Tormenta Olivia (Silver Bay 2) Epílogo 2
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Epílogo 2

Jude

Un año más tarde.

Si alguien me hubiera contado hace unos años que el mayor momento de pánico de mi vida no lo viviría en medio de un incendio, rodeado por las llamas, sino en el porche de mi propia casa un domingo por la mañana, me habría reído en su cara.

Pero aquí estoy, boqueando como un pez, mientras observo a la pareja que se acerca hasta la cancela de la entrada.

—Jude… —Olivia me da un codazo que hace que me atragante y empiezo a toser—. Pon otra cara, por favor —me regaña.

—Es mi cara —protesto—, no puedo cambiarla, pensé que te gustaba.

Apoya la cabeza sobre mi hombro y entrelaza los dedos con los míos.

—Y me encanta, tonto… —Ríe y suspira—. Pero da la sensación de que te vas a desmayar de un momento a otro.

—Muy graciosilla estás tú hoy, ¿eh? Ya te castigaré luego —le murmuro al oído.

Y Olivia alza la cabeza y me mira con las cejas alzadas, las pupilas se le dilatan y se muerde un poco el labio inferior. Desde que está embarazada anda todo el día más caliente que el pico de una plancha, y yo me aprovecho, claro.

—Espero que eso sea una promesa, bombero, hay cosas con las que no se juega.

Suelto una risilla y niego.

—Jodida descarada.

Le paso el brazo alrededor de la cintura y desplazo la mano sobre su vientre. Bajo la tela de su vestido, se percibe la curva redondeada de sus cuatro meses de embarazo, que acaricio con parsimonia. ¿Cómo una cosa tan pequeñita puede sentirse como el centro de gravedad de todo el universo?

—No puedo evitarlo —suspiro y le dejo otro beso en la sien—. Solo tiene trece años, casi catorce, pero todavía es una niña, mi niña. Parece que ayer mismo la llevaba sobre mis hombros y hoy…, hoy trae a ese espécimen a comer.

—El espécimen se llama Iker, va a su clase y lleva dos semanas pidiéndole prestados los apuntes de Historia para tener una excusa para hablarle. —Se ríe, dándome un golpecito en el pecho—. Además —añade—, yo apenas era un poco más mayor que ella cuando me dejaste embarazada.

La sujeto por los hombros y la aparto de mí haciendo que me mire a los ojos, que creo que están a punto de salírseme de las órbitas.

—Tú quieres matarme, ¿verdad?, ¿es eso?

Olivia se carcajea y se le marcan esos hoyuelos que me vuelven loco mientras niega. Se abraza a mi cuello y me obliga a bajar la cabeza para besarme. Un beso lento, profundo, dulce, de esos en los que sabe que soy capaz de perderme.

—Cariño, quiero que sepas que hoy estás especialmente insoportable.

—¡Eh! —protesto.

—¿Adorablemente insoportable? —Si no fuera una pregunta, a lo mejor lo estaría arreglando un poquito, pero no. Vuelve a reír al mismo tiempo que se acaricia la barriga en círculos—. Nada de acosarlo a preguntas, Jude —me advierte señalándome con un dedo.

—No, no, ¿quién va a acosarlo? Yo no —niego despacio—, solo le voy a hacer…, no sé, dos o tres preguntitas de nada y a darle un par de consejitos para asegurarme de que sabe que si le toca solo un pelo a Mia probablemente le cortaré las manos.

Me doy con el puño en la palma de una mano, y Olivia me mete un codazo que me deja sin aliento.

Luego alza la mano para saludar a Mia, que viene de la mano del flacucho rubio ese.

Mi hija ha pegado un estirón espectacular durante este último año, ya está más alta que Olivia incluso, los vestidos de niña quedaron atrás y ahora…

, tiene su propio estilo, ese que llevan todas las adolescentes de cualquier rincón del mundo, por lo visto, al menos eso dice Olivia.

Al verlos cogidos de la mano, charlando de forma animada y sonriéndose como si uno fuera todo su mundo para el otro, se me forma un nudo en la garganta por el vértigo que me da lo inevitablemente rápido que pasa el tiempo.

—Muero… —musito colocándome una mano en el pecho.

Olivia ríe.

—Qué exagerado eres. Venga, vamos.

Tira de mí para que me ponga de pie. Mia nos presenta a Iker, que sin rastro de miedo nos saluda.

—Buenas tardes, señor Hartley, señora Hartley. —Nos tiende la mano a uno y a otro, ofreciéndonos un apretón firme y seguro. La seguridad se la quitaba yo de un sopapo—. Os he traído unos pasteles.

Cuando veo el papel frunzo el ceño, es de la pastelería de los Miller, con toda probabilidad los colocó Oli en el mostrador esta mañana.

—Qué detalle tan bonito, gracias —le dice Olivia todo amabilidad—. Pasa.

Mia nos da un abrazo cada uno y tira de Iker hasta entrar en casa.

—Ven, que te enseño mi cuarto —le dice alegre.

—¿Su… su qué? —balbuceo, y Olivia ríe—. Oye, ¿por qué estás tú tan simpática? Si tú siempre has sido la borde de los dos —protesto enfurruñado.

—¿No sabes por qué? —Sonríe y tira de mí para que me acerque a ella, me pasa los brazos por la espalda, y yo hago lo mismo con ella.

Niego, y ella me da un beso suave en los labios—.

Porque tengo todo lo que quiero, Jude, porque no podría ser más feliz.

Y Mia…, Mia ha dejado de ser una niña maravillosa para ser una miniadulta más maravillosa aún. Confía en ella.

Al fin sonrío.

—Espero que tú seas un machote como yo —le digo a su tripa poniendo una mano sobre ella—. Porque tres a uno jamás lo podré superar.

—Está creciendo muy rápido, ¿verdad? —suspira.

—Sí, no estoy listo para esto.

Olivia sonríe.

—Sí lo estás, Jude. Mira a tu alrededor.

Estamos aquí para verlo, para disfrutar de ella y verla crecer y convertirse en una mujer increíble que va a conseguir todo lo que quiera y en unos meses tendremos otro bichito por aquí ocupando nuestro tiempo y llenándolo todo de risas infantiles y amor.

Yo… no podría ser más feliz. —La miro embobado, porque, joder, qué afortunado soy—.

¿Y sabes qué? A veces tengo miedo… —musito—.

Tengo miedo de no poder con todo o de que el embarazo no vaya bien.

Tengo miedo de que Mia se vaya a la universidad y se olvide de nosotros. Tengo miedo de no hacer las cosas bien…

—Olivia… —musito con el ceño fruncido.

Ella me masajea la frente con un dedo haciendo que suavice el gesto.

—Pero mi padre me dijo una vez que lo difícil no es no tener miedo, es no dejar que el miedo decida por ti. Y en eso estoy…, aprendiendo a vivir sin hacerle caso a ese maldito.

—Un tipo sabio tu padre.

Cabecea afirmando.

—Lo es. Anda, vamos, que se enfría la comida.

Olivia me da un beso rápido en los labios y entra en casa, y yo me quedo ahí observándolo todo: la mesa puesta para la comida, el sol de Silver Bay entrando a raudales por los ventanales e iluminando el salón, la risa de mi hija resonando desde algún lugar de la casa —espero que no sea desde su habitación— y la mujer de mi vida ahí para mí, albergando el futuro que estamos construyendo juntos.

La tormenta quedó atrás hace mucho tiempo y el presente, aun con todos sus miedos y todo el amor que nos rodea, es la mejor calma que jamás habría podido soñar.

Fin