39 Yo cuido el fuerte
Jude
Henry sigue sonriendo cuando llega a nosotros, con los ojos anegados de lágrimas.
Durante unos segundos no soy capaz de reaccionar. Después, me pongo de pie demasiado rápido, olvidando las quemaduras, el humo inhalado y todo lo demás. Olivia tiene que sujetarme del brazo un segundo hasta que consigo recobrar el equilibro.
—Despacio… —musita Oli.
Sonrío y, superado por tantas emociones juntas, me acerco a Henry para abrazarlo con cuidado de no hacerme daño.
—Enhorabuena, papá —musito—. ¡Es una niña! Mia tenía razón.
Me carcajeo al mismo tiempo que se me saltan las lágrimas, que me limpio con la mano sana.
—Ups, digamos que nos pilló hablando un día y fue la primera en enterarse —se justifica Henry con una sonrisilla culpable—. Le hicimos prometer que nos guardaría el secreto.
—¡Será arpía! Intuición de prima me dijo la condenada —protesto.
—Y ella fue la segunda. —Henry señala a Olivia con la cabeza. Suelto un grito ahogado mientras ella, con fingida inocencia, mira algo muy interesante en las baldosas del techo—. ¿Quieres ponerte a pelear o quieres pasar a ver a tu sobrina?
Henry se da la vuelta, sin esperar a que le responda, y lo seguimos hasta la sala de neonatos. Se adelanta y, unos instantes más tarde, nos hace una señal al otro lado del cristal para que nos acerquemos.
Emma es diminuta, mucho más pequeña de lo que imaginaba, aunque supongo que es lo normal, ya que el embarazo se ha adelantado algunas semanas. Lo importante es que está bien, ni siquiera han tenido que meterla en la incubadora, así que esa es buena señal.
Está envuelta en una manta blanca y lleva puesto un gorrito amarillo que le queda demasiado grande. Se me escapa una risilla al ver cómo frunce los labios en un gesto adorable.
—Es preciosa, se parece a Brooke —musito emocionado.
—Tú flipas, chaval —me contradice Olivia.
—Se parece a mí —suelta Henry al otro lado del cristal, la puerta está abierta y nos ha escuchado.
—Pobre criatura —bromeo por lo bajini.
—¿Qué has dicho? —pregunta mi amigo con el ceño fruncido.
Olivia y yo soltamos una risilla.
—Que es preciosa —rectifico.
Henry se queda mirando a Emma durante unos segundos y la sonrisa se le suaviza. Se le cae la baba con su peque. Esa niña va a hacer con él lo que le venga en gana.
—Sí, sí que lo es.
Unos minutos más tarde, nos informan de que podemos pasar a ver a Brooke, así que dejamos a la pequeña Emma allí y nos encaminamos hacia la habitación.
—Te advierto que tu hermana está cabreada —me explica Henry—, ha pasado como dieciocho horas con contracciones. Imagínate que se me ocurrió llamarla princesa mientras empujaba y casi me echa del paritorio, así que… prepárate —recalca señalándome el brazo vendado.
Olivia se ríe, y yo asiento, temiéndome lo peor.
La cantidad inhumana de insultos que suelta Brooke en cuanto me ve de la guisa en la que estoy no te lo puedes ni imaginar. Cada pocos segundos le voy repitiendo «estoy bien» con cara de perrito abandonado, lo cual no funciona, porque ella sigue gritándome.
Por suerte, un rato más tarde, entra la enfermera con el bebé para que Brooke pueda cogerla y se olvida de mí.
—Creo que tan bien no estás —susurra Olivia a mi lado.
Suspiro resignado.
—Te lo juro, estoy bien —repito con paciencia.
—¿Y no te notas nada raro?
Frunzo el ceño, extrañado, e intento buscarme algún defecto en las manos o en la cara mirando mi reflejo en el cristal de la puerta. A ver, no tengo mi mejor pinta, eso es verdad, pero no hay nada fuera de su lugar.
—Ehm, no… ¿Qué debería notar? —le pregunto.
—Que tienes el culo al aire, imbécil, eso es lo que tienes que notar —espeta mi hermana desde la cama sin desviar la mirada de la niña—. Acostúmbrate, peque —dice esta vez con un tono mucho más dulce—, en esta familia no hay ni uno sano.
Y es cuando me doy cuenta de que llevo el camisón del hospital y que, efectivamente, es abierto por detrás y que he estado todo el día paseándome por los pasillos, luciendo trasero, sin enterarme.
—Un culo maravilloso, por cierto —recalca Oli con una sonrisa socarrona.
Me sujeto la bata por detrás con la mano sana, sintiendo cómo las puntas de las orejas me arden por la vergüenza.
—¡Serás pervertida! —le recrimino.
Henry se ríe y niega.
—Ni uno sano, mi amor, ni uno sano —le susurra a su pequeña.
Nos quedamos ahí un rato disfrutando del momento, y enseguida el dolor de las quemaduras se hace tan fuerte que soy consciente de que debo volver a mi propia habitación y que, con toda probabilidad, me voy a llevar una buena reprimenda porque hace horas que tendrían que haberme hecho la cura y puesto los analgésicos.
Ahora que todo ha pasado, me noto agotado.
—¿Estás bien? Te estás quedando pálido —me pregunta Henry—. Deberías acompañarlo a su planta, Oli, todos estamos bien por aquí, y mis chicas necesitan descansar un poco.
Olivia asiente, cogiéndome del brazo bueno, y le sonrío a mi hermana.
—Buen trabajo, hermanita —le digo.
Brooke sonríe, tiene pinta de estar agotada y varios mechones violetas pegados a la frente por el sudor, pero la mirada le brilla con una felicidad tan pura que una sensación cálida se me enciende en el pecho.
—Lo sé, Jude. Lo sé.
Iniciamos el camino de vuelta por el pasillo. Yo voy a paso de tortuga mientras mantengo la mano sana aferrada a la bata por detrás para no volver a dar el espectáculo.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunto a Olivia, una vez en el ascensor, para distraerme del dolor.
—Pues, ¿tú qué crees? Voy a quedarme a cuidarte, porque, por lo que veo, tú no puedes hacerlo solo.
—No hace falta, Oli… Mia…
—Mia está bien, está con mis padres, sabes que se pasaría la vida en las cuadras con Kira. —Hago el amago de asentir, pero me arrepiento porque el cuello me pega un tirón del demonio—. ¿Y tú? ¿Qué vas a hacer tú cuando te den el alta?
—Volver a casa —suspiro—, creo que no te he contado que tengo una cita con una chica espectacular.
Olivia sonríe y se le marcan esos hoyuelos que me vuelven loco.
—Pues más te vale recuperar el color de la cara para entonces, bombero, porque esa chica es muy exigente.
En cuanto ponemos un pie en la habitación, la enfermera de turno me echa una mirada que hace temblar hasta a Olivia. Me llevo una buena reprimenda por haberme escapado de la cama y echa a Oli al pasillo para hacerme las curas y enchufarme la medicación.
Para cuando le permiten entrar de nuevo, los opioides ya están haciendo su trabajo y siento el cuerpo flotando en una nube de algodón.
—¿Sobrevivirás? —bromea Olivia, acercando una silla a la cama.
—Ya veremos —murmuro con los párpados pesándome.
Ella se ríe suavemente, niega con la cabeza y entrelaza sus dedos con los míos con delicadeza sobre las sábanas.
—Yo cuido el fuerte, Jude, tú descansa…
Cierro los ojos, dejándome llevar por la duermevela.
Me paso los siguientes dos días entre sueños, mucho más placenteros que los anteriores, curas y charlas, llamadas a Mia, escapadas a ver a mi sobrinita, juegos de cartas cuando estoy más espabilado, alguna peli que veo a ratos y a ratos me quedo KO .
Olivia no se ha separado de mi lado ni un momento y, por primera vez en mucho tiempo, tengo la intuición de que todo va a salir bien.