Tormentas de verano 2 #3
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Y Gabi se reiría y Alice le hablaría del resto del día, del coche que la había dejado tirada y del bullicio del tren y la gente y las llamadas perdidas para solicitarle declaraciones y entrevistas que jamás concedería.

Y las llamadas que no llegaban de las personas que deberían haberla llamado.

Y, de alguna manera, todo le parecería mejor cuando colgara el teléfono.

Pero aquel no era el tipo de mal día que se arreglaba con una llamada. Era el tipo de mal día que solo se produce una vez en la vida. Porque la mala suerte, el coche, el tren, los mensajes y las llamadas perdidas se acumulaban encima de algo mucho peor.

«Mi padre ha muerto».

Las palabras le anudaron la garganta.

«Mi padre ha muerto y llevábamos cinco años sin hablar y no sé cómo me siento».

No podía decírselo al desconocido. En vez de eso, dio un paso hacia él, inclinó la cabeza y probó con una sensación distinta.

—Si te dejo que me lleves..., ¿qué pasará luego?

Algo le brilló en los ojos al hombre. Deseo.

Eso le gustó.

Pero el deseo no venía solo. Lo acompañaba el arrepentimiento, o un primo lejano, como si aquel hombre educado no quisiera serlo tanto, pero fuera a serlo de todas formas.

El coche aparcó a su lado, y ella lo señaló con la barbilla.

—No me pasará nada. Me alegro de haberte conocido.

—No nos hemos conocido —respondió él—. No nos hemos dicho cómo nos llamamos, ¿te acuerdas?

—Aún hay tiempo —repuso ella—. Algún día.

No llegarían a conocerse, pero Alice se guardó aquella posibilidad como recuerdo de todos modos.

Un rayo iluminó el cielo. Ella contó: «Uno..., dos..., tres... cuatro».

El retumbar pesado de un trueno.

—Poco más de un kilómetro —observó él.

Ella apartó la mirada del coche.

—Deberías irte antes de que...

«Antes de que tome una mala decisión».

—Tienes razón. —Pero no se movió.

Estaban inmóviles, como la humedad salina que los rodeaba.

¿Estaría a punto de besarla? ¿Lo besaría ella?

Ni mucho menos. Alice Storm no era de esas, y menos en público, en Wickford, Rhode Island, ante la mirada de miles de insectos y el conductor de un Kia Sedona con el taxímetro subiendo en el salpicadero.

Y aun así... se sentía tentada. Un beso. Una decisión impropia de ella. Un momento robado. Una prórroga, un desliz insensato para evitar lo inevitable.

Otro trueno, esta vez en el pecho de él, perdido entre el retumbar mucho más estridente del cielo, un restallido pícaro que lo partió todo: el cielo, la lluvia que inundaba de repente el mundo en mantos gruesos; la oscuridad, el destello de un relámpago tan brillante y cercano que deberían haber notado hasta el calor; y luego su nombre, gritado desde una distancia que le parecieron apenas unos centímetros.

—¡Alice!

Se giró.

La luz brillante no había sido un rayo, sino el flash de una cámara.

—¡Alice! —gritó de nuevo el fotógrafo, menudo, arrugado, sin arreglar, como si llevara horas esperando el tren. ¿Y si hubiese sido así?

Otro grito. Otro hombre corriendo desde el extremo de la calle, donde tres coches esperaban con las luces apagadas. Observando. Esperando algo que mereciera la pena fotografiar.

¿Cómo habían sabido que estaría allí?

¿Cómo no había sabido ella que la esperarían? Aquella semana había dos noticias, al fin y al cabo. Un Storm se había ido y otra había regresado.

—¡Alice! ¿Tu padre y tú seguíais sin hablaros? ¿Por qué no has venido con tu hermano y tus hermanas? ¿No tenéis relación? ¿Eres bienvenida en casa?

Años de entrenamiento dieron sus frutos. «Agacha la cabeza. Mantén la calma». Pero no había calma que mantener. Benny y su Honda la habían dejado tirada y ella estaba sola bajo la farola y la lluvia, delante de una estación de tren cerrada, rodeada por el enemigo.

Sin amarras.

—Por favor. —Levantó una mano, consciente de que era inútil—. Parad de...

Antes de que pudiera terminar (¿qué les habría dicho de todas formas?), alguien la movió y la colocó detrás del que no era scout (pero sí en cierto modo un tipo de scout, jurado), y sus anchos hombros le bloquearon la visión, cubiertos por un algodón blanco empapado de lluvia.

—Apartaos —les ordenó él con firmeza.

No se apartaron. Por favor. Aquel día hacerle fotos a la hija de Franklin Storm valía el sueldo anual de aquel hombre educado, y los paparazzi lo sabían.

Más destellos mientras la lluvia seguía cayendo a plomo, y Alice sintió una ligera sensación de ahogamiento.

—¿Quién es tu novio?

—¿Vais en serio?

—Me cago en todo. —El hombre que definitivamente no era su novio sí que hablaba en serio—. Métete en el coche.

Un salvavidas.

Ella se volvió para coger su equipaje y él le agarró la mano con fuerza y convicción.

—No. —La palabra hizo que se parara en seco—. Métete en el coche, Alice.

Pronunció su nombre como si llevara toda la vida saboreándolo, y ella lo obedeció al instante, sin sorprenderse de que el conductor ya estuviera abriéndole la puerta de atrás. A sus espaldas, oyó al Piernas Largas bramar:

—He dicho que os apartéis.

Otro trueno ahogó lo que fuera que hubiera causado un grito repentino y un «¡¿qué cojones?!» estridente mientras Alice se montaba en el coche, y el conductor miró por encima de ella y dijo:

—Se lo merecían, por capullos.

Una vez dentro, agachó la cabeza y esperó a que sus rescatadores inesperados metieran el equipaje en el maletero y se reunieran con ella. El conductor se dio la vuelta con los ojos llenos de emoción.

—Entiendo que no quieres ir adonde me envía la aplicación.

—Todavía no —respondió con sequedad su compañero, cuyo nombre todavía desconocía.

Debería preguntárselo. Pero quizá si se callaba él tampoco se lo preguntara.

O no se interesara por nada más, como: «¿Qué pintan unos paparazzi esperándote en este pueblecito de Rhode Island dejado de la mano de Dios en mitad de la noche?

¿Por qué no te hablas con tu familia? Y, a todo esto, ¿quién es tu familia? »—. ¿Crees que puedes darles esquinazo?

Una sonrisa de oreja a oreja. A aquel conductor lo invitarían a cerveza el resto de su vida por aquella historia.

—Esos zoquetes son de Nueva York. No saben nada de Rhode Island.

—Pues vamos a perderlos, venga.

—Sí, señor. —El coche salió derrapando por la calle, esquivando en el último momento a un hombre que saltó para evitarlo, con el motor a todo gas a fin de satisfacer los requisitos de un coche de huida—. ¿Vamos al motel, entonces?

—Primero la dejaremos a ella.

Era una pregunta que en algún momento tendría que responder. En cuanto consiguiera apartar la mirada de la mano de él, cerrada en un puño, sujeta al antebrazo con la brújula, mojada por la lluvia y, con la luz que emitían las farolas del exterior, enrojecida en la parte de los nudillos.

Como si le hubiera dado un golpe a algo.

Más tarde, atribuiría a una combinación irracional de pena y soledad que le hubieran gustado aquellos nudillos en carne viva. Pero en aquel momento, cuando él abrió la mano con un ronco «toma», le gustó por otros motivos.

Sobre todo cuando reconoció los rectangulitos de su mano. Un par de tarjetas SD externas.

Alice subió los ojos hasta los suyos y él especificó:

—De las cámaras.

Y nada más. No la presionó para que le diera una información que, francamente, se merecía, teniendo en cuenta que había cometido una agresión leve por ella.

Había algo poderosamente atractivo en un hombre al que aún parecía darle lo mismo quién fuera, o por qué había provocado aquel alboroto en su vida.

—¿Estás bien? —le preguntó él por segunda vez desde que habían salido del tren.

«No, pero esto ayuda».

—¿Dónde te dejo, cariño? —Ahora era el conductor.

¿Adónde iba? Tan claro que tenía su camino, tan segura estaba de que era el correcto. Y ahora... nada tenía sentido. Nada salvo aquel instante. Había corrido peligro, pero eso quedaba ya atrás. Mañana todo volvería, pero esa noche solo aquello tenía sentido.

Él tenía sentido.

Alargó la mano, pero no para coger las tarjetas SD. La posó sobre la de él, capturando los rectángulos entre las palmas, deleitándose con el calor de su tacto, áspero y firme. Constante. Como el tren.

A diferencia de todo lo demás.

—En el Quahog Quay.