Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 40 No se equivoque
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40 No se equivoque

Olivia

—No tengo ni idea de qué ponerme —lloriqueo—, en serio, quitas los uniformes del trabajo, la ropa deportiva y la de vagabunda que uso para estar por casa, y no tengo ropa.

—Anda, apártate de ahí, deja a una profesional —me dice Madison, empujándome con la cadera.

—Eh, hazme un hueco, que tú no tienes ni idea de moda —la empuja Julia.

Es irónico que lo diga una niña que va ataviada con un vestido al que no le cabe un color más, una zapatilla diferente en cada pie y maquillada con una sombra diferente en cada ojo.

Madre de Dios, ¿de quién habrá sacado el gen estrafalario?

—¿Tenías que traerla a ella? —le pregunto con pánico a mi cuñada, y la niña me echa una mirada de odio.

—Soy una experta en citas, no sé por qué te quejas tanto —añade la chiquilla cruzándose de brazos.

Me acerco a la cama y me dejo caer en medio de Sally, que está muy callada observándolo todo, y Mia, que se tapa la boca para intentar cubrir esa risilla pillina que hace que se le marquen los hoyuelos, delatándola.

—A ti sola se te ocurre —me regaña mi hija.

—Ya… —resoplo—, es que… estaba nerviosa y necesitaba un poco de ayuda. Me arrepentí en cuanto cruzaron la puerta de casa, pero ya era tarde.

¿A quién se le ocurre presentarse veinticuatro horas antes de la cita?

Durante unos minutos veo cómo esas dos discuten. Sacan prendas del armario y las van lanzando al aire. Mi habitación ahora mismo parece una tienda de moda de unos grandes almacenes en plenas rebajas, con todo revuelto por todos lados.

—A lo mejor no debería ponerme un vestido —les digo—, con unos vaqueros y un top mono voy bien. —Julia suelta un grito ahogado por tal desfachatez por mi parte—. Al fin y al cabo, es Jude… Me ha visto con las piernas sin depilar mil veces —reflexiono en voz alta.

De pronto, se hace un silencio sepulcral.

A Sally se le escapa una risilla.

Mia niega y pone los ojos en blanco.

Julia me mira pensativa, como intentando comprender qué tiene que ver una cosa con la otra.

Y Madison se gira hacia mí y parpadea lento.

—Te habrás depilado las piernas, ¿verdad? —me pregunta la hermana de Henry.

—¡Madi! —la regaña Julia—. La profe dice que no está bien meterse con los cuerpos de las demás personas y que cada uno lo puede lucir como quiera —le recrimina con las manos en jarra—. Que de los cuerpos ajenos no se habla.

Con esa profe deberíamos hablar, por su culpa Julia se ha venido arriba y se viste como si la hubieran sacado de un catálogo de accesorios de carnaval.

Mia y Sally sonríen y cabecean afirmando efusivamente. Desde luego, las nuevas generaciones tienen más interiorizado lo del respeto por los demás, lo cual es maravilloso, pero, en serio, todo tiene un límite, y no lo digo por mi vello corporal precisamente.

—Ya, nena, pero hay otras cosas que hay que depilar si quieres que… —explica Madison.

—¡Madi! —grito, interrumpiéndola.

Madison encuentra algo superinteresante en sus uñas.

—¿Si quiero qué? —le pregunta Julia con interés renovado.

—Bah, son cosas de adultos —le suelta y mueve la mano como quitándole importancia—. Y tú —dice dirigiéndose esta vez a mí y señalándome con el dedo índice—, espero que si no te has depilado las piernas por lo menos te hayas depilado… lo otro.

—¿Qué es lo otro? —insiste Julia.

Mia debe de intuirlo porque se está poniendo roja.

Sally directamente ha pasado de nosotras y está jugando al Block Blast! en el móvil. Chica lista.

Yo, por el momento, me mantengo en silencio.

Esto es como ver a dos bandas rivales pelearse, si acaban la una con la otra, yo no tengo que intervenir y no saldré herida.

—¿Tiene algo que ver con eso de… la fotopolla? —pregunta Julia.

Suelto un gritillo la mar de ridículo y me pongo de pie de un salto.

—¡Se acabó! ¡Todo el mundo fuera! —grito.

Madison tiene los ojos muy abiertos y está boqueando como un pez.

—¿Las… las qué ha dicho? —balbucea mirándonos a todas de una en una.

Miro a Mia con pánico, y ella niega.

—Tranquila, no quiero saber lo que es una fotopolla —musita alzando las manos en alto y mostrándome las palmas.

—A Dios doy gracias. Y mejor no vuelvas a repetir esa palabra nunca más si no quieres que a tu padre le dé un infarto —le espeto a Julia.

De lo que no le doy gracias a Dios es de que haya sonado el timbre. Como éramos pocas…

En lo que dejo a Julia haciendo preguntas sin parar, como si de una ametralladora disparando se tratase, me acerco a abrir.

—¡Ya estamos aquíííí! —grita Brooke al otro lado, acompañada de Gabriela y, detrás, la que faltaba: Eliza.

Pero ¿esto qué es? ¿Mi casa es la nueva sede del club de las taradas o qué?

Resoplo y dejo caer la cabeza, frustrada. ¿Por qué, señor? ¿Por qué? Y entonces veo a Emma en el carrito, con los ojos muy abiertos. Ha salido entrometida, como su mami, ¿qué le vamos a hacer? Sonrío y le hago una carantoña a la pequeña antes de apartarme para dejarlas pasar.

—Chicas, ¿os apetece una pausa para tomar algo fresquito? —grito—. Brooke ha traído limonada.

—No he traído nada —me dice con el ceño fruncido.

—Si les sirves de la jarra que hay en el frigorífico y las entretienes un rato, te cuido a Emma cuando se te curen los puntos, para que puedas echar un quiqui en condiciones —la chantajeo.

—¡Hecho! ¡Chicaaaas! ¡Limonada especial de Brooke marchando!

Gabriela se carcajea, y Eliza sonríe negando con la cabeza y sigue a las otras dos.

Y te lo creerás o no, pero no la he mirado con odio ni nada, he hecho un movimiento de cabeza para saludarla y todo.

Bueno, vale, ya la he perdonado por dormir en casa de Jude y beber cerveza en casa de Jude y por pasearse en pijama por casa de Jude.

Sobre todo, porque ya ha podido volver al estudio y la casa de Jude es zona libre de pelirrojas, salvo cuando Mia hace fiesta de pijamas con Sally y Julia, ahí sí, pero ellas no cuentan.

Las locas del demonio que estaban usurpando mi dormitorio hasta hace un minuto corren a la cocina, y yo no sé si no se dan cuenta de que Brooke no trae nada y que ha sacado la limonada de mi frigorífico, lo único que sé es que solo se escuchan un millón de grititos y de «ay, qué bonita es» y «ay, qué buena es» y «ay, qué ojitos más lindos» y «ay, qué naricita más linda»… , y así hasta el infinito.

«Gracias, Emma, me has salvado la vida».

Suspiro aliviada y vuelvo a mi dormitorio.

Mia está pasando prendas y saca algo del armario.

—A papá seguro que se le cae la baba si te pones esto con esa falda que tienes con una raja a un lado.

Ni me acordaba de ese top, no me lo he puesto nunca. Miro el trozo de tela negra, tipo corsé, con transparencias y detalles florales. Me lo compré un día que me vine arriba, y luego me fijé en que tenía demasiado encaje, demasiadas transparencias y dejaba demasiada piel al aire.

Las orejas se me tiñen de rojo al imaginar la cara de Jude cuando me lo vea puesto y asiento.

—No sé para qué he llamado a toda esa panda de arpías, contigo tenía más que suficiente.

Mia suelta una risilla y cabecea afirmando.

Paso por la ducha y sí, me depilo todo lo depilable porque me apetece tener la piel suave, acariciable y chupable en toda su extensión, por lo que pueda pasar.

Y, para cuando salgo del cuarto de baño, llevo puesto el top, la falda negra satinada hasta las rodillas con una raja a un lado y elijo los tacones y los complementos en color rojo.

Estoy terminando de maquillarme cuando suena el timbre. Con toda la gente que hay en mi casa ni me preocupo por acercarme a abrir.

Unos minutos más tarde lo veo a través del espejo y soy perfectamente consciente de cómo se le ha cortado la respiración. Casi casi tanto como a mí al verlo a él.

—Madre mía —musita.

Y «madre mía» pienso yo también, porque aún falta mucho para que las quemaduras de Jude se curen por completo, pero, aun así, está espectacular.

Lleva una camisa ligera de lino en color celeste, lo suficientemente suelta para que no le roce en la piel que aún está cicatrizando; un pantalón chino en color beis claro y unas zapatillas blancas impolutas.

Lleva las gafas puestas, me encanta vérselas, y el cabello castaño peinado hacia atrás, aunque algunos mechones ya se le han escapado, rebeldes.

En definitiva, demasiado guapo para alguien que todavía está recuperándose de unas quemaduras.

Acabo de pasarme la barra de labios roja y sonrío.

—¿Quién habrá dejado pasar a mi cita a mi dormitorio? ¡Qué desfachatez! —bromeo una protesta.

Jude suelta una risilla. De pronto se da cuenta del desastre que hay montado por toda la habitación y abre mucho los ojos.

—Pero ¿qué demonios…?

—Mejor no preguntes. Nunca pensé que diría esto, pero era más fácil cuando me ayudabas tú —sentencio.

Me giro y nos sonreímos mirándonos a los ojos.

—¿Estás lista para nuestra cita? —me pregunta. Cabeceo afirmando, y Jude me tiende la mano. Me acerco para entrelazar mis dedos con los suyos—. ¿A dónde me vas a llevar? —me pregunta.

Sonrío y compruebo el teléfono móvil.

—Ya lo verás. El chófer ya nos está esperando.

En cuanto salimos de la habitación, cogidos de la mano, esas locas se ponen a silbar y a gritar groserías que unas niñas de la edad de Emma, Julia, Sally y Mia no deberían escuchar, pero las ignoro y ahí las dejo.

—Luego mejor nos vamos a tu casa —le musito a Jude en lo que meto en un minibolso negro las llaves, la cartera y el móvil.

Jude suelta un grito ahogado.

—Eh, señorita, no se equivoque. No me acuesto con nadie en la primera cita.

Lo miro y pestañeo lento un par de veces, por saber si está hablando en serio, porque yo ya me saltaría la cena y todo lo demás que tengo preparado y le arrancaría la ropa, si no tuviera la casa llena de mujeres y niñas.

—Eso ya lo veremos —le reto sonriendo de medio lado.

Cuando vuelvo a entrelazar los dedos con los suyos noto su piel más caliente y el contacto me provoca un cosquilleo de anticipación en el estómago.

Al salir, ya nos está esperando mi padre, de pie junto a su coche, en la puerta de mi casa.

Me mira con la boca abierta y silba.

—Madre mía, cariño, estás espectacular. Eres un tipo con suerte, chaval —le dice a Jude esta vez, que se ríe y sube al coche en la parte de atrás, junto a mí.

Nos abre la puerta, como si de una limusina se tratase en vez de un Chevrolet Silverado.

Mi padre conduce hasta un restaurante cercano, en el que he hecho una reserva, porque no dispone de muchas mesas y a estas alturas del año suele haber bastante turismo rondando la zona.

No es nada lujoso, de hecho, sirven hamburguesas y comida americana sencilla, pero está junto a Black Beach y ahí es donde quiero acabar la cita después.

Me siento tan nerviosa como si de verdad esta fuera la primera noche que Jude y yo salimos juntos, y mi padre, que nos echa algún que otro vistazo por el retrovisor, suelta alguna risilla cuando nos ve tan raros.

No tardamos más de unos minutos en llegar a la zona, y mi padre se baja a abrirnos la puerta del coche, ejerciendo su papel de chófer.

—Gracias por su servicio, señor Sullivan —musita Jude, siguiendo con la broma, y le estrecha la mano a mi padre.

—Cuídamela, chaval —le responde él.

Jude sonríe y me coge la mano.

—¿Puedes ir entrando y preguntas por nuestra mesa? Enseguida voy —le pido a Jude.

Él asiente, y mi padre y yo nos quedamos en silencio viendo cómo entra en el restaurante.

—Estoy muy feliz por ti, cariño, Jude es un buen hombre.

Le sonrío y asiento.

—Gracias por traernos.

—Yo…, Olivia, estoy muy orgulloso de ti.

—¿Por haber tardado doce años en tomar las riendas de mi vida? —bromeo y suelto una risilla.

Mi padre niega despacio.

—No, Olivia, estoy orgulloso de ti porque siempre has sido una luchadora y porque sé que tienes miedo, pero lo difícil no es no tenerlo, es no dejar que el miedo decida por ti.

Y no importa que hayas tardado trece años, uno o un mes.

Lo importante es que has dado el primer paso para estar donde quieres estar —musita señalando con la cabeza al restaurante.

—¿Y si vuelvo a meter la pata? —le pregunto, mostrándome vulnerable por un momento, dejando de ser esa chica que esconde todos sus temores tras sarcasmo, bromas o borderías.

Mi padre sonríe.

—Lo harás, pero podrás resolverlo. Todos lo hacemos. Él —recalca, señalando al restaurante donde acaba de entrar Jude—. Tú. Y yo también. Olivia…, yo…

Y sé lo que quiere decir. Es hora de enterrar todo eso: pasado pisado y esas cosas. Y mirar hacia delante.

—Papá… —musito interrumpiéndolo y, sin pensármelo más, me lanzo a abrazarlo—. Te quiero, papá, te quiero muchísimo y estoy harta de comportarme como una imbécil contigo.

Por un momento parece sorprendido y, apenas unos segundos después, responde al abrazo estrechándome con fuerza, como cuando era pequeña y lo consideraba mi superhéroe.

Los hombros de mi padre comienzan a temblar.

Y yo me contengo para no llorar, pues me he pasado un buen rato para conseguir un maquillaje perfecto y todavía tengo un hombre al que conquistar.

—Te quiero, mi pequeña, siempre te querré.

—Lo siento —musito, regodeándome en ese abrazo que llevo tantos años esperando—. Lo siento muchísimo.

—Y yo, caracolito. Y yo también.

Sonrío al escuchar mi mote infantil.

—Gracias por estar siempre para mí.

Me aparta para mirarme a los ojos. Puedo ver los suyos húmedos y el nudo de la garganta se hace más fuerte. La lágrima que estaba evitando me recorre la cara. Mierda, si empiezo a llorar, ya no voy a poder parar y voy a parecer un mapache.

Mi padre me limpia la mejilla.

—No llores, que esta es tu noche, amor. Siempre. Siempre estaré a tu lado porque eres mi pequeña, y soy humano, cometeré errores, como tú también puedes cometerlos, pero nada, absolutamente nada, hará que deje de quererte.

Vuelvo a abrazarlo y suspiro con alivio, como si de pronto una losa que llevaba tantos años sobre mis hombros se hiciera más liviana.

Es cierto que esto no borra todo lo que pasó ni todos los años de resentimiento.

Ni sus errores ni los míos. Pero es un comienzo.

Un paso hacia la posibilidad de volver a ser padre e hija sin que el pasado ocupe todo el espacio entre nosotros.

No quiero vivir un día más sin sentir que estamos ahí el uno para el otro.

Sonrío y me aparto para limpiarme otra lágrima traicionera.

—Bueno… —suspiro—, debería entrar ya, tengo que conquistar al padre de mi hija.

Suelta una risilla.

—El reto más sencillo de la historia —contesta—. Está loco por ti desde que puedo recordar.

Sonrío y asiento, dejando a mi padre allí para dirigirme al restaurante.