Tormentas de verano 6 #3
22%

6 #3

—Sueña terrorífico —contestó ella, consciente de que debería dejar de coquetear con él. ¿Qué se le pasaba por la cabeza?

—¿Has acabado? —¿Se había imaginado la dureza de la pregunta?

—Sí. —La palabra apenas había salido de su boca cuando abrió los ojos y se encontró al instante con los de ella en el espejo—. No has mirado.

Pero ahora sí la miraba, y deslizaba los ojos por la ropa, su ropa, sobre la piel de ella. Les habló a las piernas desnudas de Alice.

—Un caballero jamás miraría. —No se imaginaba la aspereza en su voz, ni tampoco lo que la hacía sentir, como si perdiera el equilibrio.

Con la voluntad de llevar la delantera, le espetó:

—Pero ¿seducir a la hija de tu jefe muerto sí que es de caballeros?

Él se quedó de piedra. No le había gustado. Bien, esa era la idea. Ella levantó la barbilla.

—Estás enfadada conmigo.

—¿Por qué debería estar enfadada contigo, Jack? Simplemente me ocultaste quién eras antes de llevarme a la cama. ¿Qué tiene eso de malo?

—No recuerdo haber tenido que llevarte a la cama.

No, no había hecho falta, pero Alice se negaba a admitirlo.

Al ver que no hablaba, él añadió:

—Fue un error de cálculo.

—Uf, eso debe de escocerte. No pareces una persona que cometa errores de cálculo.

—No, no lo soy.

Las palabras eran como hielo, y entonces se le ocurrió que tal vez otro hombre se hubiera disculpado, pero Jack no parecía ser de esos. Y menos mal, porque a Alice no le apetecía perdonar. Le lanzó una mirada igualmente gélida.

—Ojalá pudiera decir lo mismo.

—No te engañé —se defendió él, y las palabras se le entrecortaron en la garganta como si las hubiera pronunciado contra su voluntad.

—¿No? ¿Y todas aquellas bromas de «quieres que te haga un fuego», «los sousafones no caben en los portaequipajes», «me alojo en el Quahog Quay»? Solo soy una persona normal que ha venido a Wickford por trabajo.

—Me alojé en el Quahog Quay. Y estoy aquí por trabajo.

—Sí, pero no eres una persona normal. ¡Trabajas para mi padre! ¿Se puede saber qué hacías en el tren? ¿No tienes acceso al helicóptero de la empresa?

—¿Y se puede saber qué hacías tú en el tren? ¿No tienes acceso al helicóptero?

—Hace años que no tengo acceso al helicóptero, Jack. Seguro que lo sabes.

Un músculo se le tensó en la mandíbula.

—Claro. Porque eres una persona independiente.

Ella entornó los ojos.

—Porque no soy una persona que pertenezca a mi padre. Igualito que tú. Director ejecutivo de los caprichos de Franklin Storm.

Los ojos grises se le iluminaron.

—Yo me tomo mi trabajo con seriedad.

—Uy, con muchísima seriedad si piensas en lo que pasó anoche en el Quahog Quay. —Estaba metiendo el dedo en la llaga, pero le daba igual. Levantó una mano antes de que él pudiera responder—. Que sí. Que fue un error de cálculo. Y, entonces, ¿qué hacías por él cuando no cometías errores de cálculo?

Una pausa.

—Lo que necesitara.

—Apagabas fuegos.

Asintió.

—Entre otras cosas.

Siempre tan críptico.

—Y me reconociste.

Él respiró hondo, como si la molestia fuese ella.

—Claro que te reconocí. Tu padre me pagaba para que lo supiera todo sin que tuviera que pedírmelo.

Pero incluso aunque esto no hubiese sido mi trabajo, te habría reconocido porque he visto tu foto en su mesa cada día que he trabajado para él.

Lo he escuchado hablar de ti. Y he estado durmiendo en tu habitación.

Alice lo miró incrédula al oír aquellas palabras. Al percibir el poder inesperado que tenían. ¿Cómo se atrevía a hacerle sentir algo que no fuese ira? No le parecía bien.

—Te recuerdo —añadió él— que intenté decirte quién era.

«Debería presentarme», le había dicho en la estación de tren. Antes de que ella se lo impidiera.

—Nada de nombres, ¿te acuerdas? Porque complican las cosas.

—¿Esta es la parte en la que se supone que tengo que sentirme culpable de que tú supieras quién era yo y no me lo dijeras?

¿De verdad insinúas que no tengo derecho a estar enfadada de que supieras que era la hija de tu jefe y te acostaras conmigo igualmente?

¿Pocas horas después de su muerte y siendo consciente de que al día siguiente soltarías una bomba en mi familia?

Jack no respondió, y el silencio no hizo sino enfurecerla aún más. «¿Por qué? —quería gritarle—. ¿Fue para joderme a mí? ¿Para castigar a Franklin? ¿Para marcarte algún tipo de tanto?».

—Visto lo visto, tenía razón —continuó—. Los nombres lo han complicado.

Él se pasó una mano por el pelo y miró por una de las ventanas, donde la oscuridad convertía el espacio circular de la habitación en espejos que reflejaban todo lo que había dentro... y, al mismo tiempo, nada importante.

—Sí. —Jack cogió su mochila y se la echó al hombro—. Parece que tenías razón.

Echó a andar hacia la puerta y la rozó al pasar a su lado, y ella resistió la reacción de su cuerpo al tenerlo tan cerca, como si no hubiese olvidado el contacto con él de la noche anterior.

Se limitó a observar cómo abría la puerta y vacilaba en el primer escalón de la escalera antes de girarse y decir:

—Aunque ya no sirva de nada, lo siento. Tendría que habértelo dicho.

La disculpa la sorprendió.

—Uy, cuidado. Mi padre no creía en pedir perdón. —Al ver que no respondía, añadió ella, más para sí que para él—: Supongo que, al fin y al cabo, fue algo bochornoso.

—¿Qué otra cosa podía ser si te escapaste de la habitación al amanecer?

Si no estuviera tan irritada, tal vez habría percibido algo convincente en la pregunta. Algo cercano a la decepción. Pero no estaba dispuesta a preocuparse por el hombre que claramente la había manipulado.

—Lo creas o no, no lo había pensado hasta ahora.

—Dormir con el servicio —observó él.

—Dormir con un mentiroso —lo corrigió ella.

Él asintió y recibió el golpe como un campeón. No debería haberse sentido mal por ello. La había engañado. Jack sabía quién era, qué hacía allí, por qué habían acudido ambos también a la isla... y aun así se había acostado con ella.

—Ahora que hablamos de mentiras... —Él se puso de lado—. ¿No estás prometida?

La pregunta era incisiva. Un recordatorio de que ella quizá también lo había engañado la noche anterior. De que también tenía un secreto.

—La casa es para la familia. Puedes dormir en el embarcadero.

Esta vez, Jack no vaciló. Se marchó y cerró la puerta, y la dejó a ella dentro. Alice lo oyó bajar por la destartalada escalera de madera, alejarse de la torre.

En ese momento debería haber apagado la luz y haberse metido en la cama.

Pero en vez de eso apagó la luz y se fue a la ventana para ver cómo se movía como una sombra por el campo de tomillo silvestre que se extendía hasta el agua, recortando la distancia con sus largas piernas de camino al embarcadero en la lejanía.

Jack se detuvo bajo el cono de luz amarilla del muelle, con las polillas danzando a su alrededor, y se giró para echar un vistazo a la casa, contemplando su silueta descomunal, oscura y gótica.

Por un instante, le pareció que se entretenía en la torre. Luego se marchó, y Alice volvió a quedarse sola.