Tormentas de verano 6 #2
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6 #2

Se había pasado unos minutos más en la ducha, planificando todo lo que le diría la próxima vez que lo viera a solas, y luego había cerrado el agua, rejuvenecida con los planes de ser una víbora brillante y elocuente para dejar a Jack fuera de juego mediante su erudito veneno...

solo para descubrir que alguien se había llevado su ropa.

Sam.

En menos de un instante, la glamurosa femme fatale se convirtió en la hermana cascarrabias. Molesta, abrió la puerta del lavabo y asomó la cabeza hacia el pasillo, preparada para arrojarle un tubo de Colgate a la cara engreída de su hermano.

El pasillo estaba vacío. Una lástima para la hermana pequeña que quería vengarse, pero un regalo para la mujer adulta que seguía mojada de la ducha y necesitaba refugiarse en la seguridad de su habitación completamente desnuda.

No era la primera vez que lo hacía; se había pasado la infancia duchándose después de la playa y olvidándose la toalla, de modo que se dirigió corriendo a la escalera de la torre, prometiéndose que volvería a limpiar las huellas húmedas mientras volaba por el pasillo y por la escalera, e irrumpió en su habitación de camino al vestidor, donde debería haber habido una toalla limpia a la vista.

Sin embargo, la vista se la bloqueaba el instrumento patilargo que había puesto a la familia patas arriba. Y a ella también, si quisiera ser honesta. Que no era el caso.

Jack se giró hacia ella, y la sorpresa ante su llegada y su desnudez solo se hizo evidente en un movimiento infinitesimal de sus cejas.

—¡Mierda! —exclamó Alice, una palabra brusca que acentuó sus movimientos instantáneos, cubriéndose todo lo que pudo, pero no suficiente, con los brazos desnudos—. ¿Qué haces aquí?

Como si aquello no fuera con él, metió la mano en la bolsa de cuero desgastada que había encima de la cama y sacó una toalla de lavabo perfectamente enrollada. Se la alargó.

—¿Necesitas una toalla?

Se negaba a decirle que sí. ¿No acababa de prometerse que sería una víbora? ¿Y acaso no eran las víboras frías, calmadas?

—¿Te has traído tus propias toallas?

—Y menos mal, porque parece que no hay muchas. —Arrastró la mirada por el cuerpo de ella.

Alice ignoró la llamada que le provocó aquel escrutinio.

—Un caballero se daría la vuelta.

Ni siquiera fingió que se lo estuviera planteando.

—Te estoy ofreciendo una toalla. ¿No es eso mejor? Así se resuelve el problema.

No estaba resolviendo nada. Él era el problema.

Porque si había algo más vergonzoso que estar mojada y fría y desnuda en la habitación de su infancia delante del hombre responsable de su orgasmo y su crisis existencial más recientes, era aceptar la ayuda de ese hombre para mitigar la vergüenza.

Alice se rio y se dirigió a la cama, y tiró del edredón con la fuerza suficiente para volcar la bolsa de él de los pies.

Él la cogió al vuelo antes de que cayera al suelo (por descontado), y ella lo ignoró deliberadamente mientras se rodeaba el cuerpo con la tela gruesa, asegurándose de que no se le viera ni un centímetro de piel por debajo del cuello.

—¿Qué haces aquí? —insistió.

—Yo podría preguntarte lo mismo.

—Esta habitación es mía —contestó ella como una adolescente petulante que llevara días encerrada allí.

—Ay, qué violento —dijo con una media sonrisa, como si aquello le hiciera gracia. Como si no corriera un riesgo serio de que ella lo tirara por la ventana—. Esta habitación es mía también. —Una pausa, y entonces añadió—: Duermo aquí cuando vengo a la isla.

Ella echó hacia atrás la cabeza, sorprendida. Y quizá traicionada.

—¿Por qué?

Él miró en torno a la habitación.

—Pues la verdad es que me lo he preguntado muchas veces, si te soy sincero. No es habitual que le ofrezcan a un hombre adulto dormir en una cápsula del tiempo de 2005.

—Hay tres habitaciones de invitados, por no hablar de las casas del servicio. Y en el embarcadero hay una cama.

Él se encogió de hombros, como si toda la situación fuera completamente razonable. Nada más lejos de la realidad.

—Creo que tu padre pensó que me gustarían las vistas desde aquí arriba —contestó, y volvió a mirarla de arriba abajo, como un recuerdo. Luego, con voz más grave, observó—: Ya no tienes pintura en el pelo.

Ella resistió el instinto de pasarse la mano por el cabello. Y se resistió a lo que sintió al saber que se había fijado.

—¿Cómo sabías que era pintura?

—Tu padre estaba muy orgulloso de tu trabajo.

Aquello era ridículamente falso, a tenor del pasado, y Alice lo odió por decirlo. Lo odiaba también por saber con qué facilidad su familia había reasignado su habitación. No debería importarle. Tenía treinta y tres años, joder. Y no era más que una habitación.

Pero sí le importaba. Le ardían las entrañas.

—¿Por qué...? —empezó, y luego sacudió la cabeza—. Mira, ¿sabes qué? Que me da igual. Esta habitación es mía y me alojo aquí. Sal ahora mismo.

—No... —Ahora le tocaba a él pensárselo dos veces—. No sabía que estuvieras aquí arriba, Alice.

—¿No te has fijado en que mis cosas estaban...?

Se detuvo y examinó la habitación: el armario abierto sin la maleta vacía que había guardado ni el vestido negro que había colgado; el rincón desnudo donde había tirado las zapatillas de deporte blancas; el tocador pequeño al fondo de la habitación donde una vez había dejado la bolsa del maquillaje, ahora desaparecida.

Apartó a Jack de un empujón y abrió el primer cajón de la cómoda, detrás de él. Vacío. El segundo y el tercero eran copias idénticas del primero.

—¿Dónde están mis cosas? —Dio una vuelta despacio, confirmando lo que ambos veían. Y entonces lo comprendió—. Puto Sam.

Jack, con tono de sorpresa, preguntó:

—¿Sam?

—Se las ha llevado.

—¿Tus cosas?

Asintió.

—Y mi ropa y la toalla del baño.

Una pausa, y luego:

—¿Por qué?

Ella lo miró.

—¿Tienes hermanos?

—No.

—Pues me alegro por ti.

—¿Esto es algo... normal? ¿Para un... adulto?

—Yo no me atrevería a llamar adulto a Sam.

Se acercó al armario y rebuscó entre la ropa que seguía colgada, parte de la cápsula del tiempo del resto de la habitación. Unos cuantos vestidos de verano de sus años adolescentes, un vestido de dama de honor de la boda de Sam y Sila, un traje de neopreno.

—Es padre —señaló Jack, como si significara algo.

—Qué gracioso que creas que tener hijos te convierte en adulto —repuso ella, dejando atrás el vestido del baile del último curso—. ¿No trabajabas para mi padre?

—En efecto —contestó—. Y era un adulto, Alice. Y, al final, también un hombre decente.

«Al final». La calificación llevaba una carga de años. Era una acusación. No había estado ahí para verlo al final, ¿verdad?

¿Y de quién era la culpa?

Alice se volvió y miró por encima del edredón grueso que le colgaba del hombro hasta encontrarse con la mirada decidida de él.

—Bueno, era un multimillonario al que le pareció gracioso obligar a la familia que lo estaría llorando a jugar a un juego de la herencia en los días inmediatamente posteriores a su muerte, causada por un juguetito para adultos.

Así que creo que sigue en tela de juicio su madurez y su decencia. Igual que la tuya.

—¿Mi madurez?

—Y tu decencia.

Tras un breve silencio, durante el cual claramente se planteó decir algo y luego se arrepintió, Jack señaló la ropa del armario con la barbilla.

—No sé si lo que hay ahí te servirá para dormir con comodidad. ¿Quieres que hable con Sam?

Ella puso cara de sorpresa.

—¿Y qué vas a hacer, pegarle hasta que me devuelva el pijama?

Las palabras se le escaparon de la boca antes de pensárselo dos veces, y llegaron con un recuerdo de la noche anterior, de fotógrafos y tarjetas SD y nudillos en carne viva y la lluvia y la media sonrisa de aquel hombre cuando entrelazaron las manos.

Y cómo se había sentido ella al verlo, como si alguien por fin, por una vez, la hubiera puesto por delante de todo lo demás.

Pero no la había puesto por delante de nada. A quien estaba defendiendo era a Franklin.

Se aferró a ese recordatorio y añadió:

—Gracias, pero llevo aguantando a mi hermano treinta y tres años. Me las apaño sola.

—Me parece que necesitas algo de... ropa.

—No me hará falta cuando te marches de la habitación. ¿Piensas tardar mucho o...?

Él metió la mano en su mochila y sacó una camiseta y unos pantalones cortos.

—A lo mejor ahora no necesitas ropa, pero mañana sí. —Al ver que no se movía, continuó—: ¿O piensas pasarte la semana encerrada en la torre?

Era la primera persona que insinuaba que Alice no tenía ya un pie fuera de la isla, probablemente porque pensaba que no se iría sin su parte. De todas formas, era un cambio que agradecía. Se arrastró hasta él y asomó un brazo entre el edredón para recoger la ropa con un gruñido.

—Vale, pero no hace falta que finjas ser un buen tipo. Sé la verdad.

Él asintió.

—Y yo también.

Las palabras sonaron graves y profundas, como una confesión, un sonido que le encendió algo en las entrañas. Alice ignoró la sensación, porque ya la habían traicionado suficiente aquel día como para añadir también su cuerpo a la mezcla. En lugar de eso, dijo:

—Date la vuelta, por favor.

En silencio, Jack se giró hacia la cómoda y ella se apresuró a ponerse la ropa: una camiseta de la Universidad de Delaware y unos pantalones cortos de deporte que le apretaban el generoso culo. Mejor que nada.

Se tiró de la camiseta hacia abajo para no revelarle todas sus curvas —sin importar que la noche anterior las hubiera visto todas, puesto que ahora era el enemigo—, se enderezó y miró hacia el lugar en que esperaba él, de espaldas a ella.

Solo entonces se dio cuenta de que al darse la vuelta se había puesto frente al espejo que había encima de la cómoda, el cual reflejaba toda la habitación.

Tenía los ojos cerrados.

Alice se quedó inmóvil y lo observó un instante, estudiando su rostro. Cejas negras pobladas y una estructura ósea perfecta que acentuaba una mandíbula fuerte ensombrecida por la barba de un día. Las pestañas oscuras le contrastaban con la piel, tostada por el sol del verano.

Sin dejar de mirarlo en el espejo, dijo:

—Delaware, ¿eh?

—Hogar de la Gallina Azul de pelea. —No abrió los ojos.