Tormentas de verano 3 #3
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En ese momento, Alice percibió en algún rincón de las emociones de su hermano (por escasas que fueran) un hilo de...

¿expectación? Había llegado el momento de que Sam luchara por el título que creía que le correspondía por derecho propio desde el día que aprendió el significado de la palabra «nepotismo»: el cargo de director general de Storm Incorporated.

Por lo que concernía a Alice, Sam podía quedarse con el puesto.

Pero todos sabían la verdad: que si Franklin ya estaba metido en un ataúd, se estaría revolviendo ante la mera idea.

—¡Mierda! —soltó de pronto Elisabeth, rodeando la isla de madera.

Alice y Sam se giraron hacia ella.

—¿Qué pasa?

—¡Me he dejado la puñetera tableta arriba!

Y se miraron el uno al otro, y la animosidad desapareció como solo puede pasar entre hermanos. Sam le levantó una ceja a Alice. El enfado de Elisabeth parecía excesivo solo por haberse dejado la tableta en otra planta de la casa.

—Ya... —dijo él despacio, como si hablara con una criatura enfurruñada—. Ahora te la bajamos.

—¡No necesito que me la baje nadie! Soy perfectamente capaz de ir a buscarla yo sola —le escupió su madre, dejando caer con fuerza la cafetera en la encimera antes de salir de la cocina hecha una furia.

Alice miró de reojo a su hermano.

—Parece que se lo está tomando bien.

Sam asintió.

—No te falta razón.

El reloj de pie del vestíbulo sonó, anunciando las siete de la mañana.

Sam se apoyó en la encimera con su pelo rubio claro y la piel morena del verano, como solían ser los hombres atractivos que se acercaban a los cuarenta y que ocupaban el espacio sin esfuerzo.

No obstante, al observarlo con detenimiento, se dio cuenta de que parecía estar cansado.

—Has madrugado —le dijo. La observación era una pregunta. «¿Qué te traes entre manos?».

La tostadora saltó y expulsó un panecillo inglés. Su hermano le estaba devolviendo el escrutinio y no se movió. Era justo, supuso, diciéndose a sí misma que a ella se le daba mejor ocultar las grietas. Engañarse a sí misma.

—Y tú también —respondió él. «Tú primera».

Bueno: no estaba dispuesta a contarle lo que se traía entre manos.

Sam le hincaría el diente a la noche que había pasado Alice en el Quahog Quay —al quién, al qué, al «por qué no era tu prometido» y al «ahora que lo pienso, ¿dónde está tu prometido?

»— y lo utilizaría como un arma durante los próximos cinco días.

De manera que se guardaron sus verdades y se retiraron de nuevo a sus respectivos aparatos.

—Está mosqueada —dijo Sam. «Tregua».

—¿Mamá? —Alice metió una cuchara de café en la cafetera—. Pero es normal, ¿no? Son las fases del duelo.

—Por favor. Como si no supiéramos que acabaría matándose en alguna mierda de globo aerostático, en un submarino o yendo al espacio.

—Joder, Sam.

—¿Es mentira?

Franklin Storm se había matado en un accidente de vuelo sin motor, algo que internet ya se había asegurado de tildar no solo como la muerte más de multimillonario de la historia, sino también la muerte más apropiada para Franklin Storm.

Su padre jamás había encontrado formas de desafiar a la muerte que no hubiera querido poner a prueba de inmediato, normalmente delante de las cámaras.

—Sí, pero tampoco esperábamos que fuera ayer.

Él le dio un mordisco al panecillo inglés.

—Que vale.

—Intenta tener un poquito de...

—¿De qué?

¿Humanidad? ¿Empatía? Alice negó con la cabeza. La empatía no era un rasgo familiar de los Storm. Nunca tenía recompensa.

—No lo sé. Se ha muerto.

—Y es una movida que te cagas, suficiente para que hayas vuelto a casa —le espetó antes de volver a darle un mordisco al panecillo en un gesto extravagante, haciendo mucho ruido, en uno de esos numeritos que tanto les gustan a los hermanos, como si significaran algo.

La tetera silbó.

—Ya lo sé. Suficiente para que me dirijas la palabra —repuso ella, consciente de que era fútil señalar que sus hermanos la habían visto marcharse y no habían dicho ni mu.

Puede que Franklin fuera el catalizador para que ella se fuera de casa, pero había sido el resto de la familia la que había impedido que regresara por el miedo a que su padre los castigara si intentaban algo.

—Ahora que sale el tema... Tengo un acuerdo de confidencialidad en algún lado para que me lo firmes.

Alice vertió agua hirviendo en la cafetera, salvada de tener que llenar el silencio que se alargaba entre ellos cuando la puerta de la cocina se abrió y dejó entrar la luz de la mañana y a Greta, la mayor de los retoños de los Storm.

—¡Ay, Dios! ¡Has venido! —exclamó, más sorprendida de lo que a Alice le habría gustado.

Se tragó su molestia y abrió los brazos, aparentando serenidad.

—Sorpresa —dijo.

—A ver, claro que has venido.

Se produjo de nuevo un silencio lo bastante largo para que llegara a ser incómodo, antes de que Greta se le acercara y le diera un abrazo tan fugaz que fue casi como si no hubiera pasado.

Cuando se separaron, Alice llenó el silencio:

—¿Cómo... te va?

—Me va bien —contestó su hermana, imitando, para sorpresa de nadie, a su madre al pasarse una mano por el pelo rubio largo, idéntico al de Sam, y luego por la tela ondulada de la camiseta de tirantes que llevaba encima de unos pantalones de yoga negros—. Estaba —señaló la puerta— dando una vuelta.

Era una mentira como una catedral que había repetido miles de veces a lo largo de los años. Todo el mundo sabía dónde se metía la mayor de los Storm cuando salía por la noche y pensaba que la casa ya dormía, pero ahora no era el momento, de modo que Alice prefirió no comentar nada al respecto.

Pero Sam no tenía tanto tacto.

—Oye, Greta, ahora que se ha muerto ya no tienes por qué esconderte.

—¿Esconderme de qué? —replicó ella, subiendo la voz una octava mientras se toqueteaba la pulsera de diamantes.

Alice sacó una taza de un armario grande abierto.

—Creo que habla de Tony y tú.

—¿Qué pasa con Tony y conmigo? —preguntó antes de darse cuenta de que había roto la regla fundamental de los Storm: jamás aceptas la premisa de una pregunta. Le costó recomponerse, y puso la espalda recta hasta límites insospechados—. ¿Tony? ¿El Tony de papá?

—No, de papá ya no. Creo que es justo decir que te lo ha dejado en el testamento.

Alice levantó la vista.

—¡Sam!

—¡Por favor, que es una broma! —Separó los brazos—. Como si no pensáramos todos lo mismo.

—No todos estamos pensando lo que nos tocará en el testamento, Sam —le espetó Greta—. Solo tú, que vas detrás de un ascenso que no conseguiste cuando estaba vivo.

—Estás muy sensible para haberte pasado la noche follando, Greta —respondió él.

—Sam... —intervino Alice, como si pudiera detenerlo. Pero no podía: jamás había sido capaz de impedirle nada, y ahora ya ni siquiera se engañaba con que pudiera tener algún tipo de control.

—La cuestión es que a estas alturas es una gilipollez que siga manteniéndolo en secreto.

—Gilipollez o no, no es asunto tuyo —contestó Alice.

La aventura entre su hermana y el chófer/asistente de su padre había sido el secreto peor guardado de la familia durante años.

Todo el mundo estaba al tanto, incluso aunque Greta se negara a hacer pública la relación por miedo a la censura de Franklin (un miedo que Alice sabía de primera mano que no era infundado), no porque Tony fuese un empleado, sino porque le pertenecía a él.

Franklin Storm era un hombre que adoraba acaparar. Tierras, obras de arte, empresas, experiencias, dinero. Poder sobre todo, pero también atención. Y también personas. Y no se le daba nada bien compartir.

Alice le alargó la taza humeante a Greta, una ofrenda de solidaridad entre hermanas. La mayor de los Storm aceptó la taza, pero no el apoyo. Tenía la mirada puesta en la puerta de la cocina.

—¿Mamá se ha levantado?

—Sí, y con el pie izquierdo —dijo Sam.

Greta los miró y endureció el tono.

—¿Qué significa eso?, ¿qué ha pasado? ¿Está molesta?