Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 36 Siempre lo has hecho
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36 Siempre lo has hecho

Olivia

Entro al hospital y pregunto en el mostrador de información por la sala de espera de maternidad.

Henry me ha llamado a mitad de mañana y me ha comentado que Brooke se quedó toda la noche en observación porque tenía contracciones y, aunque no estaba lo suficiente dilatada aún, con todas las complicaciones que ha tenido no han querido mandarla a casa.

Así que he dejado a Mia con mis padres, y mi padre me ha prestado su coche para venir lo antes posible. Espero que Emma no haya nacido todavía. «O sí», pienso al recordar que el periodo de espera hasta que das a luz soportando las contracciones es jodido y que Brooke lo estará pasando mal.

La planta de maternidad está en el segundo piso.

Hay una sala de espera con sillones azules y una máquina de café.

Al fondo, una puerta doble de acceso a los paritorios.

Huele a desinfectante mezclado con ese aroma al terrible café de las máquinas expendedoras.

Se oyen pasos tranquilos, el murmullo de conversaciones en voz baja y algún llanto de bebé que llega amortiguado.

Arrugo la nariz, no me gustan nada los hospitales, sin embargo, aquí estoy porque, aunque me haga la dura, Brooke me importa. Y, al fin y al cabo, Emma es mi sobrina.

No tardo en dar con Henry, que está de pie, de espaldas a mí, y habla con alguien que se encuentra sentado enfrente de él, solo atisbo a ver una bata de hospital. Debe de conocer a algún paciente ingresado que se ha encontrado por casualidad.

Me acerco despacio.

—Henry —lo llamo, y mi amigo se gira—. ¿Cómo está Brooke?

—Bien, está estable, ya ha empezado a dilatar y sigue con contracciones. Le han puesto un aparato para que ella misma se dosifique la epidural, lleva toda la noche así y está agotada. He salido solo un minuto porque tenían que hacerle una exploración, y me han pedido que esperara fuera.

No he escuchado dos frases seguidas de las que ha dicho porque me doy cuenta de quién es la persona que está justo enfrente: Jude.

—¿Qué coño…? —mascullo.

—Ehm…, yo…, esto…, tengo que irme con Brooke, no se vaya a poner de parto, y yo esté aquí, de cháchara. Luego nos vemos.

Y Henry sale huyendo dejándonos a solas.

—Será cobarde… —masculla Jude por lo bajini.

Me quedo helada, sin saber cómo reaccionar.

Jude está ahí sentado, en una de las sillas de la sala de espera, con una bata azul de hospital, el brazo izquierdo vendado y un gran apósito blanco que le cubre el lateral del cuello hasta la mandíbula.

Tiene el pelo revuelto, la barba de unos días hecha un desastre y está pálido.

Tras sus gafas negras puedo verle las sombras oscuras bajo los ojos.

Esos ojos verdes, normalmente dulces y alegres, parecen apagados por el cansancio y el dolor. Tiene un aspecto horrible.

Se me para el corazón en el pecho y el aire se me queda atascado en la garganta.

—Olivia… —La voz le suena áspera.

Mis piernas reaccionan antes que mi cabeza y doy los primeros pasos hacia él, sintiendo cómo se me llenan los ojos de lágrimas y las manos me tiemblan.

Lo único que quiero ahora mismo es tocarlo, comprobar que está bien y abrazarme a él, al mismo tiempo que darle tal puñetazo que le tire los dientes abajo, pero, como no puedo hacer ni una cosa ni la otra, recurro a lo único que me queda: ser Olivia.

—¿Qué cojones ha pasado? —consigo articular. Me giro hacia la puerta por la que acaba de irse Henry, todavía sin entender, y me vuelvo hacia mi ex—. ¿Qué cojones ha pasado, Jude? —repito.

—Estoy bien —suspira—. Me presenté voluntario para echar una mano con el incendio de Ely, ¿lo has visto en las noticias? —Aprieto los labios y asiento—. Y, bueno, tuvimos un golpe de mala suerte cuando el viento cambió de dirección.

—¿Tuvimos?, ¿tú y quién más?

Es una pregunta absurda porque, en realidad, me importa una mierda quién más, tan solo le estoy dando tiempo a mi cerebro de asimilar lo que ha pasado.

—Tuve…, tuve un golpe de mala suerte. Soy el único compañero herido, por ahora, porque el incendio sigue activo —suspira, como si se sintiera culpable de no estar al frente luchando contra el fuego—.

Las analíticas han salido bien esta mañana y ya me han quitado el oxígeno, pero los médicos se han empeñado en tenerme ingresado en planta un par de días más por las quemaduras.

No me quieren dar el alta hasta que estén seguros de que no hay complicaciones.

—¿Por qué cojones nadie me ha contado esto? —pregunto apretando los dientes.

—Estoy bien —repite.

Bajo la vista a mis manos, no me había dado cuenta de que tenía los puños tan cerrados que las uñas se me están clavando en la piel, haciéndome daño.

—Mia me contó que habló contigo, que habías venido a Duluth con Henry y Brooke, que estabas bien, y Henry me dijo… que venías de camino al hospital —le suelto, dolida—. ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué me mentisteis los dos?

—No te mentí. Ni Henry. En realidad, seguramente sí que estaba de camino, solo que venía derivado por las quemaduras.

Hace el amago de encogerse de hombros y un gesto de dolor le cruza la cara.

—¿Te duele? Pues te está bien empleado, por capullo —le reprocho, mosqueada—. A lo mejor no quieres que seamos amigos, Jude, pero me cago en la puta hostia, soy la madre de tu hija, joder.

Me cruzo de brazos, obligándome a no estrangularlo.

—Olivia…

Me mira con ojitos de perro abandonado, y dejo de gritarle, por eso y porque nos está observando toda la sala de espera con demasiado interés. Por lo visto esperar aquí a que las mujeres den a luz es la mar de aburrido y no hay nada mejor que hacer que meterse en la vida de los demás.

Me dejo caer en la silla azul, justo por el lado en el que no tiene vendajes, para no rozarle sin querer. El silencio de la sala de maternidad nos envuelve.

—Esto me recuerda a cuando nació Mia —musita tras un rato en silencio—. ¿Te acuerdas?

—Cómo no me voy a acordar, yo estaba ahí adentro gritando como una descocida —gruño señalando a los paritorios.

—Sí, hasta la matrona estaba aterrorizada por la cantidad de insultos que eran capaces de salirte por la boca cada vez que te venía una contracción. Y yo…, yo sí que estaba muerto de miedo. Gritabas mucho y nunca pensé que eso pudiera abrirse tanto.

Niego y se me escapa una sonrisa al recordar la expresión de Jude justo antes de venirse abajo. Encima se llevó una bronca monumental de una de las enfermeras.

—Y yo no pensé que te desmayarías en lugar de darme la mano.

—Ahm, ya… Era bastante impresionable de joven. —Se me escapa una risilla que mitiga un poco el mal humor—. Ese día prometí que nunca os dejaría solas —pronuncia triste.

Chisto y dejo que unos cuantos ladrillos caigan de ese muro que he alzado de puro cabreo.

—Y lo has cumplido, Jude —le digo suavemente, bajo la vista hacia la mano que tiene sana y entrelazo mis dedos con los suyos—. Siempre lo has hecho. Jude, yo… necesito decirte algo.

—No deberíamos hablar de esto ahora, Oli —niega, parece tan exhausto…

—Déjame hablar, por favor, porque no sé cuándo volveré a tener la oportunidad de decirte esto, ¿vale? —Jude solo me mira, no asiente ni niega, y yo me lo tomo como una invitación a seguir adelante.

»Cuando me quedé embarazada, estaba loca por ti, llevaba loca por ti desde que puedo recordar. Ni siquiera sé cómo sucedió, supongo que fue algo que creció conmigo a lo largo de los años. Al principio era una niña a la que enseñabas a montar en skate o a escalar los árboles sin matarme.

Jude ríe, porque mi padre le echaba la bronca del siglo cada vez que aparecía con una herida nueva, un raspón, una costra a la que yo ni le prestaba atención porque estaba demasiado emocionada con mi nuevo logro y, a pesar de todos los tirones de oreja que se llevó, siguió enseñándome a hacer lo que yo quisiera porque sabía que eso me hacía feliz.

—Cuando empezaste con el skate tenías menos equilibrio que un pato mareado y luego… nos diste veinte vueltas a todos. Como siempre.

Me encojo de hombros, siempre he sido la más competitiva del grupo, no lo puedo negar. El riesgo de perder un diente me parecía un precio razonable si a cambio lograba ejecutar la pirueta perfecta.

—En cuanto mi cuerpo empezó a cambiar, al entrar en la adolescencia, me descubría mirándote como una tonta y el estómago me daba un vuelco cuando te tenía cerca —confieso.

Las orejas se me calientan porque es la primera vez que me sincero así con él, que le hablo abiertamente de todo esto—.

Me encantaba charlar contigo porque no me tratabas como a una niña, me tomabas en serio, me escuchabas de verdad.

Y no lo digo, porque me da demasiada vergüenza reconocer en voz alta que con apenas catorce años ya se me ponía la piel de gallina ante cualquier roce y sentía un cosquilleo entre las piernas al verlo en bañador saliendo del agua fría como si nada y las gotitas resbalando por todas partes.

Me gustaba lo bien que me sentía cuando me abrazaba y cómo se me saltaba un latido cada vez que me pillaba mirándole los labios, muerta de ganas de besarle.

Y, desde entonces, no ha habido otro, siempre ha sido él.

—Luego, cuando pasó todo el lío y terminamos casándonos —añado—, intenté mantener la mente fría, pensar que simplemente éramos dos amigos que nos disponíamos a criar a un bebé juntos, que era lo mejor para Mia.

»Me dejaste claro que no me querías, pero que querías asumir ese papel, y yo, bueno, yo lo acepté y nos visualicé durmiendo en habitaciones separadas, turnándonos para hacer cosas con la peque, siendo aliados en los momentos duros, ya sabes: las noches en vela, los cambios infinitos de pañales, los llantos descontrolados, las enfermedades… , pero no fue así, Jude, no fue así.

—Lo sé, porque sí que te quería —musita.

Otra vez el tiempo verbal en pasado me provoca una presión en el pecho.

—No dormimos separados ni un solo día. Y, claro, durante el embarazo las hormonas se me volvieron locas y estaba todo el día cachonda. —Jude sonríe y hace un ligero asentimiento de cabeza—. No es gracioso. Estar cachondo hasta que duele si no alivias es una putada.

—Lo es —corrobora—, te lo puedo asegurar.

Entonces recuerdo lo sucedido hace unas noches, cuando le supliqué que me comiera el coño y me restregué contra él prácticamente desnuda y, aunque su cuerpo respondió con rapidez, me apartó.

Niego alejando de mi cabeza la imagen más patética de mi vida.

—Tú no ayudabas mucho, ¿eh? —le recrimino—.

Parecía que te ponía muy cerdo lo mucho que me habían crecido las tetas y las muchas ganas que tenía de follarte en todas las superficies de nuestra casa y en todas las posturas que la barriga nos permitía.

—Un hormigueo se me enciende entre las piernas y las cruzo, carraspeando, con la intención de reconducir la conversación, porque me estoy yendo por un sendero peligroso—.

Lo que quiero decir es que tenías razón, Jude.

En todo. Fui una cobarde, una egoísta y una puta cría, porque, joder… , porque era una cría de verdad.

Todo fue tan diferente a como imaginé… Jude se desvivía por Mia, pero también por mí.

Siempre estaba pendiente de nosotras, incluso las largas noches en vela dándole de mamar a la pequeña, se levantaba conmigo, se sentaba junto a nosotras y charlábamos durante horas, mientras nos miraba a las dos con una adoración infinita.

No solo se encargaba de prácticamente todos los pañales, también bañábamos a Mia juntos y me preparaba baños de espuma.

Me empujaba a tomarme un rato para mí y se llevaba a la peque a dar un paseo para que yo pudiera descansar. Siempre tenía algún detalle conmigo…

Todo eso me confundió, me enamoró aún más y me cagué de miedo.

Porque lo único en lo que podía pensar era en que, en cualquier momento, podía conocer a alguien y marcharse, porque no me quería, él mismo me lo había dicho, y yo me lo repetía a diario.

Hasta que… un día, después de acostarnos, me miró a los ojos y me dijo que me amaba.

Y me rompí por dentro, porque pensé que estaba confundido y me estaba confundiendo más aún a mí. Lo eché de mi vida, de la casa y le pedí el divorcio. Y me he pasado los doce años siguientes intentando sobrevivir a esa decisión.