43 Nunca
Jude
Olivia tiembla de arriba abajo y me encantaría cogerla en brazos y llevarla hasta la cama, pero las quemaduras me lo impiden, así que me conformo con tirar de su mano.
—¿Vamos a la ducha? —inquiere con la voz entrecortada y suelta un gran bostezo.
Pobre ilusa, si se piensa que la voy a dejar descansar, la lleva clara.
La miro por encima del hombro.
—¿Ya quieres limpiártelo? —pregunto haciendo referencia a mi semen. Sonríe ladina y niega—. Bien, buena chica.
Llegamos a mi dormitorio y la giro de espaldas para desabrocharle el corpiño, no te creas que no he estudiado durante toda la noche cómo desnudarla.
—Está la cortina abierta, voy a… —musita.
La sujeto cuando da un paso alejándose de mí.
—De eso nada. Me importa una mierda —espeto.
—¡Jude! —protesta—. ¡Puede vernos cualquier vecino o incluso Eliza, si sale de la librería y mira hacia arriba!
—Pues que disfruten del espectáculo.
—Y luego la descarada soy yo —protesta indignada.
Alargo una mano para pellizcarle un pezón, que me espera duro como una piedra.
—¿A quién quieres engañar, Olivia? —pronuncio su nombre deleitándome en cada sílaba, como sé que le encanta que lo haga—. A mi pequeña descarada le encanta exhibirse, ¿eh? Apuesto a que se te ha contraído ese coñito de diosa que tienes.
—Calla, imbécil. —Me da un tortazo en la mano, y suelto una risilla.
La empujo con suavidad acercándola más a la ventana.
—Jude… —protesta, pero la ignoro.
Se resiste un poco, no te creas que mucho, sin embargo, tengo más fuerza que ella y no paro hasta que se ve obligada a apoyar las manos en los cristales de la ventana para no comérsela.
La inmovilizo con las piernas y miro su reflejo, los ojos velados de deseo, los labios entreabiertos y la respiración acelerada.
Cuando nuestras miradas se encuentran en el reflejo, traga saliva. Las caderas se le mueven ligeramente, un gesto involuntario que la delata. Me noto los testículos duros y la polla me da un tirón de anticipación.
Aunque intenta mantener una expresión desafiante, la forma en que arquea la espalda y se estremece bajo mis caricias me confirma que está tan perdida como yo.
Le beso el cuello, arrancándole un gemido, mientras voy desabrochando uno a uno los botones de la falda.
Lo cierto es que no es muy tarde y no es que la calle esté concurrida, pero alguna persona se ve paseando.
Si bien es cierto que, como mi casa no está a ras de suelo, sino encima de la librería, es más difícil que nos pillen, aun así, no me importaría que lo hicieran.
Quiero que todos estos jodidos cotillas que viven en Silver Bay sepan que Olivia es mía.
Noto que se tensa cuando la señora Robinson pasa por la calle con su rottweiler al que no para de hablarle. Cierra los ojos y niego chistando.
—De eso nada. Abre los ojos y mírame a través del reflejo.
—Ay, Jude… —jadea en protesta.
La falda cae al suelo, la observo de arriba abajo, completamente desnuda para mí.
—Mmm…, qué tetas más deliciosas. —Las observo a través del reflejo mientras noto que la boca se me hace agua—. Chao, señora Robinson —digo alzando la mano a modo de saludo.
El gesto de Olivia muta a uno horrorizado cuando intenta taparse y la inmovilizo contra la ventana. Me da un golpe en el brazo al darse cuenta de que estaba bromeando y que no nos ha visto. Al menos me ha dado en el brazo sano, aunque creo que ha sido pura potra.
—¡Serás imbécil! Joder, idiota.
Suelto una carcajada.
—Era para romper un poco la tensión del momento. Pórtate bien y no te muevas, ¿vale? Y deja de hacerte la mojigata conmigo, que nos conocemos y apuesto a que estás empapada.
Y, antes de que cabecee afirmando, ya me he separado unos centímetros de ella para poder acariciarle una nalga. Y ahora sí, dejo de torturarla y la giro hacia mí antes de besarla.
¿Veis ese culo, apreciados vecinos? Pues es mío. Mí-o.
—Me encantaría empotrarte contra esta ventana —gruño cuando hago el amago y un tirón de dolor en las quemaduras me frena—. Otro día —prometo, y ella asiente.
Me ayuda a deshacerme de la camisa, que es lo único que me queda puesto, con todo el cuidado del mundo, y nos tumbamos en la cama.
Me deleito en sus besos mientras recorro su cuerpo con caricias lentas, disfrutando de cada suspiro, cada gemido y cada respiración entrecortada que le arranco.
Si de algo me han servido estos doce años de sexo «sin compromiso» ha sido para aprendérmela al dedillo y sé exactamente dónde, cómo y cuándo tocar. Me declaro experto en Olivia.
Esta vez es ella la que me monta, despacio, marcando el ritmo y buscando su propio placer.
Yo simplemente la contemplo obnubilado por su belleza.
El cabello rubio, que hace un par de horas lucía un peinado perfecto, se le desparrama ahora por los hombros y sobre los pechos, tan rebelde como lo es ella.
El rojo que antes cubría sus labios se ha emborronado, aunque están más hermosos que nunca tan hinchados por nuestros besos.
Las tetas, llenas y turgentes, se mueven con cada balanceo, y sus uñas rojas arañándome el pecho me ponen cachondísimo.
Y no tengo dudas de que soy el tío más afortunado del mundo.
Abro la boca, absorto en la forma en que su cuerpo se arquea al correrse, lo cual parece durar horas. Por mí podría prolongarse toda la vida, no quiero estar en otro sitio que no sea aquí, a su merced.
Una vez noto que las contracciones de su sexo comienzan a remitir, le sujeto la cadera con la mano sana, decidido a embestirla hasta perder la razón, sin embargo, para mi total desconsuelo, se baja de mis caderas.
Estoy a punto de protestar, pero no me da tiempo, porque me quedo petrificado cuando veo cómo, arrodillada entre mis piernas en una postura de lo más sexi, acerca la boca a mi polla y me devora entero.
—Joder —jadeo—. Jo-der. Jo-der.
Tengo la polla tan dura que me duele.
Enredo los dedos en su pelo y le follo la boca hasta notar el fondo de su garganta.
—Olivia… —suelto con la respiración entrecortada—. Voy a…
No puedo acabar la frase, me clava las uñas en los muslos y se la mete más adentro aún hasta que me derramo por entero en su garganta y noto cómo traga.
Se separa y, al ver cómo se pasa la lengua por los labios, saboreando, gimo de nuevo. Estoy tan agotado que no puedo ni moverme, ella simplemente se encarama a mí de nuevo, con las piernas y los brazos a ambos lados de mi cuerpo y apoya la cabeza en mi pecho, y así nos quedamos dormidos.
Pasamos la noche durmiendo a ratos, despertándonos el uno al otro tras alguna cabezada, besándonos durante horas, acariciando cada rincón de nuestra piel y entregándonos sin medida porque este…, este es el primer día del resto de nuestra vida juntos y lo tenemos que celebrar como mejor sabemos.
Para cuando abro los ojos otra vez, el sol entra a raudales por la ventana, cuyas cortinas siguen descorridas.
Olivia ni se entera, está boca abajo, en una postura de lo más imposible, con el pelo extendido sobre la almohada en todas direcciones, la boca abierta y profundamente dormida. Preciosa. Joder, es preciosa.
Sonrío y me levanto de la cama. Paso por el cuarto de baño, pues necesito una ducha, y tras ponerme unos boxers , me encamino a la cocina para preparar café.
En cuanto el aroma a café lo inunda todo, escucho el ruido de la ducha y, para cuando Olivia aparece, vestida con una de mis camisetas, el cabello mojado, los ojos somnolientos y descalza, sonrío de pura felicidad.
—Buenos días —dice arrastrando las palabras.
—Buenos días —le contesto y le tiendo una taza de café que acabo de servirle—. ¿Cómo estás?
—Mmmm…, gracias —dice y envuelve la taza con ambas manos y se la lleva a los labios para tomar un sorbo—. Estoy bien. Cansada, dolorida y tengo hambre —me cuenta—. Pero feliz —añade mirándome a los ojos.
La atraigo hasta mí despacio y aparta la taza para que pueda besarla. Sus labios saben a café, dulces y calientes, y la beso sin prisa.
—Yo también, Olivia. —Me aparto para apoyar mi frente en la suya tan solo unos instantes, recreándome en esta sensación de plenitud que me embarga por completo—.
Bueno, y un poco dolorido, tendría que hacerme las curas en las quemaduras — musito, porque anoche estaba tan concentrado en otras cosas que lo olvidé por completo.
—Y no cargarme más al hombro —me regaña.
—Bah, mereció la pena.
Me río y vuelvo a besarla. Sabe a alivio y a esperanza.
No quiero que este momento termine, no quiero separarme de ella, no quiero dejarla ir. No quiero que se vaya a su casa y me deje solo nunca más, pero… soy consciente de que es demasiado pronto, no quiero presionarla.
—Jude… —musita, apartándose para mirarme a los ojos.
Se recoge el pelo detrás de la oreja, en un gesto que sé perfectamente que hace cuando se pone nerviosa, y yo me tenso. «Que no diga que esto es un error, por favor, que no diga que esto es un error porque entonces me moriré aquí mismo», suplico.
—¿Qué pasa, Olivia? —pregunto intentando sonar tranquilo.
—No quiero irme a casa.
El corazón se me salta un latido. Se me corta la respiración. Y, cuando soy consciente de que me ha leído el pensamiento y estamos en sintonía, sonrío.
—No te vayas, Olivia —le contesto, sin que parezca la súplica que en realidad es, sujetándole una mano.
—No me refiero a solo hoy, yo…
—Nunca, Olivia… —digo tajante—. Yo… no quiero que te marches, no quiero dormir lejos de ti nunca más, no quiero despertarme y que no estés hecha un desastre a mi lado, en la postura más imposible del planeta.
No quiero contar las horas hasta que nos veamos otra vez ni volver a inventar excusas para acercarme a ti.
—Jude… —musita, como si no fuera capaz de verbalizar una frase completa.
—Olivia, quiero teneros conmigo aquí o en tu casa, donde sea, pero juntos. Los tres. Tú, Mia y yo, como la familia que somos.
Sonríe, sonríe de verdad, con hoyuelos incluidos, y un calor se me extiende por el pecho.
—No quiero perder más el tiempo, Jude —añade ella—. No quiero tener más miedo. Durante demasiado tiempo he dejado que todos mis temores decidieran por mí. Quiero vivir sin todas esas restricciones que yo misma me impuse y quiero amarte como te amo sin temor a perderte.
Entrelaza sus dedos con los míos.
—Entiendo tus miedos, entiendo por qué me alejaste de ti entonces, lo entiendo de verdad, Oli.
Pero necesito que comprendas que esto no tiene nada que ver con obligación, con la culpa ni la comodidad.
Te amo. Te amé desde el principio, aunque estuviera tan asustado que no era capaz de verlo.
Y te sigo amando hoy, aunque lleve doce años intentando sobrevivir a una tormenta en la que casi me ahogo, y resulta que el único refugio en el que quiero resguardarme siempre fuiste tú.
Durante doce años, desde que nació Mia y Olivia y yo nos separamos, he imaginado este momento en cientos de formas diferentes.
Sin embargo, nunca pensé que sería así, sin grandes gestos, sin forzar la situación, solo ella y yo siendo sinceros el uno con el otro, abriéndonos en canal y poniendo todas las cartas sobre la mesa.
—No voy a prometerte que será perfecto —musita—, ni tampoco que nunca volveré a tener miedo. Lo que sí puedo prometerte es que no voy a volver a usarlo para echarte de mi vida. No volveré a decidir por los dos.
La felicidad me atraviesa el pecho con la fuerza de un tornado.
—Yo quiero todo eso también —le confieso y asiento—.
Quiero que vivamos juntos, que sigamos aprendiendo juntos, que hagas todo eso que te has propuesto, que sigas adelante con todo eso que me contaste anoche: estudiar lo que tanta ilusión te hace, cambiar de profesión…
, todo. Haz todo lo que quieras, Olivia, y yo estaré a tu lado para recordarte que, aunque dé miedo, vale la pena intentarlo —le explico, y ella asiente, con los ojos anegados en lágrimas.
Y no quiero, joder, no quiero hacerla llorar.
»Y también… —improviso, desviando la mirada hacia sus labios—, también quiero desayunarte cada mañana —añado notando cómo la boca se me hace agua—. Y perdona que sea tan exigente, mi pequeña descarada, pero es que me estoy muriendo de hambre. ¿Me haces el favor de subirte a la barra?