Tormentas de verano
© inepub.com
1
Había algo fascinante en los trenes.
Si marcara cada minuto de su vida, a Alice Storm no le sorprendería descubrir que se había pasado prácticamente un tercio en movimiento:
La reluciente bicicleta roja que le regalaron cuando cumplió siete años y su posesión más preciada, hasta que su hermano la lanzó por los aires hacia la bahía Narragansett y no la pudieron recuperar.
El bote blanco que su padre capitaneaba hacia el mismo mar salado todos los sábados de julio durante su infancia, porque insistía en «enfrentarse a la naturaleza como Dios manda».
La serie interminable de coches negros anodinos con conductores mudos que la llevaban desde el colegio privado a las clases de arte particulares y al ático de lujo que la familia Storm tenía en Park Avenue, con la ciudad de Nueva York desdibujada al otro lado de la ventana.
El monopatín con el que se había estampado contra un árbol una mañana de domingo durante su primer año en Amherst, decidida a demostrar que era una chica de dieciocho años completamente normal, y que le había provocado que el brazo se le rompiera por tres sitios distintos.
El helicóptero que la llevó a Boston para recomponerse tras dicho accidente y la devolvió a la universidad a las nueve de la mañana para un examen de Historia del Arte, antes de que sus compañeros de clase descubrieran que de normal tenía poco.
Los jets privados con los que daba la vuelta al mundo cuando a su padre se le antojaba convocar una reunión internacional.
El avión comercial que la había llevado a Praga dieciocho meses atrás, con un anillo de diamantes en el equipaje de su novio.
El vagón de metro en el que estaba sentada la tarde que le sonó el teléfono y se quedó sin aliento —Llamada entrante: Elisabeth Storm (jamás «mamá»)—, con sus paredes beis y luces agresivas y sus anuncios de pieles limpias y pisos ordenados y aquel poema de William Carlos Williams sobre ciruelas y neveras y el perdón y las partes de nosotros mismos que no cambiarán nunca.
Y, sin embargo, había algo fascinante en los trenes. Seguramente porque los había descubierto por su cuenta. Todos los otros medios de transporte pertenecían a otra persona, los compartía con alguien más. Pero los trenes... eran su secreto.
No había itinerarios de vuelo ni hermanos peleándose por sentarse, ni madres pidiendo champán o padres ejerciendo de juez mudo.
No había que desatracarlos. Se limitaban a seguir su camino sin desviarse, pesados, competentes, constantes.
Incapaces de que los arrojaran por un acantilado y cayeran al mar.
Una maravilla de la modernidad que se oponía a toda la tecnología que había venido después.
Sólidos. Uniformes. Estables. Inmutables.
Alice colocó la maleta en el portaequipaje junto a la puerta del vagón y encontró la primera fila vacía.
Dejó caer la bolsa de tela verde oliva en el asiento del pasillo y se deslizó hacia la ventana, con la esperanza de que una noche de miércoles en el regional noreste de las 21.
32 la obsequiara con una fila para ella sola durante las últimas horas de paz antes de lo que estaba a punto de ocurrir.
Antes de enfrentarse al aluvión familiar con una ausencia clamorosa e irreversible.
Por la ventana, en el andén que había al otro lado, vio a un grupo de veinteañeros bajando atropelladamente por la escalera mecánica entre gritos y risas, con un montón de bolsas y maletas para pasar el fin de semana fuera, sonrisas radiantes, vestidos, pantalones cortos y gafas de sol, como si no hubiese caído ya la noche.
Y quizá así lo creyeran. Quizá se encontraran en ese dulce momento vital en que no existe la oscuridad.
Para ellos, todo era luz diurna, llena de promesas, vacía de todo miedo.
Detrás de ellos, una familia pelirroja y pecosa de cinco miembros —un adolescente con capucha y auriculares, dos gemelas que no debían de tener ni diez años y sus padres— cargaba con maletas y mochilas y una bolsa de tela de la Paris Review que tal vez en el pasado se utilizara para guardar libros, pero ahora solo contenía cantimploras de acero inoxidable y aperitivos orgánicos.
Una mujer negra de mediana edad con un vestido vaporoso de lino arrastraba una diminuta maleta con ruedas plateada, el único indicio de que estaba viajando.
Un hombre blanco alto y circunspecto de unos treinta años, con una bolsa de cuero en la mano y una mochila al hombro.
Un rubicundo hombre mayor con un anorak crema al que empujaba en una silla de ruedas un empleado de Amtrak con una gorra roja corporativa.
Uno a uno, todos entraron en el tren.
Alice se había equivocado: el tren no iría vacío.
De hecho, estaría hasta los topes de varios centenares de neoyorquinos que se dirigían al norte para pasar un fin de semana de cielos cobalto y un océano gris verdoso durante la época más mágica del año en Nueva Inglaterra.
Mientras el resto del mundo volvía a la escuela y al trabajo, a los habitantes del noreste se los malcriaba con una última semana de recogimiento bañado por el sol, aferrándose a la promesa de un verano eterno.
Se había olvidado de que era el fin de semana anterior al Día del Trabajo, el primer lunes de septiembre.
El lapsus le parecía imposible, teniendo en cuenta que se había marchado de su aula recién pintada y organizada de Brooklyn hacía apenas seis horas y había planificado su último fin de semana largo de verano mientras esperaba el metro.
Pilates esa misma tarde. Mercado en la Grand Army Plaza para comprar los últimos tomates ecológicos.
Governors Island el sábado con Gabi y Roxanne, que habían insistido en que saliera de su piso vacío.
Un domingo lento, pintado bajo los últimos rayos del sol de verano, antes de que la universidad engullese los días hasta que fuesen demasiado cortos para disfrutar de la luz solar.
Y entonces le había sonado el teléfono y se había olvidado de todo.
Alice se recostó sobre la tela áspera del asiento y se concentró en el recorrido del tren que anunciaba por un altavoz precario el conductor con un fuerte acento de Nueva Inglaterra —Old Saybrook, New London, Wickford—, lo bastante alto para que la gente no se equivocara de dirección —Providence, Back Bay, South Station—, lo bastante alto para que ella no pudiera perderse en los recuerdos.
El tren se puso en movimiento, dando unos primeros pasos torpes antes de ganar velocidad e impulso, pesado y fluido. Un confort familiar.
Siguiente parada: New Rochelle.
Exhaló. Tenía cuatro horas por delante.
—¿Estás con alguien?
No debería haberla sorprendido, pero dio un respingo de todas formas y se incorporó para girarse hacia el hombre serio y de mirada gris que había visto antes en el andén, alto y circunspecto. Ahora que lo tenía cerca, le parecía más alto. Y más circunspecto.
Él arqueó las cejas oscuras y enfatizó la pregunta ladeando la cabeza hacia el asiento que tenía al lado, donde descansaba su vieja bolsa de tela, olvidada.
No estaba con nadie.
—No. —Cogió la bolsa y se la echó a los pies—. Disculpa.
La respuesta del hombre le resultó casi imposible de oír con el sonido del tren sobre los raíles, el ruido blanco del aire acondicionado y el roce de su maleta en el portaequipaje superior.
Se acomodó en el espacio que ella le había dejado, apretando las rodillas contra la parte trasera del asiento de delante.
Cualquier otro día le habría prestado más atención, pero no tenía tiempo para fijarse en él.
De hecho, solo tuvo en cuenta su presencia por que le recordó que volvía a estar soltera, por ocupar el asiento con sus piernas largas y esa actitud crítica de los desconocidos que no se hacen idea de que has tenido un mal día.
De que te estás preparando para afrontar varios días malos.
Cinco días, y se acabó. Podía sobrevivir cinco días.
Carraspeó y se removió en el asiento, cerró los ojos e intentó relajarse con el traqueteo rítmico de las ruedas mientras el tren salía por el túnel de Queens y dejaba atrás la ciudad de Nueva York.
Tras una hora de trayecto, se encaminaron hacia el este por la costa sur de Nueva Inglaterra, y Alice, que no podía pegar ojo y no tenía batería ni la capacidad de concentrarse en el libro que había echado en la bolsa al salir corriendo de su piso esa tarde, miraba por la ventana hacia la impenetrable oscuridad, donde el estrecho de Long Island permanecía inmóvil y llano e invisible en la lejanía, al otro lado de las marismas de agua salada de la costa de Connecticut.
Habría sido imposible ver nada de todas formas, debido a lo tarde que era y al cielo negro, pero la visión tenía competencia: las luces fluorescentes que reflejaban el interior del vagón en el cristal y proyectaban un fulgor pálido sobre el portaequipaje atestado del otro lado del pasillo, lleno de sacos de dormir y maletas y una bolsa de tela grande con unos ribetes rosa eléctrico y una raqueta de pickleball encajada en el bolsillo lateral.
Bajo aquella colección de desechos de viaje, dos adolescentes se reían con el chico de pelo rizado que tenían delante y que esbozaba una sonrisa bobalicona.
Cualquier otra noche, Alice habría sonreído ante la escena: era la perfección de finales de verano.
Pero aquella noche lo que la distrajo fue una parte diferente del reflejo.
El rectángulo resplandeciente que iluminaba el regazo de su vecino.
Tenía el móvil con una aplicación social abierta, de esas de desplazamiento infinito.
Debería cerrarla. Escrolear le pudría el cerebro a la gente. Le había estado pudriendo el suyo antes de montarse en el tren, cuando había buscado un chute de dopamina con tutoriales de maquillaje y vídeos de gatos, antídotos para la llamada de su madre, la primera que le hacía en cinco años.
Su compañero de asiento se detuvo en un titular imposiblemente grande contra la oscuridad del exterior. Alice no tuvo problema alguno para leerlo en el reflejo del cristal.
FRANKLIN STORM, EL GENIO DE LA INNOVACIÓN, MUERE A LOS 70 AÑOS
Pasó el pulgar por encima del enlace.
«No lo abras», deseó ella, sin tener claro si sería capaz de apartar la mirada, aunque ya conociera la historia.
La conocía desde que nació. Franklin Storm se había metido en el garaje de sus padres en North Boston a los diecisiete años y había cambiado la informática y el mundo con 1.
107 dólares y un sueño. Había creado ordenadores grandes y pequeños, los había llevado a hogares y escuelas, los había puesto en bolsillos y muñecas de todo el globo.
Ese sería el primer párrafo. Los siguientes tratarían sobre su empresa, su enorme colección de arte, su filantropía, su carisma, sus tendencias temerarias (a nadie debería sorprenderle demasiado que hubiera fallecido en un accidente de vuelo sin motor, la verdad). Y, por último, su familia.
Habría fotos, seguramente de su setenta cumpleaños, tomadas el abril pasado, las que Alice había observado detenidamente en la sección «Estilo» del Times . Pies de foto. Un mensaje sobre el hijo que no aparecía (al que no habían invitado). Un recordatorio del por qué.
«No lo abras».
No lo abrió. Alice dejó de contener la respiración.
Se tragó el impulso de decirle que leyera un libro o algo por el estilo, pero en vez de eso se agachó y sacó un periódico de su bolsa. No había tenido un diario impreso en las manos desde niña, cuando les entregaban una montaña todos los días en su piso.
Con todo, pasó la mano por encima de la portada del New York Times de aquella mañana, imprimido veinticuatro horas antes y obsoleto prácticamente al instante en este mundo donde (supuestamente) no dejaban de salir ÚLTIMAS NOTICIAS a todas horas, mandadas al momento al rectángulo preferido de la gente, y luego se esfumaban.
Se convertían al instante en el pasado para dejar espacio al futuro, un cambio tan rápido que el presente desaparecía sin más.
¿Por qué lo había comprado? Alice frotó las palabras con el pulgar, manchándose con la tinta de las noticias de ayer, del antes.
El periódico de mañana sería el después.
La parte superior de la mitad de la portada estaría dedicada a la muerte de su padre, la historia más importante de la semana. O del año.
Y de un tiempo mucho más prolongado para Alice (y su terapeuta).
Releyó un titular sobre la inflación, y otro sobre los neoyorquinos sintecho. Un tercero sobre la revolución de la energía solar. Reportajes que eran más importantes que lo que pudiera decir el diario del día siguiente.
Historias que no podía leer porque en la visión periférica su compañero de asiento había girado el móvil y en la parte trasera de su reluciente superficie obsidiana, sin reflejo alguno, había una sola marca, una S plateada y serpenteante, como el ojo de un huracán.
Años atrás, cuando era joven, esa insignia acarreaba unas palabras, repetidas sin cesar en los anuncios de televisión, en la radio y en la publicidad impresa. El mundo entero las conocía.
Storm Inside™
El mundo no sabía de la misa la mitad.