38 Tierra firme
Olivia
Jude está ahí parado, sin decir nada, solo mi nombre, parece que le cuesta un esfuerzo sobrehumano simplemente parpadear y respirar, y yo me estoy poniendo de los nervios porque me estoy abriendo en canal a él y temo que me rompa el corazón.
Recuerdo que nos mintió a Mia y a mí para marcharse a cubrir un incendio que, en realidad, no correspondía a nuestra unidad, lejos de nosotras, de Silver Bay, y por una vez pienso que todo esto que le estoy diciendo no va a servir de nada, que Jude se irá lejos porque ya nada tiene solución y solo quiere curarse, como si amarme fuera una infección, una puta enfermedad.
Niego, tratando de alejar todas las dudas que me asaltan y continúo hablando, porque ya no hay vuelta atrás, necesito soltar.
—Entiendo por qué me dijiste que se había acabado, Jude —le digo—.
Entiendo que estés cansado de mis idas y venidas.
Tienes todo el derecho del mundo a mandarme a la mierda.
Quiero que sepas que voy a empezar a hacer algunos cambios en mi vida.
A un margen de ti, de mí, de nosotros…, tengo que empezar a coger las riendas.
Yo… quiero dejar la estación de bomberos.
Parpadea un par de veces, incrédulo.
Niega, como si no se creyera lo que le estoy diciendo. No sé por qué sigue moviendo tanto la cabeza si cada vez que lo hace un ramalazo de dolor le cruza la cara.
—¿Qué? —pregunta con la voz ronca.
Lo veo respirar hondo y se está quedando pálido. Quizás…, quizás tenía razón y este no es el mejor momento para hablar de esto. Deben de dolerle las heridas y ¿cuánto tiempo lleva aquí apostado? ¿No deberían haberle hecho alguna cura o administrarle medicamentos?
Suspiro, tratando de terminar esta conversación cuanto antes para obligarlo a volver a su habitación.
—Este trabajo me ha dado buenos años y me gusta, me gusta ayudar a la gente, entrenar fuerte, trabajar en equipo contigo y con Henry, pero… desde hace tiempo ya no me aporta lo mismo y he pensado que me gustaría estudiar la carrera que no pude cuando nació Mia —le explico.
»Tengo algunos ahorros y, bueno, necesitaría un trabajo de media jornada, quizás con Marina y Thomas en Bay Café, no lo sé, no lo he hablado con nadie aún.
Puedo estudiar a distancia, desplazarme a Duluth cuando sea necesario para los exámenes…
Quiero intentarlo. No quiero seguir viviendo en piloto automático.
Y finalmente sonríe.
—Eso es maravilloso, Olivia. Aunque…, mierda, te voy a echar mucho de menos en la estación. No es lo mismo trabajar con esa panda de tarados si no estás tú para poner un poco de orden.
Ya…, como si yo estuviera muy cuerda.
Sonrío también en respuesta y tomo aire profundamente antes de continuar.
—¿Y sabes qué otra cosa quiero? —Lo miro, y se mantiene en silencio—. Quiero bajar la guardia y dejar que me quieras de una puta vez porque me niego a creer que ya es tarde, Jude.
Él boquea, confundido, sin pronunciar palabra, y me armo de valor para el golpe final.
—Y, además, pues… he pensado en seguir adelante con las citas —añado contemplando algo muy interesante que he encontrado en mis uñas.
—¿Qué? —Le sale un gallo que intenta disimular con un carraspeo.
—No pienso quedarme en el borde de la piscina lamentando no saber nadar nunca más. Los tiburones solo están en mi cabeza —digo mirándolo a los ojos.
—¿Qué? —repite y de pronto parece estar examinándome las pupilas, como si temiera que estuviera drogada o algo así—. Oli, cariño, eres la mejor nadadora de todo Silver Bay y me atrevería a decir que de Minnesota.
—Es una metáfora, imbécil —río—. Brooke estaría orgullosa de mí por ese pedazo de símil.
—Él niega, sin entender, y chisto antes de continuar—.
Sí. —Asiento—. He pensado que debería seguir teniendo citas…
—Le cojo una mano de nuevo—. Así que, Jude, ¿te apetece que tengamos una cita de verdad cuando salgas del hospital y que lo intentemos donde lo dejamos cuando regresemos a Silver Bay?
Sería nuestra primera cita, si lo piensas bien.
Jude deja caer la cabeza en la pared, sin acordarse de las quemaduras del cuello, porque un ramalazo de dolor le cruza la mirada.
—Me cago en todo… —La incorpora de nuevo despacio y deja salir todo el aire—. Eres la mujer más exasperante del planeta, ¿lo sabías? Un día de estos me vas a matar —masculla y sé que está conteniendo la sonrisa.
—Lo sé. —Me encojo de hombros—. Ya lo sabías cuando te metiste conmigo en el lago hace trece años. —Él niega ligeramente con la cabeza—. ¿Eso es un sí?
Jude suspira, me mira con dudas, mientras un nudo se me aprieta en el estómago.
—Es un sí —responde al fin y asiente—. Pero no quiero que volvamos a donde lo dejamos, Olivia, no quiero volver a eso.
—Lo observo sin entender—. Quiero que seamos dos personas que lo van a intentar de cero, sin mentiras, compartiendo nuestros miedos.
Porque yo estoy cagado, Olivia, y estoy harto de quererte y que tú me quieras solo a ratos.
—Te quiero, Jude —pronuncio, sincera—. Te quiero a tiempo completo, y quiero aprender a estar contigo sin convertirte en mi salvavidas.
Quiero decidir qué hacer con mi vida. Quiero dejar de castigarte por un error que cometiste cuando tenías miedo y quiero que, si vamos a intentarlo, no sea porque tengamos una hija ni porque llevemos demasiado tiempo acostumbrados a estar juntos, sino porque de verdad queremos estarlo.
Estoy harta de este puto muro, martillo en mano, pienso derribarlo, porque es cierto que no soy la única culpable de todo lo que me ha pasado en la vida, de todas mis pérdidas, pero sí he tomado decisiones que han mantenido las heridas abiertas.
Y solo yo soy la responsable de dejar que cicatricen de una vez.
Apenas tenemos tiempo de apretarnos la mano cuando las puertas dobles del paritorio se abren de golpe. Henry sale ataviado con una bata verde sobre la ropa, despeinado, con lágrimas en los ojos y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Ya está aquí! —grita—. Emma ya ha nacido, las dos están bien.
Miro a Jude, y él me mira a mí. Sus dedos aprietan los míos con fuerza y, por primera vez en meses siento que ya no voy a la deriva. La lluvia ha amainado, los truenos que me retumbaban en la cabeza se han apagado y la tormenta, por fin, ha pasado. Hemos llegado a tierra firme.