Tormentas de verano 5
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—Me envía Franklin.

Como primera intervención, era una joya.

Alice no pudo evitar contener el aliento cuando Jack habló, como si su padre estuviera en la otra habitación, o atrapado en la ciudad en una reunión de accionistas, pero volvería a casa unas horas más tarde.

Lo dijo sin preámbulos, como si hubiera tenido delante a públicos mucho más duros que aquel y dicho cosas mucho más extrañas.

Alice se dio cuenta de que todos habían asumido sus habituales posturas defensivas en torno al salón de la mansión Storm, cuyas paredes estaban hasta los topes de obras de arte del siglo XX capaces de competir con una galería del MoMA.

Elisabeth se había sentado en el sillón que había comprado por una miseria en un mercado de segunda mano de París.

Greta y Emily eran como unos sujetalibros desparejos en cada uno de los extremos del sofá de dos plazas de terciopelo oscuro, cubierto por una manta turca tejida a mano; Greta se había cambiado de ropa y ahora llevaba unos pantalones pitillo negros y una camisa azul pálido holgada.

Era todo ángulos, la espalda recta, las caderas y las rodillas a noventa grados, una réplica perfecta de Elisabeth y lo opuesto a Emily: posición de loto, con los pies descalzos cruzados, mientras toqueteaba la base de un estudio de Rodin sobre la mesa auxiliar laqueada que tenía al lado.

De alguna manera, Sam había ocupado dos asientos del enorme sofá y le había dejado el tercero a Alice.

Rindiéndose a lo inevitable, ella se había dirigido al espacio que había sido suyo durante décadas y se había sentado encima de la pierna mientras se acomodaba en el delicado cuero, dándole la espalda al sillón Eames que tenía cerca.

El que estaba vacío. El que todos evitaban concienzudamente.

Y por eso se concentraban en Jack.

Jack, el hombre que se había sentado a su lado en el tren y no le había dicho nada.

El hombre que la había seguido en mitad de la noche, que la había besado a oscuras y la había protegido y luego se la había llevado a la cama...

fingiendo que era un buen tipo, aunque en el fondo lo hubiera mandado su padre muerto para lo que fuera que estuviese a punto de ocurrir.

Un juego, sin duda. Pocas cosas le gustaban más a Franklin que un juego.

—¿Dónde está Arthur? —le interrumpió Elisabeth, antes de que él siguiera hablando. Arthur Settlesworth, el abogado eterno de Franklin, que provenía de una larga estirpe de abogados inmobiliarios, como su apellido indicaba.

Jack hizo una pausa y dejó la pregunta pender en el denso aire del verano, como si supiera más de lo que estaba dispuesto a confesar. Como efectivamente era el caso.

—En Nueva York.

—¿Y Lauren? —preguntó Greta, tensa. Lauren Peabody, directora de comunicaciones de Storm Inc., que sin duda debía de estar cerca, pensando la mejor forma de aprovechar la muerte de Franklin para que subiera el precio de las acciones.

—También en la sede principal. —Jack se arrodilló y abrió la mochila que tenía a los pies. La que se había echado al hombro la noche anterior, cuando le había dado un puñetazo a un fotógrafo y había robado unas tarjetas SD por ella.

No por ella, claro. Sino por su padre.

—¿Evelyn?

Emily se interesó compungida por la histórica ayudante de Franklin, la mujer a la que todos acudían para saber lo predispuesto que estaría cuando necesitaban dinero o un salvavidas, o ambas cosas.

—En la sede —repitió él, con un tono algo más amable al dirigirse a Emily.

—¿Y los Hombres? —preguntó Sam, con su tono despreocupado ahora ligeramente afectado.

Mark Houseman, Larry Manford y Adam Grossman, un trío de miembros de la directiva a los que su padre parecía conocer desde que habían nacido, y a los que se refería colectivamente como los Hombres.

Jack sacó un fajo de sobres blancos simples de la mochila. Alice le notó una nota de enfado en la voz cuando dijo:

—Estoy solo. Franklin me ha enviado a mí.

—¿Y tú quién eres?

Todos los presentes se volvieron hacia Alice con una sorpresa palpable.

—¿Qué dices? —exclamó Elisabeth con la misma nota de enfado en la voz.

—No había visto a este hombre en mi vida —repuso ella, vacilando un instante, o menos, al tomar conciencia de que aquello era mentira.

Aunque, en el fondo, no lo fuera. Jamás había visto aquella versión del hombre: mangas bajadas, listo para transmitirles alguna especie de mensaje final de su padre.

El hombre que había visto la noche anterior no tenía nada que ver con el que tenía ahora adelante.

¿Verdad?

No tuvo tiempo para pensar en ello, porque en ese momento Elisabeth, como buena madre que era, dijo:

—Alice, conoces a Jack.

—Te juro que no sé quién es —replicó mirándolo de nuevo, y encontró un gesto calmado e imperturbable, como si todo lo que estaba pasando fuese lo más normal del mundo.

Como si sus pensamientos no estuvieran a la deriva, desesperados por hallar algo a lo que aferrarse.

Como si no se hubiese aferrado a él la noche anterior.

«Cuando él claramente sabía quién era yo».

Dejó que la frustración dejara paso a la ira y repitió:

—¿Quién eres?

Otro hombre podría haber carraspeado, o haber cambiado el peso de pie. Pero él no.

—Jack Dean. Trabajo... —Una pausa—. Trabajaba para tu padre.

Sam contuvo una sonrisa burlona.

—Qué corto te quedas.

Alice se giró hacia él.

—¿Por qué?

—¿Sabes eso que dicen de que todos los padres tienen un hijo favorito? —Su hermano señaló a Jack—. Pues este es el de papá. Jack Dean, el niño prodigio. Director ejecutivo.

Mientras Sam hablaba, Jack le evitaba a ella la mirada a conciencia, rebuscando entre los sobres. «Cobarde».

—¿Director ejecutivo de qué? —preguntó Alice.

—De la mano derecha de papá. El hijo que le habría gustado tener.

—Por el amor de Dios —masculló Elisabeth, removiéndose en su sillón mientras Emily lanzaba un sonido de comprensión en dirección a Sam.

Emily tenía más paciencia que Greta, quien claramente ya había oído antes aquella cantinela.

—¿No puedes aguantarte un rato, Sam?

—Por supuesto, faltaría más. Que Jack diga lo que tenga que decir. —Levantó las manos—. Pero que sepáis que me odia.

Jack volvió a centrarse en el asunto que le ocupaba, como si Sam no hubiera hablado, algo que Alice hubiese apreciado por lo mucho que debía de haber cabreado a su hermano, si no hubiera decidido que no había nada en aquel hombre digno de apreciación.

—Como decía...

La puerta del salón se abrió y entró la esposa de Sam, una mujer blanca esquelética vestida de arriba abajo con un polo Ralph Lauren del 2004, una chaqueta blanca, unos pantalones de equitación beis y unas botas de montar que le llegaban a la rodilla; llevaba el pelo platino recogido en una coleta alta y apretada.

Lo único que le faltaba por desgracia era una fusta, porque Alice estaba convencida de que alguien en aquel salón precisaría pronto un correctivo.

—Qué maravilla. Ya está aquí Sila —dijo Elisabeth con un tono que al oído desentrenado le podría haber parecido cordial, pero nada más lejos de la realidad—. ¿Por qué parece que hayas estado montando, querida? ¿Hemos importado caballos?

—¡Ay, Elisabeth! —La risa estridente de Sila sonó totalmente fuera de lugar en el salón—. ¡Cómo eres!

Las hermanas se miraron al oírla. Sila Evans había crecido en un magnífico ático del centro con todos los caprichos que proporcionaba el dinero nuevo conseguido en el mercado de valores.

Su padre, Mitchell, empezó a invertir cuando con cinco mil dólares te bastaba para ganar cientos de millones, y después se casó con la madre de Sila (treinta años menor que él) y se aseguró de que su única hija no tuviera que fingir ser una princesa, porque ya creía que lo era.

Los contactos que Mitchell tenía en Nueva York y Silicon Valley habían puesto a Sila en la órbita de los hijos Storm, donde le había tirado la caña a Sam (más de una vez), hasta que al final había picado el anzuelo.

Un embarazo sorpresa llegó en el momento perfecto, y la pareja se casó en una ceremonia de verano improvisada que había ocupado todas las páginas de sociedad, apenas unos meses antes de que la familia Evans apareciese en unas páginas muy distintas: por lo visto, Mitchell había sido el artífice de uno de los mayores esquemas Ponzi de la historia, y ahora cumplía una condena de ciento noventa años en una cárcel federal.

Sila se había deshecho del apellido Evans lo antes posible, con la esperanza impúdica de que los Storm la recibieran con los brazos abiertos. A juzgar por la mirada asesina de Elisabeth, no había habido demasiados progresos en los últimos cinco años.

—Espero no interrumpir nada —dijo, con una voluntad absoluta de interrumpirlos. Se encajó en el asiento central del sofá, entre las piernas abiertas de Sam y Alice, y le lanzó una mirada empática y le puso una mano en el muslo—. Hola —masculló—, ¡pensábamos que no te veríamos!

Ella le ofreció una sonrisa tensa antes de que su cuñada, siempre decidida, le dirigiera uno de sus característicos susurros a Sam, demasiado quedos para oírlos sin prestar atención y, al mismo tiempo, demasiado estridentes como para ignorarlos.

—¿Qué pinta Jack aquí?

Fantástico. Hasta Sila conocía a Jack.

Alice se giró hacia el desconocido.

—O sea, que trabajabas para nuestro padre y te indicó que te reunieras con nosotros un día después de su muerte.

Él asintió, y las palabras parecieron darle cuerda.

—Huelga decir que me gustaría estar aquí en otras circunstancias. Siento mucho vuestra pérdida.

El salón entero lo ignoró; los Storm no solían tener tiempo para clichés. Sam señaló los sobres que Jack tenía en la mano.

—¿Y eso qué es?

Él los levantó.

—Cartas.

La habitación se quedó de piedra. Alice se oía respirar con la fuerza de un junco.

—¿De papá? —especificó Greta.

—Para vosotros, sí —respondió Jack.