4 #3
—¿No me has dicho que ya están todos ahí?
—Sí, pero yo he llegado esta mañana. —Abrió un cajón y lo metió todo dentro.
—¿No te fuiste anoche?
—Sí, pero... —Las palabras se le atascaron en la garganta cuando se dio cuenta de por dónde iban los tiros, y cerró el cajón con un golpecito seco—. Sí, salí anoche.
—¿Dónde has pasado la noche?
—En un motel cerca de la estación.
—¿Y eso? —Una pausa. Y luego, de súbito—: Ostras, ¿está Griffin contigo? —Gabi pronunciaba Griffin como quien pronuncia la palabra cucaracha—. Qué cabronazo. Alice, somos capaces de todo cuando lo pasamos mal, pero seguro que podías evitar hacerlo con ese monstruo.
Alice se rio. El problema era que Griffin no era un monstruo.
Era guapo y atento y divertido y tremendamente honesto (o eso parecía), justo lo contrario que le habían enseñado a querer, lo cual le bastaba para ignorar todas las razones por las que no era el más adecuado para ella, sobre todo cuando su padre dejó clara su desaprobación.
Y luego la había abandonado sin dar explicaciones; así que tal vez sí que fuera un poco monstruo.
—¿Tengo que recordarte que antes te caía bien?
—Y por eso me repugna ahora. Tuve que recalibrar mi radar de gilipollas cuando te... —Un segundo mientras Gabi recuperaba la compostura—. Joder. ¿Ha vuelto?
—Podrías tener un poquito más de fe en mí.
—Tengo una fe infinita en ti con todo menos con esto. Por Dios, si te dejaste flequillo por él. Hasta yo estuve a punto de dejarme flequillo por él.
—Vale. Primero: eso ha sido un golpe bajo; no estaba en mi mejor momento. Y segundo: anoche no estuve con Griffin.
Las palabras apenas habían salido de su boca cuando cayó en la cuenta de lo que acababa de revelar.
—Pero ¿estabas... con otra persona?
Gabriela Romero Jiménez, la mejor abogada de oficio de Brooklyn, había entrado en el chat.
—Tengo que irme —dijo Alice.
—Ni de coña tienes que irte, mentirosa.
—Protesto. Beligerante —replicó ella.
—¡Se desestima!
Un golpe en la puerta de Alice acentuó el grito de Gabi.
—Hostia. Ahora sí que tengo que irme.
—¡No! ¿Quién es? Ahora mismo no hay nadie más importante que yo.
Alice soltaba una carcajada cuando la puerta se abrió y su hermana pequeña asomó la cabeza por la hendidura, una réplica perfecta de la cara de su madre, aunque con más pecas (a ninguna peca se le ocurriría asentarse en los mofletes de Elisabeth).
—¡Tengo que irme, en serio!
—¿Es alguien famoso? ¿La presidenta? ¿La directora del Banco Mundial? —le preguntó Gabi al oído.
—Ni siquiera sé quién es la directora del Banco Mundial —contestó ella, antes de añadir—: Es Emily.
—Ah —suspiró su amiga, comprendiendo mucho más de lo que Alice dejaba entrever—. Pues deberías irte, sí. Salúdala de mi parte.
—Gabi dice hola —le dijo a su hermana, quien la saludó con la mano y entró en la habitación.
Tenía el mismo aspecto de siempre, lista para hacer yoga, meditar o una sesión urgente de reiki: descalza, con una camiseta de tirantes negra apretada y unos pantalones grises, anchos y estampados estilo samurái—. Dice que hola.
—Escríbeme y me explicas lo del lunes.
—No lo dudes.
Dejó el móvil en la cama y se acercó a Emily, pero se detuvo antes de abrazarla, porque ya no sabía si seguían abrazándose.
—Hola.
Antes se abrazaban. En el pasado. Habían sido uña y carne, al tener edades mucho más parejas que los otros. Pero ahora Alice dudaba, y al final fue Emily la que la estrechó entre sus brazos.
—Hola.
Comparada con la rigidez fría de Greta y la arrogancia impertinente de Sam, Emily era la menos distante de los hermanos.
O tal vez ya no. Había sido una persona abierta y auténtica, a diferencia de todos los demás, algo que no dejaba de ser irónico dado que su negocio (una tienda de sanación holística en el continente) dependía por completo de turistas con la cartera llena y poca idea de cómo salir a flote.
O, mejor dicho, dependería por completo de esas cosas si su padre no hubiera financiado el negocio pocas semanas después de que Emily acabara la universidad, un hecho que siempre había puesto de los nervios a Sam y a Greta, por mucho que Franklin hubiera financiado la vida entera de la mayor como novelista frustrada y al otro le hubiera ofrecido un despacho al final del pasillo donde había podido jugar a ser adulto mientras su padre le pagaba el colegio privado de los hijos que había tenido con Sila...
, fuera lo que fuera que estuviera haciendo Sila en cada momento.
Tal vez fuese la edad de Emily; cinco años menor que Alice, con todos los privilegios de ser la bebé de la familia.
Tal vez la desconfianza que los demás llevaban codificada se hubiera agotado antes de que el ADN de Emily se retorciera en una hélice doble, pues mientras que el resto de ellos ocultaba la verdad, por temor a que los descubrieran o manipularan, Emily vivía sin coraza.
Hablaba de sentimientos. Le decía a la gente que la quería.
Resultaba atractivo y agotador a partes iguales, y nadie era capaz de explicar por qué había salido así.
Ni siquiera Alice, y por eso había evitado los primeros intentos de su hermana de mantener el contacto, cuando no estaba preparada para esos sentimientos.
La honestidad de Emily exigía un pago con la misma moneda, y ella no se había sentido preparada.
Y cuando por fin lo estuvo, fue Emily la que desapareció, harta de esperar.
Ya era demasiado tarde para disculparse, o eso le parecía.
Se entregó al abrazo de Emily, casi excesivo, casi sanador, y entonces... se acabó. En un suspiro volvió a protegerse antes de que la joven de los Storm se separara, lejos de su alcance.
«Vaya». Alice la dejó marchar aunque la decepción la arrolló como una ola, amenazando con hacerle perder el equilibrio.
—Has venido —dijo Emily, y al bajar los brazos la decena de brazaletes con cuentas (labradorita, malaquita, piedra lunar, peridoto, etc.) repiquetearon entre sí.
—Claro que he venido.
Su hermana asintió.
—Ya lo veo. Me alegro.
Palabras que sonaban a acusación o manipulación en boca de cualquier otra persona de la familia, en ella estaban cargadas de otra cosa: verdad. Y, sin embargo, aquello colmó a Alice de algo más parecido a la pena que nada de lo que hubiera sentido hasta entonces.
Ni siquiera Emily tenía claro que fuese a venir.
Ni siquiera Emily comprendía del todo por qué se había marchado en su momento.
Alice se tragó su defensa enfurecida. «Practica la aceptación radical —le decía su terapeuta—. Ábrete».
—¿Cómo estás?
Apenas consiguió contener una mueca de disgusto. Emily no pareció percatarse de la vulgaridad de aquella pregunta, y respondió con un sutil gesto de indiferencia.
—Bien. Bueno, al menos hasta ayer. Pero esta parte me gusta; no tenía claro que fueras a...
—Ya, no lo tenía claro nadie —la interrumpió, tratando de tomarse las palabras al pie de la letra. Ignorando las que se le amontonaban en la garganta: «También era mi padre, aunque él hubiese preferido no serlo».
—Te esperaba aquí para el cuatro.
El Cuatro de Julio, el fin de semana largo que Franklin y Elisabeth habían reclamado desde siempre, una celebración para la familia, siguiendo la tradición de las viejas fortunas de Nueva Inglaterra.
Si tus antepasados lucharon en la Revolución, se te convocaba para celebrarlos con ropa a cuadros y náuticos en la residencia familiar para el Día de la Independencia.
Alice había faltado a los últimos cinco, pero en junio, por primera vez en años, Emily la había llamado y le había pedido que fuese. Y aunque Alice le había dicho que lo intentaría, las dos sabían que no se presentaría. Y así fue.
—No... —Se detuvo, pensando en todas las razones por las que no había pisado la isla en cinco años—. No pude.
—Claro —contestó su hermana—. Eres una persona ocupada.
—¿Y eso qué significa?
—Nada —mintió Emily—. Que estás liada. No pudiste venir al Cuatro de Julio. No me sorprendió. No es la primera invitación que rechazas.
Por fin. El recordatorio de que a pesar de que fuese la bebé de la familia, toda alegría e inocencia y encanto, Emily seguía siendo una Storm, capaz de lanzar un dardo envenenado. Alice no la malinterpretaba.
—Papá no podría haber dejado más claro que no me quería aquí, Emi. Y mamá tampoco.
—Ya, pero no era su boda, sino la mía.
«Un asuntillo de familia», rezaban las páginas web del corazón tres años antes, junto con fotos borrosas tomadas con un dron en la isla desde una gran altura.
Emily y Claudia con vestidos boho blancos bajo un arco de flores frente a uno de los antiguos muros de piedra del lugar.
Apenas veinte personas en el público. Y ninguna de ellas era Alice.
—Lo siento —se disculpó, y lo decía de corazón, a pesar de sonar agresivo y brusco y cargado de rencor, porque a nadie se le había ocurrido pedirle disculpas a ella por cómo la habían exiliado—. ¿Claudia ha venido?
—Vendrá. Le toca cocinar esta noche, así que ha ido a buscar suministros a la granja.
Alice levantó las cejas.
—¿Mamá le deja cocinar?
Su hermana esbozó una media sonrisa, lo máximo que estaba dispuesta a compartir.
—Mamá la aprecia más que a los demás.
—Y con razón —dijo ella, una ofrenda de paz.
—¿Verdad? —Un retazo de la Emily del pasado, de su compañera de la infancia.
Greta y Sam se llevaban tan pocos años que hacían piña para meterse con sus molestas hermanas pequeñas y luego se marcharon a abrirse paso por el mundo (más o menos), y dejaron a Alice y a Emily solas para que formaran un equipo, hasta que todo cambió.
—Esto... —comenzó, sin saber realmente qué quería decir.
—¿Te gustaría meditar conmigo más tarde? —le preguntó su hermana al mismo tiempo como otra ofrenda de paz—. Podría guiarte, si te parece bien.
—Puede ser —murmuró ella, resistiéndose al impulso de reírse ante la idea de hacer una práctica de meditación. Alice tenía práctica con la ansiedad, con los enfados. Y últimamente, con el «qué cojones está pasando»—. ¿Cómo lo llevas?
Una pausa.
—Bastante mal. ¿Y tú?
Igual.
—Se me hace... raro.