Tormentas de verano 4 #2
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«Esto sí es vida».

Se le formó un nudo en la garganta. De tristeza, claro, pero también de frustración por cómo evocaba «lo que podría haber sido» en lugar de «lo que fue en realidad».

—No —susurró como respuesta. Aquella semana posponía la terapia sí o sí. De una forma saludable.

Alice se apartó de la ventana y se fue a buscar a la bolsa la única distracción a la que una mujer de treinta y tres años podía recurrir en la habitación de su infancia mientras se escondía de la familia: el móvil.

Se conectó al wifi y vio cómo se alteraban las burbujitas rojas que había ignorado en el tren la noche anterior: veintitrés mensajes de voz nuevos, ciento cuarenta correos nuevos, doscientos trece mensajes de texto nuevos.

Empezó por ahí: abrió la aplicación y comenzó a bajar por la lista, ya exhausta.

Su jefe. Ya llegaría el momento.

El vecino de enfrente. Más tarde.

Un periodista del Times . Ni de coña.

Algunos amigos del instituto con los que aún seguía en contacto. Inevitable.

Griffin. Contuvo el aliento al ver aquel nombre atrevido, el que tanto esfuerzo le había costado eludir desde el Cuatro de Julio, cuando él le había roto el corazón y abandonado, sin más motivo que...

«Hay algo que ya no me hace clic». Pasó el dedo por encima del nombre, incapaz de evitar la previsualización del mensaje.

«Princesa». Torció el gesto al leer el apodo.

Había sido su pareja durante cinco años y había interpretado tan bien el papel que hasta ella se lo había comprado (encima del escenario no era ni mucho menos tan buen actor).

«Acabo de ver la noticia y no sé ni qué dec... ».

—Pues no digas nada —susurró ella, reuniendo una fuerza de voluntad tremenda (superhumana, de hecho) para borrarlo antes de abrirlo. Antes de arrepentirse.

Gabi. Alice abrió el hilo, una serie de mensajes sin responder que ocupaban la parte izquierda de la pantalla, cada vez más urgentes. Antes de que pudiera leerlos todos, el móvil le vibró en la mano y el rostro de su mejor amiga apareció debajo de la llamada por wifi entrante.

Se llevó el móvil a la oreja y abrió la maleta.

—Me arrepiento de haberte configurado para que veas si te he leído o no.

—¡Y yo! ¿Sabes todas esas canciones que hablan de dejar a alguien en leído? ¡Pues imagínate dejarlo en no leído!

Gabi había sido su amiga más cercana desde la mitad del primer año en Amherst, cuando fueron compañeras de habitación reticentes que venían de mundos completamente distintos (¿es que había algún mundo que fuese igual al de Alice?).

Unos meses más tarde, su amor mutuo por bell hooks y Gossip Girl (con toda su disonancia cognitiva feminista) forjaron su amistad, y para el final del primer año Gabi era la única persona del campus (sin contar con la junta directiva) que conocía la verdad sobre su familia.

Le había hecho jurar que guardaría el secreto durante el trayecto a Boston en helicóptero cuando Alice se había roto el brazo.

¿Cuál fue su única respuesta a aquella revelación?

«Supongo que eso explica por qué eres siempre tan redicha».

Desde entonces habían sido inseparables.

—Han pasado dieciocho horas desde la última vez que me has escrito. ¿De qué vas? —Una pausa, Gabi moviéndose al otro lado de la línea, saliendo de la cama—. Y todas las llamadas acababan en el buzón de voz. Pensaba que te habías muerto.

Alice miró el contenido de la maleta, una mezcla extraña de artículos de aseo personal, zapatos y ropa que podrían o no serle útiles durante los próximos días (las prisas son malas consejeras). Sacó un par de zapatillas de deporte blancas sin cordones y las tiró a un rincón de la habitación.

—No estoy muerta. Es que aquí prácticamente no hay cobertura.

Era una realidad que Franklin podría haber cambiado de haber querido, pero no había nada que a su padre le gustara más que imponer el control sobre los visitantes como un dictador benévolo; todas las biografías de William Randolph Hearst que había leído le habían dejado huella.

Así que era o el internet inestable del continente o nada.

Otra voz murmuró algo de fondo.

—Ella me entiende —dijo Gabi antes de volver con Alice—. ¿Ha sido una falta de sensibilidad lo de hablar de la muerte? Roxanne dice que sí.

—Eres abogada; ya espero una cierta insensibilidad. —Llevó la bolsa de aseo a una mesita baja que había en una de las ventanas. Observó los botes que cruzaban el mar.

—Exacto. Forma parte de mi encanto. —Su amiga no vaciló—. Y a Roxanne solo le interesa porque se muere por conocer los cotilleos de la familia.

Se oyó un chillido indignado de fondo y Alice se rio ante aquel tira y afloja familiar.

Roxanne Wolf era la editora de «Sociedad» de la Bonfire Magazine , una de las pocas revistas impresas que se habían ganado tanto el respeto de los literatos de Nueva York como el dinero necesario para mantenerse a flote.

Unos años atrás, fue Roxanne la que le ayudó a contar la historia que lo había puesto todo patas arriba, la que había echado por tierra la confianza pública de los Storm, diezmado la junta de la empresa y destruido la relación de Alice con su padre.

Y a pesar de que la historia podría haber lanzado la carrera de Roxanne hasta la estratosfera, ella optó por mandársela a un colega de confianza porque se negaba a ser el instrumento de las repercusiones inevitables que sufriera Alice.

A la hora de la verdad, Roxanne siempre priorizaría una larga amistad a una columna, y las tres lo sabían.

Gabi seguía hablando.

—¿Dónde estabas? ¿Te encuentras bien?

—El móvil se me ha muerto.

Una pausa.

—Ya, y entiendo que esa excusa te valdrá con otras personas, pero conmigo no.

Alice sonrió cuando, a pesar de la conexión cuestionable, oyó el deslizarse quedo de la puerta que separaba la habitación y el comedor de la cooperativa autosuficiente de Boerum Hill en la que vivían Gabi y Roxanne.

—Contesta —insistió su amiga.

Ella contempló el mar reluciente, sin duda una de las vistas más hermosas del mundo.

—Todo está siendo raro.

—Bueno, es lógico.

—O sea, quiero decir... —Hizo una pausa, buscando la forma adecuada de describir sus sentimientos. Un esfuerzo inútil. En vez de eso, comentó—: Los paparazzi me esperaban en la estación de tren.

—Joder. ¿En serio? ¿Quieres que Roxanne lo investigue? A ver, que supongo que la gente de tu padre también podría...

La gente de su padre. Incluso muerto, tenía su gente. ¿Cómo no iba a ser raro todo aquello?

—No —respondió Alice—. Me he... Ya está solucionado. Y, además, ya he llegado a la isla.

—Ah, la isla. —Durante todos sus años de amistad, Gabi solo había estado en la isla Storm unas pocas veces. Vacaciones de primavera durante la universidad. Algún fin de semana de verano después de la carrera, hasta que Alice dejó de ir—. ¿Y?

—Y... —Vaciló. Al otro lado de la línea, su amiga esperó hasta que por fin terminó—: Cinco días más.

—¿Tan mal pinta?

—Bueno, te recuerdo que a mi familia no se le dan precisamente bien los... sentimientos.

—Y tú eres una maestra —replicó Gabi con sequedad.

—¡Oye! Voy... progresando adecuadamente.

—Eso es verdad —contestó la otra de inmediato, como solo contestan las mejores amigas que saben reconocer los defectos y cuándo ignorarlos—. ¿Cómo estás?

—Estoy... ¿bien? —¿Qué otra cosa podía decirle?

—Y una mierda. ¿Quieres que vaya para allá?

«Sí».

Pero con los Storm reunidos, con ese sentimiento que era...

¿Sería ya el duelo? Seguía pareciéndole algo diferente, como si Franklin estuviera a punto de entrar por la puerta de atrás con las botas llenas de barro y los pusiera a todos a competir entre ellos: el primero que llegara al norte de la isla, el que subiera a la rama más alta del roble rojo, el que pudiera nombrar a los pintores de las paredes de la biblioteca, el que se supiera el precio de las acciones de Storm Inc.

cuando abría la bolsa. Así que quizá era negación.

Pero fuera lo que fuese, pedir refuerzos tan pronto sería como admitir que no era capaz de apañárselas sola. Una vergüenza.

Un pequeño esquife blanco cruzó la bahía en la lejanía, prácticamente idéntico al que había cogido ella aquella misma mañana. Alice levantó una mano y resiguió con los dedos la estela de olas blancas que iba dejando.

—Mi madre ha invitado a gente el lunes. No sé lo que es.

Supongo que algún tipo de funeral, pero conociendo a mi madre seguro que hay barra libre y un cuarteto de cuerda o algo por el estilo.

Mi padre no era creyente, así que ni siquiera sé qué van a hacer con...

—No quería decir «el cuerpo»—. Total, que no hace falta que...

—Allí me tendrás —repuso Gabi, inequívoca. Como su amistad—. Mándame los detalles.

—Deberías traerte a Roxanne. Es una época preciosa.

—Ah, guay, porque me apetecía acompañar el funeral del padre de mi mejor amiga con un poquito de turismo de otoño.

Alice no pudo contener una carcajada, y volvió a la maleta y siguió rebuscando entre lo que contenía. Una capucha negra. Un par de vaqueros raídos. Dos camisetas de tirantes negras.

—Vale. Bueno, tú tráetela de todos modos.

¿Por qué tantos sujetadores? ¿Por qué tan pocos calcetines?

¿Por qué pinceles y no pintura?

—Hecho. ¿Cómo está tu madre?

Un vestido negro, al menos. Un par de zapatos de tacón.

—Igual, pero con un poco más de ansiedad no resuelta.

—¡Qué díver! ¿Y ya están ahí todos los demás?

—Uy, sí. La panda al completo. Sam está gilipollas y Greta se come el coco con mi madre. No he visto a los niños, ni a la mujer de Sam, pero seguro que sigue siendo horrible.

Sila era el producto de un padre multimillonario que la había consentido hasta extremos insospechados durante décadas antes de entrar en prisión, y era incapaz de cambiar.

—¿Emily? —La hermana pequeña de Alice, la bebé de la familia. Regentaba una tienda de cristales en Wickford y quemaba salvia como si sirviera de algo, y a pesar de ser el bicho raro del redil, era la Storm favorita de todo el mundo, incluso de Alice.

El sentimiento ya no era mutuo.

—Todavía no la he visto.