Tormenta Olivia (Silver Bay 2) Epílogo 1 #2
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Epílogo 1 #2

Gabriela se cruza con Cole cuando ya se dispone a bordear el jardín que lleva a la cancela de la entrada.

—Hala, ¡cuánta gente! —exclama mi amigo, que trae una bandeja gigante en las manos—. Menos mal que he traído un montón.

—¿Y esto? —le pregunto.

Cole deposita la bandeja sobre la mesa y me pongo en pie para abrazarlo.

—Cuando le comenté a mi madre que le echarías una mano unas horas a la semana en la pastelería, para que ella pueda hacerse cargo de llevar a mi padre al médico, y yo poder volcarme en todas las gestiones para abrir mi restaurante, se puso tan contenta que te ha mandado una bandeja de muffins de todos los sabores.

—¡Ay, qué rico! —grita Brooke y aplaude y todo.

—Cole…

Me pongo una mano en la cara y niego, quedamos en que hablaría con sus padres y le contaría la verdad, que es gay y que él y yo solo somos amigos, antes de empezar a trabajar para ellos.

Él alza las manos mostrándome las palmas.

—Se lo he dicho, Oli. —Abro los ojos, sorprendida—. Todo, que soy gay y que estás colada por Jude.

—Ni que no lo supiera —suelta mi madre con la boca llena—. Lo ha sabido todo Silver Bay desde hace trece años. Locos el uno por el otro desde entonces.

Cole se ríe y asiente.

—Eso me dijo —le explica, y mi madre cabecea afirmando—. Y también que sabe que soy gay desde que tenía doce años y me quedaba mirando embobado al hijo de los Robinson, y que soy imbécil. Eso me ha dicho.

—Joder… —musito, realmente sorprendida.

—Pues al hijo de los Robinson le gustan mucho… las mariposas —suelta la abuela de Jude, sentada junto a mi madre.

Nos reímos, y Cole alza las cejas, sorprendido.

—No me digas… —murmura con una sonrisa socarrona.

—Te lo digo —sentencia la mujer guiñándole un ojo antes de volver a su café.

—Pues yo también adoro las mariposas. Y a los tíos cachas pelirrojos que tienen pinta de empotradores —le responde mi amigo con todo el descaro.

Las carcajadas estallan alrededor de la mesa.

En cuestión de unas horas, el jardín de mis padres se ha convertido en un caos absoluto.

Mia mece a Emma con un amor en la mirada que sobrecoge.

Mi hermano y Madison conversan con mis padre sobre los terrenos que hay a la venta en Silver Bay donde podrían construirse una casa.

Y Julia y Matt se disputan el último muffin de arándanos de la bandeja.

Dylan está tumbado con los ojos cerrados bajo el árbol donde Jude y yo comimos con Mia a mediodía, aparentemente durmiendo una siesta, pero lo que de verdad creo es que está luchando contra sus propios demonios.

Siento una mano cálida deslizarse por mi cintura. Jude se pega mi espalda, apoyando la barbilla sobre mi hombro. Su respiración en mi cuello me provoca cosquillas.

—¿En qué piensas? —me susurra al oído.

Sonrío sin responder, contemplando a mi gente, a mi familia, las personas que han estado ahí para sostenerme, protegerme y quererme incluso cuando menos lo merecía. Miro a mi peque, que ya no es tan peque, que se ríe por un gesto de lo más adorable que ha puesto su primita.

—En nada… —musito y reclino la cabeza hasta apoyarla en su pecho—. Solo estaba regodeándome en lo afortunada que soy.

Jude me da un beso tierno en la sien y uno sus manos a las mías en mi vientre.

—¿Sabes en qué pienso yo? —me susurra al oído.

Miedo me da, lo observo de reojo sin separarme de él—.

En que igual…, igual podríamos volver a casarnos, ¿tú qué dices?

—Abro la boca, sorprendida, y antes de que pueda decir nada, añade—: Algo sencillo, firmar en el juzgado y comer así, como hoy, aquí mismo, con nuestra pequeña familia unida.

Asiento, y cubre mi sonrisa con un beso.

—Puaj —grita Julia, mirándonos con reprobación, que, ya cansada de discutir con Matt, ha venido a sentarse junto a Mia y Sally—, eso no se hace delante de los niños —nos reprocha.

Anda que no…

Se acomoda junto a las chicas y se queda mirando a Emma.

—Qué mona es, ¿a que sí? —le pregunta a Mia—. Es monísima y adorable y preciosa. ¿Cuando sea mayor me dejarás peinarla como yo? —le pregunta esta vez a Brooke señalándose el peinado lleno de trenzas, gomas de colores y mechones verdes—. ¿Y me ayudarás a vestirla como yo?

Esta vez se señala el outfit , que, la verdad, para lo que suele llevar no está tan mal: un top blanco oversize que le llega justo por debajo del pecho sobre otro top ajustado en color verde que le cubre hasta la cintura, unas pantalones cargo acampanados en verde fosforito y una sudadera blanca, a juego con las deportivas, anudada a la cintura.

—Claro, cariño —le dice Brooke haciéndola sonreír.

—Ni muerto… —espeta Henry.

Julia le saca la lengua haciéndole una regañina, y él sigue negando.

Mía y Sally se ríen, y todos nos quedamos en silencio contemplando a las cuatro niñas juntas.

—Oye, Julia… —dice Mia y carraspea—. ¿Qué se siente… al tener un hermano?

Me atraganto con mi propia saliva y empiezo a toser, y Jude se tapa la boca con una mano, riéndose.

—Puf, es un rollazo que te cagas.

Sally suelta una risilla, y Mia no responde a su pulla, solo se queda ahí, mirando a la pequeña con adoración.

—¡Julia! ¡Te he oído! —grita Dylan, que, como ya sabíamos todos, no está dormido.

Julia hace regañinas.

—Perdón, papi.

—Rollazo tú, enana, que eres insoportable —le reprocha Matt.

Julia lo mira con odio.

—¿Ves? ¿Ves lo que te digo? —dice señalando a su hermano, que está dándole toques al balón a ver cuántas veces es capaz de hacerlo sin que se le caiga.

Lleva así un buen rato, se le da bien—. Sin embargo, tener una hermana sería diferente, ¿verdad?

—le pregunta a Mia con toda su inocencia, mirando soñadora a Emma—.

Porque tú eres enrollada y nos llevamos genial, nunca discutimos.

—Es verdad. —Mia sonríe ampliamente.

—Salvo cuando le dijiste a Sally que yo no sabía hacer trenzas, ¿a quién se le ocurre? Si soy la mejor peluquera de Silver Bay. —Sally ríe y mira a su madre, que le guiña un ojo, Mia sonríe y le coge la mano a Julia—. Me gustaría tener una hermana mayor como tú —sentencia la pequeña.

—Gracias, Julia… A mí…, a mí también me gustaría tener una hermanita como tú. —¿Qué?—. O un hermanito. —¿Que qué?—. O un bebé como Emma, tan bonita…

—Oooooohhhhh —se oye un murmullo generalizado.

—Madre mía… —suspiro—. Esta sale a ti, ¿eh? —le reprocho a Jude, dándole un ligero codazo—. Entre el padre y la cría mejor huyo a Iowa con Gabriela —bromeo.

Jude se ríe y me susurra al oído.

—¿Cómo ves lo de cambiar pañales mientras estudias? —me pregunta.

—¿Complicado?

No sé para qué pregunta, es exactamente lo que pasó cuando tuvimos a Mia, y él estuvo ahí todo el tiempo.

—Bah, de complicado nada, yo te ayudo —suelta mi madre metiéndose en nuestra conversación.

—Ay, madre —musito y niego riéndome.

—Yo también te ayudo —dice mi padre.

—Mi madre estaría encantada de tener un bebé correteando por la panadería —interviene Cole.

—Panda de cotillas entrometidos —dice Brooke—. Para eso está la tía Brooke, ¿verdad, Emma? —le pregunta al bebé, que sigue en brazos de Mia y se ha quedado dormida.

Y me guiña un ojo.

Durante años creí que la tormenta se había llevado todo a su paso, pero, mientras contemplo el atardecer teñir el cielo de Silver Bay rodeada de las personas a las que más quiero, me doy cuenta de que no era verdad.

La tormenta no vino a destruirme, solo estaba limpiando el camino para traerme justamente hasta aquí. Hasta este momento. Hasta mi hogar.