Tormenta Olivia (Silver Bay 2) Epílogo 1
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Epílogo 1

Olivia

Unas semanas más tarde.

—Papá, mamá, ¡mirad, mirad esto! —el grito de Mia llega cargado de emoción.

Jude abre un ojo, sin mover la cabeza de mi regazo, y yo me inclino un poco hacia delante para verla mejor. Mia va a lomos de Kira, totalmente erguida y con las riendas bien sujetas. Ha estado practicando mucho este verano y se nota.

—A ver qué nos tienes preparado, ratoncita.

Mia ajusta la postura y presiona suavemente con el talón exterior, haciendo que Kira acelere.

En lugar de limitarse a dar la vuelta a la pista, como siempre, se lanza en diagonal, decidida, y a mitad del recorrido le marca a la yegua el cambio de ritmo.

Kira obedece al instante, y juntas encaran el pequeño salto de madera que hay montado al fondo.

La yegua se recoge, se impulsa y vuela por encima del obstáculo con una elegancia espectacular. Al caer, sigue avanzando sin perder la cadencia, y Mia acompaña el movimiento con una gran sonrisa.

—¡Tachán! —grita mi pequeña y frena a Kira, premiándola con una caricia en el cuello—. ¡Sin tocar la madera! ¿Lo habéis visto?

Suelto una risilla llena de orgullo y aplaudo.

—¡Ese salto ha sido increíble! —grita Jude.

—Ha sido maravilloso, cariño —reconozco.

Cierro los ojos y aspiro el aroma a pino y hierba cortada, el verano va llegando a su fin y las temperaturas han bajado bastante, pero hoy el día nos ha dado una tregua y, en cuanto hemos visto el sol brillando en lo alto del cielo, hemos preparado un pícnic para comer los tres en la zona verde junto a la cuadra de mis padres, para que Mia pueda aprovechar los últimos días de vacaciones antes de volver a la escuela como más le gusta: junto a Kira.

Jude tiene la cabeza recostada sobre mi muslo, con los ojos entornados y una mano descansando sobre mi rodilla mientras yo trazo caricias perezosas en su pelo.

—Se le da bien, ¿eh? —musita Jude, alzando la vista para buscar mis ojos—. Menuda jinete está hecha.

—Sí —suspiro—. Adora a Kira, adora montar.

Viene de familia —reconozco, porque en casa, para Chris y para mí, este era nuestro lugar favorito del mundo.

No pocas veces mis padres nos observaron desde donde mismo estamos Jude y yo ahora—.

Pero la cabezonería de no bajarse de la yegua hasta que le sale perfecto es toda tuya, ¿eh?

Jude suelta una risilla.

Escuchamos pasos y me giro para ver cómo mi madre se acerca cargada con una bandeja, y mi padre, una jarra y una montaña de vasos.

—¡Llegan los refuerzos! —grita mi madre—. ¿Un café?

—¡Por favor! —ruego.

Jude se incorpora, y nos levantamos para dirigirnos a la mesa y las sillas que están a unos metros, donde mi padre ya está sirviendo limonada en un vaso.

—Ven a hidratarte, peque —le grita a la niña.

—¡Abuelo! Te has perdido mi salto —lo regaña.

Se baja de la yegua y la deja dando vueltas a su aire en la pista, corre hacia nosotros y salta la valla en lugar de abrir la cancela.

—No importa, porque ya he disfrutado de los cien anteriores que has dado hasta que aprendiste a hacerlo.

—Pero nunca me ha salido tan perfecto.

Mia sonríe y se abraza a su abuelo. Toma el vaso de cristal y se bebe la mitad de un trago.

—Anda, ve a lavarte las manos, te he traído tus galletas favoritas —le dice mi madre, y Mia corre hacia la casa.

»¿Habéis disfrutado de la tranquilidad del día? —me pregunta esta vez a mí. Cabeceo afirmando mientras me llevo la taza a los labios—. Bien, me alegro, porque ya se ha acabado.

No ha terminado de decir la frase y ya se oye una voz que viene desde la entrada de la casa.

—¡Yujuuuuu! ¡Ya estamos aquíííí! —grita Madison, que ni siquiera espera a que le demos paso, y corre hacia nosotras.

Mia, que la ha oído llegar, sale corriendo de la casa y se abalanza a abrazarla.

—¡Madi! Pensé que te marchabas esta mañana.

Madison la estrecha entre sus brazos y cierra los ojos disfrutándolo. Sonrío, porque sé que se quieren tanto como si fueran hermanas.

—Lo hemos pospuesto a mañana, todavía nos quedan unos días antes de que empiecen las clases y cada vez me cuesta más marcharme.

Chris se acerca por detrás y se une al abrazo.

—¡Sándwich de Mia! —grita, y mi hija se carcajea.

Luego le pasa la mano por la barbilla a Madison y le da un beso en la mejilla.

—Ya es nuestro último curso —dice ilusionado.

A Madison le brillan los ojos y las mejillas se le tiñen de rojo.

—Ehmm…, sí, y hablando de eso… —Alza la mano y nos enseña el anillo que lleva en el dedo—.

Nos hemos prometido, en cuanto acabe el curso, a finales de mayo, nos casamos.

—Varios gritillos se unen al mío—. Lo hemos pensado mucho y vamos a trabajar en la clínica veterinaria de Silver Bay, al señor Harris no le queda mucho para jubilarse y lleva tiempo insistiéndonos en que deberíamos coger el relevo.

Me levanto de un salto para ir a abrazarla. Mis padres no tardan en unirse y terminamos los cinco anclados en un abrazo gigante. Jude, con una sonrisa enorme, espera con paciencia su turno, y le da las felicidades a ambos y un abrazo a cada uno en cuanto le dejamos hueco.

—¡Pues cuando sea mayor voy a trabajar con vosotros! —exclama Mia, claro que sí, nada de preguntar.

—Haremos un equipazo, enana.

Madison alza la mano y choca los cinco con la niña.

—¡No me puedo creer que ya lo hayas contado sin esperar a que yo llegase! —grita Brooke, que se acerca con Emma en el portabebés, una mano apoyada en su espaldita y la otra en jarras.

—Pero ¡si fuiste la primera en enterarte! —protesta Madison poniendo los ojos en blanco.

—La segunda, primero se lo dijiste a tu hermano. Ya te vale…

Madison suelta una carcajada y niega.

—¿Puedo coger a Emma?, ¿puedo?, ¿puedo? —le pregunta Mia.

—Claro que sí, amor, ¿no ves cómo te sonríe? Está loca por su prima.

Mia sonríe radiante, creo que hoy no podría ser más feliz. Jude y yo nos miramos y nos cogemos de la mano.

Poco a poco van llegando todos nuestros amigos y familia, incluida la loca de Gabriela, que dentro de un par de horas vuelve a Iowa, ya que mañana regresan sus hijos de España, donde han pasado las vacaciones de verano.

—¿Cómo es que te han dado tantas vacaciones en el trabajo? —pregunta Jude, ya que Gabriela lleva más de un mes en Silver Bay y no parece tener ganas de irse, aunque a mí me da que algo tiene que ver el morenazo con el que, de cuando en cuando, se mira a los ojos.

—Me he quedado sin trabajo —suspira y se encoge de hombros—. Mis jefes han vendido la empresa, y los nuevos dueños traen a su propia plantilla.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —le pregunta mi madre.

Ella suspira una vez más, y a ninguno se nos escapa el vistazo de reojo que le echa a Dylan.

—No sé. Volver a casa. Abrazar un montón a mis hijos, mira que dan por saco los cuatro, ¿eh?

, pero cómo los he echado de menos. Me han dado una buena indemnización y durante los próximos meses cobraré la prestación por desempleo.

Tengo tiempo para pensar qué hacer, buscar un nuevo trabajo o… o lo que sea.

Eliza, que está sentada en el césped, justo frente a las niñas, con la espalda apoyada en el torso de Carter mientras él la abraza por la cintura, mira a Gabriela y le sonríe con cariño, han hecho buenas migas durante el tiempo que Brooke ha estado de baja por maternidad, pues Gabriela le ha echado una mano en la librería y, para sorpresa de nadie, se han hecho amigas.

Eliza parece como esa pieza de puzle extraviada que de pronto encuentras en un rincón perdido bajo algún mueble y hace que todo encaje y que por fin la imagen esté completa.

Debo reconocer que, aunque al principio me mataban los celos y verla era como sentir una mosca cojonera dando por saco, he aprendido a gestionarlo y, desde que me enteré de que está colada por Carter, ya no tengo ganas de convertirla en pienso de tiburón ni nada de eso.

—Yo me sé de alguien que necesita una persona que le lleve las cuentas del restaurante que está pensando en montar —suelto, como quien no quiere la cosa.

—¿En Iowa? —pregunta Brooke, extrañada.

—No, en Silver Bay. ¿O vamos a fingir todos que aquí no saltan chispas entre estos dos? —digo sin cortarme un pelo.

Dylan frunce el ceño, mosqueado. Se levanta, coge el balón a sus pies y se acerca a Julia y Matt.

—¿Nos echamos un partido, chicos?

Alzo las cejas, sorprendida, y Gabriela lo observa con un anhelo que, si no fuera por lo chiflada que está, me daría pena. Bueno, no, me da pena igual, porque sé lo que es querer a alguien y que haya obstáculos que se interpongan en tu camino.

—Ups, creo que has dado con el dedo en la llaga —musita Jude.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Brooke.

Gabriela sonríe triste, le aprieta la mano a Eliza, que ha entrelazado los dedos con los suyos, y se pone de pie.

—Bueno, yo solo quería pasar a despedirme, mi autobús sale en un rato. Mañana a primera hora recojo a mis pequeños.

—Gabi… —musita Brooke—. Te voy a echar muchísimo de menos. —Se levanta y se lanza a los brazos de su amiga—. ¿Con quién voy a cantar ahora como una loca cada canción, nos conozcamos o no la letra?

Gabriela sonríe triste.

—Tienes a una buena amiga aquí —le dice señalándome con la cabeza.

—A mí no me mires, he eliminado el tequila de mi vida. Sin tequila no hay karaoke.

—Aburrida —masculla la otra sin siquiera mirarme, y yo me encojo de hombros.

Gabriela se acerca a mí y, sin esperármelo, se lanza a abrazarme.

—Eres una buena tía —me susurra—. Te quieres hacer la dura, pero yo sé que no lo eres. Debajo de esa fachada de músculos hay un trocito de pan.

—Bah, no es para tanto —me río.

—Cuídamela —musita, y yo solo asiento.

—¿Te esperamos el próximo verano? —le pregunta mi madre, abrazándola, como si la conociera de toda la vida—. Tengo habitaciones de sobra en esta casa, puedes venirte con los peques cuando quieras.

—Uy, lo que ha dicho —suelta Henry—, cómo se nota que no conoces a… —Gabriela se gira hacia él con el ceño fruncido—. A esos angelitos, no los conoces, más buenos los cuatro…

Todos nos reímos, y Gabriela se acerca a Julia y Matt, los achucha y luego, aunque parece que Dylan se resiste un poco, también lo abraza a él.