Tormentas de verano 3
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No se avergonzaba.

Sí, cuando se había asegurado de que él no se despertaría, había recogido su ropa como si de munición sin explotar se tratara y había reptado hasta el baño antes de cerrar la puerta como si estuviera abriendo una caja fuerte.

Y sí, se había marchado del baño después de lavarse la cara y quitarse el salitre del pelo, lo había ignorado deliberadamente —atractivo y semidesnudo y dormido— y había huido justo cuando el sol de las seis de la mañana asomaba por la bahía, dorado y asombroso, con la promesa de que calcinaría los restos de la noche anterior.

Había caminado unos quinientos metros desde el motel destartalado hasta los muelles, nerviosa por llegar allí antes de que el capitán del puerto o cualquier otra persona de aquel pueblecito lleno de bocazas la vieran, pero no porque se avergonzara.

O no porque se avergonzara de aquella aventura de una noche, algo que, a pesar de no ser nada propio en ella, había resultado bastante increíble, en más sentidos que el evidente.

Crecer como Alice Storm significaba tratar con recelo a cualquier persona que apareciese de la nada.

Las amenazas eran incesantes, desde las más obvias (las fotos y comentarios sobre las niñas ricas mimadas eran el último grito de la época moderna, cuanto más desastrosas, mejor) a las más insidiosas: parásitos ingeniosos y carismáticos que harían y dirían lo que fuera por acercarse a la riqueza y el poder.

Franklin había enseñado a todos sus hijos a recelar de la bondad que pareciera altruista, lo que les había provocado una suerte de déficit de habilidades en las relaciones interpersonales.

Ese primer sonrojo de la atracción que para el resto del mundo significaba hacer grandes amistades y vivir historias románticas apasionadas era algo de lo que desconfiaban los vástagos Storm, y Alice se había puesto esa coraza pronto, sobre todo en lo relacionado con el sexo.

Con el paso de los años, había seleccionado parejas como las personas seleccionan coches, con una consideración meticulosa: kilómetros por litro (una carrera que no tenga nada que ver con la tecnología), clasificaciones de seguridad (interés por Alice, pero no por Storm), valor de reventa (disposición a una relación a largo plazo).

Huelga decir que había cometido algunos errores (uno colosal), pero la verdad era que las aventuras de una noche no tenían la puntuación más alta de la revista Car and Driver .

Pero Alice no estaba en sus cabales la noche anterior y su mundo no volvería a ser el mismo hasta nuevo aviso, y le había gustado aquel hombretón constante con sus manos fuertes y su seguridad y su disposición a lanzarse de cabeza a la refriega para sacarla de allí.

Le había gustado lo distinto que era, no como los chicos refinados y educados de su juventud ni el hombre frívolo y escandaloso con el que había estado a punto de casarse.

El Piernas Largas estaba repleto de un acero calmado cuando le había dado un puñetazo a un fotógrafo y le había cogido la mano en la oscuridad.

Y luego había sido deliciosamente tosco, acariciándole la piel con las manos, pateando la puerta del motel a sus espaldas para cerrarla de un porrazo, sus palabras broncas cuando se había echado encima de ella, preguntándole qué le gustaba.

Diciéndole qué le gustaba a él. Alabando su cuerpo, sus caricias, sus besos.

Sin vacilación. Sin remordimientos. Solo... verdad.

La verdad era algo inusual y muy preciado en la vida de Alice, así que sí: se había regodeado en la verdad de aquel hombre y en su deseo y en su capacidad para anclarla a su propio cuerpo durante unas cuantas horas.

La calma antes de la tormenta, antes de los Storm.

Alice lanzó sus bártulos a uno de los tres esquifes amarrados en un extremo del muelle desgastado por la sal, aflojó las maromas y arrancó el motor fueraborda, y dejó atrás la noche y ese secreto que guardaría con todos los demás mientras zarpaba del puerto de Wickford por primera vez en cinco años.

Desde el día que su padre la exilió, finalmente, después de que lo defraudara por última vez.

La tormenta de la noche anterior se había trasladado al este, hacia el cabo Cod y el mar, pero las cicatrices aún perduraban, y la bahía Narragansett se agitaba bajo el bote, lo bastante picada como para que el trayecto de seis millas náuticas y media hasta la isla Storm fuera todo un reto.

Sin embargo, Alice había navegado antes de dar sus primeros pasos; había aprendido a los pies de Franklin Storm cómo ajustarse y acomodarse, cómo faenar con un mar picado, cómo respetarlo.

Tal vez hubieran pasado años desde la última vez que había cogido el timón de un barco, pero se acostumbró deprisa y puso rumbo al radiante sol, que se deleitaba aguijoneándole la piel salpicada de agua salada.

Navegó con el bote hacia el noreste, hacia la bahía, tomando sin pensar la ruta favorita de su padre: por el extremo meridional de la isla Storm, donde un edificio antiguo y menudo alojaba una campana antiniebla sobre una colina escarpada.

Para muchos, aquel era el ángulo menos interesante de la isla, pero a su padre le encantaba hacer entradas triunfales, y aquella ruta que rodeaba el acantilado por el lado oeste les ofrecía a visitantes y admiradores una sorpresa sobrecogedora.

Cuando la roca se retiraba, dejaba a la vista un mosaico de árboles y campos delimitados por muros centenarios que conducían a una enorme mansión del siglo XIX , ubicada en el punto más alto de la isla, como el personaje de una novela gótica, pero sin una mujer en camisón que huyera de los fantasmas que albergaba.

Aunque, siendo honestos, el día era joven.

Alice redujo la velocidad del esquife al rodear el acantilado y se deleitó con las vistas.

La casa, alta e imponente, todo aguilones y vitrales, estaba rodeada por varias hectáreas de un exuberante tomillo silvestre de tonos verde oscuro, blanco y lila.

El embarcadero, con sus maltrechas tejas de cedro, lo bastante grande como para guardar el preciado yate de su padre, el Lizzie, fuera de temporada.

Los irregulares escalones de pizarra que subían desde el muelle hasta la casa por la colina rocosa.

Árboles ancianos, el roble rojo favorito de su padre, gigantesco y fuerte. Aún seguía en pie.

Cinco años y no había cambiado nada. Aunque en realidad hubiera cambiado todo.

Se quitó el pensamiento de la cabeza, empujándolo más allá del nudo que se le había formado en la garganta al amarrar el esquife y ascender por la colina hacia la mansión Storm.

Se invitó a entrar por la puerta principal, que estaba abierta (el beneficio de encontrarse en una isla privada; era difícil que entraran a robar), con la esperanza de que fuese la única persona despierta.

Con la esperanza de tener más tiempo para prepararse.

La puerta se cerró detrás de ella y ocultó al hacerlo el intenso sol de la mañana, devolviendo el vestíbulo a una oscuridad queda.

Los ojos de Alice se acostumbraron a la penumbra y distinguió a una mujer alta y ágil, con la ropa perfectamente planchada y un pelo cano atractivo, bajando por la ancha escalera central.

No había tiempo para prepararse. Así llegaba su madre, lista para la batalla.

—¡Alice! —Elisabeth Winslow Storm miró a su tercera hija de arriba abajo—. Has venido.

No había emoción en el comentario, tan solo una ligera nota de sorpresa.

—Me alegro de verte, mamá —contestó ella, ignorando la pulla, y dejó la maleta al lado de la puerta antes de pasarse una mano por el pelo, enmarañado por culpa del viento que soplaba en la bahía.

—No he oído el helicóptero.

Alice llevaba años sin coger el helicóptero de los Storm, y Elisabeth lo sabía.

—He venido en tren.

—¿Ah, sí? —Una pausa mientras su madre flotaba sobre el último escalón, con una mano larga y grácil apenas apoyada en el intricado poste de la barandilla—. Qué resolutiva.

«Resolutiva» era una de las palabras de Elisabeth, de esas que tienen la mayoría de las madres, pensadas para tocar todos los botones que han instalado.

Esas que les sirven como sustitutas de otras palabras más incisivas.

En el caso de Alice, a resolutivo solían unirse interesante, creativo, moderno y encantador, y requerían una lectura tonal que a menudo despistaba al receptor (cabe decir que a Elisabeth Storm lo único que le había parecido verdaderamente encantador en la vida había sido Franklin Storm, y ni siquiera eso había durado demasiado tiempo).

Con todo, el primer idioma de Alice había sido el de su madre, y sabía perfectamente el significado de ese «qué resolutiva». Se traducía por: «Menuda estupidez más grande».

—Con razón has tardado casi un día entero en llegar. Aunque debo decir que no las tenía todas conmigo de si llegaríamos a verte.

Aquello la irritó y no pudo evitar responderle:

—Mamá. ¿En serio?

Elisabeth levantó un hombro huesudo.

—Hace años que no pisas esta casa, ¿por qué debía esperar lo contrario?

«Porque mi padre se ha muerto. Porque tu marido se ha muerto. Porque esto es lo que hacen las familias, incluso esta».

Era demasiado para aquellas horas de la mañana.

—Pues he venido —sentenció Alice.

—Mmm. —En ese sonido se escondía un discurso sobre el estado de la nación entera—. ¿Sin Griffin?

«Sin Griffin, y así será a partir de ahora». Pero se tragó la verdad y mintió:

—No ha podido escaparse del trabajo.

—El trabajo —repitió Elisabeth con un tono que subrayaba la opinión que tenía toda la familia sobre el prometido (ahora exprometido en secreto) de Alice—. ¿Tiene mucho trabajo tocando en la calle?

—Es actor, mamá —contestó ella, aborreciendo la defensa instintiva del hombre al que emocionalmente ya no estaba obligada a defender y por el que, por alguna razón, no podía dejar de dar la cara.