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De todos ellos, Greta era la que más entendía los cambios de ánimo de Elisabeth, siempre buscando maneras de hacerla feliz, una de las muchas razones por las que mantenía en secreto su relación con Tony.
—Más o menos —contestó Alice.
—Ha estado a punto de tirarle la cafetera a Alice.
Greta puso los ojos como platos.
—Es verdad —cedió ella—. Y eso que tenía a Sam justo delante.
Los tres se rieron y, por un momento, todo pareció estar en orden.
—¿Cuándo has llegado? —preguntó Greta de camino a la nevera.
—Hará una media hora.
Su hermana levantó un yogur en dirección a Alice.
—¿Esta mañana?
Ella asintió a la pregunta y al yogur.
—Eso, vamos a indagar ahí —dijo Sam como si tuviera quince años y no fuera un hombre adulto—. Todos sabemos dónde estuvo Greta anoche, pero ¿dónde estuviste tú?
Alice se concentró en arrancar la tapa de aluminio del botecito de terracota.
—Hubo una tormenta y no quise arriesgarme a navegar.
Fue el momento de que Sam y Greta se miraran de reojo.
—Ya. Vas a necesitar una excusa mejor si pretendes que mamá te crea —dijo su hermano—. Siempre hay tormentas.
«Qué me vas a contar».
—Exacto. Y no se debe navegar en mitad de una. —Hizo una pausa—. Además, había fotógrafos.
Aquello los dejó sin palabras. Sam habló primero:
—¿Dónde?
—En la estación.
—¿Cómo sabían que estarías allí? —inquirió Greta.
Sam maldijo para sus adentros.
—Lo sabían porque Alice se jacta de no ser como los demás Storm. Profe de la pública, heroína del proletariado, después de habernos abandonado a los demás. Pero una de las cuestiones más interesantes del día era si se presentaría o no, y por interesante quiero decir que valía mucho dinero.
—No estaba en cuestión. Por supuesto que iba a venir.
—Alice se tragó el enfado y lo arrinconó con la vergüenza que ya sentía por no haberse esperado a los fotógrafos.
Su padre se los habría esperado. Intentó ignorar la opresión del pecho—.
Aunque me sorprende que sepas usar la palabra «proletariado» en una frase, Samuel.
Él ignoró el insulto; no era fácil ofenderlo.
—¿Te hicieron fotos? —preguntó Greta.
Alice negó con la cabeza.
—No. —No había ninguna necesidad de compartir lo cerca que habían estado de hacérselas.
Pasó un largo momento en que los hermanos la observaron, buscando la verdad, algo escaso cuando los Storm estaban juntos, siempre contada en mitades o cuartos, demasiado valiosa como para airearla y, por tanto, ocultada y convertida en secreto, una inversión mucho más provechosa.
Pero Alice les había dicho la verdad (al menos sobre las fotos) y ellos la habían creído (al menos sobre las fotos).
—No hay nada entre Tony y yo —señaló Greta con ese tono despreocupado al que recurría la gente cuando hablaba de algo serio.
Como lo suyo. Greta y Tony llevaban diecisiete años yendo en serio.
Al ver que ni Sam ni Alice respondían, cambió de tema y le preguntó a Alice—: ¿Has pasado la noche en el pueblo?
—Ajá. En el Quahog Quay.
Un latido. Mierda. Había perdido la práctica y se había olvidado de que lo mejor era tratar las conversaciones con su familia como si fueran declaraciones. Responder a la pregunta que te han formulado y nada más. Greta le saltó a la yugular.
—¿Con Griffin?
Hasta ahí llegó la sororidad.
—No. —Hizo caso omiso del hecho de que sus hermanos se quedaran inmóviles, embargados de súbito por una expectación muda. Debía disimular—. Tenía trabajo.
Greta le dio un sorbo al café.
—¿Ah, sí? ¿Ya ha encontrado un trabajo de verdad? —preguntó Sam.
—¿Y tú?
Alice no soportaba estar defendiendo a alguien que había guardado sus cosas y se había marchado sin dar explicaciones, como si no hubieran estado juntos durante años. Como si no hubieran planificado pasar el resto de sus días juntos.
Bueno: había sido Alice la que los había planificado; Griffin, evidentemente, había estado planificando la huida... y ella no lo había visto venir.
Sam sonrió, consciente de que había metido el dedo en la llaga.
Alice, molesta, no reprimió su respuesta afilada.
—¿Dónde está Sila?
Puede que ella se hubiera zafado por los pelos de un error marital, pero Sam se había lanzado de cabeza.
No le cabía la menor duda de que su mujer, Sila, había ido a pavonearse delante de su madre, sus amienemigos y cualquier persona que tuviera cerca en cuanto había cazado a Sam Storm como si de una trucha premiada se tratase.
Su hermano se calló y Alice se resistió a seguir regodeándose después de recuperar la compostura.
—Podrías haberme dicho que te alegrabas de verme y punto, Sam.
—¿Por qué tendría que alegrarme de verte? —replicó él, y en la boca de otro hermano, en otra familia, podría haber sido una broma.
Pero aquellos eran los Storm.
Ella se giró hacia Greta, que contemplaba la taza de café sin despegar los labios. No podía esperar otra cosa. Alice dejó el café en la encimera.
—Voy a deshacer la maleta.
Ninguno de los hermanos respondió. ¿Qué podían decirle? No habían pasado ni treinta minutos y ya habían ocupado sus antiguos papeles.
«La familia».