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—Eso es la energía de papá. No vibra a la misma frecuencia.
«Ya no vibra a ninguna frecuencia —quiso decirle—. Papá está muerto». Pero no quería desestabilizar la tregua que habían alcanzado. Por exigua que fuera.
Justo cuando el silencio empezaba a volverse incómodo, Elisabeth las llamó por las escaleras.
—¡Emily! ¡Alice! Bajad cuando podáis. —El grito de su madre podría haberse descrito como agitado si no hubiese transmitido tanta resignación—. Tenemos un invitado.
Unidas de súbito, las hermanas se miraron, y Emily movió los labios para decir:
—¿Quién?
Ella se encogió de hombros.
—¿La empresa? —Publicidad, marketing, los socios... Podría presentarse cualquiera.
Emily negó con la cabeza.
—No ha llegado ningún helicóptero.
Habrían oído llegar a Storm Inc. Alice se acercó a la ventana y miró hacia el embarcadero del extremo oeste de la isla, donde había dejado el esquife aquella misma mañana, un bote que ahora tenía un compañero idéntico.
—Alguien que conoce cuáles son los botes del muelle que pertenecen a la isla.
—¡Chicas! —El tono de Elisabeth era ya, oficialmente, estridente. Urgente. Las hermanas se movieron al instante, como si las hubieran entrenado para ella.
A medio camino del pie de la escalera, Emily se detuvo tan rápido que Alice estuvo a punto de mandar a las dos rodando, pero se paró en seco con un: «¿cómo?».
No terminó la frase. Arrastró la mirada hasta la puerta de la casa, enmarcada por elaborados grabados y vidrieras de colores, donde esperaba el invitado de Elisabeth.
No, no era el invitado de Elisabeth. No: el scout de piernas largas, antebrazo tatuado y ojos grises era el invitado de Alice.
¿O no?
«Un desconocido en la ciudad».
Aunque aquel hombre no era un desconocido.
Saltaba a la vista que el resto de la familia lo conocía, y a juzgar por su desasosiego colectivo, sumado a las miradas combativas (Sam), los labios apretados (Greta) y los silencios tensos (Elisabeth), no les caía bien.
Incluso a Emily, tan relajada y propensa a la aceptación radical, parecía haberle cogido por sorpresa su llegada, y tenía los hombros rectos y echados hacia atrás, como si tuviera algo que demostrarle.
Y lo que era aún peor: saltaba a la vista que él los conocía, lo cual significaba que, anoche, también debía haberla reconocido a ella.
Y no le había dicho nada. Joder, qué imbécil había sido de pensar que podía disfrutar de algo para ella sola.
Ni siquiera una noche con un desconocido, sin repercusiones.
Debería haberlo previsto. De hecho, lo había previsto: siempre había repercusiones. ¿Es que acaso no era lo que le había enseñado su padre?
Y aquel hombre, fuera quien fuese, era el encargado de entregarlas.
No parecía ser consciente de la animosidad que flotaba en el vestíbulo. Se lo veía imposiblemente relajado, posando la mirada sobre cada miembro de la familia, uno a uno. Alice esperó a que llegara a ella, preparándose para soportar el peso.
Cuando la miró, fue un gesto tan frío y breve que casi se cuestionó si se habría equivocado, si en realidad no lo conocía.
Él siguió con el recorrido y ella aguzó la atención y lo escudriñó con detenimiento.
Se había bajado las mangas, pero aún se le notaba el enrojecimiento de los nudillos, en carne viva por el golpe que le había dado al fotógrafo delante de la estación de tren, una prueba de que no se había imaginado aquel encuentro... ni lo que pasó después.
¿Qué narices hacía allí? ¿Y quién era?
Antes de que pudiera preguntárselo, su madre animó a los presentes a dirigirse a la sala principal de la mansión.
—Bueno, ahora que estamos todos aquí, supongo que Jack tendrá algo que decirnos.
Las palabras desatrancaron el retablo y todos se movieron al unísono, sin prisa, de manera fluida, como si lo hubieran ensayado. Y por descontado que lo habían ensayado tras años viviendo con Franklin, cada vez que había un alboroto y las emociones se agitaban, pero jamás lo habían mostrado.
Storm inside . La tormenta iba por dentro.
Alice siguió a su familia hacia el salón, cerrando la comitiva, tratando de poner en orden sus pensamientos.
Pero no entró la última, no del todo, porque en la puerta la esperaba él, que había dejado que entraran los demás antes.
Ella vaciló en el umbral. Lo miró. Lo obligó a mirarla fijamente con unos ojos grises que no revelaban nada, muy distintos a los de la noche anterior, cuando la había observado con placer, con deseo, con algo tan privado que jamás habría soñado con que vería la luz del día.
—Te llamas Jack.
Él no apartó la mirada, pero sus ojos eran inescrutables.
—Sí.
—Te conocen.
—Me conocen.
—Y tú me conocías a mí.
—Sí. —Sin vergüenza. Sin vacilación.
La ira la embargó. Ira y frustración y algo parecido a la traición. Se había equivocado. No era un hombre constante como el tren, ni tampoco su secreto, su parada improvisada. Era el secreto de otra persona, y se lo habían ocultado.
Estaba allí para humillarla.
De todas formas, antes muerta que mostrarle lo que sentía. Se limitó a levantar la barbilla y le dijo: «De scout poco, ¿eh?», antes de cruzar la puerta y adentrarse en el caos que la esperaba.