Tormentas de verano 2 #2
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Pero había algo temerario en aquel instante, en la penumbra, en mitad de la noche, en aquel lugar que se encontraba inquietantemente cerca de su vida real y a la vez a kilómetros de distancia de ella, con alguien que bien podría ser la última persona con la que se cruzara hasta dentro de un tiempo que no supiera quién era ni qué hacía allí.

¿Qué mal hacía?

La invitación pendió entre ellos en un aire cargado de salitre y la tormenta que se avecinaba. El Piernas Largas se quedó inmóvil, y el tiempo se alargó tanto que Alice pensó que la rechazaría y no le quedaría otra opción que lanzarse de cabeza al mar para esconder su vergüenza.

—¿Vas a provocar un incendio?

«Ya lo he provocado».

—Vete a saber.

Se movió de repente, sin vacilar. Apenas unas largas zancadas que dominaron el espacio que los separaba con una gracia constante, y luego se sentó en el banco a su lado con un nivel de control que pocas personas poseían a aquellas horas de la noche.

Como un tren. Como si ella fuese una parada programada.

Alice sonrió y él la miró con curiosidad.

—¿Eso es por mí?

«Otro día, en otro momento».

—Estaba pensando en los trenes.

Él desvió la mirada hacia las vías que tenían detrás.

—¿Te gustaría no haberte bajado?

—¿Cómo lo sabes?

—Porque a mí me pasa lo mismo.

Ella se preguntó por qué durante un brevísimo instante, pero sabía que no le convenía indagarlo, porque eso implicaría que él también le haría preguntas. En vez de eso, llenó el silencio que se alargaba entre ambos con una nueva conversación.

—Los trenes me recuerdan a Duke Ellington. Era un...

—Sé quién era Duke Ellington.

—¿Eres músico?

—¿Y tú?

—No. Pero mi padre... —Se interrumpió. En realidad no quería sacar a su padre a colación.

El atractivo desconocido no se dio cuenta.

—¿Por qué te ha venido Duke Ellington a la cabeza al pensar en trenes?

—Se paseó por todo el país con una orquesta completa metida en una locomotora privada.

—Mmm —dijo él con una voz grave y pensativa. A Alice le gustó—. No veo yo cómo meter un sousafón en el portaequipaje de un regional Amtrak.

—No creo que llevaran sousafones.

—Si tú lo dices —contestó, y ella no pudo contener una risita de sorpresa. Aquel hombre tenía algo cercano, accesible y competente. Era el tipo de persona con el que te apetecía liarla un poco, divertirte.

Pero aquel no era momento para diversiones.

Alice miró el móvil. A Benny le faltaban diez minutos. Se quitó aquellas ideas confusas de la cabeza y se concentró en el jazz.

—Lo que no sabe casi nadie es que la orquesta de Duke Ellington alcanzó cotas estratosféricas en Rhode Island.

—¿Crees que la locomotora privada se paró aquí, en Wickford? —Lo exageró como el conductor del tren, alargando la palabra, sin pronunciar la erre.

—De hecho, sí. Varias veces.

—Y a nosotros solo nos han dado perritos calientes tibios y café de ayer.

—El declive de la civilización —replicó ella con voz queda, pensando en las muchas formas en que había viajado hasta aquel punto de su vida.

Coches de lujo, helicópteros, veleros. Se resistía a esos recuerdos, y se concentró en su lugar en la excelente distracción que tenía delante.

Corpulento y alto y con esos antebrazos que...

El tatuaje era una brújula, geométrica, preciosa, con unas manecillas que se extendían en líneas finas y largas hasta su muñeca y codo. Le habló al tatuaje.

—No eres de aquí.

No hacía falta que respondiera. Tenía razón. Cualquiera se habría dado cuenta. Era el forastero que llegaba al pueblo; no había nada en él que indicara que se hubiera criado entre algas y sal y chiringuitos de almejas en la playa. Era demasiado serio. Demasiado delicado.

Él levantó una mano, y dudó.

—Tienes... pintura en el pelo.

Ella se retiró el mechón y le apartó la mano, tímida e incómoda por la facilidad con que había identificado la pintura, como si supiera dónde había estado aquella mañana, antes de haber ido a clase, antes de que su madre la hubiera llamado y todo hubiera cambiado, cuando todavía estaba teniendo un día perfectamente normal, ahora distante. El pasado.

El antes.

Él se aclaró la garganta.

—Debería presentarme. —Alargó la misma mano que no la había tocado, como si fueran personas normales haciendo lo más normal del mundo—. Me llamo...

—No sigas.

Él le hizo caso.

—¿Por qué no?

—Porque entonces...

Porque entonces tendría que presentarse ella también. Y entonces lo sabría. Y el ambiente se enrarecería. Y aquello no era raro. Es decir, sí que era raro, pero no tan raro como todas las interacciones de su vida que habían acabado enrareciéndose.

«¿Storm como Franklin Storm?».

«¿Storm de Storm Technology?».

«¿Storm de Storm Inside™?».

«Sí», respondía ella siempre con una carcajada, como si fuese lo más ingenioso y original que le hubieran dicho jamás, cuando lo que en realidad quería decir era: «No exactamente.

Ese es mi padre». Cuando en realidad lo que quería decir era: «No le des más vueltas.

Olvídalo. Déjame ser normal. Tener un nombre normal».

Y luego fingía ser otra persona, porque eso siempre resultaba más interesante que la verdad, que consistía en lo siguiente: por mucho que se esforzara, lo más interesante de Alice Storm era su apellido.

Siempre había sido la silueta de una persona, ensombrecida por las historias de su padre: el genio loco, el multimillonario temerario, el visionario que había cambiado el mundo.

Y luego la ensombrecía la historia de lo que ella le había hecho, de cómo lo había traicionado, de cómo él la había exiliado.

De cómo se lo merecía o era mejor por ello.

Otro retumbo en la lejanía, esta vez más intenso. Más cercano. «Cómo no».

—Los nombres complican las cosas —contestó ella al fin, mirándolo a los ojos, y él puso una cara decidida bajo el ceño fruncido, como si intentara comprenderla—. Sé que suena dramático, pero ya he tenido una semana demasiado difícil. ¿Te parece que simplemente... nos los ahorremos?

Él la entendió.

—Claro. —Asintió y agachó la vista hacia el móvil—. Mi coche está a punto de llegar.

Ella lo imitó.

—El mío igual —mintió. Benny no se había movido desde la última vez que lo había comprobado.

—Es tarde —añadió él—. ¿Vas a un hotel?

—No. —Una duda infinita—. ¿Y tú?

—Me alojo en el Quahog Quay.

Ella enarcó las cejas al oír el nombre del hotel que había sido un emblema de Wickford desde que la electricidad llegó a South County, con su cartel de neón parpadeante de HAY HABITACIONES . Nadie se alojaba en el Quahog Quay.

—¿Por qué?

—¿Por qué el Quahog Quay? ¿O por qué en un sentido más existencial?

—Supongo que has elegido el Quahog Quay por su ingenioso nombre.

Él no dudó.

—No puedo resistirme a las aliteraciones.

Alice sonrió y ladeó la cabeza con una calidez que no podía achacar solo a aquella noche de verano.

—¿Sabes siquiera lo que significa la palabra quahog ?

—Deduzco que es algo de lo que no se puede hablar en una charla formal.

Ella se rio.

—¿Y en un sentido existencial? ¿Qué haces aquí?

Una pausa.

—Trabajo.

—He oído que en el Quahog Quay hay un importante centro de negocios.

—Siempre priorizo un buen fax de calidad.

Cuando su sonrisa brilló en la penumbra, algo se disparó dentro de ella: deseo. Y luego, con un pesado golpe seco, algo más: sospecha.

Lo miró a los ojos.

—¿Eres periodista?

—No.

No tenía motivo alguno para creerlo, y aun así...

—¿Lo juras por tu honor de scout?

—¿Quieres que haga un fuego para demostrártelo?

Alice alzó la vista al cielo al oír otro retumbo.

—¿Crees que te da tiempo antes de que llegue la tormenta?

—Tendré que dejártelo a deber.

—Te tomo la palabra.

Cuando volvió a centrar en él la atención, vio algo en sus ojos que hacía mucho que no veía. Algo que ni siquiera sabía que echaba de menos.

—Bien.

Le gustaba esa palabra, breve y certera, como si aquel fuera un hombre que cumpliera con sus promesas.

Que estuviera cerca el tiempo necesario para cumplirlas.

Y entonces se le acercó, y algo había cambiado, y ella se preguntó qué pasaría si se tomara una noche para ella antes de afrontar... lo inevitable.

Otro retumbo, un recordatorio de que cualquier idea alocada sobre pasar la noche con un completo desconocido no era más que eso: una idea alocada. Y Alice Storm no era el tipo de persona que se entregara a las ideas alocadas.

Tenía un padre con tendencia a ellas, y mira dónde había acabado.

Muerto a los setenta años.

Las palabras la arrollaron como una melodía discordante e imprevista y las odió por ello. El duelo no debería ser así, ¿verdad? Debería llevarte más bien a gritar y llorar y arrancarte la ropa. No a aquel... vacío, como si quisiera llenarlo de todo menos de tristeza.

Como si quisiera llenarlo con aquel hombre. Con una sola noche.

Se oyó una puerta de coche cerrándose en la lejanía.

Ella carraspeó y volvió a mirar el móvil.

—Mierda.

—¿Qué pasa?

Negó con la cabeza.

—El universo. Me han cancelado el viaje.

Un SUV gris dobló la esquina de Main Street.

—Ese es el mío —anunció el Piernas Largas.

—Gracias por hacerme compañía.

No había motivo alguno para que se sintiera así, como si su partida fuese una pérdida. Como si aquel hombre fuese un puerto en mitad de una tormenta.

—¿Estás bien? —Tampoco había motivo para que él se diera cuenta de que no estaba bien, y aun así...—. ¿Necesitas que te llevemos?

—Eso suena claramente a que me estabas siguiendo.

—Vale, pero ¿y si no quiero que te siga nadie más?

Era un comentario decente, de esos que recordaría con cariño al cabo de una o dos horas, cuando le contara aquel día de perros (y se quedaba corta) a su mejor amiga.

Algo así como: «Y luego un tío guapísimo y muy educado me preguntó si estaría bien sola», ese tipo de recuerdos.

«Y yo me pregunté qué pasaría si le dijera: “Uf, qué va, deberías quedarte y protegerme. Y dejar que te escale como a un árbol”».