5 #4
Algo brilló en los ojos de Jack mientras observaba a los hermanos, apenas perceptible e imposible de pasar por alto.
Asco. Y entonces desapareció, y recuperó la calma imperturbable que ya había comprendido que era su estado cero.
Se miró el reloj con parsimonia, metódico, todo el tiempo del mundo recogido y almacenado en acero y en movimientos suizos.
Ignorando a Sila, dijo:
—Como verás, Sam, son las nueve en punto. Si tienes pensado competir por tu parte, no se te permite hablar durante los próximos... —Hizo una pausa—. Cuarenta y tres minutos.
El salón se llenó de ojos como platos y bocas abiertas. A excepción de Sam, que los entrecerró y apretó la mandíbula. Pero no habló.
Alice se volvió hacia su hermano, notando cómo le venía otra carcajada.
—¿No puedes hablar? —Una pausa—. Pensaba que te había condenado a una semana de trabajo duro.
—Y así es. Pero esa no es su única tarea —respondió Jack por él—. Durante las horas impares, Sam no puede hablar.
Describir la respuesta de la sala como algo cercano al placer sería bastante fiel a la realidad.
—¿En absoluto? —preguntó Emily.
—En absoluto —confirmó Jack.
—¡Y una semana entera! —resopló Greta—. Parece que papá sí que nos ha dejado un regalo después de todo.
Sam seguía capacitado para usar gestos vulgares, y no se quedó corto.
—Esto no es justo —se quejó Sila, y Alice se replanteó si lo que Franklin les había dado era en el fondo un regalo, puesto que el silencio de Sam solo serviría para que Sila estuviera doblemente presente—.
Ya no es solo lo de no poder hablar. ¡Es una lista entera de cosas! ¿Para esto no tenemos a Charlie?
—Es extraño que Sam tenga que hacer todo eso.
Era imposible pasar por alto la falta palpable de fe que Elisabeth tenía en las capacidades de su hijo por cumplir con las tareas de la lista. O con mantener la boca cerrada.
—Se han asignado trabajos a toda la familia —intervino Jack—, no solo a los hijos.
—Sé que dijimos que no necesitaríamos a Avery esta semana —le susurró Sila a Sam con un gimoteo—, pero creo que deberíamos traérnosla. Que se encargue ella.
—Me temo que no es posible. No se puede invitar a asistentes ni ayuda externa.
Sila lo atravesó con la mirada.
—Yo con lo de «invitar» entiendo que tenemos algo que decir, Jack.
—Por favor, Sila —le espetó Greta—. Te habrías presentado aquí aunque hubieras podido decidirlo. Lo que sea por asegurarse la bolsa, ¿eh?
—Greta —señaló Emily con voz queda. Un aviso—. Prueba una respiración centrada.
La mayor de los hermanos no era el tipo de persona que hacía respiraciones centradas. Y menos cuando Sila respondió, levantando la barbilla y ofreciéndole a su cuñada una mirada gélida:
—Estoy aquí porque llevé dentro al heredero.
Era una pulla clara a Greta, soltera y sin hijos, y metió el dedo en la llaga, como siempre. Greta se quedó rígida, y entrelazó con fuerza los dedos sobre el regazo para evitar la caricia reconfortante que intentó hacerle Emily.
Alice no era tan sutil. Aunque no siempre hubiera entendido a su hermana, tenía claro que no estaba dispuesta a permitir que la atacara aquella arpía.
—Por desgracia, Sila, y a pesar de que nuestro padre claramente creía que reinaría desde su trono por siempre jamás, aquí no entran en juego los derechos divinos de los monarcas. —Se giró hacia Jack—. O tal vez me equivoque. ¿Sila tiene derecho a algo por haber «llevado dentro al heredero»?
No se perdió la respuesta que le cruzó el rostro a él, fugaz pero clara. Admiración. Aunque a Alice no le importaba que la admirara una persona así, tan poco admirable.
—No que yo sepa.
—Parece que vais a tener que decapar las embarcaciones al fin y al cabo —concluyó Alice, dirigiendo una mirada fría a la pareja del sofá.
Qué lástima que no tuvieran que drenar también la fosa séptica; si había alguien en este mundo que necesitaba pasar un tiempo con la mierda hasta las rodillas esos eran Sam y Sila—.
Total, supongo que os veré cuando terminéis... , frotándome las manos o algo así.
Se giró y trató de abrir la puerta, pero esta se resistió.
Al mirar por la rendija, se topó con las miradas sorprendidas de los hijos de Sam y Sila, Saoirse y Oliver, quienes sin duda habían tenido la oreja pegada a la puerta un instante antes.
Ella levantó las cejas y a los niños se les descompuso el rostro, y sintió una punzada de culpa recorriéndole el cuerpo.
Por supuesto que estaban nerviosos, conscientes de que no debían estar allí, pero lo que no sabían era que ella les guardaría el secreto.
No los veía desde que tenían nueve y cuatro años.
En aquella época, le hacía una ilusión tremenda ser la tía Alice, y cumplía con su deber: llevaba a Saoirse al circo y pintaba con los dedos con Oliver.
Ambos estaban encantados con ella, uno de los beneficios de ser profesora.
Pero los había perdido cuando había perdido a todos los demás cinco años antes.
Y ahora ya parecía demasiado tarde para recuperarlos.
Antes de que pudiera demostrarles que no era una chivata, Jack exclamó:
—Alice.
El sonido de su nombre le resonó por dentro, hondo y cargado de algo que se acercaba a...
no sabía qué. ¿Amabilidad? ¿Lástima? Seguramente lástima, decidió al girarse hacia el hombre, que no se había movido de su sitio.
Aquellos serios ojos grises la paralizaron allí mismo, en el salón, a pesar de que intentara forzarse a darse la vuelta y dejar atrás aquel caos para los que fuesen a heredarlo. Para los que lo quisieran.
—¿Qué?
—No estás excluida.
Le había dejado una carta, después de todo. Se dio asco por lo agradecida que se sintió.
Un bramido de Sam (debía de pensar que no contaba como hablar), al que siguió la traducción de Sila:
—¿Cómo? ¿No ha recibido ninguna tarea pero sí que recibirá su parte cuando todo termine? ¡Menuda injusticia!
La protesta no recibió el apoyo esperado.
—Esa es la cuestión —dijo Emily.
—Aquí no hay nada justo —añadió Greta, con la voz dominada por algo que Alice no supo nombrar—. Aquí nunca ha habido justicia.
—A Franklin pocas cosas le importaban menos que la equidad —zanjó Elisabeth, levantando la piel de limón de la copa y dándole un mordisco, un toque dulce para su amargura—. Así que Alice no tiene que jugar, pero gana de todos modos.
No era una victoria. Se sentía fatal. Negó con la cabeza y dijo la verdad (un error):
—No quiero jugar.
—Ay, por favor. Nadie quiere jugar, Alice —le espetó Greta—. Joróbate.
Se giró hacia Jack.
—¿Y dónde está mi carta?
—No tienes carta —contestó él. Definitivamente, era lástima—. Pero tu padre te ha asignado una tarea aun así.
—Y qué, ¿te ha otorgado a ti el honor de que me sueltes la hostia directamente?
Él asintió, en un movimiento forzado. Casi como si se arrepintiera.
Pero no, ni mucho menos se arrepentía. Si su padre había confiado en él para que hiciera de juez, jurado y ejecutor para aquel juego patético, Jack había sido perfectamente consciente de dónde se metía. Y de lo que haría aquella mañana.
¿Y lo de la noche anterior? ¿Formaría acaso parte del trato?
Se quitó la idea de la cabeza y la arrinconó junto con todos los recuerdos que podría haber atesorado antes de detestarlo por saber más que ella sobre su futuro.
—Tienes que quedarte —dijo—. Toda la semana.
Ella soltó una carcajada de incredulidad.
—Ya te digo yo a ti que no.
Hacía cinco años que no pisaba aquella casa, y no les debía nada.
No tenía por qué cumplir con el capricho de su padre, ni tampoco quedarse con su familia mientras se tiraban al cuello de los otros y luchaban por su parte del pastel en lugar de llorar la muerte de Franklin.
Y ni mucho menos tenía por qué escuchar a aquel hombre que había hecho que se interesara por él antes de engañarla y ridiculizarla.
—Ese es el requisito. —Se agachó hacia su mochila sin fondo y extrajo un documento. Los detalles del asunto, sin duda—. Tu padre lo dejó muy claro: tu única tarea es quedarte en la isla Storm durante toda la semana.
Ni falta hacía que lo repitiera. Franklin debía de haber disfrutado como un crío pergeñando aquel plan: llevarla de vuelta a la isla para un último momento de control. Un recordatorio de que seguía siendo el hombre más poderoso del salón incluso ahora, incluso muerto.
—Pero es que eso es facilísimo —protestó Sila—. ¡Es una gilipollez!
—Esa boca —murmuró Elisabeth.
—Sila tiene razón —señaló Alice—. Y todos lo sabéis.
Esto es una gilipollez. Es imposible que papá renuncie al control cuando hayáis acabado de decapar unos cuantos barcos, hayáis dicho un par de cosas buenas sobre él y Greta y Emily hayan hecho lo que sea que tengan que hacer.
En este juego habrá una segunda ronda. Y una tercera, como mínimo.
Una oleada de emociones la arrolló, pero fue capaz de escoger la más poderosa: la determinación.
—Yo, personalmente, decido no jugar. Me retiro. Podéis quedaros con mi parte. Una multimillonaria menos que tendrá que soportar el mundo. Avisadme cuando volváis a estar listos para planificar un funeral.
—Un funeral no —la corrigió su madre—. Una celebración.
—Eso. No veo el momento.
No quisiera Dios que pudieran cerrar heridas con aquello. Alice giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta, sintiéndose bastante orgullosa de sí misma; tanto, de hecho, que se planteaba llamar a su terapeuta al fin y al cabo.
—Alice.
¿Y ahora por qué pronunciaba Jack así su nombre? Con seguridad, suavidad y firmeza, como si pudiera detenerla.
Y lo que era aún peor: ¿por qué se había detenido?
Al menos no miró atrás. Más tarde, se alegraría de ello. Sobre todo por la conmoción que le provocó oír lo que añadió él:
—No puedes retirarte. O juega todo el mundo o no juega nadie.