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Alguien se había llevado su ropa.
Parecía imposible, y muy extraño, pero cuando Alice salió de la ducha del pequeño baño al pie de la escalera de la torre, descubrió que el pijama limpio que había echado a la maleta (la única prenda con la que había acertado) había desaparecido del colgador de detrás de la puerta.
Había desaparecido junto con la ropa sucia que había tirado al suelo antes de meterse debajo de una lluvia tan caliente que apenas logró aguantarla, con la esperanza de incinerar los acontecimientos de aquel día. De la semana. E incluso del verano, ya que se ponía.
Y casi le había funcionado, hasta que había cerrado el agua, apartado la cortina y salido de la bañera con patas solo para descubrir que alguien había entrado en el lavabo mientras se duchaba y le había robado la ropa.
Y la toalla.
Como estrategia de guerra familiar, pocas cosas más infantiles se le ocurrían, y estaba convencida de que Sam tenía algo que ver.
Dejando a un lado que cualquier persona con ojos sería capaz de identificarlo como a un imbécil desde la distancia, eran las nueve en punto de la noche, de modo que no podía ir y decirle lo que pensaba de ella a la cara, porque tenía prohibido hablar.
El recuerdo de Jack exponiendo con firmeza aquella regla en concreto esa mañana le había levantado el ánimo una decena de veces aquel día, y había hecho todo lo posible por esquivar a la familia tras las revelaciones de la mañana: sin duda alguna una gesta, sinceramente, ya que la desquiciada planificación del patrimonio de su padre implicaba que los demás quisieran tenerla a la vista en todo momento.
Se había escapado para dar una vuelta al perímetro de la isla mientras Jack, según dedujo, estaba ocupado asegurándole al resto por cuarta, quinta y trigésima vez aquel día que sí, el fondo de Franklin era legal, y no, no había manera fácil de resolver aquello.
Su padre probablemente se había desternillado mientras escribía las cartas, embargado por un gozo absoluto mientras orquestaba aquella última semana de caos.
Lo más probable era que hubiera soltado la última carcajada, y la más estridente, al decidir no escribirle a Alice.
El castigo final. La prueba definitiva de su exilio eterno.
El problema era que a Alice no le interesaba que jugaran con ella desde el más allá.
Tenía amigas a las que quería, un trabajo que le gustaba y que le permitía alquilar un piso de una habitación en Park Slope (a duras penas, ahora que estaba sola, pero ya se las apañaría) y el atisbo de un futuro como artista honesta que era suyo y de nadie más, a pesar del histórico desprecio que había mostrado su padre por su sueño. Se lo había ganado. Sin la ayuda de él.
Por eso nunca la había querido, ¿no? Porque no había podido dominarla echándole en cara las decenas de cosas que había conseguido para ofrecerle la vida que ella deseaba, como había hecho con el resto de la familia: subvencionar la novela eternamente inédita de Greta, la carrera de Sam, las infinitas cuotas de socia de los clubs de Sila, la tienda de cristales de Emily, las escuelas de sus nietos y los campamentos y los intereses volubles; todo lo que había hecho por tenerlos cerca de casa, donde podía dominarlos.
Cuando la gente quería algo, Franklin se metía la mano en el bolsillo y sonreía con una calidez que rivalizaba con la del sol. Pero su atención siempre tenía un precio: control.
Y cuando Alice había dejado de pagar el precio, de una forma bastante espectacular, su padre no había tenido problema alguno en bajar el termostato y abandonarla al raso.
Se había pasado cinco años descubriendo el mundo más allá de los Storm, consciente de que elegir quedarse fuera de su círculo significaba que no hubiera espacio para ella dentro.
Franklin y Elisabeth habían formado una familia como si fueran miembros de la realeza: o estabas dentro o fuera, no existían las medias tintas.
Alice había elegido (o habían elegido por ella): fuera.
Si había alguna duda sobre su lugar en la familia o en el corazón de Franklin, la reunión que había presidido su lugarteniente —un hombre al que Alice no conocía (salvo a fondo, lo cual la avergonzaba profundamente)— lo había esclarecido.
Su padre ni siquiera se había molestado lo suficiente como para dejarle unas últimas palabras.
En su lugar, le había dejado algo mucho peor: la familia. La pandilla entera había ido a buscarla después de que Jack soltara las bombas, en teoría para afrontar el asunto más urgente de la herencia: mantener a Alice en la isla, como si pudiera escabullirse de un momento a otro.
Como si no quisiera quedarse al funeral de su padre.
A la «celebración».
Por lo visto, se lo habían tomado como un trabajo en grupo. Y por eso durante el resto de la tarde había recibido la visita de sus hermanas, su madre y su hermano en una procesión que le recordó a Dickens.
Emily y Claudia, como los Fantasmas de las Vibraciones del Día del Trabajo, la habían abordado las primeras cuando había vuelto de correr.
Cabe decir que Claudia parecía sinceramente preocupada por la salud mental de Alice (no estaba para tirar cohetes) y ella tampoco podía recorrer el perímetro de la isla de manera indefinida, de modo que había aceptado la sesión que su cuñada, una terapeuta masajista con formación, le había ofrecido.
Sí, Emily había decidido pasarse todo el proceso tocando el cuenco cantarín, cuyo tañido la obsequiaba con una banda sonora más bien enervante, pero era mejor que lo que la esperaba cuando regresó a la casa.
El Fantasma de las Madres Presentes, Elisabeth, estaba desconcertada.
Greta había desaparecido, algo que Alice achacaba a que por fin podía pasar con Tony todo el tiempo que tenía, en su casita del servicio del extremo norte de la isla, donde el empleado de su padre estaría perdido sin su estrella polar; ya no esperaba que Franklin lo convocara para protegerlo, llevarlo en coche o pilotar el helicóptero.
Bien por Greta; al menos alguien estaba sacando algo bueno de aquella absoluta pesadilla.
A pesar de su negativa a reconocer el asunto de Greta y Tony, a Elisabeth no le parecía tan bien la pérdida de su hija mayor, en quien más confiaba.
Necesitaba urgentemente un ayudante, alguien en quien poder delegar (su pasatiempo favorito).
Y en ausencia de Greta, tendría que conformarse con Alice.
Poco después comenzaron los recados, las gestiones posteriores a la muerte.
La búsqueda de direcciones y números de teléfono, de formularios y certificados.
Una videollamada con el equipo personal de Franklin y el equipo de relaciones públicas de Storm Inc.
Una revisión de la seguridad de la isla con el servicio de seguridad de la empresa, la precursora de una reunión que más tarde incluiría también a los Servicios Secretos (cuando Elisabeth dijo que iría todo el mundo a presentar sus respetos, no mentía).
Una llamada al director de una funeraria para convocarlo a la isla a la mañana siguiente (con o sin celebración, debían hacer algo con los restos), llamadas a floristas y empresas de catering del continente que competían por la oportunidad de ganar renombre al codearse con los vips del uno por ciento en la misteriosa isla Storm.
Para una mujer que daba órdenes al equipo a sueldo de la empresa para su uso y disfrute personales, Elisabeth estaba extrañamente comprometida a que aquellas gestiones se quedaran en la familia. O tal vez estuviera comprometida a entretener a Alice lo suficiente para que no se fuera.
Y luego estaba Sam, el Fantasma de los Hermanos Arrogantes, que se pasaba las horas pares derrochando carisma con su hermana, soltando bromas como si no se hubiesen pasado la mañana atacándose.
Tal vez hubiese funcionado si no hubiera tenido a Sila detrás todo el día, ofreciéndole su ayuda a la manera clásica: cargada de una inutilidad peligrosa.
Saoirse y Oliver incluso se habían pasado por el despacho donde Elisabeth había encerrado a Alice y le habían llevado unos pastelitos que habían comprado en un puesto del lado este de la bahía (el favorito de Alice, menuda casualidad).
Todo el mundo quería pasar tiempo con ella, compartir espacio con ella. Porque Alice tenía su futuro en las manos. Ya no era la oveja negra: ahora era la gallina de los huevos de oro.
Todo el mundo quería pasar tiempo con ella excepto Jack, que se había escondido en el despacho de Franklin para trabajar de verdad y evitar así a la familia en el proceso.
Ojalá Alice pudiera hacer lo mismo. En vez de eso, estaba sobreviviendo al ruido, a las rondas interminables de los «te acompaño en el sentimiento» de los trabajadores de la empresa de catering y floristas, a las intervenciones estridentes de Sila. Y cada vez estaba más enfadada.
Jack había sabido quién era desde el principio. En el tren. En la estación. Cuando le había dado un puñetazo a un fotógrafo. Cuando le había hecho reír en la oscuridad. Cuando le había hecho gemir en la penumbra.
Y no había dicho ni pío.
Ni cuando se conocieron, ni cuando se montaron juntos en el coche, ni mientras se liaban contra la puerta de la habitación del motel...
Resistió el impulso de regodearse en los pensamientos que la atormentaban, imprevistos, con los ojos cerrados, mientras la lluvia le caía con fuerza...
, la sensación de los dedos de él sobre la piel de su cintura, sus labios en el cuello, sus ojos arrastrándose por su cara, el sonido de su placer al oído, su calor.
Y entonces recordó que Jack la había seguido aquella mañana y lo había echado todo a perder, incluidos los recuerdos de la noche anterior.
Era un sociópata, sin duda. Al menos su prototipo de hombre era coherente.