Tormenta Olivia (Silver Bay 2) 33 Joder
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Jude

La primera vez que pensé en marcharme de Silver Bay fue unas horas más tarde de la charla que le di Olivia, esa misma noche, con la casa en silencio y el ruido de mi mente retumbando tanto que fui incapaz de pegar ojo.

Y ahora soy más consciente que nunca de que necesito alejarme un tiempo, aunque eso signifique separarme de mi hija, porque esto lo hago por ella también, por los tres.

No puedo seguir cruzándome con Olivia en la estación, en casa de cualquiera de nuestros amigos, en la librería, en la cafetería o en cualquier rincón de Silver Bay, donde todos parecen tener la necesidad de inmiscuirse en nuestros asuntos, donde le estoy haciendo daño a ella, donde Mia ya empieza a sospechar que algo ha pasado y se nota que está preocupada, donde yo lo estoy pasando mal porque a cada minuto del puñetero día me planteo si estoy haciendo lo correcto o no.

La sensación es asfixiante y necesito… oxígeno.

No quiero irme para castigar a Olivia ni quiero que Mia piense que las estoy abandonando. Solo…, solo necesito tiempo.

Así que, cuando el jefe de la estación nos reúne a todo el equipo para informarnos de que se ha activado una petición de ayuda para un incendio forestal que está creciendo al oeste de Ely, dentro de área del Superior National Forest, sé que he encontrado la salida que tanto necesito.

Es como si hubiese caído del cielo para mí, y tengo que aprovecharla.

El incendio afecta a varias zonas boscosas y a algunas propiedades aisladas, y las dotaciones locales llevan más de un día trabajando sin descanso, por lo que han solicitado recursos adicionales a través del sistema estatal de ayuda, y la petición incluye personal con experiencia en incendios de interfaz urbano-forestal.

Tengo la formación pertinente y en alguna ocasión he participado en servicios de este tipo.

No soy un especialista del Departamento de Recursos Naturales [2] ni formo parte de una brigada forestal permanente, pero tengo la certificación necesaria para integrarme en una dotación de apoyo.

Por lo que, la verdad, no me es difícil tomar la decisión.

—La salida será esta tarde —explica el jefe—. El despliegue inicial es de setenta y dos horas, aunque puede ampliarse.

—Yo voy —hablo el primero sin pensármelo siquiera.

La emoción me recorre las venas. Me apasiona lo que hago, esa chispa de adrenalina ante la llamada de emergencia y la sensación de ser útil me llenan por completo.

Hay una instante, justo antes de enfrentarte a un incendio, en el que todo se afina: la mente, el cuerpo, cada decisión…

No es solo acabar con las llamas, es la responsabilidad, el saber que lo que haga en los siguientes minutos importa de verdad.

Carter me mira con el ceño fruncido.

—¿Tú? —inquiere, y cabeceo afirmando sin mirarlo. El jefe sigue hablando, y no puedo prestarle atención porque Carter me pregunta—: ¿Brooke no está a punto de dar a luz?

—Henry estará con ella, estará bien. Y yo necesito…, necesito hacer algo útil.

—¿Y Olivia y Mia?, ¿y la librería? —insiste.

—Está todo bajo control. —Si Olivia no hubiera estado de vacaciones, se habría enterado de esto, pero lleva ya unos días de descanso y, sinceramente, prefiero que no lo sepa, irme sin más—. No se lo digas, ¿vale? —le pido—. A Olivia, no se lo digas, por favor.

Cabecea afirmando, no muy convencido, en lo que nuestro jefe sigue hablando.

Soy el único de nuestra estación que se ha ofrecido voluntario.

Tampoco contamos con demasiado personal ahora mismo, con Henry a punto de marcharse a Duluth y Olivia de vacaciones, sin embargo, la cosa está tranquila por aquí y quedan suficientes efectivos para cubrir cualquier problema que surja en Silver Bay y alrededores.

Cuando salimos de la reunión, esquivo a los chicos y me voy a comer solo a Bay Café, por suerte, es temprano aún y está casi vacío, así que tengo un momento de tranquilidad antes de ir a casa y preparar las cosas para la inminente salida.

Quizás debería acercarme a hablar con Mia, pero eso significaría ver a Olivia también, pues van a pasar sus vacaciones juntas, y no creo que sea lo mejor, así que simplemente saco el móvil del bolsillo trasero del pantalón y le escribo un mensaje.

Jude:

Voy a estar unos días en Duluth, ratoncita. Tengo que hacer algunas cosillas y me quedaré por allí el tiempo que estés con mamá. Pasadlo bien. Y nos vemos a la vuelta, ¿vale?

Ratoncita:

¿Te vas con Henry y con Brooke?

Jude:

Me voy antes que ellos, ahora mismo, pero sí, los veré por allí. Quiero estar cerca por si me necesitan.

Ratoncita:

Vale, si nace mi primita cuando estés allí, ¿me llamarás?

Jude:

¿Quién te ha dicho que es una niña?

Ratoncita:

Mi sexto sentido de mujer y mi intuición de prima mayor.

Suelto una risilla y niego. Le mando un emoji de un beso como respuesta y guardo el teléfono. No me hace gracia mentirle, pero tampoco quiero preocuparla, esto es lo mejor.

Unas horas más tarde, nos reunimos con otras unidades en un área de estacionamiento habilitada como punto de encuentro.

La dotación está formada por un jefe de equipo, cuatro bomberos y un conductor.

Hay camiones cisterna, vehículos de mando, ambulancias, equipos forestales y personal que se mueve de un lado a otro con mapas, radios y cascos bajo el brazo.

Antes de entrar en la zona de trabajo, nos asignan un canal de radio y nos informan de las condiciones del incendio. El fuego ha avanzado durante el día debido a los fuertes vientos. Algunas familias ya han sido evacuadas, otras se niegan a marcharse pensando que así podrán proteger sus casas.

El jefe nos deja claro cómo vamos a actuar:

—Si cambia el viento, nos retiramos. Si perdéis comunicación, volvéis al punto de reunión. Si no podéis ver la ruta de salida, no avanzáis, ¿entendido?

Se oye un murmullo generalizado de asentimiento y nos ponemos manos a la obra.

Las primeras horas transcurren entre humo, calor y órdenes recibidas a través de la radio.

Trabajamos en una zona de interfaz, donde el bosque se acerca demasiado a las casas.

Nuestro cometido no consiste en perseguir las llamas directamente, sino en proteger las estructuras más expuestas y evitar que el fuego encuentre nuevos caminos.

Las hojas secas arden con una velocidad aterradora.

El fuego corre por el suelo, trepa por los arbustos y, cuando alcanza las copas de los árboles, parece multiplicarse.

Es sobrecogedor. Aunque llevo años ejerciendo mi profesión, dudo que alguna vez se me pase esta sensación: el corazón golpeándome con fuerza contra el pecho y la adrenalina a tope que me empuja a actuar.

Hay focos por todas partes sin una línea clara y brasas que vuelan con el viento y caen sobre tejados, porches y vehículos. El calor se mete bajo el equipo, empapándome la ropa por el sudor.

Conseguimos apagar las brasas que han prendido junto a una valla de madera en una de las viviendas y hemos terminado de retirar unas bombonas de propano de un cobertizo antes de que el fuego llegue hasta ella cuando alguien grita por la radio.

—¡Repliegue!

Es cuando me doy cuenta de que el viento ha cambiado. El humo gira de repente y en lugar de soplar hacia el norte, como hasta ahora, comienza a venir hacia nosotros.

—¡Todo el mundo atrás! —ordena el jefe de la unidad—. ¡Retirada por la ruta marcada!

Nos movemos deprisa, pero sin correr, porque no sería buena idea en un terreno irregular, cargados con el equipo.

Doy un respingo cuando una lengua de fuego salta una zona de matorral a unos metros de nosotros.

—Joder —mascullo.

El calor me golpea en la frente y, durante unos segundos, todo se vuelve naranja. No veo el suelo ni la casa ni tampoco a mis compañeros. El humo lo ocupa todo, el rugido del fuego me ensordece y el aire sobrecalentado me pega contra la máscara.

Intento orientarme, pero no sé hacia dónde está la ruta de salida. Al dar un paso atrás, tropiezo con una raíz y caigo de culo. La radio me golpea en el pecho y algo arde en el lateral de mi chaqueta.

—Joder —repito.

Me incorporo rápido y golpeo la manga con la mano enguantada. El olor a tejido quemado me llega incluso a través de la máscara. Comienzo a toser y no consigo ver nada.

Reacciono lo más rápido que puedo.

—¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday! —Aprieto el botón de la radio tan fuerte que me duelen los dedos—. He perdido la ruta de salida, necesito ayuda.

Y activo la alarma de mi arnés. El pitido estridente me atraviesa el cerebro, tan cerca que tengo la sensación de que me van a reventar los oídos.

Mientras la vista se me va nublando por el humo, intento coger aire, pero cada inspiración se queda a medio camino. La máscara se me pega a la cara, caliente y húmeda por la respiración, y noto que no me llega el oxígeno a los pulmones, por lo que me obligo a inspirar despacio.

El corazón empieza a acelerarse, cada latido golpea más fuerte que el anterior, desbocado. Se me tensan los músculos del cuello, me hormiguean los dedos de las manos y no consigo ver nada.

Intento concentrarme, pero mi cabeza salta de una idea a otra y, cuanto más me esfuerzo por controlar la respiración, menos aire me entra en los pulmones.

—No correr, no quitarse la máscara… —Toso, cierro los ojos y me obligo a seguir—. Localizar una referencia, comunicar tu posición… —musito a modo de mantra concentrándome en las gotas de sudor que me corren por la espalda—. ¡Joder! ¿Dónde coño está todo el mundo?

Y entonces se me cruza una idea que me deja helado, incluso en medio de este jodido infierno: quizás no salga de aquí.

Y es esa certeza la que me hace pensar en mi familia: en Olivia y en Mia y en las putas ganas que tengo de estar con ellas y me pregunto qué mierda hago aquí, a kilómetros de casa y qué coño estoy haciendo con mi vida.

El miedo gana la batalla, me atenaza, se extiende y me invade por todas partes sin que pueda hacer nada para controlarlo. Se me cuela bajo la ropa, en los pulmones, en las manos que me tiemblan dentro de los guantes.

No quiero morir chamuscado en mitad de un bosque por huir de la única persona a la que siempre he amado.

No quiero que alguien tenga que plantarse delante de mi hija y decirle que su padre no va a volver a casa, que fui yo quien decidió meterse en este infierno.

No quiero perder a mi familia, a mi hija, a Olivia.

Y no, no es que no pueda vivir sin Olivia, claro que puedo hacerlo, el mundo seguiría girando y yo, respirando. Solo es que…, joder, es que no quiero. Elegiría quererla una y otra vez, cada puñetero día, si ella me dejara.

Y ahora, rodeado de toda esta mierda, con el corazón golpeándome contra las costillas, entiendo que no me da miedo únicamente morir. Me aterra hacerlo habiendo dejado que el miedo decidiera por mí una vez más.

—Jude, ¡tengo tu alarma sonando! —La voz de alguien me llega distorsionada a través de la radio.

—¡Sigo en la zona sur, cerca del árbol caído! —respondo por el walkie —. No veo una mierda.

Unos segundos más tarde, una sombra aparece entre la bruma naranja y, poco después, veo el reflejo de un casco. Una mano se cierra alrededor de mi arnés, mi compañero me pasa el brazo por debajo del mío para tirar de mí hacia atrás, alejándome del frente de llamas, y me dejo guiar.

—Respira despacio, ya casi estamos fuera.

—Estoy bien —logro responder entre toses.

Y sigo adelante, porque eso es lo que hay que hacer en una situación así: moverte para llegar al punto de seguridad, y ya luego pensar y permitirte sentir el dolor y el miedo que te atenazan.

El fuego ha pasado demasiado cerca y el calor me ha alcanzado el cuello y la parte inferior de la mandíbula, justo por encima de la protección. También noto una quemazón intensa en el antebrazo izquierdo.

Por suerte, tras dar unos cuantos pasos, el naranja cegador se torna grisáceo y, por fin, el humo empieza a abrirse.

Una vez en la zona de seguridad, una de las paramédicas me ayuda a quitarme el casco y me obliga a sentarme. Antes de que pueda decir que estoy bien, me ajusta una mascarilla de oxígeno sobre la cara, provocando que los pulmones se me inunden del aire frío, y comprueba mi respiración.

—¿Puedes hablar? —Asiento.

Y, al mismo tiempo que me abre el chaquetón de intervención para observar la piel enrojecida del cuello, me hace algunas preguntas, las típicas: si he inhalado mucho humo, si siento mareo o náuseas o dolor en el pecho…, lo habitual.

Otro sanitario me toma el pulso. Entre los dos, con cuidado, me retiran la chaqueta, y la paramédica me corta la manga de la camiseta para revisar el antebrazo.

La piel está roja y brillante. La quemadura no parece profunda, pero duele como el puto demonio.

De vez en cuando tengo algún golpe de tos, aun así, me aparta la mascarilla brevemente para que beba agua a pequeños sorbos.

Un rato más tarde, me explica que tienen que trasladarme al puesto médico avanzado porque necesitan curar las quemaduras, mantener el oxígeno y vigilar mis constantes.

Trato de convencerla de que estoy bien y de que no es necesario que me lleven en la camilla, que puedo caminar, pero, en cuanto me pongo en pie, siento que todo me da vueltas, y la paramédica tiene que sujetarme para sentarme de nuevo.

Para mí se ha acabado la aventura por hoy.

Cuando me trasladan finalmente al hospital el diagnóstico no es grave: quemaduras superficiales y algunas de espesor parcial en el cuello y el antebrazo e irritación de las vías respiratorias por la inhalación del humo.

Por el momento no me queda más remedio que pasar la noche en observación.