41 ¿Qué sabrás tú?
Jude
Estamos teniendo una noche maravillosa, sin prisas, sin pretensiones, simplemente disfrutando del momento.
Adoro ver el brillo de la mirada de Olivia cuando me cuenta todo lo que tiene pensado hacer.
Aún no le ha comunicado al jefe de la estación que va a presentar la baja voluntaria y sé que a él no le va a gustar, porque Olivia es una de las mejores bomberas que tiene nuestro equipo.
Oli habla y habla sin parar, de vez en cuando deja ver ese sarcasmo que tanto me gusta en ella, pero parece tan feliz que, por una vez, no necesita esconderse detrás de él ni actuar como una borde solo para refugiarse de todos sus miedos. Me recuerda a Mia cuando la veo parlotear así sin parar.
—Lo peor de todo es que ya no tendremos chica para el calendario benéfico de este año —bromeo fingiendo un tono triste, y Oli me lanza un trozo de pan.
—¿Eso es lo peor? —me pregunta indignada.
—Eso y que ya no voy a tener competencia para las dominadas, les voy a ganar a todos siempre.
—Esas competiciones podemos seguir haciéndolas cuando quieras. —Alza una ceja y sonríe ladina.
—Ummm —digo pensativo—, eso suena a promesa. —Olivia ríe mientras se lleva la copa de vino a los labios y bebe un sorbo—. Tendrás que darme un tiempo para entrenar, ahora mismo no estoy en condiciones de competir.
—Claro, las quemaduras tienen que curarse del todo, ¿cuándo te dan el alta?
Suelto una risilla.
—No solo por las quemaduras, sino porque me has ganado demasiadas veces. Tengo que entrenarme a fondo primero —bromeo, aunque en realidad no es broma, porque la tía es un puñetero hacha y no hay nadie en la estación que pueda superarla.
Olivia se ríe y los hoyuelos se le marcan, me quedo embobado mirando cómo vuelve a coger la cuchara y parte un pedazo de tarta que se lleva a los labios.
Cuando pasea la lengua por ellos, la polla me da un tirón.
«Tranquilito, chaval, que hoy no va de esto», me recrimino mentalmente.
Trago con fuerza y, para disimular, le doy un sorbo a mi copa. Olivia, como si me estuviera leyendo el pensamiento, suelta otra risilla.
Me lanza una mirada divertida y se mete otro trozo de tarta en la boca.
Durante unos instantes solo se escucha la música del restaurante y el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor.
—¿Y qué más quieres hacer? —le pregunto robándole la cuchara, en un momento en el que baja la guardia, y tomo un pedazo de tarta.
—¡Eh! ¡Eso es mío! —protesta, y me encojo de hombros—. Haberte pedido un postre para ti, chaval.
—Nunca te lo acabas —digo saboreando el chocolate. Está delicioso.
—¿Qué sabrás tú?, si esta es nuestra primera cita —me suelta y me guiña un ojo—.
¿Qué quieres decir con qué más quiero hacer?
¿Te refieres a esta noche? Pues no sé si contártelo porque ya me has advertido que nunca tienes sexo en tu primera cita.
—Me atraganto y comienzo a toser, y ella sonríe divertida—. Te está bien empleado, por robar.
Me quita la cuchara de la mano y sigue comiendo tarta.
—Me refería a con tu vida, aparte de dejar la estación, estudiar y convertirte en la profesora más borde de Minnesota —bromeo porque en realidad sé que se le daría genial.
—La verdad es que no quiero ser la profesora más borde de Minnesota. —Alzo las cejas, sorprendido, porque es de lo que lleva hablándome buena parte de la noche, de esa conversación que tuvo con Cole y demás—. Quizás de todo Estados Unidos.
—Ummm… —añado—. Eres ambiciosa, me gusta.
—Siempre. —Sonríe—. Me gustaría viajar —pronuncia esta vez más seria—. Lo más lejos que he ido es a Minneapolis para comprar ropa.
Sonrío.
Y durante un buen rato me habla de los destinos a los que le gustaría llevar a Mia.
A veces habla en singular y en otras ocasiones me incluye sin darse cuenta, y yo solo sonrío y la escucho.
No quiero apresurar nada, pero me gusta imaginar una vida en la que podamos disfrutar juntos de todo lo que hasta ahora no nos hemos permitido.
Terminamos de comer y no me deja pagar la cuenta, porque dice que ella fue la que me pidió la cita y que debe ser ella la que pague. Y ya te digo yo que cuando se le mete algo en la cabeza no hay quien se lo discuta.
Al salir del restaurante, nos dirigimos caminando hasta la playa de Black Beach, que está a unos pocos metros.
Hoy hace una noche sorprendentemente templada, así que no necesitamos abrigo.
Nos quitamos los zapatos y nos los enganchamos en una mano y con la otra entrelazamos nuestros dedos para pasear por la arena.
—¿Y tú? —me pregunta al fin—. ¿Tú qué quieres hacer, Jude?
Me quedo mirando el agua y me pregunto cómo de fría estará:
«Mucho», me grita mi cabeza.
«Ya no tienes veinte años, chaval. Ahí dentro a esta hora no se te va a levantar».
«Que no, dice, pero ¿tú has visto a este bellezón?».
Suelto una risilla porque no quiero responderle que lo que más me apetece hacer es arrancarle la ropa, arrastrarla al agua y repetir lo que hicimos hace trece años.
Bueno, no exactamente, esta vez no quiero que el deseo nos cambie la vida para siempre, solo quiero disfrutar de ella, de nosotros y de esta noche.
—Pues, no sé —le digo al fin cuando me aprieta la mano para traerme de vuelta de mis pensamientos—, seguir trabajando en la estación, porque la verdad es que adoro mi trabajo. —Ella asiente—. Y… me gustaría comprar una casa más grande.
—¿Más grande para qué? Adoras la casa de tu padre.
Sonrío y asiento.
—La adoro, pero, no sé, me gustaría tener una casa más grande para que Mia tenga una habitación de invitados decente para cuando quiera hacer fiestas de pijamas con sus amigas, para quedarme con Emma si Brooke y Henry me piden que haga de canguro y también para…
Y lo que se me pasa por la cabeza es que me encantaría que viviera conmigo, volver a casarnos y ampliar nuestra familia. Sin embargo, si le suelto eso así, sin anestesia ni nada, es probable que me lleve un puñetazo de los suyos y salga huyendo despavorida.
—¿Para acoger a más empleadas de la librería con sus hijas? —me interrumpe, lanzándome un dardo envenenado.
—Qué celosilla…
—No me puedo creer que Eliza y Carter estén juntos —sentencia negando con la cabeza.
—No sé si estar juntos es lo que hacen, por el momento se lo están pasando bien.
Y lo sé porque Eliza y yo nos hemos convertido en amigos y confidentes, hablamos mucho y sé que tiene miedo, que acaba de salir de una relación seria y que el divorcio la ha dejado agotada y devastada.
Y Carter es… Carter. Está chalado, es un payaso y un picaflor, aunque, esta vez tengo que decir que parece loquito por la pelirroja.
Olivia asiente.
—Nunca había estado tan celosa de ninguna mujer hasta que vi a Eliza en pijama en tu casa —reconoce.
Y se me escapa una risita.
—No quiero una casa más grande para hacer de ONG de nadie, Oli, sino para que tú…
Me detengo porque no quiero meter la pata ni presionarla.
—¿Para que yo qué? —me pregunta y me mira con tal brillo en los ojos que sonrío.
—Para que tengas un sitio donde esconderte de… ¿Cómo es que lo llamáis mi abuela y tú…? —pronuncio pensativo—. El club de las taradas de Silver Bay —concluyo.
—¡Eh! Yo nunca me escondo, ¿no has visto mis músculos? —Alza un brazo y aprieta bíceps. Madre mía, qué músculos tiene y cómo me pone—. Soy una tía dura.
La miro con una ceja alzada y las mariposillas que habitan en mi estómago revuelan al verle los hoyuelos marcados al sonreír.
—Un pajarito me ha dicho que anoche Madison te pilló escondida en el armario.
Suelta un grito ahogado.
—Solo estaba buscando unos zapatos que no encontraba.
—Con una manta sobre la cabeza mientras leías en el Kindle —me río, y ella hace lo mismo.
—Es que ayer hablé con ella para pedirle ayuda, ya sabes, para elegir modelito para nuestra cita y esas cosillas —suspira, y asiento—.
Y no se le ocurrió otra cosa que venirse sobre la marcha a mi casa con esa niña pelirroja insoportable a la par que adorable que tenemos por sobrina postiza.
—Suelto una carcajada. Porque Julia es especial…
, sí. Adoro a esa jodida chiquilla entrometida—.
Cuando terminamos la sesión de mascarillas y manicura, intenté echarlas, pero se atrincheraron en mi casa y no pude sacármelas de encima.
Y me tenían loca ya, simplemente fue una estrategia de supervivencia.
Niego al mismo tiempo que río.
Aunque lo niegue y se haga la «tía dura», sé que se lo ha pasado bien con las chicas, y yo me alegro de que tenga un equipazo que la cuide y también que la saque un poco de quicio, porque hubo un momento en la vida en la que prácticamente se vio sola.
Ava acababa de morir, Brooke se había marchado hacía ya muchos años y Madison aún era una cría.
Y hoy, cuando entré en su casa y la vi llena de gente, Brooke, Gabriela, Eliza, Madison y las niñas, sentí una alegría enorme por ella, porque ya nunca más volverá a estar sola.
—Si esto funciona… —musito, esta vez hablando en serio—.
Oli, me gustaría que hiciéramos las cosas bien.
Estamos empezando y no quiero asustarte, pero llevamos demasiado tiempo esperando.
Algún día me gustaría tener el pack completo: una casa, una familia y una vida contigo.
—Ella sonríe ampliamente—. No porque tengamos una hija juntos, sino porque nos elijamos cada día.
—¿Y podemos tener un perro, como Brooke? —me pregunta ilusionada.
—Mia me ha pedido tener una iguana, tendrás que ponerte de acuerdo con ella, porque no sé si esos bichos se pueden comer a un perro.
Olivia se carcajea.
—Las iguanas son herbívoras, tarugo —bromea y se echa a reír—. Se alimentan básicamente de hojas y vegetales. Como mucho, algún insecto pequeño. Y, además, es imposible que sobrevivan un invierno en Silver Bay.
—Disculpe, profesora Hartley —bromeo ante su pulla—. Ups, pues a ver quién se lo dice a la niña.
—Podríamos comprar una casa grande donde poner una cuadra para Kira, así seguro que se olvida del lagarto ese.
Sonrío.
—¿Podríamos?, ¿eso es que algún día vivirás conmigo?
Se encoge de hombros.
—¿Quién sabe? —musita sonriente, adoro esos puñeteros hoyuelos que se le marcan en las mejillas—. Al fin y al cabo, esta es nuestra primera cita.
Se detiene, tira de mí y, con cuidado de no rozar ninguna de mis heridas, se pone de puntillas para besarme.
Sus labios apenas rozan los míos al principio. Después profundizan un poco más, suaves y cálidos, y mi cuerpo responde al instante. Con el brazo sano me aferro a su cintura y la aprieto contra mí.
Hogar.
Olivia es hogar.
Quiero vivir en sus labios hasta que me muera.
—Qué descarada, señorita —gruño bajito apartándome para mirarla a los ojos—, ¿me ha traído a un sitio oscuro para besarme?
Olivia se muerde el labio inferior y niega.
—Te he traído para otra cosa, pero hay demasiados turistas en el muelle y nos verían.
Suelto un grito ahogado y le hago cosquillas con la mano sana.
—Serás pervertida…
Me agacho y, antes de que pueda protestar, me la cargo al hombro por el lado bueno. El movimiento me provoca un tirón del demonio en las quemaduras del cuello, pero no pienso soltarla.
A Olivia se le escapa un gritito.
—¿Qué haces, imbécil? ¡Te vas a hacer daño! ¡Bájame!
—Mmm…, ¿te he dicho alguna vez que me pone cantidad que saques tu lado borde?
Y, efectivamente, hay demasiada gente paseando por el muelle porque de pronto se escuchan risas y un:
—Mira, mami, ¿la está secuestrando?
—Calla, niña, y no mires.
Y más risas. Me río yo también y la sujeto más fuerte, para que Olivia pare de moverse.
Suspira, resignada, y deja de resistirse.
—Cuando mañana te duela todo, no pienso compadecerme de ti —refunfuña.
—Mentirosa. —Le daría una nalgada, pero no es buena idea, me la guardo para cuando las quemaduras estén curadas y pueda usar las dos manos—. Me darás besitos por todas las partes doloridas de mi cuerpo.
Suelta una carcajada.
—Serás zoquete…
Finalmente la dejo sobre la arena, porque, si la cargo hasta el muelle como pensaba hacer, voy a llegar tan dolorido que no me quedarán fuerzas ni para darle un beso en condiciones.
Mi casa no queda lejos, pero tenemos que ir caminando porque nuestro chófer se ha ido hace horas. Y, por una vez, no me importa tardar. No quiero perderme ni un segundo de esta noche.