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Antes de que los barones ladrones de la Edad Dorada cambiaran la apariencia del mundo empresarial estadounidense con el acero, los bancos y el petróleo, Cornelius Vanderbilt —apodado el Comodoro— cambió la apariencia de los viajes estadounidenses vendiendo y consolidando más de una decena de líneas de ferrocarril pequeñas y amasando una fortuna que pocos habían visto fuera de la realeza.
(¿Quién quiere títulos cuando puedes tener trenes?).
Con su hermano, el joven Cornelius fundó la Newport and Wickford Railroad and Steamboat Company, supervisando poco más de cinco kilómetros y medio de vías ferroviarias de la línea principal que conectaba Nueva York y Boston con el puerto de Wickford, Rhode Island, un pueblecito tranquilo con una geografía por la que muchos matarían.
Wickford estaba ubicado en el límite occidental de la bahía Narragansett, un estuario de trescientos ochenta kilómetros cuadrados que dividía la mitad occidental y continental de Rhode Island del lado oriental del estado, un archipiélago donde las familias más ricas del Nueva York del siglo XIX construyeron las lujosas mansiones que serían el sello distintivo del turismo de Rhode Island y del cine estadounidense durante más de un siglo.
Fueron los Vanderbilt quienes pusieron Wickford en el mapa, y de una forma bastante literal, arrebatándoles valiosas tierras de cultivo y vistas al océano a los insospechados habitantes de Rhode Island (las expropiaciones no son solo cosa de multimillonarios actuales) y sentando las bases de lo que sería la forma más segura y fácil de viajar a Newport para la élite de Nueva York, junto con sus perros, sirvientes y secretos.
También abría el acceso a la serie de islotes privados que salpicaban la bahía.
Los barones ladrones se comportarían como lo que eran. A Alice no le cabía la menor duda, al fin y al cabo, la había criado un barón ladrón.
Con un sutil «disculpa» lanzado hacia las piernas largas del asiento del pasillo, Alice recogió sus pertenencias y se dirigió a una de las tres puertas que se abrirían hacia el andén elevado de lo que volvía a ser un pueblecito tranquilo, no un centro de viajes para ricos y famosos.
Mientras miraba su móvil recién cargado, ignoró las burbujas rojas de la esquina de todas las aplicaciones que usaba con regularidad. Catorce mensajes de voz nuevos. Sesenta y tres correos nuevos. Ciento veintiún mensajes de texto nuevos.
Abrió una aplicación de vehículo compartido y posó el pulgar sobre el cuadrado verde mientras esperaba a que el SOS de la parte superior de la pantalla se convirtiera en las barras que indicaban la cobertura. Y trató de no ver un doble sentido en ese SOS .
—Yo también me bajo aquí.
Se giró hacia el origen de las palabras y vio al hombre de pie junto a ella. Alto, circunspecto, piernas largas, cerebro podrido. Una voz agradable, calmada y profunda. El tipo de voz que hace que quieras continuar escuchándola. Alice no se había percatado hasta entonces.
—¿Disculpa?
—Solo te lo digo para que no pienses que te estoy siguiendo.
Era todo un detalle, pero Alice Storm, tercera hija de FRANKLIN STORM, EL GENIO DE LA INNOVACIÓN, MUERE A LOS 70 AÑOS , se había pasado la vida aguantando que la siguieran.
El tren comenzó a ralentizar la marcha.
—Eso es lo que diría alguien que me estuviera siguiendo.
La comisura de su boca seria y recta se elevó apenas una fracción.
—Lo juro por mi honor de scout.
Antes de que pudiera responder, el conductor apareció en las puertas automáticas.
—¿Wickford?
Lo pronunció de una forma que hizo que Alice esbozara una sonrisa al recordar los sonidos de su infancia.
—Sí.
—Buen sitio para pasar el fin de semana del Día del Trabajo —comentó el conductor.
Ella perdió la sonrisa.
—Sin duda —respondió el hombre que no la estaba siguiendo.
—¿Van a comer langosta? —preguntó el conductor con un marcado acento de la zona.
El tren se detuvo y las puertas se abrieron con un desplazamiento laborioso, como un rastrillo moderno.
—No vemos el momento.
Sorprendida por el uso del plural, Alice se giró. No la miraba a ella.
El conductor señaló el andén con la barbilla.
—Qué suerte. Que tengan un buen fin de semana.
—Gracias —se despidió ella.
—Lo mismo le digo —respondió su vecino justo cuando ella puso un pie en el andén.
Las palabras se perdieron en el trajín de las ruedas, firmes y seguras, que se dirigían ya hacia el norte.
Alice vaciló mientras observaba el tren marcharse, y por un instante descabellado se planteó qué ocurriría si echaba a correr detrás de él, como en una película, hasta saltar desde el borde del andén y agarrarse al extremo del último vagón.
Montarse hasta llegar a Boston. «Mierdas de creerse la protagonista de tu propia vida», diría Gabi.
Suspiró. Dejando a un lado la probabilidad de lograr agarrarse a la parte trasera de un tren en marcha (cero, vaya), aquello tampoco cambiaría nada. Las noticias seguirían siendo las mismas.
Eso y que su familia ya esperaba que no se presentara, y se negaba a darles la satisfacción de tener la razón.
El móvil de Alice mostraba dos barras de cobertura, por suerte, y se apresuró a pedir un coche. El puerto estaba demasiado lejos y ya era demasiado tarde para esperar en ningún sitio; en aquel pueblecito todos los negocios cerraban a las diez, incluso en la última semana de verano.
Dejó el equipaje en el haz amarillo brillante de una farola, pero se apartó de la luz para evitar a los bichos que danzaban en torno a un cartel enorme de NO TIRAR BASURA , y allí se acomodó para esperar los veinte minutos que tardaría el coche que le habían asignado, viendo cómo otros pasajeros se montaban en vehículos aparcados a lo largo de la calle.
Unos cuantos abrazos felices, saludos emocionados y maleteros cerrados más tarde, la vía se quedó vacía salvo por los dos coches y un SUV estacionados en un extremo, oscuros y en silencio.
Y Alice se quedó sola.
Bueno, más o menos. A unos diez metros, su vecino esperaba bajo su propia farola, soportando a los bichos, móvil en mano.
Se volvió hacia ella y levantó el teléfono como si el gesto significara algo.
—Mi coche... no ha llegado aún.
—Tranquilo.
—No quiero que pienses...
—Que me estás siguiendo.
Él asintió una vez, con firmeza.
—Correcto.
—Se te da bastante bien despistarme.
—Me alegro.
Pasaron varios minutos. Su conductor, Benny, llegaría dentro de diecisiete en un Honda gris, lo cual significaba que estaría en el muelle en veinticinco minutos, y en la isla en una hora.
Con un poco de suerte, pillaría a todos en la cama. Serían casi las dos de la madrugada. Todo el mundo debería estar dormido.
«Por favor, que no haya nadie despierto».
Se oyó un retumbo en la lejanía, casi imperceptible, la promesa de una tormenta cercana, de esas que se producen en las noches de verano junto al mar, cargadas de rayos y truenos y de una lluvia que te cala hasta los huesos en cuanto empieza a caer, y que luego se marcha y deja tras de sí cielos despejados y estrellas radiantes.
Cómo le gustaban a su padre las tormentas de verano.
Aquel pensamiento le pasó por dentro como un susurro, y contuvo la respiración al notar una punzada de dolor.
Un pensamiento anodino que no tenía lugar en su extraordinaria relación (tal como era) con su padre.
Sin saber cómo distraerse, Alice miró de reojo a su improbable compañero, que seguía con la vista clavada en el móvil.
Llevaba unos pantalones de vestir grises, algo impropio de la gente normal en South County en mitad de la noche. Sobre todo durante la primera semana de septiembre, a veinticuatro grados y con toda la humedad que se respiraba al estar a cinco minutos del océano.
No obstante, con sus pantalones grises y camisa blanca, el único indicio de la hora, la estación o el sitio era que se había subido las mangas, dejando a la vista unos antebrazos en los que Alice se había fijado, como estudiante de la forma artística, no por ninguna otra razón.
En uno de los brazos se veía una mancha de tinta negra que no identificaba desde la distancia. Se preguntó si la gente para la que se había arreglado tanto sería consciente de la existencia del tatuaje. Alice se reconoció en el hecho de ocultar partes de uno mismo.
Subió la mirada hasta la cara del hombre, y arrastró los ojos por la silueta dura de su mandíbula, irredenta, de esas que distraen.
Lo llamó desde la amplia distancia que los separaba.
—¿Fuiste scout?
Él se giró de inmediato, como si hubiera estado esperando que le hablara. Captó la referencia a lo que le había dicho en el tren. Agachó la cabeza, en un gesto que el observador pobre habría confundido por desazón, y respondió:
—No, la verdad es que no.
—Hacerse pasar por un agente uniformado es una infracción muy grave.
Él se llevó una mano al pecho.
—Mis disculpas.
—No estoy enfadada, pero sí decepcionada.
Vio unos dientes blancos en la lejanía y luego él giró la cabeza hacia la tranquila calle de un sentido, como si deseara que un coche doblara la esquina e impidiera que tomara una mala decisión. Al ver que no aparecía nadie, replicó:
—¿Y si te dijera que, aun así, se me da bien el fuego?
—Un pirómano, entonces.
—Qué va. —Negó con la cabeza—. Se me da mejor extinguirlos.
Teniendo en cuenta que Alice estaba a punto de meterse en las llamas, era lo más adecuado a la situación.
—En ese caso, puedes esperar aquí conmigo..., si te apetece.
En cualquier otro día, en un momento diferente, no se lo habría ofrecido.
Doce años viajando en el metro de Nueva York le daban a una chica un instinto muy real de supervivencia hasta con los hombres más atractivos.
Y si no hubiese sido por el metro, hasta hace dos meses la existencia del hombre atractivo con el que pretendía casarse le habría hecho ir con pies de plomo con aquel.