7
Cuando Alice salió fuera a la mañana siguiente, taza en mano y con la camiseta y los pantalones que había aceptado la noche anterior bajo coacción, Greta estaba sentada en los escalones del porche frente a la cocina, con la vista puesta en el océano.
Al ver que los escalones estaban ocupados, abrió la antigua puerta con mosquitera con el hombro.
—¿Te parece bien si...?
Su hermana asintió, sin apartar la mirada del mar, donde el sol se reflejaba en las lejanas olas blancas. Alice se sentó a su lado y el silencio de la mañana las envolvió, cargado con la promesa del calor que vendría y con un ligerísimo aroma al Féminité du Bois de Greta.
Su hermana habló primero.
—Esto es una mierda.
—Y de las gordas —coincidió ella. Su hermana se giró al oír aquellas palabras, y Alice por fin le vio la cara completamente iluminada por el sol. Los ojos hinchados e inyectados en sangre, ojeras, la nariz roja—. Hostia, estás hecha una mierda.
—Gracias —respondió la otra, ofendida.
—No..., no. —Intentó reformular lo que había dicho—. O sea... ¿Pudiste pegar ojo anoche?
Greta agachó la vista hacia la taza de café.
—No.
Buscando algo que pudiera hacer sentir mejor a su hermana, le preguntó:
—¿Dónde está Tony?
Error. Greta cerró los ojos y apretó los labios un instante antes de susurrar:
—No puedo hablar con él. Sobre esto, no.
—¿Por qué no? —Alice frunció el ceño ante el reconocimiento tácito de que su hermana podría hablar con el piloto de su padre sobre algo que no tuviera que ver con volar; era la primera vez que se acercaba a admitir abiertamente su relación—.
Madre mía, Greta. ¿Qué ponía en tu carta?
¿Te ha buscado un matrimonio de conveniencia o algo así?
—No. —Ella se rio a través de su tristeza—. Eso sería una locura.
—Claro, porque a papá no se le ocurriría nada tan loco. Como prohibirle a Sam que hable durante doce horas al día.
Greta se volvió con una sonrisa en los labios.
—Esa es la buena, ¿eh?
—Es diabólicamente maravillosa. Uno de los mejores momentos de papá. —Alice esperó un poco, contemplando el brillante océano, el azul que se teñía de dorado bajo el sol—. Pero parece que lo que te ha dado a ti solo es diabólico. ¿Qué tienes que hacer?
Su hermana suspiró y volvió a centrarse en el mar.
—Tengo que romper con Tony.
No, no era diabólico: era cruel.
—Ay, no.
—Ya ves. —Una pausa larga—. Hay que ser cabrón.
No podía llevarle la contraria.
—Sabes que no puede controlarnos desde la tumba.
—Claro que puede —dijo Greta como lo decía casi todo: como si existiese la verdad y la ficción y no hubiera nada más estúpido que confundir la una con la otra.
Un suspiro, y añadió—: Tony quería contarle lo nuestro.
Hace diez años. Quería buscar otro trabajo y casarse conmigo.
Madre mía, imagínate lo que hubiera hecho papá.
Ella suspiró también y pensó un momento.
—Tal vez te habría dejado vivir tu vida. —Las hermanas se miraron de soslayo, y Alice se rio—. Vale. A lo mejor no.
—A lo mejor no. —Greta encogió un hombro, como si el debate no mereciera la pena—. La cuestión es que me ha dejado la peor tarea. Preferiría pasarme semanas sin hablar. O... decir algo bueno sobre papá durante unos días.
La disparidad entre las tareas era sorprendentemente injusta, pero a Franklin no podría haberle importado menos. Lo único que le interesaba era su capacidad para forzarlos a reaccionar.
—Pues no lo hagas.
Greta la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído. No lo hagas. Haz pública vuestra relación, vive tu vida. —Alice hizo una pausa—. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que mamá tenga que contratar a una secretaria de verdad?
—Para mamá soy más que una secretaria. Me necesita.
Antes de que pudiera encontrar una disculpa (de esas difíciles, de las que implican evadir la verdad), Greta hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a la situación.
—Si no lo hago... —Se interrumpió y sacudió la cabeza, y el resto de la frase se oyó aunque no la verbalizara: «Si no lo hago, me quedo sin dinero. Y siempre ha sido una cuestión de dinero»—. No tengo ninguna habilidad destacable.
A Alice no se le pasó por alto el profundo significado de aquellas palabras.
¿Qué ocurriría cuando Greta necesitara una identidad propia?
¿Quién era de no ser por el dinero, por el apellido, por el poder que ambas cosas conllevaban?
¿Quién era más allá de Elisabeth y la isla Storm y el mundo enorme y demasiado pequeño que le financiaba?
¿Quiénes eran todos ellos en general?
Alice no lo sabía, y eso que se había pasado cinco años intentando descubrirlo.
—No es verdad. Tienes un máster en Bellas Artes.
Un máster en Bellas Artes y un libro que llevaba una década escribiendo. O más tiempo. Algo que utilizaba para convencerse de que era mucho más que su ADN. Más que una estatua, hecha a partir del molde de su madre.
Greta la atravesó con la mirada.
—Lo que he dicho.
—Bueno, en el peor de los casos, puedes trabajar para Sam. Será el director general.
Era demasiado horripilante para considerarlo siquiera una broma decente.
—La virgen, ¿te imaginas lo insufrible que sería?
—Ha aprendido del mejor. —Alice no pudo evitar reírse, y se permitió sentirse liberada un instante, antes de volver a ponerse seria—. Ahora de verdad: no está tan mal. Pagas tu alquiler. Vas al súper. Compras muebles en IKEA.
—¿Tienes muebles de IKEA?
Ignoró el horror en la voz de su hermana y repitió:
—No está tan mal, Grieta.
Tal vez fueran las palabras; demasiado optimistas. Tal vez fuera el apodo que Alice usaba de pequeñas, originado el mismo día que su padre le había brindado al mundo el autocorrector (tan falible y tan cósmicamente perfecto al mismo tiempo); demasiado intenso.
Fuera lo que fuese, Greta negó con la cabeza.
—No puedo.
—Lo siento —respondió Alice de corazón—. Deberías tener algo propio. Te lo mereces, después de tanto tiempo. —Se produjo un largo silencio, cargado de las cosas que Greta no diría, hasta que ella añadió—: ¿Hay... algo más? ¿Te dijo algo más papá?
¿Sabría algo más?
Tras una eternidad, su hermana sacudió la cabeza y repitió:
—Aunque estuviera dispuesta a perder la herencia..., la familia es lo primero.
—¿Y eso qué significa?
—No has estado fuera tanto tiempo —repuso, con una nota robótica en la voz—. Solo nos tenemos los unos a los otros.
—Buena imitación de mamá —replicó Alice—. Dime: si eso fuera verdad, ¿dónde estabas cuando papá me dijo que me fuera y no volviera nunca más?
Greta se quedó callada. ¿Qué podía decir?
—No sufras. No fuiste la única.
—Alice —dijo al fin—. Ya sabes cómo son las cosas... No es... fácil.
Ella estudió a su hermana, el mechón de pelo rubio, que ya se le encanecía en las sienes, que se le había escapado del moño que llevaba. Las diminutas arrugas incipientes en las comisuras de los ojos y los labios, señal de su verdadera edad. Cuarenta.
Cuarenta años, y todavía consumida por las reglas de su juventud, decidida a ser la niña buena, la que se comportara mejor, la que se quedara cerca y lo diera todo por la familia.
La habían educado desde que nació para ser la sombra de Elisabeth, y solo se había permitido como concesión a sus deseos el año sabático que había pasado en Ginebra con diecinueve años, entre el primer y segundo curso en Brown, de donde había regresado como un palillo, obsesionada con Kierkegaard y con una costumbre por los cigarrillos Parisienne Jaune que jamás había confesado.
Ahora, Greta vivía en una casita de los años veinte en el East Side de Providence, donde organizaba captaciones de fondos para causas sin ánimo de lucro poco polémicas y candidatos políticos pusilánimes, amén de comidas quincenales con su madre, y todo sin dejar de ocultar la parte más importante de su vida con el tipo de privacidad que suele reservarse para acuerdos de confidencialidad estrictos y cuentas bancarias en paraísos fiscales.
E incluso ahora, con su padre muerto, no veía que por fin podía ponerle término a todo eso, que podía escapar del peso de su control.
No: prefería llorar embozada en secretos que eran apenas visibles, como las pecas nuevas en los dorsos de sus manos.
Imposible verlas, a menos que alguien las buscara.
Alguien como Alice, a quien se le había puesto un nudo en el pecho por la ira y la tristeza de saber que ninguno de ellos podría escapar con facilidad del fantasma de su padre; porque, aunque este juego en particular acabara de empezar, lo de atormentar ya se le daba excepcionalmente bien de antes.
Pero tal vez pudieran liberarse de parte de la carga.
—Si me marchara —empezó a decirle al perfil de su hermana—, si no me quedara toda la semana, no tendrías por qué hacerlo.
Había metido la pata. Greta se giró de repente hacia ella, con una mirada afilada y peligrosa.
—No puedes irte.
—¿Por qué no?
—Porque estamos todos metidos en el ajo.
Alice negó con la cabeza.
—Yo no.
—Sí, tú también. Como todos. Somos todos Storm.
Incluso tú. Independientemente de lo que ocurriera entre papá y tú, o mamá y tú, o nosotros y tú, y todas esas cosas que aprovechas para consolarte, el trabajo de verdad, la pareja, la vida real y los amigos...
¿Qué pasa con nosotros? —No había malinterpretado ese primer «nosotros».
Greta. Sam. Emily—. Nos lo debes, Alice.
Ella se quedó ojiplática, perdida ya toda empatía que hubiera podido sentir y que había engullido la indignación.
—¿Que os debo algo?
—Sí. Me lo debes a mí. —Su hermana levantó la voz—. Aquí todo gira en torno a ti. «¿Dónde está Alice? ¿Cómo está Alice? ¿Alguien sabe algo de Alice?». Por una vez en tu vida, podrías pensar en los demás.
—¿Que podría pensar en vosotros? ¿En qué pensabais vosotros cuando papá me exilió?
—Alice. —Una sola palabra, cargada con la arrogancia de la primogénita que siempre las había empujado a ser más rivales que amigas.
Ella echó la vista hacia el océano, notando cómo le hervía la sangre.