Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 35 Eres cuñado muerto
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35 Eres cuñado muerto

Jude

Me despierta una punzada de ardor en la zona del cuello y el brazo. Abro los ojos con un gesto de dolor y tardo unos segundos en recordar dónde estoy.

Al notar la garganta áspera y seca, me doy cuenta de que aún llevo la mascarilla puesta. Intento tragar saliva, lo cual es una idea horrible, porque la piel del cuello me arde con el movimiento.

—Me cago en mi puta vida —mascullo.

Lo primero que distingo es el blanco del techo y, unos segundos después, doy un respingo al ver la cara de una enfermera regordeta y bajita que se cierne sobre mí con una sonrisa amable.

—Es normal que te duela, cariño —me dice mientras comprueba la vía—.

El médico vendrá enseguida a valorarte y, en cuanto me dé el visto bueno, te administraré una analgésico para que puedas descansar.

Te dará un poco de somnolencia, así que no te asustes —la señora me habla como si fuera mi abuela, y yo, un crío, y se dispusiera a curarme una rodilla raspada.

—¿Cómo está mi equipo?, ¿y el incendio? —pregunto.

Hago el amago de acercar la mano buena a la cara para apartarme la mascarilla, y la enfermera me la golpea suavemente y niega.

—No tengo toda la información, solo sé que el incendio sigue activo y que tu jefe ha venido a verte mientras estabas dormido. Tienes que dejarte el oxígeno hasta que te hagan las pruebas pertinentes.

Miro hacia la ventana, es de noche y el cristal refleja mi rostro pálido. Un apósito blanco me cubre el lateral del cuello y sube hasta debajo de la mandíbula. Tengo una pinta de pena, con el pelo aplastado, la barba incipiente y la cara sucia.

Y la verdad es que me da igual mi aspecto, el cuerpo me pesa demasiado y siento los brazos débiles, la cabeza embotada y una quemazón constante debajo de las vendas.

Al cerrar los ojos, vuelvo a ver el fuego, el naranja que lo cubrió todo, la sensación de angustia y regresa la imagen que tuve en ese momento, cuando, por unos segundos, pensé que no iba a salir de allí: mi familia. Mia. Olivia.

Abro los ojos, y la enfermera sonríe de nuevo a mi lado.

—Pronto estarás bien, no ha sido tan grave.

—Anda que no… —musito, aunque creo que no me ha oído porque justo se ha vuelto de espaldas y está toqueteando unos botones que emiten varios pitidos.

Y no, no me refiero a las heridas físicas, hablo de otras…, esas…, esas no se van a curar tan fácilmente.

Unos minutos más tarde, llega un médico, me repite lo mismo que la enfermera, que las quemaduras no son tan graves como podrían haber sido y que no afectan a una superficie muy extensa, pero que sí requerirán ciertos cuidados.

Lo bueno es que la saturación es aceptable y no hay signos de obstrucción en las vías respiratorias, aun así, tengo que mantener el oxígeno hasta que lleguen los resultados de las analíticas y terminen de valorar la inhalación de humo.

Y cuando ya disponen de todos los resultados, como me temía, tienen que trasladarme al St. Mary’s, en Duluth, para tratar las quemaduras y vigilar las lesiones respiratorias. Es decir, que me voy a llevar una buena cuando Henry y Brooke se enteren, porque se van a enterar, seguro.

—¿Puedo ir por mi cuenta? —Como es evidente, estoy pensando en buscar otro hospital, aunque esté más lejos. Tras la mirada escéptica del médico, chisto—. Vale, no, no puedo.

El médico niega y termina de anotar algo en una tablet .

—No estás en condiciones de conducir —suelta seco—. Te trasladaremos en ambulancia, donde el equipo te mantendrá en observación durante todo el trayecto.

Qué borde el tío.

—Vale —gruño y, ante su mirada perdonavidas, añado—. Gracias, doctor.

Y lo más triste de todo es que el tipo este, antipático y cortante, me ha recordado a Olivia, aunque ella está muchísimo más sexi cuando se pone en plan borde.

Resoplo viendo cómo se gira y se marcha.

El móvil comienza a vibrar en la mesilla y, como no llego ni puedo estirar demasiado el brazo izquierdo, la enfermera de antes me lo acerca y suelta una risilla cuando ve el nombre reflejado en la pantalla: «Ratoncita».

Sonrío.

—Es mi peque, ¿me da un momento? —le pregunto.

La mujer asiente.

—Vendré a administrarte la medicación en unos minutos. En cuanto tengamos todo listo para el traslado, vendrán a buscarte. Procura dejarte la mascarilla puesta.

Asiento y me espero a que salga para coger la llamada.

—Ey, ratoncita —digo apartándome la mascarilla de oxígeno lo justo para hablar.

—¡Papi! ¿Cómo está Brooke?, ¿el viaje ha ido bien?, ¿cuánto tardará en nacer el bebé?, ¿cuándo vuelves? —me atropella a preguntas, y me río.

—Ah, sí. Estoy bien, cariño, ¿y tú cómo estás?

—Papááá —protesta, y río de nuevo.

—Brooke está bien, aunque se enfada cada vez que le decimos que tiene que descansar. —Estoy seguro de que eso no es una mentira.

Mia suelta una risilla.

—Se oye un montón de ruido, ¿qué es eso?

—Ehmm, sí, estoy en un restaurante, y la cafetera necesita una reparación urgente. —Se me escapa una tos.

—Uy, ¿estás enfermo? —me pregunta preocupada.

—No, no. —Toso de nuevo. Mierda—. Solo me he atragantado, estaba comiendo una bolsa de patatas.

—Luego le dices a Brooke que hay que llevar una alimentación saludable. Mira qué bien, si no te mata el colesterol, te matará una patata atragantada en la garganta —me regaña.

Vuelvo a reír y el movimiento me provoca una punzada de dolor en el cuello.

Le enfermera entra de nuevo a la habitación y me hace una señal.

—Tengo que dejarte, cariño. Ya están a punto de cerrar y tengo que irme.

—Vale, papi. Adiós, te quiero.

Cuelgo la llamada y me quedo mirando la pantalla.

Por segunda vez en el día pienso en que daría lo que fuera por estar con ella. Con ella y con Olivia. Con mi familia. Y por una vez me planteo que la hemos cagado tanto los dos que no sé si podré volver a estar con ellas de esa forma.

—¿Le ha mentido a su ratoncita? —me reprocha la mujer, repitiendo el mote cariñoso de Mia, aunque sin perder la sonrisa.

Me encogería de hombros, pero mejor no, que me duele hasta respirar.

—Un poquitito, para no asustarla. —La mujer sonríe un poco más—. Tiene doce años y es una niña maravillosa.

No sé por qué le estoy contando mi vida a esta señora, quizás porque está ahí y parece feliz de escucharme. O quizás porque se me quemó el filtro en el bosque, junto con el brazo y el cuello, vete a saber.

—Seguro que sí.

—Está con su madre ahora… —suspiro—. En Silver Bay, ninguna sabía que estaba en el incendio, porque…

—Frunzo el ceño, tratando de encontrar las palabras.

Jamás pensé que el ceño y el cuello estuvieran tan conectados porque el pinchazo de dolor es inminente—.

Porque quiero tanto a Olivia que tuve que alejarme de ella.

La mujer sonríe.

—Se te habrá pasado el efecto del analgésico anterior, pero creo que aún continúas un poco colocado. Voy a administrarte la medicación, ¿vale? —me pregunta dándome por loco.

Solo asiento y vuelvo la vista al teléfono. Henry me ha escrito varios mensajes, comienzo a leerlos antes de que el sueño pueda conmigo.

Henry

Eres cuñado muerto.

¿Por qué coño no nos dijiste que te habías apuntado voluntario para cubrir un incendio forestal?

Encima le mentiste a Mia, ¿te pensabas que no nos íbamos a enterar? Nos has obligado a encubrirte sin saber por qué. Eres imbécil.

Brooke estaba preocupada por ti y me he tenido que inventar una excusa. Anda que, como te mueras, me cortará en trocitos y me tirará al mar. Y, si no te mueres, te mataré yo con mis propias manos.

Henry:

¿No contestas porque estás inconsciente?

Me acaba de llamar el jefe, que ha ido a verte. Has tenido suerte, estarás bien en unos días. Nos vemos en Duluth cuando te trasladen.

No le he dicho nada a Brooke todavía.

Según voy leyendo noto que el dolor va remitiendo gradualmente. Me pongo el móvil en el pecho, para bajarme la mascarilla, y vuelvo a cogerlo para mandarle un audio rápido porque soy incapaz de escribir, siento el cuerpo pesado.

—No le cuentes nada, por favor. Estoy bien.

Los párpados comienzan a pesarme.

Mi voz suena más lenta de lo que esperaba.

—Descansa, Jude —me dice la enfermera, que me vuelve a colocar la mascarilla en su lugar antes de salir de la habitación.

Cierro los ojos. El sueño vuelve a llevarme al bosque, esta vez no hay fuego, solo humo.

Se me mezcla todo en la cabeza: los árboles; el viento; el humo; las sensaciones; la voz de Mia riendo, aunque no la veo por ninguna parte, y Olivia, que me llama, pero, por mucho que intento responderle, no me sale la voz.

Despego los ojos con esfuerzo cuando percibo ajetreo a mi alrededor. Las luces del techo pasan sobre mí una tras otra mientras el personal del hospital empuja la cama por los pasillos. Deben de estar llevándome a la ambulancia.

Algo me vibra en la mano buena y me doy cuenta de que aún continúo con el móvil sujeto. Lo levanto, con cierto esfuerzo, y sin necesidad de desbloquear la pantalla leo el mensaje que acaba de mandarme Henry.

Henry:

Vamos para el hospital. Brooke tiene contracciones.

Dios…

Alzo la cabeza rápido y un latigazo de dolor me atraviesa el cuello.

Me cago en la puta.

Despacio, la apoyo de nuevo sobre la almohada, conteniendo el aliento para mitigar el dolor.

Esto pasará. En un par de días estaré bien. Mi hermana y el bebé estarán bien. Y volveré a casa. Todos volveremos a casa, aunque, ahora mismo, no esté seguro de dónde está la mía.