34 Guárdame el secreto
Olivia
—No sé cómo me has convencido para esto —protesto.
Y ya te digo que empujar la silla de ruedas a través de las piedras y los hierbajos que nos separan del árbol donde Ava está enterrada es un puñetero suplicio.
Odiaré a Weston toda la vida por prestarle la silla a Brooke.
—¿Tú no dices siempre que el ejercicio es importante? Pues trabajar la musculación es el mejor ejercicio que hay, lo he visto en TikTok.
—Mientras te atiborrabas a chocolate —la reprendo.
Brooke suelta una risilla.
—Cómo me conoces.
Después de lo que me parece un siglo llegamos al árbol.
Es un carpe americano de copa ancha y baja.
Su tronco es inconfundible, de un gris ceniza liso, casi metálico, surcado por ondulaciones verticales.
A diferencia de la corteza rugosa de otros árboles, la del carpe es suave al tacto, pero dura como la piedra.
Las hojas, de un verde intenso con bordes dentados, se agitan débilmente bajo una brisa que huele a tierra húmeda y vegetación.
La sombra que proyecta es densa, y ahí debajo nos acoplamos.
Nunca he entendido el empeño de Brooke de venir hasta aquí, esa necesidad de contarle sus cosas a un trozo de madera con hojas, como si al otro lado de la corteza estuviera Ava escuchando. Para mí la muerte siempre ha sido algo biológico, frío y definitivo, sin nada más que esperar.
Sin embargo, al detener la silla y quedarme ahí de pie, rodeada por el murmullo de las ramas, se me eriza el vello de los brazos y noto una presión extraña en el pecho.
Bajo la sombra del carpe me siento como si de pronto me enfrentase al vacío que me dejó la muerte de Ava, quien, en aquella época, era mi otra mitad, mi hermana de vida. Brooke parlotea sin parar, no sé qué demonios le está contando.
La madera está tibia por el sol que se filtra entre las hojas. Y, por primera vez en mi vida, trago saliva y no siento ganas de soltar una ironía o bordería de las mías para romper el silencio.
No sé cuánto tiempo ha pasado, la voz de Brooke se ha vuelto un murmullo arrullador que me invita a perderme en mis pensamientos, simplemente concentrada en respirar, pero en cuanto escucho que sale un nombre de sus labios doy un respingo volviendo de mi estupor.
—Ha conocido a Gabriela, tendrías que verlo cuando están juntos, se le iluminan los ojos. Yo creo que ahí hay tema que te quemas.
—Pero ¿qué coño…? —pregunto incrédula.
—A Dylan le hacen chiribitas los ojos. Bueno, a los dos. Tengo que averiguar qué pasó entre ellos en mi boda, porque he flipado de lo lindo. ¿Verdad, Oli? —pregunta dándome un golpecito en el brazo.
Cierro la boca que tengo muy abierta en este momento.
—¿Estás loca?, ¿por qué le cuentas a Ava que Dylan está conociendo a otra persona?
—¿Tú no decías que aquí no había nadie? —me suelta tras reírse.
Me enfurruño y me encojo de hombros.
—Pero tú sí que crees en hadas, duendes y en que los muertos te pueden escuchar, ¿por qué le cuentas eso? —inquiero indignada.
Brooke imita mi encogimiento de hombros.
—Ava querría que Dylan fuera feliz. Ha pasado mucho tiempo, Olivia. Todos merecemos arriesgarnos, por mucho miedo que nos dé volver a perder.
Los ojos se me llenan de lágrimas, ¡a mí! ¡A MÍ! Dios, el mundo al revés. ¿Esto qué mierda es? Debe de haberme entrado polen o algo.
—Puta alergia —mascullo, lo que a Brooke le parece la mar de divertido.
—No sé si sería posible que Gabriela y Dylan terminasen juntos… —me explica, soñadora.
—No, Brooke, no es posible —respondo tajante. Es pura lógica, no es tan complicado.
—No sé —recalca pasándose un mechón de pelo morado detrás de la oreja— si sería posible, pero…
—¡Qué demonios! Pero si viven a más de cuatrocientas millas.
Brooke sonríe ampliamente y gira la cabeza despacio hasta anclar sus ojos en los míos.
—Ojalá ese fuera el único inconveniente, ¿verdad? La distancia en un mapa. Yo me mudé de Iowa a Silver Bay y aquí estoy, con Henry, ¿quién me lo iba a decir hace unos años? Si nos pusiéramos a medir los kilómetros o los riesgos antes de dar un paso, nadie se movería de donde está.
—Tú no tienes cuatro hijos. Y él, dos. Es una locura. No tiene sentido. Sería complicarse la vida sin necesidad.
—Y qué bonito, ¿no? —dice Brooke en tono suave.
Yo no soy médico, aun así, intuyo que le ha debido de entrar líquido amniótico en el cerebro y por eso ahora lo ve todo en tonos arcoíris—.
Qué bonito que, incluso sabiendo que ambos tienen una vida construida, con sus cargas, sus hijos, su trabajo y sus vidas a cientos de millas, decidieran enviarlo todo a la mierda y quedarse con el otro.
Que eligieran complicarse la vida juntos en lugar de facilitársela a solas.
Parpadeo despacio un par de veces. No sé si es que ella es demasiado ilusa o yo, demasiado fatalista, pero simplemente no lo concibo.
—En ocasiones nos pasamos la vida inventando excusas para no ser felices —musita acariciándose la barriga. Se le escapa una pequeña mueca de dolor, el bebé debe de haberle dado una patadita.
»Nos escudamos en que «no es el momento», en que «está todo perdido» o en que es mejor dejar las cosas tal y como están por si acaso las estropeamos más, ¿a que sí?
—¿Seguimos hablando de Ava? Porque, de pronto, me siento como si estuviera en el banquillo de los acusados, y ella fuese mi juez y verdugo.
»Y la verdad es tan sencilla, Oli… Nos da pánico saltar sin red. Nos acostumbramos a mirar la piscina desde el borde y luego nos quejamos de no haber aprendido a nadar.
—¿Desde cuándo te has convertido tú en una gurú de las relaciones? —me escudo en la ironía, como siempre.
Ella me ignora y continúa con su discurso:
—A veces, Olivia —dice cogiéndome la mano y apretándola con firmeza—, solo se trata de eso, ¿sabes?
—La miro con el ceño fruncido, sin entender—.
De elegirse cada día. De dejar de usar el pasado como escudo.
A veces es tan sencillo como eso, ya sabes, bajar la guardia y dejarse amar de una puñetera vez.
El silencio que sigue a sus palabras es atronador.
El viento agita la copa del carpe sobre nuestras cabezas, pero en mi interior todo se ha quedado congelado.
Brooke no ha mencionado a Jude, no ha pronunciado su nombre ni una sola vez.
Y, sin embargo, el eco de sus palabras me ruge en los oídos cortándome el aliento hasta que el sonido de pasos a nuestra espalda me devuelven a la realidad.
Me giro y ahí lo veo, imponente, con los ojos brillantes de felicidad.
¿Quién lo ha visto y quién lo ve? No era yo la más gruñona del grupo hasta hace un par de años, Henry me ganaba por goleada.
Y la loca del moño que tengo por mejor amiga volvió a Silver Bay, después de media vida lejos, y él cedió al amor.
Fue tan sencillo para ellos…, simplemente se dejaron llevar. ¿Por qué no puede serlo para mí?
—Bueno, se ha acabado la fiesta, ¿eh, chicas? —pronuncia Henry con las manos en las caderas. Alzo una ceja, ¿tengo cara de estar pasándomelo pipa?—. Ya está todo listo, no quiero llegar muy tarde a Duluth.
—Sí, dos de estas cuatro chicas deberían irse ya —responde Brooke—, porque me estoy haciendo pipí, y no creo que a Ava le gustase que lo hiciera sobre ella.
Miro a Brooke y al árbol, sin entender, y luego devuelvo la vista a Brooke, que me sonríe con cariño mientras se acaricia la barriga en círculos.
—¡Eh! Quedamos en que no se lo diríamos a nadie hasta que naciera —protesta Henry.
Pestañeo rápido.
—Olivia es mi mejor amiga, tenía que saberlo.
Me sujeta una mano y se la lleva a la barriga, colocándome la palma abierta y rodándola hasta que noto el movimiento del bebé.
Trago fuerte porque esta zumbada me está poniendo difícil comportarme como la tía dura que quiero ser.
—Emma, dile hola a tu tía Olivia —musita Brooke con un tono de voz tierno. La lágrima termina resbalándome por la mejilla, y mi amiga me la limpia con un dedo.
»Guárdame el secreto, ¿vale? —Yo asiento, incapaz de articular palabra—. Y piensa en lo que te he dicho, Oli. Todavía…, todavía no es demasiado tarde —recalca.
Y le echa un vistazo al árbol donde las cenizas de nuestra amiga de la infancia están enterradas desde hace ocho años.
De golpe me acuerdo de Cole y sus palabras, que para él sí es demasiado tarde, porque Asher está muerto.
Para Dylan y Ava también lo es, pero quizás…
, quizás para Dylan y Gabriela no, ¿verdad?
¿Y para mí? ¿Es demasiado tarde para mí?
Brooke y Henry se marchan, y yo me quedó ahí, con el corazón encogido, recordando la mirada de Jude, su voz firme diciéndome que se acabó, que no piensa seguir siendo el tipo al que acudo cuando solo me conviene para luego levantar un muro.
Y se ha alejado de mí. Y, joder, cómo duele, me cago en la puta, me abrasa por dentro y no hay extintor que pueda apagar ese fuego.
Porque me he equivocado en todo. He metido la pata y hay poco que pueda hacer ya al respecto, ¿no?
No sé si Jude querrá escucharme después de cómo la cagué, pero, por primera vez en mi vida, el miedo a perderlo es infinitamente mayor que el miedo a tragarme el orgullo y saltar al vacío. Quiero…, joder, no quiero quedarme en el borde de la piscina, esta vez…, esta vez quiero aprender a nadar.
Me pongo de pie, dispuesta volver a casa y, antes de hacerlo, me giro hacia el árbol. Yo no me voy a poner a cotorrear como hizo Brooke antes, no puedo, no me sale. Sin embargo, apoyo la mano sobre la madera y suspiro.
—Te echo de menos todos los putos días de mi vida, Ava —musito—. Y ya te he perdonado por abandonarme tú también.
Chisto y niego con una sonrisa incrédula por lo que acabo de hacer.
Por lo visto, la enajenación mental es contagiosa.