Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 42 Tuyo
93%

42 Tuyo

Olivia

No quiero que Jude note las ganas que tengo de llegar ya a su casa, pero hemos venido hasta aquí a paso de tortuga y, aunque el paseo ha sido muy agradable, mi cuerpo me está pidiendo a gritos que dejemos la cháchara para más tarde, así que, una vez abrimos el portal y comenzamos a subir las escaleras, entrelazo los dedos de mi mano con la suya y tiro de él para que se dé prisa.

Pretendía ignorar todas las risillas que está soltando para ir directa al grano, pero me puede la curiosidad de qué es lo que le hace tanta gracia.

Entramos en casa y cierro la puerta. Lo empujo hasta apoyarlo contra la madera.

—¿De qué te ríes? —pregunto entrecerrando los ojos.

Me mira unos segundos, como sopesando si contármelo o no, mordiéndose la sonrisa, y finalmente me lo explica.

—Estaba pensando en que me he quedado con hambre y que me muero por comerte.

No ha terminado de pronunciar esa frase, y ya me noto empapada.

Bueno, para ser sincera, llevo empapada toda la noche porque Jude ha evitado tocarme otra cosa que no fueran las manos o el cabello durante prácticamente toda la cena, y yo solo me lo imaginaba colando la mano por debajo de la mesa y por dentro de mi falda, y entonces hubiera descubierto que esta noche he decidido prescindir de la ropa interior.

Pero no, ya ves. Aún sigue sin enterarse. Y sin tocarme. Y yo estoy que ardo.

—Mmmm, buena idea, me gusta cómo piensas —musito.

—Y luego me ha venido a la cabeza tu explicación de cómo te gustaba que te lo hiciera.

—¿Qué? —pronuncio, apartándome un poco de él, y el calor me sube por las mejillas y las orejas.

—¿Cómo era? —pregunta poniéndose un dedo en la barbilla, pensativo.

—Ay, Dios, calla.

Intento taparle la boca, pero es más alto que yo y más rápido. Se aparta, poniéndose ambas manos a los lados de la cara, y hace un movimiento de lo más obsceno con la lengua.

—¡Jude! —protesto. Se parte, el tío se parte de risa—. Voy a matar a Cole, esto es culpa suya. Le dije que el tequila no era buena opción y me obligó.

Me tapo la cara con las manos, avergonzada. No soy yo el sumun de la timidez, pero, a ver, entiéndeme, que me imite así, burlándose de mi momento más ridículo, pues da corte.

Jude sigue riendo y me aparta las manos.

—Bueno… —Carraspea, recuperando la compostura—. ¿Qué te parece si comprobamos que lo entendí bien? Soy un alumno aplicado, profesora Hartley, y me gusta sacar sobresalientes.

—Calla, imbécil. —Le doy un tortazo en el brazo—. No has sacado un sobresaliente en tu vida.

Vuelve a reír y tira de mí con la mano sana, me acerco con cuidado para no tocar sus heridas.

Y, cuando la risa pasa a ser una sonrisa de lo más sexi, noto lo dilatadas que tiene las pupilas y lo dura que tiene la polla, trago con fuerza.

Jude me besa. Ardo en deseos de pasarle los brazos por el cuello y subirme a él de un salto, encaramándome a sus caderas, pero la quemadura está ahí y sé que no es buena idea.

Mi pecho sube y baja por culpa de la respiración acelerada, y Jude desvía la vista hacia mis tetas, apenas cubiertas por el encaje transparente. Tengo los pezones tan duros que el simple roce del calado del top sobre ellos me provoca ramalazos de placer que viajan directos a mi sexo.

Se pasa la lengua por los labios, arrancándome un gemido de anticipación. Y se acerca para meterse un pezón en la boca sin siquiera apartar la tela, y ya te digo yo que con este corpiño no es necesario. Noto su calor, su saliva caliente, la presión de sus dientes. Todo. Lo noto todo.

Jadeo.

—Jude —es una súplica.

No sé qué hacer, cómo ponerme, qué tocar y qué no, porque no quiero hacerle daño, pero lo necesito ya. El hecho de sentirme inmóvil ante él me enciende más aún.

—Shssss —musita.

Se aparta antes de separar los labios del pezón y lo pellizca con los dedos, buscando el otro con la boca.

Por un momento pienso que sería capaz de correrme solo con esto.

Vuelve a separarse de mí, y sus ojos son puro fuego, negros como el ónice, invadidos por el deseo. Me coge de la mano y tira de mí hasta llegar a la barra de la cocina, aparta los taburetes con un pie, haciendo que uno caiga, armando un estruendo del demonio al que ninguno le prestamos atención.

—¿Puedes subir? —me pregunta, y yo asiento y trago con fuerza. Acerco las manos a la cremallera de la falda para desnudarme antes, y él niega—. No me quitarás el placer de desenvolverte como si fueras un regalo, ¿verdad?

Suelto una risilla y pongo los ojos en blanco, y solo con esas palabras ya sé que se lo va a tomar con calma, aunque yo me muero de ganas de que me gire, se baje los pantalones y me folle contra la barra tan fuerte que se me quede marcada en la piel.

Sin embargo, le concedo lo que me pide. Me subo sobre la barra al mismo tiempo que me muerdo el labio inferior.

Me desliza la mano por la pantorrilla izquierda, hasta llegar al zapato, que me quita con un movimiento suave y lento. Gimo. Joder, si ya estoy así solo por quitarme un zapato, no voy a aguantar una mierda. Sonríe canalla, leyéndome el pensamiento, y me quita el otro zapato.

—Súbete un poco la falda y coloca los pies arriba.

Hago lo que me pide y ahora soy yo la que sonríe ladina. Me apunto un tanto al ver su gesto de sorpresa por mi falta de ropa interior.

—Descarada. Jodida descarada. Ábrete bien para mí —me ordena, y yo abro las piernas todo lo que puedo—. Joder, estás empapada. Ese coñito sexi está empapado, y yo…, yo estoy herido —musita con un mohín.

Levanta uno de los taburetes del suelo, se sienta sobre él y regula la altura, hasta que su cara queda justo frente a mi coño.

—La mejor inversión del mundo —musita, refiriéndose a los carísimos taburetes con regulador de altura que se empeñó en comprar para poder subir o bajar a su antojo.

En su momento no lo vi una inversión útil y lo llamé zoquete, ya ves… Ya me disculparé con él en otro momento.

Me estoy mordiendo tan fuerte el labio para contener las ganas de exigirle que se deje de tonterías y me folle de una vez que me empieza a doler. Para cuando lo suelto, lo noto hinchado.

—Jude, por favor… —le ruego, porque sé que le encanta, y a mí me encanta esa puta sonrisa insolente.

Si llevara bragas, ya hubieran ardido.

—¿No te da pena de mí? Estoy lisiado, Olivia —paladea cada una de las letras de mi nombre como sabe que me encanta que haga. En la escuela Jude nunca fue un alumno sobresaliente, pero en el sexo, joder, en el sexo no baja de matrícula de honor—. ¿Me ayudarías un poco?

Todo en él me enciende: que me mire como si fuera el pastel más delicioso del mundo; que se deleite en cada beso, en cada caricia y en cada puto gemido que me arranca; que sepa exactamente cómo deshacerme en segundos, pero que sea capaz de torturarme durante horas manteniéndome al límite, alargando el deseo hasta que me duela incluso respirar.

No tengo ni una puñetera duda de que Jude está hecho a mi medida. Conoce mi cuerpo y es experto en atravesar mis defensas hasta dejarme completamente expuesta a él.

—Olivia…—repite acercándose aún más, porque me he quedado paralizada—. ¿Me ayudas?

—¿Qué? —musito con la vista nublada, porque lo ha preguntado tan cerca de mi sexo que el vaho de su aliento me ha acariciado justo en el punto exacto que necesitaba.

Gimo, moviendo las caderas.

—Quiero ver cómo te das placer. Llevo toda la noche pensando en cómo se verían esas uñas rojas sobre tu coño mojado.

De nuevo, me dejo llevar por sus deseos y coloco una mano sobre mi sexo. Me acaricio el clítoris en círculos lentos al mismo tiempo que balanceo las caderas.

—Bien. Muy bien, mi pequeña descarada. Ahora fóllate con un dedo.

Qué mandón está hoy, ¿eh?, protestaría, pero en realidad me pone cantidad. Le hago caso y deslizo un dedo dentro mí.

—Aaahhh —jadeo notando la presión de mi coño.

—Mmmm…, delicioso.

Mi dedo entra y sale, pero necesito más: más grosor, más profundidad, más contacto. Lo necesito a él.

—Jude… —le suplico.

—Un poco más, lo estás haciendo muy bien.

Ahora otro. Otro dedo, Olivia. —Esta vez el dedo corazón y el anular entran juntos y noto cómo las paredes de mi sexo los aprisionan—.

Déjalos ahí, entrando y saliendo despacio, ¿vale?

—Asiento y hago un esfuerzo por no cerrar los ojos y ver cómo acerca aún más el taburete, aferra la mano sana a mi culo y tira de mí acercándome a él—.

¿Qué es lo que quieres, Olivia? —me pregunta.

Pestañeo rápido un par de veces, ¿en serio?, ¿no se ha dado cuenta aún? Debo de ser muy mala exteriorizando mis sentimientos o él se ha convertido en un gran torturador.

—Jude, cómeme, joder. Cómeme ya.

Sonríe satisfecho y, en cuanto me lame el clítoris, noto que estoy a punto de correrme.

—Mmmm… —jadea—. Deliciosa, quiero cenar esto todos los días de mi vida.

«¡Oído cocina! —quiero chillar—, ¿dónde hay que firmar?», pero soy incapaz de bromear ahora mismo.

Chupa y succiona con fuerza, y me corro de la forma más bestia que recuerdo haberme corrido nunca.

Jude me aprieta cuanto puede para que me esté quieta y no aparta la boca de mi coño, alargando los ramalazos de placer, hasta que se asegura de bebérselo todo.

—Ni se te ocurra moverte —me ordena en cuanto ve que hago el amago de bajar los pies.

El corazón me bombea con fuerza, me falta oxígeno en los pulmones y no me salen las palabras para rogarle que espere un segundo, que necesito recuperarme.

Al menos eso piensa mi cabeza, porque mi sexo, en cuanto ve cómo se levanta del taburete, saca un preservativo del bolsillo trasero y se desabrocha los pantalones, dejándolos caer al suelo junto con los boxers , se contrae muy fuerte.

Un cosquilleo de desesperación me recorre de arriba abajo.

Su polla gigante se envara frente a mí, y se me hace la boca agua. Necesito comérmela, necesito tragármela hasta el fondo de la garganta, pero Jude niega y chista.

—Schss…, quieta ahí —me repite.

Ver cómo se pone el condón es un puto espectáculo con el que podría correrme de nuevo.

Se acerca a mi sexo.

—¿Qué quieres, Olivia? —No soy capaz de hablar, cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás—. Oli, mírame. —Le hago caso y clavo la vista en él—. ¿Qué quieres? —me pregunta con la polla a un milímetro de mi coño.

Me pregunto qué haría si no le contestase, pero hoy no vamos a comprobarlo, porque moriré si no me penetra de una vez.

—Fóllame, Jude.

—Qué boca más sucia tienes, descarada.

Y entra de una estocada, haciéndome gritar.

Duele. Es gigante.

—Aaah… —grito—. No puedo, no…

—Schsss…, claro que puedes.

Sale del todo y vuelve a colocarse en mi entrada. Trago con fuerza, y empuja hasta el fondo. Todo mi cuerpo se tensa. Repite. Los dedos de los pies se me curvan. Repite. Y ya estoy jadeando desesperada.

—Acaríciate, Oli.

Me llevo un dedo al clítoris y lo muevo en círculos mientras él sale despacio y entra como un bestia. Mis gritos en forma de jadeos se pierden entre sus gruñidos y los golpes de nuestra piel al chocar.

—Eso es, descarada, eso es…

Mi sexo convulsiona apretándole la polla y noto cómo un líquido caliente chorrea de mi coño empapándole la pelvis.

—Oh, joder, joder, joder —jadea.

Me aprieta una nalga tan fuerte que sé que se me van a quedar los dedos marcados. Bien, mañana iré a tatuármelos. Y se balancea como un loco, dentro y fuera, dentro y fuera, hasta que noto cómo se estremece dentro de mí.

Y me pregunto por qué coño le he dejado ponerse un condón, si llevo un DIU y me muero de ganas de sentir cómo su corrida me resbala por las piernas.

—¿Qué pasa? —me pregunta con las cejas alzadas cuando lo miro con el ceño fruncido.

—Que esa corrida es mía —declaro insolente. Y Jude rompe a reír—. Se acabaron los condones. Es decir, si tú no…, porque yo no…

De pronto me arrepiento de mi impulsividad porque Jude es el único hombre de mi vida con el que he follado, pero igual…, igual él sí que ha tenido relaciones con otras mujeres.

—Ni lo pienses. —Niega y se acerca a mí para besarme—.

Soy tuyo, Oli. Lo soy desde que lo hicimos aquel día y te quedaste embarazada de Mia.

Jamás se me pasaría por la cabeza acostarme con otra que no seas tú.

—Sonrío, mientras noto que el sueño se va apoderando de mí.

Me saca la polla—. ¿Quieres mi semen? —pregunta, y yo asiento—. Es tuyo, mi descarada.

Se quita el condón y alucino con que todavía esté empalmado.

Me la mete de nuevo, esta vez piel con piel, con la polla empapada de su corrida mezclándose con la mía y bombea esta vez mucho más despacio.

Se mueve en círculos y jadeo.

Me pellizca un pezón y jadeo una vez más.

Me lleva los dedos a la boca, ordenándome que chupe, y jadeo, obedeciéndole.

Y esos mismos dedos acaban en mi clítoris, acariciándome muy suave.

Niego.

—No, no puedo más, Jude.

—Schsss. Claro que sí, cariño. Claro que puedes. ¿Quieres mi semen dentro de tu coño, resbalándote por los muslos cuando te levantes de ahí? —Trago con fuerza y asiento—. Pues es tuyo, siempre y cuando me regales otro orgasmo, preciosa.

Las acometidas continúan siendo lentas, tortuosas, mientras que sus caricias al clítoris cada vez son más rápidas y certeras. Al notar cómo se acerca otro orgasmo, le suplico.

—Más, más… Más fuerte, Jude —gimoteo.

Se separa de mí, sacando la polla, y estoy a punto de echarme a llorar de pura frustración.

—Baja —me ordena—, de espaldas contra la barra.

Me bajo de un salto, me encaramo a la barra y abro bien las piernas. Jude me sube la falda y coloca la polla en mi entrada y, justo antes de metérmela hasta el fondo, me da una nalgada tan tan fuerte que noto todo mi cuerpo vibrar. Me acaricio el clítoris y con una nueva nalgada me corro.

—Eso es, eso es… —musita con la respiración entrecortada.

Me sujeta la cadera con la única mano que puede y embiste una y otra y otra vez. El orgasmo es infinito, intenso y me rompe en mil pedazos.

—No pares, no pares… —lloriqueo.

—Nunca, Olivia, nunca.

Y el alivio que me inunda cuando se corre dentro de mí, llenándome por completo, es abrumador.

Saca la polla, pero estoy tan agotada que no puedo moverme, solo estoy ahí concentrada en recuperar el ritmo de la respiración. Sonrío entre jadeos cuando noto cómo su semen me resbala por el interior de las piernas.

—Preciosa… —musita—. Si pudiera te haría una foto y me la pondría de fondo de pantalla.

Suelto una carcajada.

—Serás cerdo…

—Lo que soy, Olivia, lo que soy es tuyo.