó, así como la tregua que la siguió.

—Bueno, pues estos pantalones son lo más cerca que va a estar Jack Dean de mi culo —mintió.

—¿Seguro? ¿A pesar de su «insultante atractivo»? —Cuando Alice puso los ojos en blanco, Greta añadió—: No sé si sabes que Sila lleva años detrás de él.

Ella la miró perpleja.

—¿Detrás de Jack?

Su hermana se encogió de hombros.

—A lo mejor me equivoco.

A lo mejor. Pero lo más probable era que fuese verdad. Greta era la más observadora de la familia, una cualidad que le venía de haber estado siempre en guardia, a fin de que no se descubriera la verdad sobre su relación.

—¿Y Sam qué piensa?

—¿Es que Sam piensa? —Compartieron una sonrisa y Greta continuó—: Creo, sinceramente, que ese es uno de los motivos por los que no lo soporta. Eso y que ha conseguido el ascenso que él esperaba.

No le sorprendía. Jack Dean no parecía ser del tipo de persona que intenta progresar sin esfuerzos.

—Sam debería probar a trabajar alguna vez. —Alice miró al mar—. ¿Y tú? ¿Qué opinión te merece?

¿Qué más le daba?

Greta se quedó un rato callada.

—Creo que papá lo adoraba tanto por algo. —Era una advertencia, y a Alice no le pasó desapercibida—. Total, que Sila se va a poner hecha un basilisco cuando te vea con su camiseta. Y con esos pantalones cortos. La combinación definitiva.

Alice hizo ademán de mirar atrás.

—Y yo que pensaba en ir a buscar mi ropa y cambiarme.

—¿Y perdernos lo más divertido?

Por un momento, todo volvió a parecer intrascendente. Como si solo fueran hermanas normales y aquello no fuese más que una visita normal a casa para visitar a su familia normal. Pero allí no había nada normal.

—Quédate, por favor —le susurró Greta.

Antes de que pudiera responder, la puerta con mosquitera chirrió y Elisabeth asomó la cabeza.

—Ahí estáis. Entrad, por favor. Tenemos que hablar de algunos asuntos.

Las hermanas se miraron y se dirigieron a la casa, mientras Alice esquivaba la mirada sombría de su madre. Elisabeth también se había fijado en los pantalones.

Dentro, Sam estaba apoyado en la encimera junto a la tostadora, con la cabeza agachada hacia el móvil. A su lado, Saoirse tenía un yogur en una mano y el móvil en la otra. Alice saludó a su sobrina.

—Buenos días.

Saoirse se pasó un mechón largo del pelo (rubio de moneda vieja, como su padre) por detrás de la oreja, pero no levantó la vista.

—Papá no puede hablar.

Alice se miró el reloj; eran las ocho menos cuarto.

—¿Estás aquí para interpretarlo?

—No... Me gusta un poco que no pueda hablar —soltó la adolescente con una inexpresividad perfecta, disfrutando de la carcajada que recibió mientras salía de la cocina, aún pegada a la pantalla.

—Es graciosa —le dijo Alice a Sam—. No sé de dónde lo habrá sacado.

A su hermano no le hizo ninguna gracia.

Emily y Claudia estaban sentadas juntas en un extremo de la isla con sendas tazas de barro humeantes en la mano, pero Claudia se levantó y le dio un beso a Emily en la sien en cuanto la puerta se cerró detrás de Elisabeth.

—Voy a dejaros un rato a solas.

—¿Estás segura? —le preguntó Alice con una media sonrisa—. Tiene pinta de que va a ser la bomba.

Claudia le devolvió la sonrisa.

—Sí, seguro. Hay té de setas, por si alguien quiere. Lo he dejado en la encimera.

—¿Son alucinógenas? —susurró ella.

—¡No!

Claudia se mostró horrorizada ante la idea, algo curioso, puesto que Alice sabía de buena tinta que su hermana y su pareja no eran precisamente abstemias en lo relativo a sustancias psicotrópicas.

—Pues qué lástima —respondió.

—Aquí nadie va a beber té alucinógeno —sentenció Elisabeth, como si fuese una opción real, y le ofreció una mano a Claudia, un movimiento que sorprendió a Alice más de lo que le gustaría admitir, sobre todo cuando lo acompañó de lo siguiente—: Claudia, cielo, no tienes por qué irte. Ya formas parte de la familia.

Alice se giró hacia Sam, a quien claramente le había molestado aquella declaración.

En todo su matrimonio, Elisabeth jamás se había referido a Sila como «familia».

En todo caso, había sido justo la antítesis: la mujer que le robaba la atención de su hijo.

Además, si Elisabeth se dirigiera alguna vez a la esposa de Sam como «cielo», Alice sospecharía de inmediato que le estaba dando un ictus.

Pero Claudia era una persona calmada y respetuosa, el equilibrio entre Emily y Elisabeth; presente, pero nunca dependiente. Fuerte, pero nunca dominante. Y, sobre todo, sabía a la perfección cuándo alejarse del fragor de la batalla.

—Tengo que cambiarles algunas citas a los clientes —dijo—, pero os veo para la comida. Emily me ha dicho que Lorraine ha preparado su ensalada de pollo.

—Hombre, faltaría más —contestó Elisabeth con suavidad—. Sabemos que es tu favorita.

Alice, ojiplática, se cruzó con la mirada transparente de Greta, quien con un sutil movimiento de cabeza le indicó que comprendía su sorpresa.

Luego Claudia se fue, y su madre volvió a ser la de siempre.

—Si este fin de semana van a venir varios centenares de personas, no puedo tolerar que la casa esté como está, y esto va por los cuatro.

Todos miraron alrededor de la cocina, que estaba como los chorros del oro, siempre lista para un reportaje de la Architectural Digest . Greta habló primero.

—Mamá, la casa está perfecta.

—La despensa no —replicó Elisabeth—. Alguien ha dejado dentro su equipaje.

Alice se echó hacia atrás en el taburete y miró dentro del cuartito. Como cabía esperar, allí, en un rincón, estaba su maleta y su bolsa de tela.

—Es mío.

—Tienes una habitación perfectamente equipada arriba, Alice. ¿Qué hace tu equipaje en la despensa?

Ella se giró hacia Sam.

—No lo sé, Sam. ¿Qué hacen mis cosas en la despensa?

Su hermano la ignoró y clavó la vista en el móvil mientras escribía. Justo cuando Alice estaba a punto de acusarlo de ser lo peor, el teléfono habló:

—Y. Yo. Qué. Sé.

La voz incorpórea hizo que todos los presentes se volvieran hacia Sam justo cuando este ofrecía una sonrisa que solo podía describirse como sarcástica, y escribió de nuevo.

—Vacío. Legal.

Alice puso cara de desdén.

—De lujo; ¿sabes si el móvil también puede ayudarte a decapar los esquifes?

Él resopló.

—Si ya habéis terminado —intervino Elisabeth, colocándose en uno de los extremos de la isla de la cocina—, tengo algo que comunicaros.

Se sumieron en el silencio mientras anticipaban la bomba que podía dejar caer.