3 #2
—¿Ah, sí? —Puso un pie en el parqué reluciente del vestíbulo—.
Pensaba que trabajaba en una cafetería. —No había nada que pensar.
Griffin era un actor poco solicitado en Nueva York que cuando lo necesitaba (que era casi siempre), hacía horas en la cafetería que regentaba su mejor amigo.
Elisabeth lo sabía. Todo el mundo lo sabía.
Pero a Alice le daba igual, porque en aquella época él era suyo—.
Da lo mismo. Como has dicho, has venido y me alegro de verte después de tanto tiempo.
Se inclinó para aceptar el breve abrazo de su madre, y relajó la mandíbula apretada cuando Elisabeth le dio un beso cerca de la oreja izquierda. Se preguntó cuántas referencias veladas (y mordaces) sobre los últimos cinco años tendría que aguantar antes de cumplir con su justo castigo.
Lo que no se preguntaba era si su madre asumiría alguna responsabilidad por lo que había ocurrido cinco años atrás. Por lo que había ocurrido desde entonces (o, más bien, lo que no había ocurrido). «Responsabilidad» no era una de las palabras de Elisabeth.
Alice se retiró, le cogió una mano a su madre y le estudió el rostro.
La piel imposiblemente suave, salpicada por apenas un puñado de líneas finas visibles, sería la envidia de mujeres treinta años más jóvenes; era el resultado combinado de unos genes excelentes, un compromiso militante por la protección solar, un facialista que hacía visitas a domicilio y un dermatólogo con una lista de clientes cuya fortuna era equivalente al PIB de un país europeo pequeño.
Ni siquiera la viudedad había apartado a Elisabeth de su régimen de cuidado de la piel.
Para el ojo inexperto, aquella mujer tenía la piel tersa, hidratada, desinflamada y fabulosa, pero las hijas aprenden desde que nacen a leer las emociones de sus madres, y Alice percibió las grietas más sutiles: la tirantez en las comisuras de los labios pintados con carmín con protección solar; el rubor que asomaba por encima del cuello arreglado de la camiseta de algodón blanco de manga larga, que era un básico de su armario de verano (uno de la decena de los prácticamente idénticos que costaban más que el salario semanal de la mayoría del mundo); la ligerísima inflamación bajo los fascinantes ojos azules que Alice no había heredado al ser la única hija Storm que había salido al padre.
Unos ojos que, en aquel instante, comenzaban a estar inyectados en sangre.
Pero Elisabeth Winslow Storm jamás admitiría que le faltaban horas de sueño o que había llorado por el marido con quien había compartido más de cuarenta años de su vida. Las emociones no eran algo en lo que la madre de Alice invirtiera tiempo ni recursos.
—Sabemos que el lunes se celebra un acto. Greta está ayudando con los preparativos, pero seguro que podemos buscarte algo a ti.
No un funeral. No una misa. Un «acto».
Alice tragó saliva para deshacer el nudo que le apretaba la garganta.
—Me lo dijiste por teléfono.
Era una de las pocas cosas que Elisabeth le había dicho el día anterior cuando habían hablado por teléfono.
«Se ha muerto tu padre».
«Iba en uno de sus puñeteros juguetitos».
«El lunes vendrá gente a la isla». Vendrá gente a la isla, como si fuera una fiesta al aire libre. «Supongo que nos va bien que sea un fin de semana largo».
Al ver que Elisabeth guardaba silencio, Alice respiró hondo y preguntó:
—¿Cómo estás, mamá?
—¿Yo? —Arqueó las cejas rubias arregladas y le soltó la mano—. Estoy bien.
Adiós a la posibilidad de volver a casa como en las películas. No había nada que se pareciese a un duelo de cine, ni siquiera veinticuatro horas después de la muerte de Franklin. Nada de lágrimas. Ningún abrazo interminable. Ni siquiera un indicio de las emociones de su madre.
Porque Elisabeth debía de sentir algo, ¿no?
A pesar de no tener ganas de insistir, le entró el impulso:
—¿En serio?
—Alice, al final todos nos acabamos muriendo. ¿Has tomado café?
Tras tantos años hablando Elisabeth Storm fluido, Alice sabía que no le convenía llevarle la contraria. Dejó la bolsa de tela en el suelo.
—No.
Siguió a su madre hasta la parte trasera de la casa, donde el pasillo estrecho y oscuro se abría hacia una luminosa cocina rústica completa con una pared entera de ventanas de invernadero, y trató de charlar de cosas más superficiales.
—¿Quién más ha venido?
Elisabeth agitó una mano hacia el techo y dos plantas más de estudios y despachos y habitaciones y rincones.
—Todo el mundo. Todos vinieron en cuanto se enteraron.
Alice apretó los dientes ante la flagrante comparación con sus hermanos. Su madre le restaba puntos por las siete horas que debería haber estado durmiendo bajo el mismo techo. Sacó una cafetera francesa de un armario abierto y la dejó sobre la encimera.
—Yo también he venido en cuanto me he enterado, mamá.
—Claro que sí. En tren.
Por lo visto el tema principal iba a ser lo del tren, no lo de que se hubiera muerto por sorpresa el marido de aquella mujer.
—Bueno.
Alice cruzó la cocina hacia la despensa y encendió la luz antes de entrar a coger café, y sintió una tristeza creciente al ver una enorme bolsa naranja.
Puede que Franklin Storm fuese multimillonario, pero también había sido niño en Quincy, Massachusetts, y se había pasado toda la vida siéndole leal a Dunkin’ Donuts.
Pasó los dedos por el logo mientras se fijaba en el resto de la despensa, el primero de los espectros de su padre.
Si tuviera que pintar su esencia, comenzaría por allí.
Una naturaleza muerta de lazos duros clásicos, caramelos de regaliz negro, patatas fritas estilo kettle , latas de sardinas.
Tres botes de pepinillos picantes. Salsa de tomate casera que insistió en comprar en una granja del otro lado de la bahía, en Tiverton.
«No merece la pena comer salsa de tomate si no sale de estos tomates», dijo entonces con una potente voz cargada de emoción, solo superada por la alegría de la mujer que regentaba el puesto, que se enamoraba un poco más del excéntrico multimillonario cada vez que él se acercaba.
Al fin y al cabo, aquel era el problema, ¿no? Su padre era una persona de la que era increíblemente fácil enamorarse, pero a la que era imposible querer.
Y fácil de satisfacer, salvo que fueras su hija.
Alice era una adolescente la última vez que había pisado la granja Skipping Stone, poco más que un granero en mitad de un campo, poniendo los ojos en blanco al ver que el equipo entero adulaba a Franklin mientras cargaba una caja de la salsa, marcada con una etiqueta de envío e identificada con un rotulador, en la parte de atrás de una vetusta camioneta que conducía como si fuese una persona normal.
Dejó el bote y pasó los dedos por la etiqueta nueva, apropiada. La ilustración de un granero. La página web. Los ingredientes. Habían recorrido un largo camino, como todos los demás.
Era extraño que lo que la derrumbara fuese una etiqueta con información nutricional.
Allí, en aquella despensa que olía a sus veranos de infancia, cargada del aroma a salitre que circulaba por el viejo ventilador del techo, rodeada por un millón de cosas que jamás le habrían hecho pensar en su padre y a partir de entonces ya no le harían pensar en ninguna otra persona, una lágrima grande le cayó por la mejilla.
—No dejes que la puerta se cierre del todo —le gritó su madre desde la cocina, donde la tetera comenzaba a hervir. Alice borró toda prueba del sentimiento—. Se queda atascada y tendremos que avisar a Charlie para que te saque.
Charlie, el carpintero/manitas/jardinero/lo que fuera que sus padres necesitaran en un momento dado (casado con Lorraine, cocinera/ama de llaves/lo que fuera que sus padres necesitaran en un momento dado), vivía en una de las tres casitas para el servicio que se encontraban en el extremo norte de la isla, esperando a que lo convocaran en la casa principal, el chico de los recados personal de su madre, aunque ya rozara los sesenta y pico años.
—¿Cómo están Charlie y Lorraine? —gritó Alice, después de carraspear y enderezar la espalda, extrañamente agradecida por aquella pregunta; algo por lo que interesarse cuando no le apetecía preocuparse por lo importante.
—Son Charlie y Lorraine. —Una respuesta clásica de Elisabeth, como si dijera: «¿Acaso puede decirse algo interesante de ellos?».
Ella cogió el café y regresó a la cocina, donde su madre ya no estaba sola. A su lado, rebuscando en el antiguo cajón metálico del pan que se había salvado de una de las primeras versiones de la cocina, vestido solo con unos pantalones de pijama, estaba el hermano mayor de Alice.
—Sam.
Levantó la cabeza con un paquete de panecillos ingleses en la mano.
—¡Hombre, vuelva la hija pródiga! Y papá no está aquí para sacrificar al ternero más cebado.
Alice le ofreció una sonrisa tensa, la única defensa contra el sarcasmo propio de Sam.
—Qué gracioso eres.
—No era mi intención —contestó, y su falsa simpatía se convirtió en algo que podría haber sido desagradable si no se le diera tan bien—. ¿Cómo has venido, a pie?
—Ha cogido el tren —puntualizó Elisabeth con sorna.
Él sonrió, una expresión insoportable que los hermanos mayores aprenden pronto y usan con frecuencia.
—Podrías haber pedido que te llevaran. Hay un helicóptero.
—Quizá te sorprenda que ayer lo último que me apetecía era compartir un viaje con el equipo de relaciones públicas de papá mientras decidían la mejor forma de proteger el precio de las acciones.
—Mírate, la mujer del pueblo —replicó Sam—. Seguro que en la reunión mensual del noventa y nueve por ciento te reciben con los brazos abiertos, teniendo en cuenta que no te dejan acercarte a una manzana de la sede de Storm.
Din, din, din. La referencia al pasado. Alice se dirigió a la cafetera de la encimera.
—¿Cómo va por la sede de Storm, Sam? ¿Cómo va ese trabajo al final del pasillo del despacho de papá?
—Pues habida cuenta de que se ha muerto, regular —respondió sin ningún tipo de sensibilidad, como si estuviera hecho de teflón; antiadherente pero tóxico.