Tormentas de verano 4
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Las mansiones de la Edad Dorada estadounidense tenían algunos detalles maravillosos.

Una fuente infinita de habitaciones de todos los tamaños.

Techos altos. Molduras. Suelos de parqué original que formaban patrones meticulosos.

Pilas enormes. Bañeras con patas de garra.

Armarios (una de las grandes invenciones de la humanidad) lo bastante grandes como para que antaño cupieran polisones, corsés y kilómetros de sedas y terciopelos.

Con un diseño descaradamente excesivo, llenas de rincones y recovecos y sitios pensados para los secretos, los cotilleos y, sí, las citas, como pueden dar fe las hermanas mayores de la historia.

La mansión Storm se diseñó para competir con las mejores mansiones decimonónicas de Newport: presumiendo de todas sus extravagancias, y además en una isla privada.

Veinticinco hectáreas de colinas y vistas magníficas del Atlántico en el sur, la bahía Narragansett al norte y algunos de los paisajes más hermosos de Rhode Island a este y oeste.

John Peckham, un inglés que quería construirse un feudo en un nuevo continente, les compró la isla a los indios narragansett a finales del siglo XVII .

En aquel momento la isla contaba con un nombre en una de las lenguas algonquinas: Uhquŏhquot.

Según los registros de la sociedad histórica de Wickford, no queda claro si el señor Peckham pidió que le tradujeran el nombre de la isla en el momento de la compra, pero el consenso general es que no dijo nada, porque de lo contrario tal vez se lo habría pensado dos veces antes de pagar por un lugar llamado Tormenta.

John murió en una tormenta brutal durante su primer invierno en la isla y su familia se marchó de allí de inmediato, guiada por el sentido común de su esposa, Mary, a la que probablemente no le sorprendiera el destino que había corrido su marido, teniendo en cuenta para empezar la insensatez de haber comprado la isla.

Mary no volvió a casarse (recordemos el sentido común mencionado anteriormente), y vivió hasta los noventa y tres, si hacemos caso de la tumba del cementerio de Little Compton.

Tal vez fuese Mary la que pidió al fin que alguien le tradujera el nombre del lugar: Uhquŏhquot se convirtió en la isla Storm y siguió habitada durante dos siglos más, momento en que el Estado la reclamó y vendió por cinco mil dólares a un magnate del acero que no se consideraba lo suficiente decente para que viviera en Newport, por lo que, a juzgar por el calibre de los hombres a los que sí se les permitía la entrada en Newport, debía de ser una buena pieza.

La mansión Storm se levantó, grande y tétrica, sobre la colina, una peineta descomunal a los magnates del sur, y la habitaron aquel hombre indecoroso y sus peculiares e indecorosos descendientes hasta los años ochenta, cuando cayó en desgracia, junto con los fondos fiduciarios de sus propietarios.

Y entonces entró en escena la solución a sus problemas financieros: Franklin Storm, cargado de juventud, arrogancia y la certeza de que las decenas de millones que le quemaban en el bolsillo solo eran el principio.

La isla Storm era su destino, le dijo a Elisabeth cuando bajaron del esquife y pisaron el muelle destartalado por primera vez. Al fin y al cabo, ya llevaba su nombre.

Elisabeth no lo veía tan claro, pero Franklin había nacido con una habilidad única: la capacidad de convencer a cualquiera que se le acercara de que sus deseos coincidían con los suyos.

Con el paso de los años, aquella habilidad le granjeó el apelativo de genio, de persona carismática, de charlatán y de místico, en función de quién lo tildara, pero para Elisabeth solo era Frank, el hombre del que se había enamorado para bien o para mal (en aquella época, todo era para bien).

Juntos, convirtieron la casa en un proyecto y reconstruyeron la isla como santuario personal.

Mientras que el ático de Park Avenue, la casa adosada de Londres y el rancho de Wyoming habían acogido a políticos y prohombres, la isla Storm se reservaba para la familia y las amistades muy cercanas, exclusivamente.

Franklin sabía mejor que nadie que la mejor manera de que algo conservara su valor era mantenerlo en secreto.

Al fin y al cabo, pocas cosas le gustaban más a la gente que la promesa de un misterio.

Y pocas cosas le gustaban más a la gente que inventarse que conocía las respuestas a ellos.

En la sociedad tecnológica y neoyorquina, siempre había alguien dispuesto a entretener a los invitados de una velada con historias inauditas del parque de juegos privado de un multimillonario excéntrico.

Y como todo el mundo mentía, nadie sabía quién decía la verdad, y la casa acabó convirtiéndose en fuente de leyendas.

Según las historias, estaba repleta de excesos y rarezas, y Franklin se deleitaba confirmando las extravagantes descripciones que le acababan llegando, impresas en las páginas de sociedad o comentadas en entrevistas.

No había ni una sola que fuese acertada: ni el vasto jardín topiario (ni por desgracia el elefante a tamaño real que había dentro); ni la piscina exterior que rivalizaba con la del castillo Hearst (poco práctica para los inviernos de Nueva Inglaterra y un mito fácilmente refutado con Google Earth); ni la guarida subterránea secreta llena de inventos tecnológicos inspirada en la batcueva (en la isla ni siquiera había una buena conexión wifi, una decisión del mismo Franklin).

Lo que sí existía era una casa que olía a historia y a jabón de aceite Murphy y las notas a Opium de Yves Saint Laurent que Elisabeth había llevado tanto tiempo que los demás casi ni las percibían, y hasta los topes de recuerdos que dolían tanto como calmaban cuando Alice subió por las escaleras hacia la habitación de su niñez: la mejor parte de la mansión Storm.

Cuando Alice nació, Franklin y Elisabeth ya habían asignado las habitaciones de matrimonio del segundo piso a Greta, que entonces tenía siete años, y a Sam, el rey niño de cinco años.

Dado que sus padres habían reclamado una gran porción del tercer piso para su suite principal, Alice tuvo que conformarse con la torre: un torreón pequeño y circular que ascendía por la esquina suroeste de la casa, accesible por una escalera estrecha escondida detrás de una puerta al final del pasillo del tercer piso.

No dejaba de resultar curioso que los Storm le hubieran asignado a la hija que había sido...

no exactamente un error, pero sin duda sí una sorpresa, la habitación de la torre como a las princesas perdidas de los cuentos de hadas, pero eso quedaba entre Alice y su terapeuta cada dos viernes a las 10.

15 (la terapia era otra marca en su contra, por si alguien las estaba contando).

Se hizo una nota mental para posponer la sesión de la semana mientras lanzaba la maleta a la cama, todavía cubierta por el edredón acolchado turquesa que llevaba allí desde que tenía memoria.

La habitación era una cápsula del tiempo de fotografías desgastadas sobre la repisa de la chimenea, conchas y piedras de sus excursiones a la playa cuando era niña, medallas del segundo puesto en el campamento de equitación colgadas de espejos dorados rescatados de donde fuera que sus padres sacaron los muebles para la segunda habitación de su tercer hijo.

Elisabeth Storm había nacido en una familia adinerada de Nueva Inglaterra de un abolengo tan rancio que ya ni siquiera existía, lo cual le había generado un rechazo puritano hacia las muestras evidentes de riqueza (dejando a un lado lo de la isla privada), de modo que poco importaba que Franklin ya hubiese sido varias veces milmillonario cuando Alice llegó al mundo.

Había muy pocas cosas en la casa que encajaran con el cromado y el acero y el vidrio de zafiro que le había granjeado el nombre a los Storm.

No: la mansión estaba repleta de antigüedades recogidas por la rama Winslow del árbol genealógico.

Alice se dirigió a los ventanales engastados en la pared curvada y las sobrecogedoras vistas que hasta entonces había dado por sentadas.

Las tres ventanas repartidas a lo largo del espacio circular ofrecían unas imágenes asombrosas de la isla: árboles antiguos, dominados por el descomunal roble del este; el pequeño edificio que albergaba la campana antiniebla en el extremo sur, con el océano al otro lado; y hacia el oeste, el muelle y el embarcadero que recibían a aquellos que llegaban en barco desde Wickford, en la distancia.

La mañana inundaba la habitación de una luz dorada y algo parecido a la magia, porque de repente los años se esfumaron y volvía a ser una niña que observaba el agua, la música lo bastante alta para molestar a toda la casa, preguntándose si podría convencer a Charlie de regresar con él al continente para quedarse fuera de la heladería con el dependiente mono que había en el mostrador.

El romance en ciernes con el que había soñado nunca llegó a materializarse.

Una vez le mintió sobre que tenía un trabajo de verano en la cafetería en la que trabajaba la tía del chico (una coincidencia terrible, todo hay que decirlo) y aquello se fue al garete.

Pero Alice había saboreado por primera vez las mieles de hacerse pasar por otra persona, alguien a quien no habían moldeado sus padres, y aquello había sido el principio del fin.

Sobraba decir que el fin todavía tardaría en llegar.

Levantó los dedos y los colocó sobre el cristal, y los ojos se le dirigieron al estrecho de agua que había cruzado aquella mañana, salina y vigorizante, llena ya de los aspirantes a capitán que navegaban durante aquella última semana larga de verano.

En la lejanía, un puñado de barcas de pesca regresaban al puerto de Wickford, cargadas de langostas y cangrejos.

Le vino un recuerdo a la memoria, de su padre comiendo ostras en el puerto a las ocho de la mañana, con la mirada brillante mientras reía con un grupo de pescadores y Alice lo observaba a una distancia prudencial.