5 #2
Su padre les había dejado cartas. Para sorpresa de nadie. Si existía una persona en el mundo a la que le gustara entrar por la puerta grande ese era Franklin Storm. ¿Por qué no salir también por la puerta grande? Pero ¿cómo? ¿Y por qué? ¿Y qué hacía aquel desconocido con las cartas?
Joder, había dormido en la misma habitación que las últimas palabras de su padre la noche anterior, y no lo sabía.
—Será cabrón —dijo Sam en voz baja, alargando el brazo—. Enséñamelas.
Jack negó con la cabeza.
—Aún no.
Todo el mundo se quedó ojiplático.
—¿Por qué no? —preguntó Sila.
Él no la miró.
—Debería explicaros primero qué hago aquí.
—Eso, ¿qué haces aquí, Jack? —preguntó Emily, hablando al fin, pasando el pulgar por el pie del Rodin minúsculo.
Una pausa breve, apenas perceptible. Lo justo para que Alice se diera cuenta de que Jack había enderezado la espalda, como si se preparara para recibir un golpe. Pero no: estaba a punto de propinarlo él.
—Estoy aquí para exponer las condiciones de vuestra herencia.
Una exclamación colectiva llenó el salón, la casa, la isla. Y entonces... Alice se rio. Todos se giraron hacia ella en un espectro de sorpresa y censura, pero no podría haberle importado menos. En vez de eso, dijo:
—Por favor, ¿cómo no iba a tener condiciones la herencia? Seguro que papá llevaba años decidiendo el quién y el cómo y el qué de todo este tinglado. —Se giró hacia Jack, que seguía inmóvil—. A ver si lo adivino: quiere revivir las Olimpiadas Storm.
Una diminuta arruga marcó el espacio entre sus cejas oscuras. Una confusión lo bastante intensa para que Alice la oyera.
Se explicó:
—Quién podía nadar más rápido, correr más lejos, saltar más alto, deletrear la palabra más complicada, hacer la división larga más difícil, nombrar a más presidentes.
Quién fue a la mejor universidad, llevó a casa a la mejor pareja, cumplía sus órdenes con menos resistencia.
Todo era una competición para conseguir los elogios de ese hombre. Y ahora debemos competir por su dinero.
Jack se aclaró la garganta.
—Venga, adelante —insistió, embargada por una extraña sensación de triunfo; se había pasado cada hora desde que se había enterado de la muerte de Franklin preguntándose cuándo caería el siguiente jarro de agua fría, y ahí estaba, y era algo que comprendía—. No te cortes.
—Si estamos hablando del fondo fiduciario, ¿por qué no ha venido Arthur? —preguntó Sam.
—Arthur no ha venido porque se me asignó a mí que os comunicara las condiciones.
Si no se andaban con cuidado, acabarían derribando el Modigliani de la esquina con una de sus bombas.
—¿De qué coño hablas? —Esta era de su hermano.
—Esa boca, Sam —le regañó Elisabeth al instante, y prosiguió—: Eso es imposible, yo lo habría sabido. En nuestros testamentos se indica claramente que el albacea es Arthur.
—Arthur es el albacea de vuestros testamentos, Elisabeth —contestó Jack con una paciencia infinita—. Este fondo es una entidad separada, que incluye la extensa riqueza y propiedades de Franklin, así como su parte de Storm Inc.
«Parte» era una palabra minúscula e insignificante, del todo modesta para el tema que los ocupaba: el treinta y cinco por ciento de la mayor empresa del mundo con cotización en la bolsa.
Una cantidad de dinero tan enorme que producía más intereses en un año de lo que una persona (o cinco, en este caso) podían gastar razonablemente.
Era una riqueza generacional que nadie se imaginaría ni en sueños, y si Jack no mentía, no estaba garantizado que llegara a la segunda generación.
—Hostia —dijo Sam.
—Esa boca, Samuel.
—¿No la heredamos directamente? —preguntó Greta, inclinándose hacia delante—. Somos sus herederos. ¿No es nuestro? ¿Qué pasa ahora?
—Vuestro padre dejó unas instrucciones muy claras sobre lo que ocurrirá a continuación —prosiguió Jack con una calma absoluta, y Alice recordó brevemente la noche anterior, cuando había maldecido y le había ordenado que se refugiara de los paparazzi en el coche con un tono mucho menos calmado.
Contuvo una carcajada maníaca al pensar en que a aquel hombre lo inquietaba mucho más una fotografía que decenas de miles de millones.
—¿Y bien? —preguntó Emily.
Él vaciló. Se giró hacia Alice, un instante, y ella ignoró cómo se le aceleró la respiración y le subió la temperatura corporal. Su cuerpo era un traidor, igual que Jack.
—Un juego, por así decirlo.
Ella asintió.
—Se veía venir. ¿Y en qué consiste? ¿Sobrevivir una semana sin comida ni refugio? ¿Saltar desde el acantilado Moonstone y rodear la isla a nado? ¿Comerse diez chiles serranos de una sentada?
Podría ser cualquier cosa. A Franklin le chiflaban los desafíos, cuanto más salvajes, mejor, de ahí que la mañana anterior se hubiera estrellado con el planeador en un campo de caballos de South County.
Jack levantó los brazos.
—Aquí se explica todo.
Los entregó uno por uno en manos ansiosas por descubrir qué clase de competición se les venía encima. Manos dispuestas a hacer lo que fuese necesario por conseguir su parte del pastel. Porque ¿acaso no era por eso por lo que llevaban años aguantando las mierdas de su padre?
Pero Alice no las había aguantado, y por eso tenía las manos vacías. Cerró con fuerza los puños sobre el regazo mientras se oía el rasgar de los sobres, el sonido de su castigo final.
No había llegado a perdonarla.
Greta fue la primera en leer la suya.
—¿Por qué?
Emily contemplaba su carta con el ceño fruncido.
—A la mierda —murmuró Sam entre dientes, y Sila abrió mucho los ojos al leerla por encima del hombro de su marido—. Que le den a la carta y que le den a él. —Alzó la vista hacia Jack—. Y que te den a ti también, ya que estamos.
Él ni se inmutó. Más tarde, Alice se maravillaría con lo poco que le había interesado la ira de su hermano, teniendo en cuenta la gravedad del momento. Como si Sam no hubiese dicho nada, Jack prosiguió:
—Se os ha asignado una tarea, o una serie de tareas, más bien. Cuando las completéis, se activará la distribución del fondo.
—¿Por qué? —Parecía ser lo único que era capaz de articular Greta.
—Son las Olimpiadas Storm —contestó Alice—. La época del año favorita de papá, cuando lanza a sus hijos los unos contra los otros y espera a ver quién es el último que queda en pie.
—Vete a tomar por culo, Jack —insistió Sam—. Ya hace demasiado tiempo que tienes mi futuro en tus manos. Sé que llevabas meses susurrándole cosas al oído sobre mí. ¡Años! Pienso contratar a un puñetero abogado.
Saltaba a la vista que a su hermano no le hacía ni pizca de gracia lo que había escrito en su carta.
—¿Qué tienes que hacer, Sam?
—Decapar embarcaciones. Limpiar la campana antiniebla. Pintar el muelle. —Arrugó la carta con la mano—. Trabajos físicos. —Carraspeó—. ¿Retejar?
Greta esbozó una sonrisa burlona.
—Se te va a quedar la manicura hecha unos zorros, Samuel.
—Lo que Sam intenta decir —intervino Sila, como si su marido no hubiese dejado muy claro lo que intentaba decir— es que esto no es el tipo de cosas que debería hacer el futuro director general de Storm.
Sus hermanas levantaron las cejas al unísono, y Alice exclamó:
—¿Perdón?
Sila continuó hablando por Sam.
—¿Quién, si no? Es el Storm.
—Todos somos Storm —resopló Greta.
—Claro que sí. Pero no tanto como Sam. —Posó una mano sobre el muslo de su esposo—. Sam es el futuro de Storm Inc. Y con los niños... —Hizo una pausa efectista, y le lanzó una mirada incisiva a Elisabeth con una sonrisilla engreída en la cara—. También somos el futuro de la familia Storm.
—Venga, por favor —le espetó Greta. Una osa, incordiada.
—La cuestión —dijo Sam— es que no puede obligarnos a jugar a un juego para heredar lo que nos corresponde.
Era casi imposible creer que su padre le entregaría todo el negocio al que era empíricamente el menos serio de sus hijos, pero Alice era sin duda la menos indicada para señalarlo, teniendo en cuenta la historia que había tenido con su padre y la empresa.
Fuera como fuera, Jack se había hartado de las críticas de los Storm.
—Os animo a que contratéis a un abogado, pero os aseguro que este fondo silencioso es legal. Y fue deseo expreso de vuestro padre que no conocierais su plan sobre la herencia.
—Ni siquiera ahora —dijo Alice, atrayendo la atención de todos.
—¿A qué...? —Por primera vez, Jack parecía desconcertado.
—Venga, por favor. En este juego hay mucho más que un puñado de últimas voluntades.
—Con un movimiento abarcó a todos sus hermanos, que seguían aferrados a los sobres blancos—.
Que estamos hablando de papá. Siempre hay un segundo jarro de agua fría.
—Devolvió la atención a Jack—. Sigue sin querer que conozcamos su plan.
La mano derecha de su padre no respondió; ni falta que hacía. Su padre debía de adorarlo.
—No debería sorprendernos —intervino Elisabeth, con un tono desagradable en la voz—. Pocas cosas le gustaban más a Franklin que el control. Y aquí estamos. —Levantó la carta y miró a Jack—. Mira, ya he dicho algo bueno. ¿Y ahora qué?
—No tengo claro que se refiriese a eso, Elisabeth.
—Y yo no tengo claro que me importe, Jack.
Alice se giró hacia su madre.
—¿De qué estáis hablando? ¿Cómo que «ya has dicho algo bueno»?
Por un instante, parecía que Elisabeth se negaría a contestar, pero al cabo habló:
—Está bien. Empiezo yo. Vuestro padre me pide que «diga la verdad». Pero por mucho que me devane los sesos no se me ocurre qué quiere decir. Soy la persona más honesta del mundo.
Alice se mordió la lengua. No había persona en el mundo que esquivara la verdad como Elisabeth Storm.
—Y, por si fuera poco, tengo que... —Levantó la carta y leyó en voz alta—: «Decir algo bueno sobre Franklin todos los días. En voz alta. A otra persona». —Se volvió hacia Jack—. ¿Durante el resto de mi vida?
Alice se habría reído del horror grabado en la voz de su madre si no le hubiese sorprendido tanto la incisiva petición de su padre.
Decir algo bueno sobre Franklin le resultaría a Elisabeth prácticamente imposible, y eso que una vez había tenido que charlar con Silvio Berlusconi durante una cena oficial.