5 #3
—No —contestó Jack—. Durante una semana.
Cómo no. Una cuenta atrás. A su padre le encantaba montar un escándalo incluso desde la tumba.
—¿Y eso qué significa? —le espetó Greta, dejando entrever un carácter que casi siempre mantenía a raya. Fuera cual fuese su tarea, no debía de parecerle fácil.
—Si no se satisfacen las peticiones durante la semana posterior a la muerte de Franklin, no cumpliréis con los requisitos para recibir la herencia.
Alice debía reconocerle a su padre que siempre había sabido cómo hacer que la familia reaccionara.
—¿Quién dejará de cumplir los requisitos? ¿Solo la persona que fracase, o todos? —inquirió Greta.
—Todos vosotros.
La familia se quedó inmóvil al tomar conciencia de que había mucho más en juego de lo que creían; no solo debían preocuparse de sí mismos, sino también de los demás. Sila se incorporó.
—¿Y qué tenéis que hacer los demás?
La carta de Greta se arrugó en su puño apretado.
—Debemos hacer lo que quiera papá. Otra vez. Porque siempre ha sido todo como él ha querido. Y así será siempre.
El grupo guardó silencio. Alice miró a Jack, que no tenía la decencia de aparentar incomodidad, ni siquiera cuando se encontró con sus ojos entrecerrados.
Sam se hallaba furioso.
—Esto es una locura. Si uno de nosotros fracasa, ¿perdemos todos? Hablamos de millones.
—Miles de millones —apuntó Sila, como si consultara el mercado de valores del Nasdaq todas las mañanas. Algo que sin duda hacía.
Sam parecía estar a punto de cometer un crimen.
—¿Y tú? ¿Qué sacas de todo esto?
Alice volvió a mirar al recién llegado con los ojos entornados. ¿Qué ganaba él por hacer de mensajero?
—Eso no es relevante —contestó él.
A ella le parecía extremadamente relevante, pero nadie tuvo tiempo de hablar antes de que Sam agitara la mano en dirección a Jack, mirando a Alice.
—¿Lo ves? El ojito derecho de papá.
Alice empezaba a creérselo.
—Esto no es un juego, Jack —dijo Emily—. Esto es nuestra vida.
—¿Y si no jugamos? —preguntó Greta.
—Coño, vaya si vamos a jugar —replicó Sam—. No sé lo que pone en tu puñetera carta, Greta, pero vas a hacerlo.
Ella le lanzó una mirada gélida.
—Ándate con ojo, Sam, que a lo mejor que pierdas tu parte de la herencia compensa que yo pierda la mía.
Y así empezaba el juego. Franklin se habría regocijado al ver a la familia entera peleándose por vencer juntos o lanzándose a la yugular.
A pesar de que hubieran criado a los Storm para creer en ellos por encima de todas las cosas, nadie había sugerido jamás que exiliar a miembros de la familia fuese algo injusto.
Para muestra, Alice.
—¿Qué te ha pedido a ti? —presionó Sam a Greta—. ¿Que te saques el palo del culo?
Ella dobló la carta y volvió a guardarla en el sobre.
—No es asunto tuyo.
Se hizo un silencio cuando Greta tomó conciencia de su error. Si no quería que los demás supieran qué tarea se le había asignado, no debería haberle dado tanta importancia. Sam esbozó una media sonrisa y se guardó ese poder para usarlo en el futuro, y entonces dirigió su atención a Emily y Alice.
—¿Y vosotras?
Emily apretó el sobre.
—No seas tan capullo.
Él se recostó en el asiento y mostró una insultante sonrisa llena de dientes.
—No lo digas si no quieres, pero al final todo acabará saliendo a la luz. Alguien tendrá que juzgar el juego de los cojones. —Se volvió hacia Jack—. Y ahora que sale el tema: ¿quién juzgará el juego?
—Servidor. —Hablaba con una calma fuera de lugar, como si aquella mañana no fuera más que otro día completamente normal, rutinario. Como si estuviera pidiendo la comida. Pastrami con pan de centeno acompañado de un espectáculo emocional.
—¿Estarás aquí toda la semana? —no pudo evitar preguntar Alice, como tampoco pudo evitar sonar aterrorizada, ni no sentirse traicionada por sus largas piernas y manos fuertes y su tatuaje de la brújula. Algo irónico si se tenía en cuenta que los había desviado a todos de su rumbo.
Nadie se percató de su caos interno (como cabía esperar). Greta miró a Jack de hito en hito.
—Te lo voy a preguntar otra vez. Si no jugamos, ¿qué pasa con el dinero?
—Se desinvertirá.
Se arquearon cejas por todo el salón. Elisabeth fue la que habló primero:
—¿Y adónde irá?
—No tengo la libertad de responder a eso.
La sala entera se quedó callada; nadie acababa de creerse que se hubiera negado a contestarle una pregunta a Elisabeth Storm. Ella se volvió dura como el acero.
—¿Estuve a su lado mientras ganaba cada puñetero centavo de esos miles de millones y no tienes la libertad de decirme adónde irán si no consigo decir una cosa buena sobre él todos los días?
Las palabras eran afiladas como cuchillas. Acusatorias. Como si Jack hubiese decidido las reglas. Y quizá fuese así. Pero no aceptó el desafío de Elisabeth.
Por lo visto, para él el hecho de cumplir con los deseos de Franklin, por extraños que fueran, resultaba algo perfectamente normal.
Aunque tampoco parecía interesarle el caos familiar de los Storm, que en aquel momento se hallaba en pleno apogeo: frustración, ira y una pizca de privilegios, el cóctel perfecto para llevarlos al límite.
—Y si no consigues decir la verdad, sí.
—¿Y tengo que suponer que tú sabes la verdad, Jack? —Los hijos Storm contemplaban la escena con los ojos muy abiertos, reconociendo la nota peligrosa en el tono de su madre.
—Yo, si fuese tú, lo supondría.
«Hostia puta». Mantenía tan bien la compostura que era casi magnífico de ver. Pero Alice se negaba a volver a encontrar nada magnífico en aquel hombre.
—Esto es una majadería. —Emily rompió el silencio.
—¡Exacto! —Un hijo al borde del precipicio—. Aquí no se desinvierte nada. Me cago en Dios, papá era multimillonario ¿y ahora tenemos que renunciar a todo solo porque lo diga en su testamento de los huevos? ¡Así no funcionan los multimillonarios!
—Dejando a un lado las reglas sobre la riqueza generacional, Sam —respondió Alice—, creo que Emily no hablaba de eso.
No le gustó la sorpresa que vio en los ojos de su hermana al oír las palabras, como si la más joven de los Storm no esperara que Alice la comprendiera, aunque siempre hubiese sido la que había estado más cerca de hacerlo.
—Pues... sí —contestó Emily—. O sea, ¿cómo se supone que vamos a jugar a uno de los absurdos juegos de papá esta semana? Estamos de duelo.
Emily, siempre tan dulce. Siempre tan optimista. La idea de que Greta, Sam o Elisabeth hubieran albergado algún tipo de pensamiento emocional sobre la familia o la muerte de su padre desde que Jack había puesto un pie en la casa sería algo risible si no fuera tan evidentemente imposible.
Y entonces lo demostraron.
—Vamos a llamar a nuestros abogados —amenazó de nuevo Sila, en un intento por consolar a Sam, que estaba fuera de sí, y a sí misma, sin duda—. De ninguna manera esto es legal. Jack ni siquiera es miembro de la familia.
Sí era legal. Franklin Storm habría sobornado al Congreso para asegurarse de que así fuera. Y Alice no era la única de la sala que lo sabía. No habría sido la primera vez que lo hubieran visto sobornar al Congreso.
Elisabeth se dirigía al carrito de las bebidas de la esquina.
—Mamá, son las nueve de la mañana —le recriminó Alice.
—A tu padre le parecería bien. —Elisabeth se giró y añadió—: Eso es verdad. ¿Me equivoco, Jack?
Jack dejó sin responder aquella pregunta retórica. Por lo visto no tenía ganas de morir. «Qué lástima».
—No entiendo nada —masculló Emily—. ¿Por qué haría papá algo así?
—¿Por qué haría papá nada de lo que hizo? —repuso Alice—. Manipulación. Control. Sus armas favoritas.
Su hermana negó con la cabeza.
—Pero ¿qué sentido tiene?
Elisabeth levantó una botella de ginebra.
—Siempre has tenido la cabeza en las nubes, Emily. Se ha muerto. Ya va siendo hora de que lo veas por lo que era.
Joder. La familia entera estaba preparada para apuñalarse por la espalda siempre que tuviera oportunidad. Ganar justificaba los medios.
Salvo en el caso de Alice. Porque Alice no había recibido ninguna carta.
Intentó sentirse aliviada mientras su madre pelaba un limón y se echaba la piel en el cóctel, y Emily se frotaba las manos, y Greta bombardeaba a Jack con preguntas, y Sila gimoteaba, y Sam seguía desbarrando sobre su abogado, que era también el abogado de Franklin, así que mucha suerte.
Sí, era alivio lo que debía sentir, tras tantos años enfrentándose a su padre por tener su propio futuro. Su propia identidad. Alivio, porque no la había arrastrado hasta aquel último juego sórdido.
Pero no, no sentía alivio. Se sentía... desplazada.
Porque ese era el objetivo.
Daba igual cómo se sintiera, se dijo a sí misma cuando se puso de pie e hizo ademán de dirigirse a la puerta, al pasillo que había al otro lado, a su habitación. O tal vez fuera. Quizá saldría a correr, aunque dar vueltas alrededor de la isla no fuese la experiencia más liberadora.
—¿Adónde vas, Alice? —le gritó Elisabeth desde donde estaba ahora, junto a la ciclópea chimenea, un hogar descomunal de mármol negro que debía de haber amenazado con hundir el barco en el que la habían transportado un siglo atrás—. No nos has dicho lo que tienes que hacer tú.
—Nada. —Miró a su madre a los ojos—. Yo no tengo carta.
Todos los presentes se giraron hacia ella, como una Última Cena del ensimismamiento. Que su padre se hubiera olvidado de incluirla en su juego le generaba unas emociones complejas, pero el hecho de que su familia ni se hubiese dado cuenta... Bueno, poco más podía hacer que reírse.
Sam fue el primero que se movió, y centró su atención en Jack.
—¿Eso significa que recibe su parte sin más? ¿O que está excluida?
—Es imposible que esté incluida —dijo Sila, como también era imposible no notar la alegría en sus palabras—. Ay, la Virgen. Está excluida. Está dividido en cuatro partes.
A Alice no debería haberle sorprendido el comentario. Y tampoco debería dolerle tanto, cuando el dinero no le importaba un comino.